Poemas de Luis Barahona de Soto

Poemas de Luis Barahona de Soto

Poemas de Luis Barahona de Soto (1548-1595) fue un destacado poeta y médico renacentista español, perteneciente a la escuela antequerano-granadina. Su figura es célebre por haber recibido el elogio explícito de Miguel de Cervantes, quien, en el escrutinio de la biblioteca del Quijote, salvó su obra cumbre del fuego.

Su producción literaria brilla con Las lágrimas de Angélica (1586), un poema épico-culto que continúa las peripecias de los personajes del Orlando Furioso de Ariosto. En esta obra, Barahona despliega una exuberante imaginación, combinando el erotismo, la mitología y un estilo refinado que prefiguró el barroquismo. Además, destacó en la lírica italianizante con sonetos y églogas de gran perfección técnica. Como humanista, equilibró su rigor científico en la medicina con una sensibilidad artística que lo sitúa entre los grandes ingenios del Siglo de Oro.

A quién me quejaré de mi enemiga

¿A quién me quejaré de mi enemiga?

¿Al tiempo? No es razón, que me ha burlado.

¿Al cielo? No es juez de mi cuidado.

Ni al fuego, pues el fuego me castiga.

 

¿Al viento? Ya no escucha mi fatiga,

que está en mis esperanzas ocupado.

¿A Amor? Es mi enemigo declarado

y en condenarme piensa que me obliga.

 

Ya, pues ninguno de mi parte siento,

Filis ingrata, a ti de ti me quejo;

juzguen tus ojos, reos y testigos.

 

Y el tiempo, el cielo, el fuego, Amor y el viento

lloren mi muerte, pues mi causa dejo

en manos de mis propios enemigos.

 

Soneto del licenciado Joan de Faría, abogado y relator en la Real Chancillería de Granada.

El cofre de oro fino y margaritas,

con mil preciosas piedras esmaltado,

que al persa rey por guerras fue ganado

del macedón, con muertes infinitas,

 

gran Duque, que sus glorias resucitas

y en ánimo te le has aventajado,

para las altas obras fue guardado

que el singular Homero dejó escritas.

 

Otro más rico es bien que se procure

para éstas del gran Soto, si se mira

el don cual es y a qué señor se ofrece,

 

porque tan docto estilo en honra dure

de España, de quien Grecia ya se admira,

y el príncipe que tanto honor merece.

 

Las lágrimas de Angélica (fragmento)

Las lágrimas salidas de los ojos

más bellos, que en su mal vio amor dolientes,

y de los que siguiendo sus antojos

vagaron por desiertos diferentes,

si aquí os ofrezco (aunque en metal no digno)

las perlas que en las faldas orientales

vertió, llorando, la que pudo y quiso

del siglo ser infierno y paraíso.

 

Dejando aparte el hiperbóreo suelo

hay otro más alegre, do la tierra

en fuerza y paz tranquila imita al cielo,

pues nunca teme hambre, sed, ni guerra;

allí entre montes hechos de alto yelo,

en una gruta de cristal se encierra

un suntuoso alcázar, donde vive

el que las almas de su error recibe.

 

Sacad a luz de la tiniebla oscura

del Orco, a vuestra Angélica elegante,

cual su Eurídice tierno tracio amante,

aunque con más consejo y más cordura;

que no es el ciego Amor cosa tan ciega,

que abrace a quien por fuerza se le allega,

ni es bien que en lazo de diamante y oro

se rinda a un monstruo el más sutil tesoro.

 

Soneto de don Manuel de Benavides, señor de Javalquinto y Estivel y mayorazgo de Almanzora.

Bellas redes de amor, madejas de oro,

sartas de aljófar, púrpura, ámbar, nieve,

del celebrado rostro, a quien se debe

la singular belleza de Medoro,

 

rendíos al santo y venerable coro,

del rojo Apolo y las hermanas nueve,

que es bien que el mundo y su riqueza apruebe

lo que da el cielo por mayor tesoro.

 

Y así como linaje y fortaleza

pospuso a la caduca hermosura,

la antigua reina del Catay señora,

 

posponga y rinda la mortal belleza

al vivo ingenio y ciencia eterna y pura,

y venza al fuerte y bello el sabio agora.

 

Soneto de Pedro de Cáceres de Espinosa

Sacad a luz de la tiniebla oscura

del Orco, a vuestra Angélica elegante,

cual su Eurídice tierno tracio amante,

aunque con más consejo y más cordura.

 

Bien pudo ser igual su hermosura,

y mucho el Orco al Orco semejante,

y que uno en Ebro y otro en Ebro cante,

mas grande es la distancia en la ventura.

 

Que aquella volvió el rostro inadvertida

a la prisión antigua, y no ha alcanzado

volverla el muerto Orfeo al ser perdido;

 

mas ésta, ya a la luz del sol salida

merced del canto de otro no igualado,

jamás verá la muerte ni el olvido.

 

Soneto de Joan de Sosa, a los lectores

Albricias los que tanto deseastes

ver la que viva tantos desearon,

pues si en aquello tanto trabajaron

en esto lo posible trabajastes.

 

Y aun pienso que en deseo les pasastes,

que no sé si en deseos os pasaron,

y al fin no se podrá decir que la gozaron

cual se podrá decir que la gozastes.

 

Gracias a nuestro insigne Barahona,

por quien está ya más enriquecida

Angélica, que no con su Medoro;

 

que si ella le dió aquél mortal corona,

dest’otro la recibe, y gloria, y vida,

que es más que Imperio, y que belleza, y oro.

