Poemas de Juvenal (poeta romano)

Juvenal

Poemas de Juvenal, el poeta satírico romano del siglo I–II d.C. célebre por sus Sátiras donde denuncia la corrupción, la hipocresía y los vicios de la sociedad imperial.

Con un estilo mordaz y solemne, emplea el hexámetro épico para ridiculizar a políticos, poetas mediocres, mujeres infieles y la ambición desmedida.

Su obra refleja desencanto y crítica social, convirtiéndose en espejo de Roma decadente y en advertencia moral sobre la vanidad de los deseos humanos.

Libro I: Sátiras 1–5

La corrupción, los malos poetas y la vida en Roma

¿Seré siempre oyente mudo, sin voz que responda?

Roma me ahoga con versos de poetas sin alma.

Cordos y Crispinos recitan su ruido gastado,

y yo, cansado, me pregunto si callar es delito,

o si la sátira es mi única espada.

 

Las calles hierven de pleitos y de engaños,

los jueces venden justicia por oro y favores.

El rico triunfa, el pobre se pudre en silencio,

y el poeta honesto muere de hambre,

mientras el adulador engorda en banquetes.

 

Roma es teatro de máscaras y mentiras,

cada cual finge virtud y oculta su crimen.

Yo levanto mi voz contra tanta podredumbre,

pues callar sería cómplice del fraude,

y mi sátira es fuego que desnuda la ciudad.

 

Libro II: Sátira 6

La decadencia del matrimonio y la moral femenina

La castidad vivió en la edad de Saturno,

cuando cuevas frías bastaban como morada.

El fuego era altar y hogar compartido,

y el ganado dormía junto a sus dueños,

sin oro, sin engaños, sin pactos de mentira.

 

Hoy las mujeres buscan joyas y amantes,

el lecho es mercado de cuerpos y favores.

El esposo crédulo paga con su honra,

y la fidelidad se vende al mejor postor,

como esclava en plaza pública.

 

¿Dónde hallar pureza en tiempos corrompidos?

Roma se ríe de la virtud perdida.

El matrimonio es guerra disfrazada de alianza,

y el amor, moneda falsa en manos de traidores,

que cambian besos por oro y poder.

 

Libro III: Sátiras 7–9

El deseo de huir de Roma y sus miserias

Alabo al amigo que huye de la ciudad,

y fija su morada en Cumas silenciosa.

Regala a la Sibila un ciudadano más,

abre la puerta hacia las playas de Baiae,

y busca sosiego en un litoral amable.

 

Roma es ruido, pleitos, humo y engaños,

sus calles son trampas para el hombre honesto.

El pobre tropieza con la furia del rico,

y la noche es guarida de ladrones,

que acechan al viajero sin defensa.

 

Mejor es el campo, con su aire puro,

donde el canto del ave sustituye al pregón.

Allí la vida fluye sin cadenas,

y el hombre respira libertad serena,

lejos del veneno de la gran ciudad.

Juvenal

Libro IV: Sátiras 10–12

La vanidad de los deseos humanos

Ruega por una mente sana en cuerpo sano,

pide un ánimo fuerte, sin miedo a la muerte.

Que vea el fin de la vida como don natural,

que soporte cualquier carga con firmeza,

y no tiemble ante el destino inevitable.

 

Los hombres piden poder, riquezas y gloria,

pero ignoran que todo es humo y sombra.

El triunfo político acaba en destierro,

y el oro atrae ladrones y traiciones,

más que la pobreza que duerme tranquila.

 

La verdadera fortuna es paz interior,

no el carro triunfal ni la corona vana.

Quien domina su miedo es más grande que César,

quien acepta la muerte es más libre que reyes,

y quien nada desea, todo lo posee.

 

Libro V: Sátiras 13–16

La conciencia moral y la culpa interior

Todo crimen hiere primero a su autor,

pues nadie culpable se absuelve ante sí mismo.

La primera venganza es el remordimiento,

aunque el juez corrupto venda absoluciones,

la conciencia dicta sentencia eterna.

 

El oro comprado con sangre es veneno,

la riqueza injusta quema como fuego oculto.

El ladrón duerme sobre almohadas de culpa,

y el asesino escucha voces en la noche,

que le recuerdan su crimen sin descanso.

 

Más vale pobreza limpia que riqueza manchada,

más vale hambre honesta que banquete infame.

El justo camina ligero, sin cadenas,

el injusto arrastra su sombra como castigo,

y su fortuna es cárcel invisible.

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