Poemas de Rodrigo Cota
Poemas de Rodrigo Cota, un enigmático poeta y prosista español del siglo XV, figura clave de la transición hacia el Renacimiento. Aunque su biografía es difusa, se le identifica como un judío converso toledano, cuya obra refleja la tensión social de su época.
Su creación más célebre es el Diálogo entre el Amor y un Viejo, una pieza lírico-dramática de gran elegancia donde debate sobre la vulnerabilidad humana frente a las pasiones. La crítica histórica le ha atribuido, con debates aún vigentes, la autoría del primer acto de La Celestina y de las mordaces Coplas de la Panadera.
Cota destaca por un estilo irónico y una aguda sensibilidad, consolidándose como un precursor del teatro español y una voz fundamental para entender la complejidad cultural de la España de los Reyes Católicos.
Diálogo entre el Amor y un Viejo
retraido se figura en una huerta seca y destruida, de la casa del placer derribada se muestra,
cerrada la puerta en una pobrecilla choza metido, al que súbitamente paresció el Amor con sus
ministros, y aquel humildemente procediendo, y el Viejo en áspera manera replicando, van
discurriendo por su fabla, fasta que el Viejo del Amor fue vencido.
VIEJO.
Cerrada estaba mi puerta:
¿á qué vienes, por do entraste?
di, ladron, ¿por qué saltaste
las paredes de mi huerta?
La edad la razon
ya de tí me han libertado:
deja el pobre corazon
retraido en su rincon
contemplar cual le has parado.
La beldad de este jardin
ya no temo que la halles,
ni las ordenadas calles,
ni los muros de jazmin,
ni los arroyos corrientes
de vivas aguas potables,
ni las albercas y fuentes,
ni las aves producientes
los cantos tan consolables.
Ya la casa se deshizo
de sotil labor extraña,
y tornóse esta cabaña
de cañuelas de carrizo.
De los frutos hice truecos
por escaparme de tí,
por aquellos troncos secos,
carcomidos, todos huecos
que parescen cerca mí.
Sal del huerto, miserable,
ve á buscar dulce floresta,
que tú no puedes en esta
hacer vida deleitable.
Ni tú ni tus servidores
podeis bien estar conmigo;
que aunque esten llenos de flores,
yo sé bien cuantos dolores
ellos traen siempre consigo.
AMOR.
En tu habla representas
que no me has bien conoscido.
VIEJO.
Sí que no tengo en olvido
como hieres y atormentas.
AMOR.
Escucha, padre, señor,
que por mal trocaré bienes,
por ultrages y desdenes
quiero darte grande honor:
á tí, que estás mas dispuesto
para me contradecir;
asi tengo presupuesto,
de sofrir tu duro gesto,
porque sufras mi servir.
VIEJO.
Habla ya, di tus razones,
di tus enconados quejos,
pero dímelos de lejos,
el aire no me inficiones,
que segun sé de tus nuevas,
si te llegas cerca mí,
tú farás tan dulces pruebas,
que el ultrage que hora llevas
ese lleve yo de tí.
AMOR.
Comunmente todavía
han los viejos un vecino,
enconado, muy malino,
gobernado en sangre fria:
llámase melanconía
amarga conversacion:
quien por tal extremo guia
ciertamente se desvia
lejos de mi condicion.
Mas despues que te he sentido
que me quieres dar audiencia,
de mi miedo muy vencido,
culpado, despavorido,
se partió de tu presencia.
Este moraba contigo
en el tiempo que me viste,
y por esto te encendiste
en rigor tanto conmigo.
Donde mora este maldito
no jamas hay alegría,
ni honor, ni cortesía,
ni ningun buen apetito;
pero donde yo me llego
todo mal y pena quito,
de los hielos saco fuego,
y á los viejos meto en juego,
y á los muertos resucito.
Yo compongo las canciones,
yo la música suave,
yo demuestro al que no sabe
las sotiles invenciones:
yo fago volar mis llamas
por lo bueno y por lo malo,
yo hago servir las damas,
yo las perfumadas camas,
golosinas y regalo.