 

Soneto del licenciado Joan de Faría, abogado y relator en la Audiencia de Granada

Dichosa edad que aquel siglo dorado

aventaja el febeo movimiento,

y en cuanto ha rodeado el firmamento

en nuestra España el fruto ha mejorado.

 

Con un Apolo nuevo, enamorado

de Dafne no, de Angélica contento,

sus lágrimas cantando y su lamento,

del árbol que ellas riegan laureado.

 

Parnaso y Citerón con nuevas flores,

adornan frente y sien del nuevo Apolo

por mano de sus musas, confesando,

 

se mueren por Angélica de amores,

después que está sus lágrimas cantando

nuestro español ibero, Soto solo.

 

Soneto de Gregorio López de Benavente

La fama que mil ojos trae contino,

y el tiempo cuyo vuelo no reposa,

perdieron curso, y vista, y pluma honrosa,

en una enfermedad que a ambos les vino.

 

A remediarse fueron al divino

Apolo, el cual con lengua generosa

les dijo: Medicina más preciosa

sin advertir se os queda en el camino.

 

Decilde a Soto que el licor suave

que por Medoro Angélica vertía

él mismo os administre, y seréis sanos.

 

Hiciéronlo, y él hizo lo que sabe,

y cada cual cobró más gallardía,

más ojos, plumas, lenguas, curso y manos.

 

Contra un poeta que usaba mucho de estas voces

Esplendores, celajes, rigoroso,

selvaje, llama, líquido, candores,

vagueza, faz, purpúrea. Cintia, ardores,

otra vez esplendores, caloroso;

 

ufanía, apacible, numeroso,

luengo, osadía, afán, verdor, errores,

otra y quinientas veces esplendores;

más esplendores, crespo, glorioso;

 

cercos, ásperos, albos, encrespado;

esparcir, espirar, lustre, fatales,

cambiar, y de esplendor otro poquito;

luces, ebúrneo, nítido, asombrado,

orna, colora, joven, celestiales…

Esto quitado, cierto que es bonito.

 

No es tiempo ya crüel, que más te ascondas

No es tiempo ya crüel, que más te ascondas

ni pongas a mi bien más embarazos;

haz esta carta, como a mí, pedazos,

que ya no espero más que me respondas.

 

Ya estoy como el que en esas aguas hondas,

cansado de medir el mar a brazos,

soltó los flojos y cansados brazos,

la boca abriendo a las saladas ondas.

 

Vencido me ha tu cruel y duro pecho,

mas, pues mi fino amor no conociste,

no es mucho que me prives de esperanza.

 

Con esto solo parto satisfecho,

que cuando entiendas lo que en mí perdiste

tú misma me darás de ti venganza.

 

El cofre de oro fino y margaritas

El cofre de oro fino y margaritas,

con mil preciosas piedras esmaltado,

que al persa rey por guerras fue ganado

del macedón, con muertes infinitas,

 

gran Duque, que sus glorias resucitas

y en ánimo te le has aventajado,

para las altas obras fue guardado

que el singular Homero dejó escritas.

 

Otro más rico es bien que se procure

para éstas del gran Soto, si se mira

el don cual es y a qué señor se ofrece,

 

porque tan docto estilo en honra dure

de España, de quien Grecia ya se admira,

y el príncipe que tanto honor merece.

Poemas de Luis Barahona de Soto

Consejos ciegos

Cuéntase originalmente las causas que movieron a los tártaros para venir primera y segunda vez sobre la China, y el largo cerco del Catayo en ausencia de Angélica, sobre cuya libertad va Libocleo en compañía de Organda a consultar a Demogorgón, príncipe de las hadas, el cual, habiendo respondido a ciertas cuestiones que le han propuesto, predice lo que ha de suceder casi en todo el mundo en aquellos tiempos.

Las lágrimas salidas de los ojos

más bellos, que en su mal vio amor dolientes,

y de los que siguiendo sus antojos

vagaron por desiertos diferentes,

entre las armas, triunfos y despojos

gloriosos, cantaré, de aquellas gentes

que tras su error, por sendas mil que abrieron,

del fin de Europa, un tiempo, al de Asia fueron.

 

De dos contrarias reinas casi inmenso

poder, que a la India y Citia tan distantes

juntó, y de dos guerreros más aun, pienso

mostrar, de vuestra casta y semejantes;

que si no son por quien se os paga hoy censo

del mundo, son por quien pagárseos antes

debiera, en cuya heroica valentía

lo mucho que os da el cielo os prometía.

 

Pues ¡oh, vos, grande y única esperanza

de espíritus gentiles, y coluna

de sus memorias vivas!, do no alcanza

olvido, tiempo, muerte ni fortuna;

a cuya voluntad, ceño y mudanza,

responde tierra, y agua, y aire, y luna,

dad favorable espíritu a mi canto,

que comenzando en vos se atreve a tanto.

 

Y recebid, según soléis, benigno

mi ofrecimiento humilde y sus iguales,

que no es (ya que presente pobre) indigno

de manos generosas y reales;

si aquí os ofrezco (aunque en metal no digno)

las perlas que en las faldas orientales

vertió, llorando, la que pudo y quiso

del siglo ser infierno y paraíso.

 

Y entre esta y la otra perla, o fino grano

de aljófar, que la crespa concha cría,

aquí el rubí y allí el diamante ufano,

que el uno al otro al sol vencer porfía,

de aquel minero antiguo y soberano

de vuestra singular genealogía,

y del principio suyo, con que ha sido

el orbe tanto tiempo esclarecido.

