Poemas de Luxorio (poeta romano)
Poemas de Luxorio, también conocido como Luxorius, quien probablemente nació en Cartago y vivió durante los últimos años de la ocupación vándala, justo antes de la reconquista del territorio por el emperador Justiniano I. Su vida se desarrolló en un periodo incierto, casi dos siglos después de la caída de Roma, lo que lo convierte en un poeta casi olvidado, con pocas traducciones y lecturas de sus obras disponibles.
La poesía de Luxorio se caracteriza por su enfoque en la vida de las personas comunes, en lugar de los grandes señores. Sus versos retratan a vecinos, prostitutas, charlatanes y amantes, ofreciendo una visión íntima de la sociedad de su época. Su obra incluye epigramas que abordan tanto la belleza como la crítica social, mostrando un estilo que combina humor y reflexión.
Asclepíades a su libro
Cuando tú, pequeño libro, partas hacia las nobles casas
y hacia las carpetas públicas del pomposo foro,
rodeado por la multitud diversa de los seguidores de Venus,
huyendo de la pobreza de nuestro hogar,
donde hace poco, sucio en un modesto rincón,
te descuidabas, ya casi entregado a la polilla;
si la multitud de lectores te desprecia
entre los descendientes de Rómulo y las manos tirias,
concluye, en lugar de funerales, con este dístico:
«Conviene que estén contentos con sus propios hogares
aquellos para quienes es fácil sufrir la envidia de la gloria».
Asclepíades se despide de su libro
O libro parvo, cuando llegas a las casas de los nobles
y a los escriños públicos del foro solariego,
ceñido [estarás] de una caterva variada,
huyéndote de la pobreza de mis lares, donde
previamente sórdido en un módico rincón
Carcomías, ya casi devorado por las tiñas.
Si la turba de lectores entre las manos
romanas y tirias te desprecie,
fenécete con este dístico para tus exequias:
«Conviene estar contentos en sus propios hogares, a los libros
que les es fácil soportar su envidia de los de renombre».
Epigrama 71
Sin luz,
perdiendo el rumbo,
el amante ciego
juzga, toca, siente.
Sus manos rozan
la tersa piel;
el frío recorre
las espaldas.
Así descubre
cuál de sus amantes
tiene un níveo cuerpo.
Creo que él,
a quien su hábil lujuria
le ha dado varios ojos,
no desea dos ojos para ver”.
Epigrama 69
“Brilla el bronce.
La quimera soporta
su propio fuego”.
Burlesco
“Mirrón: amas las mujeres feas y horribles.
Es más: temes a las bellas y hermosas.
De este modo tú crees revelar
qué clase de juicio tus ojos tienen.
Pero yo sé por qué las buscas así.
Una bella nunca se entregará a ti:
La fea de pronto».

Venus marmóreas, tus violetas te animan: Mueve tus brazos
Venus en vistoso mármol recreada,
en el cuerpo ostenta signos de la vida.
Se ha infundido calor en los miembros
para animar con una flor su figura.
No hay allí engaño: si hay violetas,
adornarán rosas las caderas.
Tractatus de Herbis
El huerto es una parte del cielo,
donde reinan los dioses,
ya que las hierbas pueden vencer la muerte.
En metro faleco: A Fausto
Atreviéndome, después de los antiguos, a complacer tus órdenes, amigo mío —aunque ya sea una temeridad—, tú, Fausto, igual aprobado por mi corazón y tan gran maestro del arte de la gramática:
Te envío, guardados en un pequeño librito, aquellos versos que hace tiempo, siendo niño, compuse en el foro, derivados de diversos temas (esos mismos por los cuales me considero un poeta insulso más que digno de ser leído). Tal como los amó la gente de nuestro tiempo, te los envío para que sean aprobados primero por tu memoria y tu pecho; luego, si te place, una vez clasificados por los títulos que los contienen, dalos a conocer a través de compañeros semejantes a nosotros.
Pues, si confiaras la lectura de estas cosas a hombres elocuentes y demasiado importantes, el dedo acusador nos señalará a ambos como socios en la culpa: tanto a ti, que recomiendas tales cosas a los hombres de bien, como a mí, que realicé tus difíciles órdenes ingenuamente, sin pensar en el futuro.
Y no me arrepiento de haber seguido estos juegos que, con las palabras ingeniosas de los epigramas, mi talento frío y falto de esfuerzo compuso con una natural sencillez. El poema ridículo que sigue explicará la causa de donde proviene el placer de este canto.