Visito los pobrecillos,
huello las casas reales,
de los senos virginales
sé yo bien los rinconcillos:
mis pihuelas y mis lonjas
á los religiosos atan:
no lo tomes por lisonjas,
si no ve, mira las monjas,
verás cuan dulce me tratan.
Yo hago las rugas viejas
dejar el rostro estirado,
y sé como el cuero atado
se tiene tras las orejas,
y el arte de los ungüentes
que para esto aprovecha:
sé dar cejas en las frentes,
contrahago nuevos dientes
do natura los desecha.
Yo las aguas y legías
para los cabellos rojos,
aprieto los miembros flojos,
y do carne en las encías:
á la habla tremulenta,
turbada por senectud
yo la hago tan exenta,
que su tono representa
la forma de juventud.
En el aire mis espuelas
fieren á todas las aves,
y en los muy hondos concaves
las reptillas pequeñuelas.
Toda bestia de la tierra
y pescado de la mar
so mi gran poder se encierra,
sin poderse de mi guerra
con sus fuerzas amparar.
Pues que ves que mi poder
tan luengamente se extiende,
do ninguno se defiende
no le pienses defender,
y á quien á buena ventura
tienen todos de seguir,
recibe, pues que procura
no hacerte desmesura,
mas de muerto revivir.
VIEJO.
Maestra lengua de engaños,
pregonero de tus bienes,
dime agora, ¿por qué tienes
so silencio tantos daños?
Que aunque mas doblado seas
y mas pintes tu deleite,
estas cosas do te arreas
son deformes caras feas,
encubiertas del afeite.
Y como te glorificas
en tus deleitosas obras,
¿por qué callas las zozobras
do lo vivo mortificas?
Di, maldito; ¿por qué quieres
encobrir tal enemiga?
Sábete que sé quien eres,
y si tú no lo dijeres
que está aqui quien te lo diga.
El libre haces cautivo,
al alegre mucho triste,
do ningun pesar consiste
pones modo pensativo:
tú ensuciaste muchas camas
con aguda llama fuerte,
tú mancillas muchas famas,
y tú haces con tus llamas
mil veces pedir la muerte.
Tú hallas las tristes yerbas
y tú los tristes potages,
tú mestizas los linages,
tú limpieza no conservas,
tú doctrinas de malicia,
tú quebrantas lealtad,
tú con tu carnal cobdicia
tú vas contra pudicicia
sin freno de honestidad.
Tú nos metes en bollicio,
tú nos quitas el sosiego,
tú con tu sentido ciego
pones alas en el vicio.
Tú destruyes la salud,
tú rematas el saber,
tú haces en senectud
la hacienda y la virtud
y el autoridad caer.
AMOR.
No me trates mas, señor,
en contino vituperio,
que si oyeres mi misterio
convertirlo has en loor.
Verdad es que inconveniente
alguno suelo causar,
porque de el amor la gente
entre frio y muy ardiente
no saben medio tomar.
Razon es muy conoscida
que las cosas mas amadas
con afan son alcanzadas
y trabajo en esta vida.
La mas deleitosa obra
que en este mundo se cree
es do mas trabajo sobra,
que lo que sin él se cobra
sin deleite se posee.
Siempre uso de esta astucia
para ser mas conservado,
que con bien y mal mezclado
pongo en mi mayor acucia;
y revuelto alli un poquito
con sabor de algun rigor
el deseo mas incito,
que amortigua el apetito
el dulzor sobre dulzor.
Por ende si con dulzura
me quieres obedescer,
yo haré reconoscer
en ti muy nueva frescura:
ponerte he en el corazon
este mi vivo alborozo,
serás en esta ocasion
de la misma condicion
que eras cuando lindo mozo.
De verdura muy gentil
tu huerta renovaré,
la casa fabricaré
de obra rica y sotil,
sanaré las plantas secas
quemadas por los friores:
en muy gran simpleza pecas,
viejo triste, si no truecas
tus espinas por mis flores.