 

De aquel Bernardo, aquella gloria, digo,

de España y Francia, y de una y otra espanto,

que de ambas fue ya amigo, ya enemigo,

con pecho siempre leal y celo santo;

de tanto peso es ser de aquel Rodrigo

origen, que lo es vuestro, y darle es tanto

escaques de armas de ínclitos varones,

en que él pintase al fin vuestros girones.

 

Mas tú de un claro espíritu y divino,

¡oh musa, colma ya mis duras venas!,

pues sabes los secretos por do vino

a ser lo que sospecha el vulgo apenas,

diciendo, en alto estilo o peregrino,

las cosas de misterios tantos llenas,

cubiertas de tinieblas y de errores,

no sin afrenta y culpa de escritores.

 

Sabráse por qué causas fue movida

a fatigar los reinos del oriente,

de saña, y de furor, y ira encendida,

la emperatriz de la tartárea gente

allí do está la luz siempre ascondida,

y donde nunca el Sol mostró su frente,

sobre el cimerio Bósforo, a aquel lado

por donde el norte eriza el mar helado.

 

Dejando aparte el hiperbóreo suelo

hay otro más alegre, do la tierra

en fuerza y paz tranquila imita al cielo,

pues nunca teme hambre, sed, ni guerra;

allí entre montes hechos de alto yelo,

en una gruta de cristal, se encierra

la fada Filtrorana, cuya suerte

no está sujeta al tiempo ni a la muerte.

 

La cual no en otra cosa se entretiene

que, a veces, en tejer, de seda y oro,

aquel cendal sutil que Amor le tiene

cubierto el ciego rostro por decoro,

y aquel pabilo blando que mantiene

su fuego en cera virgen, y el sonoro

estambre, de que encuerda aquel discante

que rompe los candados de diamante.

 

También, a veces, remediar procura,

con yerbas o palabras no entendidas,

los vicios de fortuna y de ventura,

prestando a los defuntos otras vidas;

verdad es que a las veces se apresura,

y causa en el curar nuevas heridas,

bien como al que su astucia misma ciega,

y aparta el bien, y el mal que huye allega.

 

Llegó a noticia desta, un tiempo, que era

dispuesto por el cielo que Agricano,

emperador de aquella gente fiera

que descendió del monte Belgiano,

vendría a morir, siguiendo la carrera,

de Amor; el cual gran tiempo amó (y no en vano)

su hija, de quien nieto había tenido

y hijo, y della padre fue y marido.

 

La fada, por cubrir los hechos feos,

crió en Iberia al hijo, y a la madre

llevó tras los altísimos Rifeos,

con la otra gente que es de Amor cofadre;

vivió martirizado en sus deseos

el valeroso, más que cuerdo, padre,

que al fin, por olvidar, con mucha gente

pasó buscando a Angélica al oriente.

 

Cuya belleza entonces florecía

con fama sin igual, habiendo hecho

temblar, en vano, cuanto seso había

del mar de Arabia y Ponto a nuestro estrecho;

cercóla el gran señor de Tartaría

y conquistó su tierra, aunque no el pecho,

que no es el ciego Amor cosa tan ciega,

que abrace a quien por fuerza se le allega.

 

Después que fue de muchos defendida

la empresa, y fue de muchos conquistada,

dejaron muchos en su amor la vida,

y en su crueldad la sangre derramada;

la de Agricano entre ellas fue perdida,

perdida y no buscada, ni vengada

hasta que, no heredando otra persona,

la hija vino al cetro y la corona.

 

Que aunque era primogénito, heredero

del reino, Mandricardo, había salido

vagando por el mundo aventurero,

perdido en otro intento más perdido,

y por su ausencia, el gran senado entero

de la tartárea fuerza, había elegido

por reina a la alta dama y valerosa,

que hija de Agricano fue y esposa.

 

Y tuvo en su poder no sólo aquella

antigua posesión qu’el padre había

tenido, qu’es la gente que la estrella

del Polo ve, y en casas nunca fía,

mas todo lo qu’el cita alcanza y huella,

y la Sarmacia, y Ziggia o Circasía,

con todo aquel distrito comarcano

que tuvo el padre y que añadió el hermano.

 

La cual, después que reina y heredera

se vio del largo imperio, no olvidando

la muerte que a su padre (que antes era

su esposo), por Angélica, dio Orlando,

dejó su quieta silla, y brava y fiera

se vino, el femenil valor sobrando,

a conquistar la ajena, habiendo dado

fatiga a lo poblado y despoblado.

 

Por fieras gentes y naciones varias,

inquietas y enemigas de sosiego,

condujo sus legiones ordinarias

por fuerza, por amor, por precio, o ruego;

y algunas fue dejando tributarias,

y algunas fue allanando a sangre y fuego,

quitándoles su ley, honor, y haberes,

a batrios, sacas, sogdios, indios, seres.

 

Supeditó las tierras margianas,

y aunque la China bien se defendía

contra ella, fueron sus astucias vanas,

pues del copete la ocasión tenía,

que al fin rindió las fuerzas comarcanas,

y asedio al gran Catayo puesto había,

do es muerto Galafrón, su hija ausente

holgando en los extremos del poniente.

 

Tres años tuvo el cerco, y el postrero,

los chinos a tal término han venido

que, dándole gran suma de dinero,

con ella convinieron tal partido:

que si en aquél no pareciese entero

la reina, que en los dos habían servido,

le diesen la ciudad, y juntamente

lo que hay del Gange y su India al fin de oriente.

