Poemas de Juan de Padilla, el Cartujano
Poemas de Juan de Padilla, el Cartujano (1468-1520), conocido como el Cartujano, monje y poeta sevillano cuya obra representa la transición entre el Medievo y el Renacimiento español. Su estilo se caracteriza por una profunda religiosidad y una marcada influencia de la Divina Comedia de Dante Alighieri.
Su obra cumbre, Los doce triunfos de los doce apóstoles (1521), utiliza el viaje alegórico y la estructura de círculos para describir los castigos infernales y la gloria celestial. Como se observa en los textos transcritos, Padilla emplea un lenguaje vívido y crudo para detallar tormentos, como los hipócritas con máscaras de plomo o el castigo de los soberbios en el «trato de cuerda». A través de su poética, buscó moralizar a la sociedad española del siglo XVI, fusionando la teología cartujana con la épica alegórica italiana.
Yo Canto
Yo canto las armas de los Palestinos
Príncipes doce del Omnipotente,
Sus doce triunfos de don excelente,
Triunfos de gloria seráfica dinos:
Y pongo la tierra debajo los sinos
Del cinto dorado de los animales,
Y junto las altas celestes señales,
Y los fortunados y casos indinos
De los pasados e vivos mortales…
Las máscaras graves, de plomo talladas,
Y todas sus ropas y trajes fengidos,
Allí se derriten después de heridos,
Quedando sus caras muy más inflamadas.
Y como de alto las peñas lanzadas
Vienen con furia la cuesta rodando,
Tal se mostraban allí despeñando.
Hacia lo hondo de aquellas quebradas,
Estos blasfemos de Dios reclamando.
En este gran trato de cuerda penaban
Otros semblantes de mitras y togas;
Eran sus lenguas las ásperas sogas
Que los sobían y los abajaban.
Todos sus miembros se descoyuntaban,
Y más rebotaban los huesos quebrados:
Y como los cuellos de los ahorcados,
Muy estiradas sus lenguas mostraban,
Venas y cuerdas, los besos inflados…
Acróstico de dobles letras al final del Retablo de la vida de Cristo
DON religioso la regla me puso,
JUrado con voto canónico puro;
ANte su vista me hallo seguro
DE la tormenta del mundo confuso.
PArece por ende mi nombre recluso,
DIgno lector, si lo vas inquiriendo;
LLAma, si quieres, mi nombre diciendo:
Monje Cartujo la obra compuso.
De exemplos y comparaciones
Por los exemplos y comparaciones,
Hieronim’. puestas en cosas que son terrenales,
las cosas escuras y celestiales
mejor las entienden los simples varones;
Y más los sentidos y los coraçones
Crisostomus. de los oyentes están más atentos;
Y con los exemplos se hallan contentos
Auctor. a las de vezes sin otras razones.
Otras dos razones
Muchas vegadas los predicadores
con los exemplos y razonamientos
despiertan las viejas y los soñolientos
y de los pecados los muy pecadores.
Los lógicos grandes y los oradores
ponen exemplos a vezes viciosos,
a causa que sepan los estudiosos
las differencias según los auctores.
Coplillas profanas
Deja por ende las falsas ficciones
de los antiguos gentiles selvajes,
las quales son unos mortales potajes
cubiertos con altos y dulces sermones;
sus fábulas falsas y sus opiniones
pintamos en tiempo de la juventud;
agora mirando la suma virtud,
conozco que matan a los corazones.
Un símil culinario
Assado se deve comer el cordero,
el qual es el Hijo de Dios glorioso;
Este, con fuego de amor virtuoso,
assado se vido en la cruz de madero.
Y bien como corre por el assadero
la sangre de carne reziente y assada,
assí por la cruz de su carne llagada
corría la suya muy más por entero.
Elementos de Patronazgo
Callo los fechos muy maravillosos
d‘España la clara con todo su vando;
y callo los fechos del quinto Fernando,
rey de los reynos d‘España famosos;
los quales exceden ingenios humanos,
queriendo sumarlos en poco papel;
y su sereníssima doña Isabel,
reyna muy alta de los castellanos.