VIEJO.
Allégate un poco mas:
tienes tan lindas razones,
que sofrirte he que me encones
por la gloria que me das.
Los tus dichos alcahuetes,
con verdad ó con engaño,
en el alma me los metes
por lo dulce que prometes
de esperar en todo el año.
AMOR.
Abracémonos entramos
desnudos, sin otro medio,
sentirás en tí remedio
y en tu huerta frescos ramos.
VIEJO.
Vente á mí, mi dulce amor,
vente á mis brazos abiertos:
ves aqui tu servidor
hecho siervo de señor
sin tener tus dones ciertos.
AMOR.
Hete aqui bien abrazado:
dime, ¿qué sientes agora?
VIEJO.
Siento rabia matadora,
placer lleno de cuidado,
siento fuego muy crescido,
siento mal y no lo veo,
sin rotura estoy herido:
no te quiero ver partido,
ni apartado te deseo.
AMOR.
Agora verás, don Viejo,
conservar la fama casta:
aqui te veré do basta
tu saber y tu consejo.
Porque con soberbia y riña
me diste contradicion,
seguirás estrecha liña
en amores de una niña
de muy duro corazon.
Amarás mas que Macías,
hallarás esquividad,
sentirás las plagas mias,
fenesciendo viejos dias
en ciega cautividad.
Viejo triste entre los viejos,
que de amores te atormentas,
mira como tus artejos
parescen sartas de cuentas,
y las uñas tan crescidas,
y los pies llenos de callos,
y tus carnes consumidas,
y tus piernas encogidas
cuales son para caballos.
Amargo viejo, denuesto
de la humana natura,
¿tú no miras tu figura
y vergüenza de tu gesto?
¿y no ves la ligereza
que tienes para escalar?
¡Qué donaire y gentileza!
¡y qué fuerza y qué destreza
la tuya para justar!
¡Quién te viese entremetido
en cosas dulces de amores,
y venirte los dolores
y atravesarse el gemido!
Depravado y obstinado,
deseoso de pecar:
mira, malaventurado,
que te deja á tí el pecado,
tú no le quieres dejar.
VIEJO.
Pues en tí tuve esperanza
tú perdona mi pecar:
gran linage de venganza
es las culpas perdonar.
Si de el precio de el vencido
de el que vence es el honor,
yo de tí tan combatido
no seré flaco, caido,
ni tú fuerte, vencedor.
El galardón del sufrimiento
Puesto que muero de amores,
no quiero que me socorran,
ni que mis graves dolores
de mi memoria se borren;
porque quien me da la pena ya con ella me ha pagado,
y si es de su mano llena,
yo me doy por muy bien gratado.
La fe del caballero
(Estribillo)
No pueden cansar mi fe
cuantos males me hacéis,
pues que vos me los daréis.
(Coplas/Mudanza)
Si vuestra vista me mata,
vuestro olvido me consume;
si mi vida se desata,
vuestra gracia la presume.
No hay mal que me desbarate
si de vos me viene el daño;
aunque el alma se me acate,
no me cansa vuestro engaño.
Glosa a un tema cortesano
;Es un mal que no se siente
hasta que está en el hueso,
un dolor que no se arrepiente
de quedar en sí preso.
Es un fuego que no quema
si no es a quien lo desea,
una vida que se extrema
en que nadie la posea.
Fragmento del Epitalamio Burlesco
¡Oh, qué boda, qué alegría!,
¡qué de gentes de linaje!,
¡qué de joyas de valía,
qué de lutos el ropaje!
Comen todos a porfía,
beben más de lo que deben,
y en esta gran villanía
sus honras todas se embeben
La paradoja del masoquismo amoroso
Porque quien me da la pena / ya con ella me ha pagado.
No necesito que me correspondas ni que me des premios. El simple hecho de que tú te hayas
tomado la molestia de hacerme sufrir ya es un regalo para mí. Tu desprecio es una forma de
atención, y prefiero tu castigo a tu indiferencia.