 

Y así los ciudadanos afligidos,

habiendo largas postas enviado,

a públicos lugares y ascondidos,

desde el Canopo ardiente al carro helado,

y desde la ciudad a los floridos

campos que el fresco céfiro ha ilustrado,

y no teniendo della nueva cierta,

estaban ya para entregar la puerta.

 

De aquestos un hidalgo, un Libocleo,

de clara sangre y hijo de Astrefilo,

tomando más a pechos, según creo,

la misma empresa, aunque por otro estilo,

anduvo con la fuerza del deseo

del alto Tanais al profundo Nilo,

vio la África y la Europa en su demanda,

y al fin le aprovechó la sabia Organda.

 

Que habiendo tanto y tanto rodeado,

de aquella conoció, por nueva cierta,

el traje de su reina, y el estado,

y cómo se casó, y que no era muerta,

mas qu’ella con Medoro había llegado,

y estaba presa, en la ínsula desierta,

donde el poder del Orco tan grande era

que de su libertad se desespera.

 

Y supo juntamente qu’esta fada,

con todas las demás quería juntarse

en un concilio, a que antes fue emplazada,

do un grave caso había de consultarse;

rogóle y aun metióse en la jornada,

quiriendo de sus fuerzas ayudarse,

que de la libertad allá tratase

de Angélica, y consigo le llevase.

 

Organda, aunque no afable ni amorosa,

forzada de su mucha cortesía,

por una senda varia y salebrosa,

le puso al pie del monte qu’él pedía;

le puso y le dejó, que a fada o diosa

apenas se concede, y aquel día,

y en otro aun a ellas mismas es vedado,

y nunca es de mortales pies pisado.

 

Entre India y Citia sube el monte oscuro

con ciegas nubes, y su cuello empina

sobre el Imabo y Caspio, tan seguro

que cumbre igual no ha visto allí o vecina,

a do, cercado cual de cava o muro,

de cavernosos riscos y ruina,

tan alto un templo insigne se levanta,

que con su frente casi al cielo espanta.

 

Allí Demogorgón, que enfrena y rige

las fadas, cada lustro las juntaba,

los hechos y aun las leyes les corrige,

sus aranceles rompe y otros clava;

a cuál con suspensión de oficio aflige,

a cuál por premio y por favor alaba,

a cuál castiga, a cuál le recompensa

el daño, si le han hecho alguna ofensa.

 

Pues siendo el año y día en que conviene

juntarse a cortes o al fatal consejo,

cual del Ibero, cual del Indio viene,

cual del Hircano, cual del mar Bermejo,

sin enfrenar caballo y sin que pene,

con yugo, del novillo el sobrecejo,

sin fatigar el mar ni el suelo duro,

rompiendo la región del aire oscuro.

 

Y al tiempo que llegaba Organda, fueron

llegadas otras muchas más honrosas,

que de oro y varias perlas compusieron

sus ricas vestiduras y preciosas,

con que en el consistorio parecieron,

las unas y las otras deseosas

de preferirse en la belleza a ciento,

y en gala, y tiempo, y en lugar y asiento.

 

Morgana sola, no como solía,

ni primera, ni más aderezada,

mas siendo junta ya la compañía

llegó, y más de una cosa ya tratada,

suelto el cabello al viento se rompía,

muy sucia y de sí misma despreciada,

del traje y parecer que tuvo cuando

cazada y presa fue del conde Orlando.

 

Al gran colegio se humilló, y camina

a sentarse en el más humilde puesto,

y, cual con hondo pensamiento, inclina

la vista a tierra, y no levanta el gesto;

a tiempo que algún caso grave Alcina

quería tratar, ya en pie, y viendo dispuesto

el cónclave al mayor daño presente,

así le aplicó el suyo diestramente.

 

¿Qué no se esperará de aquí adelante

en daño nuestro?, ¿en qué será estimado

nuestro poder?, si un caballero andante

ha sido sin castigo tan osado;

aquel señor de Brava, aquel de Anglante,

si ha sido siempre y es demasïado,

aquí en Morgana quiero que se vea,

que bien lo muestra el rostro y su librea.

 

¿Quién hay que ya no sepa claramente

el mal que ha recebido de sus manos?,

o viva en los desiertos do no hay gente,

o allá en los garamantas o britanos;

la destrucción de su hermosa fuente,

sus dragos muertos, muertos sus lozanos

y fuertes toros, su poder rompido,

y el edificio ilustre consumido.

 

Y no con esta injuria asaz contento

seguilla, y alcanzalla, y aun prendella,

¡qué ofensa!, ¡qué castigo!, ¡qué escarmiento!,

hacer escarnio, y risa, y burla della,

tomalle el inviolable juramento,

y que, por si no pueda hablar ella,

ni otra en su lugar, ni quita fuerza

el alegar que hecho fue por fuerza.

 

Así quedó privada de esperanza

aun de llorar su misma desventura,

pues ni tratarse puede de venganza,

ni desealla, sin quedar perjura;

a todas toca, a cada cual alcanza,

pues ella no lo trata ni procura

por no poder, y es bien que se provea

(aunque ella niegue) que vengada sea.

 

Sufriéndose esta injuria, nos manchamos

de infame cobardía y de vileza,

y más que a nuestro imperio le quitamos

el niervo principal de su grandeza,

y a otro la ocasión y puerta damos

con que se atreva a darnos más tristeza,

pues quien se venga bien, demás que ofende

a su ofensor, de muchos se defiende.