Estos quebraron a los africanos,
las fuerças tomando su dulce Granada;
y más alimpiaron a España dañada
de mill heregías y treynta tyranos.
Providencia
Assí que mi pluma comiença ditando
los versos siguientes a la Providencia,
que me depare tan sana prudencia
quanta contino le [vo] suplicando.
Invoca
¡O, Providencia Divina, rectora
del grand universo con sus elementos,
haz que, Señora, no dexes esentos
mis cinco sentidos al tiempo dagora!
Eterna, divina, sotil inventora
de quantos mortales te llaman y buscan,
miren tus ojos qu‘el orbe corruscan
a mí, que ineffable te llamo, Señora.
Otra vez invoca
Y Tú, Jesuchristo, Señor valeroso,
tu summa clemencia con mucha virtud
esfuerce la fuerça de mi juventud,
dándome gracia de canto precioso.
Y pues que tu vida me sigue pensoso,
en cómo la escriva Tú dame tal orden
que todos mis versos con ella concorden,
haziéndome digno de Ti, glorioso.
Como Lo Seguía Su Bendita Madre
E abre sus ojos la muy dolorida
y dízele: «Hijo, mi dulce dulçor,
ya tu presencia me pone favor
para que pierda mi cuerpo la vida».
Y luego se pone, sin ser detenida,
en el affrenta que dixe primero,
según acostumbra el real cavallero
quando contempla su vida perdida.
A lo que la Madre muy triste hablava,
su Hijo la mira con grande pesar,
y nunca le pudo palabra hablar
con el dolor que su pena doblava.
La gente maligna vagar no se dava,
temiendo que muchos allí no clamassen
y con el dolor de la Madre quitassen
al Hijo daquella prisión que llevava.
Corría la Virgen tras Él y dezía:
«Dexadme, crueles, llegar a mi luz,
para que pueda llevalle la cruz,
la qual le da pena, doblando la mía».
Con esta muy triste mortal agonía,
seguía su Hijo la Reyna del cielo,
besando la sangre vertida por suelo,
la qual de su cuerpo llagado corría.
¡E cómo te llevan, o, Dios immortal,
hecho mortal los mortales humanos!
¡Y cómo te llevan atadas las manos
y a la garganta muy gruesso hiscal!
¿Y dó tu poder, o, Señor divinal,
poder que sojuzga los reyes y condes?
¿Y cómo no hablas ni menos respondes
a Madre que passa dolor desigual?
En su Aparición luego de la Pasión
Quedavan los miembros de Cristo sagrados
descoyuntados por una manera,
como si tracto de cuerda suffriera;
los braços en alto, los pies apesgados,
los huessos quedaron assí rebotados,
que fueron contados sin arte secreta.
Complíase toda la boz del propheta,
contaron mis huessos, los descoyuntados.
Imagínate Que Estás Allí
Vi sus colores no bien matizadas
por ser lachrymosa su triste pintura;
bordava lo negro qualquiera figura
daquellas que vimos estar debuxadas.
Vimos sangrientas las manos sagradas
del Hijo de Dios con los otros dolores;
y vimos llorar a los sanctos doctores,
mirando sus carnes sin culpa llagadas.
El Sobresalto
Assí pues hagamos en esta pintura,
tirando su velo que tiene delante,
y, porque parezca muy más elegante,
en parte muy clara se ponga segura.
Porque la vista, hallándose pura,
mire por partes materia tan alta
y vea por ella mejor lo que falta
y lo que sobrare de cada figura.
Ya comenzaba el Señor dolorido
Ya comenzaba el Señor dolorido
Hacer las señales del último punto;
Mostraba su cara color de difunto,
La carne moría, moría el sentido;
El pecho sonaba con ronco latido,
Los ojos abiertos, la vista turbada,
Llena de sangre la boca sagrada,
Fríos los pies, y su pulso perdido.
Luego por medio se rompe aquel velo,
Que estaba en el templo delante el altar;
Comienza muy recio la tierra a temblar,
Por medio se quiebran las piedras del suelo.
Pierden su lumbre los signos del cielo,
El sol y la luna también la perdieron,
Los cuerpos de santos allí resurgieron,
Cree el Centurio con grave recelo.