El ataque social (Epitalamio Burlesco)
¡Qué de lutos el ropaje! / Comen todos a porfía […] y en esta gran villanía / sus honras todas se
embeben.
¡Vaya circo de boda! Todos van vestidos de gala pero parecen que van de entierro (por lo falsos
que son). Se están atiborrando de comida como animales, y mientras más tragan y más vino
beben, más se hunden en el fango. Han ahogado su supuesta honra en el plato de comida.
El amor como una trampa psicológica
Es un fuego que no quema / si no es a quien lo desea.
El amor no es algo que te pasa por accidente; es algo que tú dejas que te pase. El fuego solo te
quema si tú decides acercarte a él porque, en el fondo, quieres arder.

La Celestina
Obra de Fernando Rojas que, aseguró haber encontrado y no escrito el acto primero, cuya autoría
atribuyó a Rodrigo Cota y que otros autores e investigadores dan por sentado al coincidir el estilo
literario y satírico o atrevido de Cota.
Acto I
Escena I
CALISTO, que ha conocido a MELIBEA en su jardín, donde su halcón se refugió un día antes al
escaparse, se imagina en sueños que está frente a su amada, enamorándola. Ambos jóvenes se
hallan en el mismo jardín en el que se conocieron. MELIBEA está de pie; CALISTO, rendido a sus
plantas.
CALISTO.- En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
MELIBEA.- ¿En qué Calisto?
CALISTO.- En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y en hacerme el favor
de verte en un lugar tan conveniente para descubrirte mi secreto dolor. No creo que exista mayor
recompensa al servicio, sacrificio, devoción y obras pías que, por alcanzarla, tengo yo a Dios
ofrecidos. ¿Quién ha visto en esta vida cuerpo tan feliz como está ahora el mío? Los benditos
santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan lo que yo gozo en tu acatamiento. Mas en esto
diferimos, por desgracia, que ellos no temen perder su bienaventuranza y yo me alegro con recelo
del esquivo tormento que tu ausencia ha de causarme.
MELIBEA.- Pues un galardón aún mayor te he de dar, si perseveras.
—8→
CALISTO.- ¡Oh bienaventuradas orejas mías, que indignamente tan gran palabra habéis oído!
MELIBEA.- Desventuradas serán cuando acabes de oírme, porque la paga será tan fiera cual
merece tu loco atrevimiento. El intento de tus palabras, Calisto, ha sido de hombre que pretende
salir para perderse en la virtud de una mujer como yo. ¡Vete, vete de ahí, torpe, que no puede mi
paciencia tolerar que haya subido a un corazón humano el intento de alcanzar en mí el deleite del
amor ilícito!
CALISTO.- Iré como aquel a quien la adversa fortuna atormenta con odio cruel.
Escena II
Ambas figuras desaparecen y, echado en su cama, se despierta CALISTO. Se levanta y llama a
SEMPRONIO, su criado.
CALISTO.- (Yendo de un lado para otro del escenario.) ¡Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está
este maldito?
SEMPRONIO.- Aquí, señor, cuidando los caballos.
CALISTO.- ¿Dónde te habías metido?
SEMPRONIO.- Se cayó el gerifalte y vine a enderezarle la alcándara.
CALISTO.- ¡Abre las ventanas y arregla la cama! (Arrepintiéndose de pronto.) Mejor, vuelve a
cerrar las ventanas y deja que la tiniebla acompañe al triste y, al desdichado, la ceguedad. ¡Oh
bienaventurada muerte que, al ser deseada, llega a los afligidos!
SEMPRONIO.- ¿Qué cosa?
—9→
CALISTO.- ¡Vete de aquí! No me hables, pues, si no, quizá, antes de morir, te mate.
SEMPRONIO.- Me iré, ya que quieres sufrir solo.
CALISTO.- ¡Vete con el diablo!