 

Así alargó su habla, disponiendo

las fadas a vengar el común daño,

el caso muchas veces repitiendo

por vario y detestable, y muy extraño,

después a Falerina introduciendo

también le hizo, con discreto engaño,

pedir la injuria, hasta allí olvidada,

del jardín roto y la perdida espada.

 

Las cárceres quebradas, la ruina

y el menosprecio, hizo allí patente,

que recibió de Astolfo Dragontina,

y al fin de Orlando y la francesa gente;

también las fadas blanca y negra inclina

que la muerte de Orilo juntamente

añadan, y con este y otro exceso,

más hojas y cuadernos al proceso.

 

Después mostró agraviada la Osofana,

la Lematuria, Antandra, y la Circina,

la Febosila, y Marcia, y Filtrorana,

y la Volupia, y Brigia, y Aquilina,

cual del esposo fiel de Galerana,

cual del de Flor de Lisa, y de Armelina,

y todas, con razón más clara y cierta,

del hijo de Beatriz y del de Berta.

 

Mas nunca Alcina en esto se metiera,

ni la ira le mudara el bel semblante,

si al claro hijo nunca conociera

de la infelice hija de Aygolante;

de verle o de gozarle desespera,

y amor y odio en el cerebro amante

pusieron mil imágines, do alcanza,

aquí restitución, allá venganza.

 

Perder no pudo, del profundo seno,

que le hubiese Rugero así huido,

no sé si más de amor que de ira lleno,

que mal tras tanto amor se sigue olvido,

mas presto se convierte en el veneno

del odio, que uno y otro es producido

del arco mismo con que el dios ofende,

qu’el alta brasa yela y nieve enciende.

 

Y así turbar la Francia procuraba

con tal revolución que, destruida,

dejase Bradamante a aquél que amaba,

y que él volviese a la viciosa vida;

para esto vio también lo que importaba

la libertad de Angélica perdida,

y della puso al príncipe demanda,

si no es que la esforzó y la puso Organda.

 

Sobre esto a la memoria reducía

aquel hadado anillo y lanza de oro,

las armas y el caballo de Argalía,

indigno de apreciarse por tesoro,

y el gran valor que Galafrón tenía,

que, en cuanto pudo, engrandeció su coro,

y de su bella hija la importancia,

para la muerte general de Francia.

 

Los daños hizo al fin universales,

y general la queja astutamente,

y que debían hacer castigos tales

que no sólo uno sea el que escarmiente,

mas todo el que a las alas desiguales

del águila soberbia alza la frente,

y aquel de quien por cierto se tenía

que si no le estorbasen la alzaría.

 

Aquí cesó de razonar cansada,

aunque no fue concluso su proceso,

que la querella se dejó entablada

porque se fortalezca en el progreso;

después dio quejas otra y otra fada,

herida la una y otra hasta el hueso,

haciendo más odioso de contino

el nombre de uno y otro paladino.

 

Si no es Morgana, todas juntamente

a voces piden el común castigo

en la romana y la francesa gente,

sin reservar amigo ni enemigo;

cual por agravio hecho abiertamente,

y cual por odio, y cual porque consigo

tiene rancor e invidia, en vituperio

de la grandeza del romano Imperio.

 

El público rumor también resuelto

quedó, en que debe Angélica librarse,

que si es su cuerpo de prisiones suelto

podrán con él mil almas añudarse,

será el agravio general absuelto,

vendrá la Francia y Imperio a castigarse,

ni de Águila habrá seña, o Flor de Lis,

ni memoria de Roma o de París.

 

Demogorgón, que tiene ya entendida

la queja, y cuanta parte tiene en ella,

pues su grandeza halla y ve ofendida

tras la común ofensa y la querella,

tres veces su cabeza sacudida,

eriza cual león las cerdas della,

y arruga la cuadrada y dura frente,

hablando así discreta y sabiamente:

 

Morgana el daño ajeno verá cierto

si tuerce el rostro en bien de su enemigo,

pues nunca el enemigo descubierto

ofente tanto como el falso amigo,

ni el hombre vivo en muchos vicios muerto

lo puede estar para su bien consigo,

ni la promesa y la esperanza ha hecho

menos que alzar a un vano intento el pecho.

 

Y al fin hadado amor traerá a Rugero

y acabará, olvidada Bradamante,

la espada ganará el bastardo ibero,

con ella morirá el señor de Anglante,

seréis vengadas todas por entero,

mas antes, por el oro del levante,

veréis dudosa mi verdad y incierta,

y en vuestro seso la esperanza muerta.

 

Si no queréis ver rota la coluna

de vuestro ingenio, en su primer batalla

no pongáis duda, que a su bien repuna,

de aquél en su tercera es bien guardalla;

en guerras desiguales, y en fortuna,

y en aplazado campo, al fin con malla

y arnés vestida, y con la espada amiga,

ni rota podrá verse ni en fatiga.

 

¡Oh, firme, y fuerte, y de muy larga vida,

si nunca ante la bella se rindiese,

o si con ella su interese olvida

y no la amase ni la aborreciese!;

romperse ha la prisión do está metida

con mengua cada cual del interese,

ya de la maga, ya del Orco fiero,

cuya secreta historia abriros quiero.

 

Neptuno, Amor, y Marte, un tiempo fueron

en grande división y diferencia,

que el principado entrellos pretendieron

y a Júpiter lo dejan en conciencia;

él y los que con él allí estuvieron

a mí me remitieron la sentencia;

yo dije que el que de los tres hiciese

mayor hazaña, el principado hubiese.

