Poemas de Lucrecio (poeta romano)

Lucrecio

Tito Lucrecio Caro fue un poeta y filósofo romano del siglo I a.C., autor de la monumental obra «De rerum natura». Los Poemas de Lucrecio, a través de hexámetros dactílicos, expusieron la doctrina de Epicuro con un fin pedagógico y liberador.

Su pensamiento defendía el atomismo: el universo está compuesto por materia y vacío, sin intervención divina. Lucrecio buscaba erradicar el temor a los dioses y a la muerte, promoviendo la tranquilidad del alma (ataraxia).

Se mantiene un legado que une magistralmente el rigor científico con la belleza lírica. 

Escucha las Verdades que me Falta…

Escucha las verdades que me falta

hacerte conocer por modo claro.

Bien conozco que son bastante oscuras;

pero mi corazón ha sacudido

con fuerte tirso la esperanza grande

de gloria, y juntamente ha derramado

suave amor de las musas en mi pecho;

del que agitado con briosa mente

recorro los lugares apartados,

de las Piérides antes nunca hollados:

agrádame acercarme a fuentes puras,

y agotarlas bebiendo, y nuevas flores

agrádame coger para guirnalda

insigne con que ciña mi cabeza

de un modo que las musas a ninguno

hayan antes las sienes adornado:

primero, porque enseño grandes cosas,

de la superstición rompo los lazos

anudados que el ánimo oprimían

después, porque compongo versos claros

sobre una cosa oscura, realzando

con poética gracia mis escritos.

De la razón en esto no me aparto:

así, cuando los médicos intentan

hacer beber a un niño amargo ajenjo,

los bordes de la copa untan primero

con el licor de miel dulce y dorado,

para que, seduciendo y engañando

la impróvida niñez, hasta los labios

el amargo brebaje apure en tanto

y engañado no muera, sino que antes

convaleciendo así se restablezca;

del mismo modo, porque las más veces

parece trato yo de asuntos tristes

para aquellos que no han jamás pensado,

y que al vulgo disgustan de los hombres,

con el suave canto de las musas

quise explicarte mi sistema todo

y enmelarte con música pieria,

por si acaso pudiera de este modo

tenerte seducido con mis versos,

hasta que entera y fiel Naturaleza

sin velo ante tus ojos se presente.

De la naturaleza de las cosas, I, fragmento.

Lucrecio

Invocación a Venus

Madre de los griegos, deleite de hombres y dioses, Venus nutricia, que, bajo los signos que en el cielo se deslizan, henches de vida el mar portador de naves y las fructíferas tierras; pues gracias a ti toda especie viviente es concebida y surge a contemplar la luz del sol.

En fin, por mares y montes y arrebatados torrentes, por las frondosas moradas de las aves y las verdeantes llanuras, hundiendo en todos los pechos el bando aguijón del amor, los haces afanosos de propagar las generaciones, cada uno en su especie.

Y puesto que tú sola gobiernas la Naturaleza y sin ti nada emerge a las divinas riberas de la luz, y no hay sin ti en el mundo ni amor ni alegría, quisiera que me fueras compañera en escribir el poema que sobre la naturaleza me propongo componer.

 

Nada surge de la Nada

“Jamás cosa alguna se engendró de la nada, por obra divina. (…) Pues si las cosas salieran de la nada, cualquiera podría nacer de cualquiera, nada necesitaría semilla;

del mar podrían surgir de repente los hombres, de la tierra la familia escamígera, y las aves brotarían del cielo; el ganado y demás animales, bestias salvajes de toda especie, ocuparían, naciendo al azar, desiertos y cultivos;

ni los frutos de los árboles se mantendrían los mismos, sino que cambiarían; todos podrían producirlo todo.

 

Nada Retorna a la Nada

A esto se añade que, inversamente, la Naturaleza disuelve cada cosa en sus elementos, pero no las aniquila. (…) Que si en este tiempo y en el transcurso de las edades pretéritas existieron ya los elementos que constituyen y renuevan este mundo nuestro, éstos deben ser, con toda certeza, de esencia inmortal; nada puede, por tanto, retornar a la nada.

 

La Naturaleza Está Formada por Cuerpos Invisibles

Atiende ahora, habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, no fuera a hacerte recelar de mis palabras la incapacidad de tus ojos para distinguir los elementos primeros, déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aún siendo invisibles. (…)

El olor, la temperatura, el sonido…

Además sentimos los diversos olores de las cosas, sin que jamás los veamos venir a nuestras narices, ni vemos la temperatura del calor, ni podemos con los ojos captar el frío, ni nuestra vista percibe las voces, y no obstante, todos estos objetos fuerza es que sean de sustancia corpórea (material) dado que pueden impresionar los sentidos; pues nada puede tocar ni ser tocado si no es cuerpo.

Finalmente, se humedecen las ropas tendidas en la ribera donde rompen las olas y éstas mismas se secan expuestas al sol. Más, ni hemos visto de qué modo las empapó la humedad, ni tampoco cómo la ha ahuyentado el calor. Así pues, el agua se pulveriza en partículas que de ningún modo pueden captar nuestros ojos.

Más todavía: al cabo de muchas revoluciones anuales del sol, la sortija con el uso adelgaza por dentro; la gota que cae excava la roca; aunque de hierro, la corva reja del arado mengua imperceptiblemente en los surcos, y en las calles vemos el enlosado de piedra gastado por los pies de la turba; asimismo, junto a las puertas, las estatuas de bronce dejan ver cómo adelgazan las diestras por el tacto de tanta gente que las besa al pasar.

Todas estas cosas disminuyen, pues, ya que las vemos gastarse; pero, qué partículas las dejan en cada momento, es una visión que nuestra mezquina naturaleza nos veda. (…) Invisibles son, pues, los cuerpos con que obra la Naturaleza.

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