SEMPRONIO.- No creo que venga conmigo el que contigo se queda. (Comienza a alejarse y,
mientras lo hace, reflexiona y duda.) ¿Qué le ha pasado a este hombre? ¿Qué hago ahora? Si me
voy y le dejo solo, se mata. Si vuelvo a entrar, me mata a mí. Mejor que muera aquel al que le
enoja la vida, que no yo, que me complazco en ella. Debo cuidarme por mi Elicia, pero, si se mata
sin otro testigo, tendré yo que dar cuenta de su vida. Mejor, entro. No, mejor que se desfogue un
poco, que, si entro ahora, puede ser peligroso. Dejémosle llorar. Si se mata, que se mate. Quizá
pueda quedarme con algo con que pueda mudar el pelo malo, aunque malo es esperar salud en
muerte ajena. Por otra parte, dicen los sabios que es bueno que quien sufre halle a alguien en
quien descargar sus cuitas. No sé qué hacer. Estoy perplejo. Entraré, lo sufriré y lo consolaré,
porque, si es posible sanar sin arte ni aparejo, más fácil ha de ser curar por arte.
CALISTO.- ¡Sempronio!
SEMPRONIO.- (Volviendo a entrar.) ¿Señor?
CALISTO.- Dame el laúd.
SEMPRONIO.- Aquí está.
CALISTO.- ¿Qué dolor podrá igualarse con el mío?
SEMPRONIO.- (Rasga el laúd y comenta.) Destemplado está el laúd.
—10→
CALISTO.- ¿Cómo puede templar el destemplado? ¿Cómo sentirá la armonía quien está consigo
mismo tan discorde? Tañe y canta la más triste canción que sepas.
SEMPRONIO.-
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía:
gritos dan niños y viejos
y él de nada se dolía.
CALISTO.- Mayor es mi fuego y menor la piedad de quien yo sé.
SEMPRONIO.- ¿Cómo puede ser mayor el fuego que atormenta a un vivo que el que quemó tal
ciudad y a tanta multitud de gente?
CALISTO.- ¿Cómo? ¡Yo te lo diré! Es mayor la llama que dura ochenta años que la que en un día
pasa y mayor la que mata el alma que la que quema cien mil cuerpos. Por cierto que, si el
purgatorio es tal, más querría que mi espíritu fuese con los de los animales que ganar la gloria de
los santos por este medio.
SEMPRONIO.- ¿Tú no eres cristiano?
CALISTO.- ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.
SEMPRONIO.- Bien sé de qué pie cojeas. Yo te sanaré.
CALISTO.- Cosas imposibles prometes.
SEMPRONIO.- Más bien, fáciles, que el comienzo de la salud es conocer la dolencia.
CALISTO.- ¿Qué consejo puede regir lo que en sí no tiene orden ni consejo?
—11→
SEMPRONIO.- (Riéndose.) ¡Ja, ja, ja! ¿Éste es el fuego de Calisto? ¿Éstas, sus congojas? ¡Como si
solamente contra él asestara el amor sus tiros! ¡Oh soberano Dios, cuán altos son tus misterios!
CALISTO.- ¡Sempronio!
SEMPRONIO.- ¿Señor?
CALISTO.- No me dejes. ¿Qué piensas de mi mal?
SEMPRONIO.- Que amas a Melibea.
CALISTO.- Amo a aquella, ante quien tan indigno me hallo, que no la espero alcanzar.
SEMPRONIO.- ¿Cómo es ella?
CALISTO.- Porque halles placer, he de figurártela por partes y por extenso. Comienzo por los
cabellos. ¿Conoces las madejas de oro delgado que hilan en Arabia? Más lindos son y no
resplandecen menos. Los ojos verdes, rasgados; las pestañas, largas; las cejas, delgadas y alzadas;
la boca, pequeña; los dientes, menudos y blancos; los labios, colorados y grosezuelos; el torno del
rostro, poco más largo que redondo; el pecho, alto; la redondez y forma de las pequeñas tetas,
¿quién la podría imaginar? Que se despereza el hombre cuando la mira. La tez, lisa, lustrosa; su
piel oscurece la nieve. Su color es mezclada, tal cual ella la escogió para sí. Las manos, pequeñas,
están de dulce carne acompañadas. Sus dedos son largos; las uñas, también, largas y coloradas,
que parecen rubíes entre perlas.