 

Y en la contienda el dios del mar, queriendo

ser el primero, hizo que engendrado

de un hombre humano fuese el Orco horrendo

en su ballena (o carne sea o pescado),

a igual de el grande pecho el cuello abriendo,

que Láquesis predijo que ahogado

había de morir, y afirmó Cloto

que no, si no de arriba abajo roto.

 

Y así le hizo de una piel tan dura,

templada ya en las aguas, ya en el fuego,

que no hay arnés tan fino, ni armadura

que muestre en su defensa más sosiego;

de Atropos supo que de amores jura

que ha de morir, y así le hizo ciego,

y sin distinto sexo, y más hiciera

si corazón y seso no le diera.

 

Con esto vive el Orco incorruptible,

de lazos muy seguro, qu’el garguero

de humana fuerza no es comprehensible,

que con el pecho tiene un hueso entero,

y más de hierro, que es indivisible

aquel cerdoso y encantado cuero,

y de concupiscencia, que o es pece,

o ni es varón, ni hembra, ni apetece.

 

Verdad es que consigo una matrona

ha mucho tiempo que conserva y tiene,

mas es porque entretenga su persona

en lo que más le agrada o le conviene,

la vida a sola aquélla le perdona,

y mata toda cuanta gente viene:

los hombres luego, y las mujeres guarda

para el efecto mismo, aunque se tarda.

 

Ha muchos años ya que el monstruo dura,

Neptuno vive alegre y confiado,

que la sentencia tiene por segura

y casi goza el alto principado,

Mavorte brama y pierde la cordura,

y Amor está encogido y fatigado;

ninguno de los dioses hablar osa,

y espérase el suceso de la cosa.

 

Pero dejada toda historia aparte,

conviene que se apreste luego Alcina

para el poniente, y a la diestra parte

derrame sus engaños Falerina,

a la siniestra busque por qué arte

los mares alborote Dragontina,

y vaya do quisiere esotra gente,

que Filtrorana basta para oriente.

 

Dijo, y sin tardar más, en un momento,

no pareció, y dejando aquel gobierno,

se vio del templo solo el fundamento,

que todo lo demás tragó el infierno;

el austro, el aquilón, y el otro viento

que en el poniente es amoroso y tierno,

las llevan, cada cual leda y ufana,

quedándose en el euro Filtrorana.

 

La cual ha mucho tiempo que tenía

en su poder, el hijo incestuoso

del gran emperador de Tartaría,

hadado como Aquiles el famoso;

con leche de leona y tigre cría

el niño, que ya es mozo valeroso,

quiérelo mucho y aun su muerte siente,

que sabe que le aguarda en el oriente.

 

Y así mil veces le amonesta en vano

que no vaya a la India ni la vea,

y que en el pueblo moro o el cristiano

podrá ganar la gloria que desea,

y si vengar la muerte de Agricano,

su padre, quiere, que muy cierto crea

que en el ocaso, con diversa suerte,

está quien le mató y causó la muerte.

 

Con cuentos de Marsirio, y de Agramante,

y de Gradaso, y Carlo, al mozo tiene,

y del gran Rodomonte y Sacripante,

entretenido el tiempo, y cuando viene

en ocasión, con obras y semblante

del fuerte Mandricardo, le entretiene;

que así en la ibera y en la selva hircana,

le tuvo muchos años Filtrorana.

 

Parte en la Iberia donde fue nacido,

de venenosos animales llena,

ya por el monte Cáucaso crecido,

que toda la circunda y encadena,

ya por el Ponto y Colcos le ha traído,

mas siempre, en el desierto o en la arena,

contino con un solo compañero,

y a veces con el rey de Ponto fiero.

 

Cien lenguas lo enseñó perfectamente,

que cada cual hablaba y respondía,

y las tres artes con que fue elocuente,

tras de contar, medir, y astrología;

en música salió más excelente

que en toda la demás filosofía,

que dicen que aplicaba el pensamiento

más a imaginación que a entendimiento.

 

Después danzar, después luchar le enseña,

jugar la lanza y revolver la espada,

que aquella edad tan tierna, de pequeña

es bien que crezca en esto ejercitada;

con letras solas sale zahareña,

de sus provechos floja y descuidada,

sin letras ruda, y desta sutileza

el cuerpo y alma adquiere igual destreza.

 

Después en ejercicios de la caza

gastarle hace muchos ratos vanos,

do no con solas liebres se embaraza,

leones rinde, y osos mata hircanos,

a pie las tigres sigue, y despedaza

las hienas y serpientes con sus manos,

y a veces a caballo, al cual primero

le hizo corregir con duro acero,

 

y a veces no rendido, aunque domado

sin qu’el feroz vigor perdido hubiese,

sin silla se lo dio y desenfrenado,

y le mandó que así le corrigiese,

haciéndole saltar de cada lado,

y que de encima dél corriendo asiese

la lanza, que en el suelo está tendida,

y alguna pieza sin sazón perdida.

 

Después que varias vueltas dio desnudo,

o con vestido y hábito ligero,

y que sufrir arnés y yelmo pudo,

vestir le hizo de pesado acero,

ceñir espada y embrazar escudo,

mas orden no le dio de caballero,

ni usar de su nobleza le consiente

hasta que lo reciba en el poniente.

 

A do, por ruego de las fadas, piensa

encaminalle; porque se entendía

que sólo el mozo a la común ofensa,

venganza muy bastante prometía;

que de su honor y daño, recompensa,

matando al conde Orlando, les daría;

pues ya Demogorgón dijo primero:

la espada ganará el bastardo ibero.