El agua salía, la sangre brotaba,
La sangre por precio de nuestros pecados,
Y para que fuesen del todo lavados,
El agua muy santa perfecta manaba…

Doloroso reino
Lo’mperador del doloroso regno
Da mezzo ‘l petto uscia fuor della ghiaccia…
En medio del pozo según parecía,
Vimos de bruzas estar aleando
Una muy fea visión, trabajando
Por levantarse magüer no podía.
Las manos y cola de grado tenía,
Y más las espaldas atan escamadas
Como las sierpes de Libia conchadas;
Y como la Hidra su cuello tendía
Con siete gargantas y lenguas sacadas.
Las alas, mayores que velas latinas,
Y de las morciélagas no diferían:
Dos vientos las alas batiendo hacían,
Helantes las partes del pozo vecinas.
Por agujeros, resquicios y minas
Brotaban helados y negros vapores:
Helaban las carnes de los pecadores,
Doblando sus males y penas continas,
Y otros secretos tormentos mayores.
Suena de dentro muy grande zumbido
Como colmenas después de castradas;
O como las aguas que van despeñadas
A dar en el pozo que tienen seguido…
Nadie dejará de recordar las capas de plomo con que Dante (canto XXIII) revistió a los hipócritas
Llevaba capuchas con capuchas bajas
Ante los ojos, hecho del tamaño
Eso en Colonia para los monjes que hice.
Por fuera son tan dorados que deslumbra;
Pero por dentro todo plomo y tan pesado,
Que Federigo los pusiera con paja…
Y vi que por ásperos riscos sobía
Una gran parte de gente gimiendo:
Como cargado que gime subiendo
Ásperos puertos, sin senda ni guía.
Cada cual de ellos, yo vi que tenía
Cubierta su cara con otra fingida,
Hecha de plomo muy más que bruñida,
Y blanca su ropa, según parecía,
De pelos de lobo sutil retejida.
Llevaban las caras y cuerpos corvados,
Así como hace cualquier ganapán,
Que lleva gran peso con pena y afán
A los navíos en Cádiz fletados.
El plomo hacía sus rostros pesados,
Siendo las máscaras deste metal
Por ir adelante por el pedregal:
Atrás se tornaban con pasos trabados,
Hacia lo hondo del valle mortal.
Las máscaras graves, de plomo talladas,
Y todas sus ropas y trajes fengidos,
Allí se derriten después de heridos,
Quedando sus caras muy más inflamadas.
Y como de alto las peñas lanzadas
Vienen con furia la cuesta rodando,
Tal se mostraban allí despeñando.
Hacia lo hondo de aquellas quebradas,
Estos blasfemos de Dios reclamando.
En este gran trato de cuerda penaban
Otros semblantes de mitras y togas;
Eran sus lenguas las ásperas sogas
Que los sobían y los abajaban.
Todos sus miembros se descoyuntaban,
Y más rebotaban los huesos quebrados:
Y como los cuellos de los ahorcados,
Muy estiradas sus lenguas mostraban,
Venas y cuerdas, los besos inflados…
Últimos Demonios
Mostraban aquellos ministros cruentos,
Como verdugos y bravos leones,
Manos y garfios de mil condiciones,
Y otras maneras de nuevos tormentos.
Despedazaban los cuartos sangrientos
Y lenguas babosas de aquellas quimeras;
Las cuales colgaban de las espeteras,
Allí do picaban los buytres hambrientos,
Bien como cuervos de cuencas enteras.
Y como los gatos de las asaduras
Afierran con uñas, no poco gruñendo:
[p. 92] Tal se mostraban los canes, comiendo
Las carnes y lenguas heladas y duras.
A rehacerse por las coyunturas
Tornaban sus miembros, después de tragados
Pero después que los vi revesados
Tornaban en otras más feas figuras,
Hechos del todo diablos formados.
Los viboreznos con dientes crueles
Royen la madre después de parida;
Tal se mostraban con rabia crecida
Estos novelos diablos rebeles.
Contra los canes muy más infieles
Volvían sus uñas crueles y dientes,
Despedazando sus carnes dolientes;
Para vengarse muy más que lebreles
En los de caza venados mordientes.
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