SEMPRONIO.- Aunque todo esto sea verdad, tú, por ser hombre, eres más digno. Ella es
imperfecta y, por tal defecto, te desea y —12→ apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No has
leído al filósofo que dice que «así como la materia apetece la forma, así la mujer al varón»?
CALISTO.- ¿Y cuándo veré yo eso entre mí y Melibea?
SEMPRONIO.- Yo te lo diré. Hace tiempo que conozco en esta vecindad a una vieja barbuda que
se dice Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que pasan de cinco
mil los virgos que se han hecho y deshecho por su autoridad. A las duras peñas ablandará y
provocará la lujuria si desea.
CALISTO.- ¿Podría yo hablarle?
SEMPRONIO.- Yo te la traeré hasta acá. Prepárate. Sé gracioso con ella. Sé franco. Estudia
mientras me voy cómo has de contarle tu pena de modo que ella encuentre el remedio.
CALISTO.- ¡Vete ya! ¿Por qué te tardas?
SEMPRONIO.- Ya voy. Quede Dios contigo.
Escena III
Sale SEMPRONIO y va a casa de CELESTINA. Hablan ambos en la oscuridad.
SEMPRONIO.- ¡Oh madre mía! Quiero que sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás pude,
después de que en ti puse mi fe, desear algún bien del que no tuvieses parte.
CELESTINA.- Abrevia y ve al hecho, que vanamente se dice con muchas palabras lo que en pocas
se puede resumir.
—13→
SEMPRONIO.- Así es. Calisto arde en amores de Melibea. De ti y de mí tiene necesidad. Pues
juntos nos ha menester, juntos nos aprovecharemos, que conocer el tiempo y la oportunidad hace
a los hombres prósperos.
CELESTINA.- Basta para mí con mover el ojo. Digo que me alegro de estas nuevas, como los
cirujanos de los descalabrados. Y como aquellos dañan en los principios las llagas y encarecen la
promesa de salud, así entiendo lo que podemos hacer con Calisto. Le alargaré la certeza del
remedio, porque, como dicen, la esperanza larga aflige el corazón y, cuando él la pierda, entonces
se la prometeremos. ¡Bien me entiendes!
SEMPRONIO.- Callemos, que a la puerta estamos y las paredes oyen.
Escena IV
CALISTO y PÁRMENO, su criado, en la habitación del primero. Escúchanse en la puerta ruidos de
alguien que llama.
CALISTO.- (Dirigiéndose a su criado con impaciencia.) ¡Abre ya, maldito sordo! ¡Corre!
(Sale PÁRMENO y regresa.)
PÁRMENO.- Señor, Sempronio y una puta vieja de pelo teñido eran los que llamaban.
CALISTO.- Calla, malvado, que es mi tía. ¡Ábrele!
PÁRMENO.- ¿Crees que es vituperio en las orejas de ésa el nombre con que la llamé? No lo creas,
que tanto se enorgullece de que se lo digan como tú de que te llamen diestro caballero. Con ese
título es —14→ nombrada y conocida. Si va entre cien mujeres y alguien dice «¡Puta vieja!», sin
empacho voltea la cabeza y sonríe. Si pasa cerca de los perros a «¡Puta vieja!» suenan sus ladridos;
si cerca de las aves, otra cosa no cantan que no sea «¡Puta vieja!». Los ganados lo pregonan, las
bestias rebuznan diciendo «¡Puta vieja!» y las ranas en los charcos no suelen mentar otra cosa. Si
va entre los herreros, eso mismo dicen sus martillos, y, entre los carpinteros, armeros, herradores,
caldereros y arcadores no hay instrumento que no forme en el aire su nombre, que, si una piedra
tropieza con otra, enseguida se escucha: «¡Puta vieja!» ¡Oh qué gran comedor de huevos asados
era su marido!