 

Mas aunque cierto por aquí se entiende

que en manos deste ha de acabar Orlando,

no sabe si el pronóstico se extiende

a que ambos mueran juntos peleando;

resfríala el miedo y el deseo la enciende,

y entre ellos se anda el tiempo dilatando,

mil pensamientos mira, muda, y vuelve,

y destos en ninguno se resuelve.

 

Aflígese ella misma, y se consuela,

y esfuérzase con esto finalmente,

que si es la lid en Francia no hay que duela,

que el mozo ha de morir en el oriente;

también conoce, por igual cautela,

que Orlando ha de morir en el poniente,

y así juntallos en París procura,

do tiene por ganada la aventura.

 

Mas a la fin, con pecho temeroso,

temió la vuelta que fortuna puede

dar en las cosas, y que un fin gozoso

frustrado en medio de esperanzas quede;

temió qu’el Conde siempre fue dichoso,

y que en valor a todo el mundo excede,

y cuántas veces le tiñó la espada

la sangre de Agricano desdichada.

 

Temió también que la ocasión podría

mudar cualquier prudencia de ligero,

mudar el hado, y el lugar, y el día,

y el fin dudoso en otro lastimero,

en cuanto la batalla se haría

do el Sol se ve resplandecer primero,

donde su dicha o la hadada historia

negaban al mancebo la victoria.

 

Temió también que si éste fue hadado,

de la cabeza al pie con fuerza tanta,

también al Conde guarda el mejor hado

de los cabellos altos a la planta,

en cuánto será Orlando mejorado,

y de la espada, donde el verso canta:

con ella morirá el señor de Anglante;

no se entendió y se entenderá adelante.

 

Ningún adivinar salió tan cierto

que no pueda exponerse de otra suerte,

y es éste tan dudoso y encubierto

que no hay quien lo construya ni concierte,

que o dice allí con ella ha de ser muerto,

o durará con él hasta la muerte;

bien puede ser triunfante y poseella,

gozalla siempre, y aun morir con ella.

 

Así que tales cosas revolviendo,

la fada amorosísima, en su pecho,

estaba el vario caso difiriendo,

por ver neutral y tan incierto el hecho,

aunque en la profecía está leyendo

un verso abajo puesto en su provecho,

do dice, declarando lo primero:

seréis vengadas todas por entero.

 

Morgana a tal sazón no había olvidado

su ofensa, ni este medio a su castigo,

mas busca el que le fue profetizado

si tuerce el rostro en bien de su enemigo:

ya intenta ver a Orlando coronado,

y váse a España al rey Alfonso, amigo

de Carlos y cuñado, en quien secreto

movió un piadoso celo y no discreto.

 

Que, pues de sucesores carecía,

si a Carlo en su derecho instituyese,

que ya era rey de toda Berbería,

haría que él de España lo fuese,

y, así como Agramante, moriría

Marsirio, por do toda Europa hubiese

la bendición, que al alma ayuda tanto,

del gremio de la Iglesia sacrosanto.

 

Por esta parte piensa levantalle,

a Orlando, el seso a pretensiones vanas,

pues cierto Carlos querrá España dalle

en pago de sus obras soberanas;

mas, porque en tal sazón no hay cierta, calle,

por causa de otras guerras comarcanas

dejólo así, y volvió sin dar la mano

a ver do para el hijo de Agricano.

 

El cual, como animoso, bien quisiera

salir de aquellas selvas, y ir buscando

con quien mostrar ser hijo de quien era,

las fieras y selvajes despreciando,

cuando un pequeño barco en la ribera

de un río, que del Norte frío abajando

lo que hay de allí al gran seno de Isos riega,

halló, y metióse en él, y al mar navega.

 

Ni sabe a dónde va, ni a do camina,

en el profundo piélago metido,

ni más que cielo y agua determina

que hubieran otro esfuerzo confundido;

mas él va alegre, porque se imagina

de aquella oscura confusión salido,

de Marte por ventura gobernado,

pues fue para su gloria preservado.

 

Mas en el tiempo que sintió Neptuno

la carga sin igual, que al mar espanta,

su cárdeno color vistió de bruno,

y con furiosas olas se levanta;

mostróse con bramidos importuno,

con tempestad tan grande y furia tanta,

que el cielo con el mar se confundía,

y el mar entre sus pies los aires vía.

 

Piloto nuevo, y nuevo marinero,

y navegante nuevo el mozo siendo,

un poco resistió al destino fiero;

mas contrastar las ondas no pudiendo,

licencia sin temor le dio al madero,

soltando el remo y entre sí diciendo:

¿de qué me valen esperanza y miedo?,

gobiérnete fortuna, qu’yo no puedo.

 

Tan a su gusto va y tan descuidado,

si ve subir el barco hasta el cielo

y si lo ve bajar, como arrojado,

a los abismos últimos del suelo,

como el que en tales cosas se ha soñado

y sueña que lo sueña sin recelo,

que aunque de verse fatigar se duela,

con entender que es sueño se consuela.

 

Parece que le dicen al oído:

tu vida en mil peligros va segura,

para mayores cosas has nacido,

y para más te guarda tu ventura;

cual dijo, entre las ondas sumergido,

el otro, en semejante coyuntura,

al pescador Amiclas: «Calla amigo

que César y su dicha van contigo.»

 

Yo sé que alguno, que entender porfía

las cosas, llamará locura aquesta,

ajeno de primor y cortesía,

y lleno de simpleza manifiesta,

mas yo por discretísima osadía

la tengo, que en gentil valor se enhiesta,

pues la esperanza de notables cosas

se debe a las personas generosas.