Versos yámbicos al lector de su obra
Teniendo tú, lector, a los antiguos autores a quienes aprobar, aquellos que pudieron agradar con sus nobles metros, ¿por qué despliegas las páginas de mi librito, repletas de niñerías y sentimientos frívolos, que yo, siendo un novato, compuse con mi tierno corazón?
¿Es que acaso resulta querida, frente a los versos cultos, aquella obra que suena con un esquema de escaso esfuerzo, sin nada de decoro, de estilo elevado o de profundidad? Tú buscas esta obra y la comienzas con gusto, como si recorrieras con la mirada los teatros divertidos.
Versos asclepiadeos a su libro
Cuando tú, pequeño libro, llegues a las casas de los nobles y a los archivos públicos del pomposo foro, rodeado por una multitud diversa que se te acerque, huyendo de la pobreza de nuestro hogar donde hace poco, sucio en un modesto rincón, te descuidabas, entregado ya casi a las polillas; si la multitud de lectores te despreciara entre las manos de los descendientes de Rómulo y de los tirios, cláusurate, en lugar de honras fúnebres, con este dístico:
«Conviene que estén contentos con su propio hogar aquellos a quienes es fácil sufrir la envidia de la gloria».
Por qué escribí epigramas breves en este libro
Si alguien reprocha esto a nuestro ingenio: que se hayan escrito pequeños epigramas en un libro exiguo, considere que el año se compone de meses moderados, y que los días del invierno y de la primavera son breves; sepa que en las cosas breves se encuentra una gran utilidad. No se otorga ninguna gracia más allá de la medida.
Así, si mi página desagrada por su estilo sencillo, al terminar pronto el poema, calla en silencio. Pues, si constara de muchísimos y larguísimos libros, incluso sus muchos defectos resultarían fastidiosos.
Versos trocaicos sobre los peces que recibían alimento de los hombres
El pez doméstico, entre las aguas cerradas y las lagunas reales, pide su alimento diario con su pequeña boca; llamado, no huye de la mano ni se atemoriza ante las redes.
Sino que errando de aquí para allá por la orilla del río rocío, odia las tormentas del mar profundo y del traicionero remolino, y habita su propio mar, nadando a través de él a su antojo.
Así, con gesto elocuente y con el suave movimiento de su cabeza, aprende él cuán apto es vencer el hambre mediante el arte del vientre.
Versos arquiloquios sobre un jabalí muy manso alimentado en un comedor
El jabalí, nacido para Marte y acostumbrado a habitar en las cumbres de los montes y a romper ferozmente el bosque de sonidos horrorosos, toma ahora de buen grado su alimento en los pórticos dorados y, convertido en servidor al deponer su furia, modera sus amenazas.
No arranca los mármoles de Paros con su boca espumosa ni ensucia con sus rabiosas pezuñas los atrios decorados, sino que, buscando tranquilo la mano apacible de su dueño, se vuelve más como aquel que estuviera consagrado a los ritos de Venus.
Sobre el auriga egipcio que siempre vencía
Aunque Memnón fue engendrado por su madre Aurora, cayó bajo la mano del hijo de Peleo [Aquiles].
Pero a ti, si no me engaño, te parió Eolo engendrado de la Noche, y naciste, muchacho, en las cuevas del Céfiro.
No nacerá ningún Aquiles que pueda superarte: pues aunque eres un Memnón por tu aspecto, no lo eres por tu destino.
Versos sáficos contra un gramático furioso
Tú, que eres intérprete de poemas y del mérito de los vates, cuando se dice que enseñas el arte a los niños ligeros, o cuando los jóvenes te escuchan como a un maestro elocuente en sus palabras:
¿Por qué caes en una furia horrenda y te dejas arrastrar, ensangrentado, con la mano y el arma? No eres digno, según demuestra tal locura, de ser llamado entre los gramáticos, sino de ser asociado con los malvados Orestes.
Versos gliconeos contra un abogado afeminado
Imagen de hombre castrado, grave deshonra de la naturaleza, un Paris por tu hábito femenino, objeto de una asquerosa lascivia.
Siendo tú tan elocuente de boca, ¿por qué defiendes causas estériles, o negocios corruptos, y promueves más bien lo que debe perderse?
Ya lo entiendo. Según veo, no quieres que se confíe nada bueno a tu boca, sino, supongo, a tu trasero.
Contra un pigmeo de cuerpo ruidoso y furioso
En el cuerpo o en el clamor eres igual a las quejumbrosas cigarras;
aunque en esto eres superior: que ninguna estación te lo impide.