CALISTO.- ¿Y tú cómo lo sabes? ¿La conoces?
PÁRMENO.- Entregome a ella mi madre por sirviente, aunque no me conoce por el poco tiempo
que la serví y por lo que he cambiado con la edad.
CALISTO.- ¿De qué la servías?
PÁRMENO.- De todo. Ayudábala en aquellos menesteres a los que mi tierna edad bastaba. Tiene
la vieja seis oficios: costurera, perfumera, maestra de hacer afeites y recomponer virgos, alcahueta
y un poquito de hechicera. Bajo el primer oficio se ocultan los demás. Es amiga de estudiantes y
despenseros, de mozos y de abades. A muchas encubiertas he visto entrar en su casa y, tras ellas,
a hombres contritos con los calzones desabrochados que iban a llorar sus pecados.
CALISTO.- No me cuentes más, que lo que ahora importa es mi salud. ¡Ábrele! (PÁRMENO abre la
puerta y entran CELESTINA y SEMPRONIO.) ¡Ya la veo! ¡Sano soy! ¡Vivo soy! ¡Qué reverenda
persona! ¡Qué acatamiento! ¡Oh vejez virtuosa! ¡Oh virtud envejecida! Quiero —15→ besar esas
manos llenas de remedio. (Levántase de la cama, se pone de rodillas ante CELESTINA y toma sus
manos para besarlas.)
CELESTINA.- Dios os guarde, magnífico señor. Traigo conmigo la medicina para vuestros males.
PÁRMENO.- Ha caído Calisto. En tierra está adorando a la más antigua de las putas, la que fregó
sus espaldas en todos los burdeles. Deshecho es. Vencido es. Caído es.
Escena V
Están CELESTINA y PÁRMENO solos en la habitación de CALISTO.
PÁRMENO.- (Refunfuñando.) ¡Flaca puta vieja!
CELESTINA.- (Enfrentándolo.) ¡Putos días vivas, bellaquillo! ¿Cómo te atreves?
PÁRMENO.- Porque te conozco.
CELESTINA.- ¿Quién eres tú?
PÁRMENO.- El hijo de Alberto, tu compadre. Estuve contigo cuando morabas en la cuesta del río,
junto a las tenerías.
CELESTINA.- ¿Tú eres Pármeno, el hijo de Claudina?
PÁRMENO.- ¡Sí!
CELESTINA.- ¡Pues mal fuego te queme, que tan puta vieja era tu madre como yo! Acércate a mí,
ven acá, que mil azotes te di en este mundo y otros tantos besos. Dígote, hijo Pármeno, que tu
amo me —16→ parece que de todos espera mercedes sin nada a cambio. Ahora se presenta el
caso de que todos nos beneficiemos y que tú te remedies. Mucho te aprovecharás siendo amigo
de Sempronio.
PÁRMENO.- Tiemblo al escucharte. Téngote por madre, pero, por otra parte, Calisto es mi amo.
Deseo riquezas, pero no querría bienes mal ganados.
CELESTINA.- Pues yo sí. «A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo».
PÁRMENO.- Pues yo así no viviría contento, y tengo por cosa honesta la pobreza alegre.
CELESTINA.- Bien dicen que no puede haber prudencia sino en los viejos, y tú eres todavía un
mozo. Mira a Sempronio. Si estáis conformes, ambos podréis sacar mucho provecho y placer, que
estáis en la edad de jugar, vestir, burlar, comer, beber y hacer negocios de amores. Sempronio
ama a Elicia, prima de Areúsa.
PÁRMENO.- ¿De Areúsa, la hija de Eliso?
CELESTINA.- La misma Areúsa.
PÁRMENO.- (Enfático y embelesado.) Maravillosa cosa es.
CELESTINA.- Pues, si quieres la dicha, aquí está quien puede dártela.