 

Y tengo por discreto pensamiento

el que lo que por fuerza ha de ser hecho,

aunque en su daño, hace muy contento,

quedando de su suerte satisfecho;

así llevado del furor del viento,

ya por camino tuerto, ya derecho,

el animoso mozo una mañana,

se vio salir en un puerto playa llana.

 

Sentóse a reposar de la fatiga

que la tormenta al cuerpo había causado,

no al alma, de descansos enemiga

si por la gloria es el trabajo amado,

y aunque la hambre a destemplanza obliga,

no ocupa de las frutas el templado

estómago, ni excede al ordinario

manjar que es a la vida necesario.

 

Mas mira al mar y al vario movimiento

con que sus montes de agua levantaba,

la gran batalla de uno y otro viento

con que, azotado, el fiero mar bramaba;

volvió después los ojos al concento

que, con diversas voces, ordenaba

la confusión, de tantas voces varia,

tan dulce cuanto menos ordinaria.

 

En esto aun nunca Filtrorana había

echado menos su presencia amada,

que en sí los varios casos revolvía

de la India, que le estaba encomendada;

la rica tierra que los seres cría,

de do la seda al mundo fue enseñada,

y toda Margiana fue midiendo

y por la ilustre China discurriendo.

 

Buscando por qué modo Arsace pueda,

triunfando del Catayo y de su gente,

subir a lo más alto de la rueda

que le ofreció fortuna en el oriente;

y así a la fada indujo (que atrás queda,

qu’es tarde sabia y poco diligente)

un yerro, bien contrario a su deseo,

con que engañase al ciego Libocleo.

 

Sabia qu’este cuerdo caballero,

por el Catayo, a Organda fue enviado

a que supiese della el verdadero

suceso de su reina, y el estado,

y así engañóla, y dijo que del fiero

poder del Orco nadie se ha librado;

forzóla a que esto oyese y entendiese,

y que esto al mensajero le dijese.

 

Porque después que oyó la profecía,

por falta de su ingenio no entendiendo

el verso oscuro, en que se prometía

lo que ella va buscando y pretendiendo,

de ver la bella libre desconfía,

según lo que del Orco está diciendo

Demogorgón, que en modo razonable

le demostró invencible y insuperable.

 

Y así con voz llorosa y fatigada,

al noble caballero le amonesta,

que deje por superflua y excusada

de libertar su reina la recuesta,

y pues que mucha tierra es conquistada,

que rinda sin defensa la que resta,

y que el intento a los cercados mude,

porque a ellos y a su patria en algo ayude.

 

Probóle que ninguno está obligado

a más de lo posible, y que el amigo

que a algún amigo lo que basta ha dado,

lo que le resta ha de guardar consigo;

y pues hacienda y sangre ha derramado,

como uno y otro ejército es testigo,

por su señora, y sabe que es perdida,

no debe derramar también la vida.

 

Y más si de perdella y derramalla

a Angélica le viene poco fruto,

pues no podrá del Orco liberalla,

cuyo poder y mando es absoluto;

ni puede con riquezas rescatalla,

ni dalle algunas parias ni tributo,

por donde se conozca, agradecida,

su voluntad y fe jamás rompida.

 

También, para inducillo a tal intento,

le trujo aquellos miedos al sentido

que da la ciencia al tibio entendimiento,

curioso en procurar lo no venido;

acuérdale que en signo erró violento

el Sol y Luna, al tiempo qu’él nacido

fue al mundo con aspectos que, en su abismo,

le muestran parricida de sí mismo.

 

Y más que si la guerra va adelante

por fuerza, le probó que al fin rendida

la China sería a Citia, y de pujante

vendría a desolada y destruida;

mostróle que la gente de levante,

de tierno pecho y delicada vida,

no basta a defenderse del airado

y duro cita, a guerras enseñado.

 

Mostróle que después de haber salido

con la victoria, en vano deseada,

si a Galafrón y al hijo habían perdido,

y Angélica está siempre encarcelada,

debía un nuevo rey ser admitido,

y si éste acaso no agradece nada

(costumbre de los príncipes más cierta),

que en él sería su fe, aun con obras, muerta.

 

A Los Acentos Roncos De Mi Canto

Mas ya perdido este uso, se rehizo

Por un no sé qué Bernia italiano,

De donde fue en España advenedizo.

 

Del vándalo andaluz y castellano

Fue recebido con aplauso y pompa,

Y aun muchos le trataron como a hermano.

 

A cuál enseña a resonar la trompa

Del ave venenosa que, en picando,

Es necesario que su vida rompa;

 

A cuál hace también, contrapunteando,

Gustar de un inferior regüeldo tanto,

Que casi se va en otro transformando.

 

Alegres ojos

Alegres ojos, dulce, grave, honesto

semblante señoril, altiva frente,

y rostro que en colores ha vencido

la luz del rojo Oriente,

do Amor su imperio y nuestra gloria ha puesto,

si no pusierdes presto

socorro presuroso a las entrañas

que Amor con vuestros fuegos ha encendido,

según las llamas salen ya tamañas

que vuestro claro cielo han escondido

al pensamiento mío,

veréis en un momento

quemarse en vuestro amor, cual yo le siento,

y, al fin, cercarse de un esmalte frío.

 

Cuando las penas miro

Cuando las penas miro

de tu martirio fuerte,

Amor, gimo y suspiro

como último remedio por la muerte.

Procuro por perderte,

perder contigo la enojosa vida

y, viéndola por ti más que perdida,

del gran placer que siento

vuelvo a vivir, y crece mi tormento.

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