Mientras hablas, todos preguntan de quién es esa voz que vaga errante,
y piensan que el sonido pertenece al cuerpo de otro.
Nos asombramos de que unos miembros tan pequeños alberguen tanta furia,
siendo tu figura ligera, pero tu grito y tu ira tan pesados.

Versos falecos contra un adúltero que, embriagado, lloraba al no poder consumar el coito
Follas demasiado a menudo y siempre en exceso, y no paras, a menos que, quizá embriagado, derrames lágrimas porque no eres capaz de actuar como adúltero, sometido por el mucho vino puro.
Te pido, Lucino, que para no follar más, o bien bebas siempre y llores tu frustración, o bien, para no follar nunca, tómate un veneno.
Contra un eunuco real que se ponía una mitra (tocado femenino)
Un efebo de cabello rubio resplandeciente y de cabellera sonrosada, eunuco del rey, colocó una mitra sobre su cabeza.
Acordándose de su propio pudor, y bien consciente de lo que era, se puso —sin que nadie lo obligara— aquello que le faltaba.
Versos anapésticos contra un mago mendigo
No teniendo tú ni el pan para el día, ejecutas ignorante tus artes mágicas. Ansías vagar entre las sombras y los sepulcros, tambaleándote con tu pecho necesitado.
Pero los Manes no aceptan tus cantos, mientras tú, impulsado por el hambre, con tu salmodia trastornas todo el Tártaro, creyendo que Plutón puede dar a los pobres de la tierra alguna cosa.
Yo pienso que peor será tu miseria por todo el mundo para siempre, mago, si lo que pides son miembros de cadáveres.
Contra un halconero obeso e infeliz
Martín, tú fatigas a tus pobres aves con una presión cruel, mientras se les quita su peso.
Con lo gordo que estás tú, ellas sufren en vano una injusta delgadez.
Deberían, confieso, ser ellas las que devoraran tus miembros, para que nunca pudieran morir por una muerte de hambre.
Contra una vieja virgen que se casa
Virgen, a quien el Flegetonte llama hermana, más anciana que el padre Saturno, a quien engendraron la Noche, el Érebo y el Caos; tú, que tienes tantas arrugas graves como años, a quien un elefante dio su rostro y su piel, a quien una madre simia crió en los campos de Libia, anciana ya desde el origen del mundo; tú, que hace tiempo debiste ser entregada como esposa a Dis [Plutón] en lugar de la hija de Ceres [Proserpina] entre las sombras:
¿Qué ardor tan petulante te inflama las entrañas, ahora, cuando ya solo te queda la muerte? ¿Acaso deseas esto para el epitafio de tu sepulcro: que la fama conocida hable de ti diciendo que una vieja fue violada por un marido criminal?
Sobre la torre situada en un jardín, donde Fridamal pintó cómo mataba a un jabalí
La selvática Aricia eleva sus excelsas moradas donde la casta Diana abate a las fieras que le sirven; los Tempe de Tesalia están rodeados de frondosos bosques; Molorco posee espesuras ricas en caza. Pero esta torre, que se eleva hacia las auras celestiales preparando para su dueño un delicioso lugar de reunión, brilla adornada para todos en medio de la luz y ha obtenido en un solo lugar todos los premios.
Por un lado el bosque, por otro las fuentes rodean los lechos construidos, y se alza allí como si fuera la propia Diana en sus propias cumbres. Pero aunque el placer esté encerrado en tanto esplendor y los bellos atrios brillen con variadas artes, es más admirable, sin embargo, la imagen de tu valor, Fridamal, y la gran gloria de la fiera abatida; tú, que encendiendo tu mente con el amor al valor acostumbrado, dispusiste pintar tus hazañas en un lugar digno.
Aquí, con la jabalina lanzada tras la espalda arqueada, [atraviesas] la frente y la boca con las dos narices de la fiera espumante. Antes del golpe, la bestia fue postrada por una muerte súbita, para quien el extinguirse ocurrió antes que el caer. Tu mano ordenó el destino con el dardo, y la sangre, al escaparse con el alma que ya perecía, no sintió las heridas.
Sobre el arriba mencionado, porque tenía muchas amantes y las vigilaba
Celas a muchas muchachas, encorvado por tu rabadilla, pero no hay ninguna que sienta que tú eres un hombre.
Las vigilas bajo llave, como si fueras apto para todas; sin embargo, hay un Júpiter escondido entre tus criados.
Si nada vales, pues, ¿por qué te excitas con un deseo vacío y, siendo un cobarde, cometes un adulterio de pensamiento?
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