PÁRMENO.- Te creo, pero no me atrevo. Perdóname, madre. La paz no se debe negar, que
bienaventurados son los pacíficos. El amor no se debe rehuir. Perdóname. Háblame. Dame tu
consejo. Manda, que a tu mandato mi consentimiento se humilla.
—17→
CELESTINA.- De los hombres es errar y de las bestias, porfiar. Alégrome, Pármeno, que al fin
hayas limpiado las turbias telas de tus ojos. Te pareces a tu padre. A veces, como tú, defendía
duros propósitos, pero luego tornaba a lo cierto. ¡Oh qué persona! ¡Qué cara tan venerable!
Paréceme estar viéndolo. Pero callemos, que se acercan Calisto y tu nuevo amigo Sempronio.
(Entran CALISTO y SEMPRONIO.)
CALISTO.- Dudas traía, madre, de hallarte con vida, pues tan grandes son mis infortunios. Aún
más maravilla es que llegue, como llego, vivo. Recibe la pobre dádiva de aquel que con ella la vida
te ofrece. (Entrégale una bolsa de cuero con monedas.)
CELESTINA.- Como en el oro fino, labrado por la sutil mano del artífice, la obra supera a la materia
de la que está hecha, así, señor, a tu magnífica recompensa aventajan la gracia y la forma de tu
dulce liberalidad.
PÁRMENO.- (A SEMPRONIO, en confidencia.) ¿Qué le ha dado, Sempronio?
SEMPRONIO.- Cien monedas de oro.
PÁRMENO.- (Conteniendo la risa.) ¡Ji, ji, ji!
SEMPRONIO.- ¿Habló contigo la madre?
PÁRMENO.- Calla, que sí.
SEMPRONIO.- ¿Y cómo estamos?
PÁRMENO.- Como tú quieras, aunque confieso que estoy espantado.
—18→
SEMPRONIO.- Pues yo haré que te espantes el doble.
CALISTO.- Ve ahora, madre, y consuela tu casa. Y, después, ven y consuela la mía. Hazlo pronto.
CELESTINA.- Quede Dios contigo.
CALISTO.- Y que él te guarde.
Escena VI
CELESTINA sola en su casa.
CELESTINA.- Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte
dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos que los
hirvientes, étnicos montes manan, gobernador y veedor de los tormentos y los atormentadores de
las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias, Tesífone, Megera y Aleto, administrador de todas
las cosas negras del reino, de Estigie y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales y litigioso
caos, mantenedor de las volantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas
hidras. Yo, Celestina, tu más conocida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerza de estas bermejas
letras, por la sangre de aquella nocturna ave con que están escritas, por la gravedad de aquestos
nombres y signos que en este papel se contienen, por la áspera ponzoña de las víboras de que este
aceite fue hecho, con el cual unto este hilado; vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad y en
ello te envuelvas y con ello estés sin separarte un momento hasta que Melibea, con aparejada
oportunidad que haya, lo compre y con ello de tal manera quede enredada, que cuanto más lo
mirare, tanto más su corazón se ablande a conceder mi petición, y se abra y lastime del crudo y
fuerte amor de Calisto, tanto que, perdida toda honestidad, se descubra a —19→ mí y premie
mis pasos y mensaje; y esto hecho, pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no lo haces con presto
movimiento, me tendrás por capital enemiga; heriré con luz tus cárceles tristes y oscuras; acusaré
cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre. Y otra
vez y otra vez te conjuro; y así, confiando en mi mucho poder, me voy con mi hilado, donde ya te
llevo envuelto.
Coplas de la panadera: Fragmento atribuido a Rodrigo Cota de la obra luego terminada por Juan de Mena
Di, Panadera,
Panadera soldadera,
que vendes pan de barato,
quéntanos algún rebato
que te aconteció en la vera.
Di, Panadera.
Un miércoles que partiera
el príncipe don Enrique
a buscar algún buen pique
para su espada ropera,
saliera sin otra espera
de Olmedo tan gran compaña,
que con mui fermosa maña
al Puerto se retrujera.
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