Poemas de Venancio Fortunato (poeta romano)

Venancio Fortunato

Poemas de Venancio Fortunato (c. 530-607), poeta latino y obispo de Poitiers, considerado el último poeta de la Antigüedad y el primero del Medievo. Su obra une la tradición clásica con la espiritualidad cristiana, destacando sus himnos litúrgicos (Pange Lingua) y sus panegíricos a la aristocracia merovingia.

Actuó como mediador cultural, transformando la hagiografía y la descripción arquitectónica en arte, mientras cultivaba el mecenazgo de figuras como Gregorio de Tours y la reina Radegunda

A la señora Radigunda

 Si la estación (como lo solía hacer), me donase un lirio blanco,

o si hubiera una rosa especiosa con su suave rubor,

yo, con gusto, te los mandaría estos parvos regalos,

[como si fuesen grandes,

recogiéndolos del campo o césped de un huerto pobre.

Pero ya que no cuento con la primera, recompenso con la segunda:

Ofrece vezas el que llevaría rosas con amor.

Pero entre las hierbas odoríferas que te hemos mandado,

tienen el noble germen de la violeta púrpura.

Respiran de igual manera, tintadas con múrice real,

y esta aroma satura sus hojas; de ahí su belleza.

Las dos llevan sus sendas aromas, para que puedas tener las dos,

y que la aroma de los bienes sea una belleza perenne para la flor.

 

Venancio Fortunato

Pange, lingua, gloriosi proelium certaminis

Canta, lengua, el glorioso

combate de la lucha,

y sobre el trofeo de la cruz

proclama el noble triunfo,

cómo el Redentor del mundo,

inmolado, venció.

 

Del engaño del primer padre

dolióse el Creador,

cuando el fruto funesto

con su mordida trajo muerte;

entonces señaló el madero

para reparar el daño del árbol.

 

Este designio de nuestra salvación

el orden lo pedía:

que el arte del traidor múltiple

fuese vencido por su propio arte,

y de allí viniese la medicina

de donde el enemigo hirió.

 

Cuando llegó, pues,

la plenitud del tiempo sagrado,

fue enviado desde el trono del Padre

el Hijo, Creador del mundo,

y del vientre virginal

salió hecho carne.

 

Cumplidos ya seis lustros,

llenando el tiempo de su cuerpo,

el Redentor, libremente,

se entregó a la pasión;

y como cordero fue elevado

para ser inmolado en el madero.

 

Bebió hiel y desfallece;

espinas, clavos, lanza

traspasaron su tierno cuerpo;

de él brotan agua y sangre:

tierra, mar, astros, mundo

se lavan en ese río.

 

¡Cruz fiel, entre todos

árbol único y noble!

Ningún bosque produjo tal,

en flor, en hoja, en fruto;

dulce madero, dulces clavos,

dulce carga sostienes.

 

Dobla tus ramas, alto árbol,

afloja tus tensas fibras,

y se suavice aquella dureza

que dio la naturaleza,

para que los miembros del Rey supremo

tiendas en tu tronco con ternura.

 

Sólo tú fuiste digna

de llevar el precio del mundo,

y preparar el puerto

al mundo náufrago,

que el sagrado sangre ungió,

derramada del cuerpo del Cordero.

 

Que venga la fuerza del cielo,

y el Santo Paráclito;

sostén las armas débiles

de auxilio indigno;

y el enemigo que desafía a Cristo,

vencido, huya de inmediato.

 

 

Vexilla regis

Las banderas del rey se enarbolan:

resplandece el misterio de la cruz,

en la cual la vida padeció muerte,

y por la muerte se nos dio la vida.

 

Traspasado con el cruel hierro de la lanza,

(de su costado) manó agua y sangre

para lavarnos de las manchas

de nuestros pecados.

 

Así se cumplieron los proféticos

cantares de David,

que dijo a las naciones:

Dios reinará desde el madero.

 

¡Oh árbol hermoso y resplandeciente!

adornado con la púrpura del Rey,

escogido como digno madero

para estar en contacto con tan santos miembros.

 

¡Árbol venturoso, de cuyos brazos

colgó el precio del mundo!

Hecho balanza del divino cuerpo,

levantó la presa del infierno.

 

 

O Redémptor sume Carmen

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Escucha, Juez de los muertos

Y única esperanza de los mortales,

Escucha las voces que te dirigimos

Con el don previo a la paz.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Este árbol crecido a los rayos de alma luz

Ha producido este óleo consagrando:

Que gustosa ofrece la presente multitud

Al Salvador del mundo.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Suplicante, de pie ante el altar,

Revestido el Pontífice,

Paga toda la deuda

Consagrando el Crisma.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Dígnate consagrar,

Rey de la perenne patria,

Este olivo, señal viva

De la victoria contra los demonios.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Por la renovación de todo sexo

Con la unción del Crisma,

Para que sea sanada de su herida

La gloria de su dignidad.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Lavada el alma en sagrada fuente,

Es purificada de sus crímenes,

Ungida su frente fluyen

Los carismas sacrosantos.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Tú que naciste del corazón del Padre

Y descendiste al seno de la Virgen,

Concede tu luz y rescata de la muerte

Chrísmatis consórtibus.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

Sea este para nosotros día de fiesta

Por los siglos de los siglos.

Sea consagrado de digna alabanza

Que no envejezca en el tiempo.

Oh Redentor, recibe el himno

Que armoniosos te cantamos.

 

 

Quem terra, pontus, aethera

Aquel a quien la tierra, el mar y las estrellas

Veneran, adoran y anuncian;

El que gobierna cielos, tierra y abismos,

Reside en el seno de María.

 

Al que el sol, la luna y todos los elementos

Sirven en el tiempo, le llevan

Las entrañas de una virgen

Llena de gracia celestial.

 

Admírense pues los siglos,

Que el Ángel traiga la simiente

Que la Virgen oyendo concibió

Y creyendo dio a luz en su corazón.

 

¡Oh Madre dichosa! En el arca de su seno,

Por un prodigio de la gracia,

Se encierra el supremo Artífice

Que en sus manos sostiene el orbe.

 

Dichosa aquella que al anuncio

Del mensajero celestial fue fecundada

Por el Espíritu Santo; por cuyo seno se nos dio

El deseado de todos los pueblos.

 

Oh la más gloriosa de las Vírgenes,

Elevada más allá de las estrellas,

Que alimentáis con la leche de vuestro seno

A vuestro Creador hecho niño.

 

Por vuestro augusto Hijo nos devolvéis aquello

De lo cual Eva nos había desgraciadamente privado;

Abrís las puertas del cielo para franquear

Su entrada a los que lloran.

 

Vos sois la puerta del gran Rey

Y su vestíbulo radiante de claridad.

¡Oh pueblos redimidos, celebrad la vida

Que se nos da por esta Virgen!

 

Gloria a Vos, oh Jesús, nacido

De la Virgen, juntamente

Con el Padre y el Espíritu Santo,

Por los siglos de los siglos. Amén.

 

En alabanza de Santa María (In laudem sanctae Mariae)

¡Oh, Señora gloriosa, exaltada sobre las estrellas! A Aquel que te creó con providencia, lo alimentaste con tu sagrado pecho.

Lo que la triste Eva nos arrebató, tú nos lo devuelves con tu retoño de vida; para que los que lloran puedan entrar al Reino de los cielos, tú has sido hecha la ventana de la luz.

Tú eres la puerta del Rey supremo y la refulgente entrada de la luz. Pueblos redimidos, ¡aplaudid!, pues por la Virgen se nos ha dado la vida.

 

 

Misceláneas

Al obispo Vital de Rávena

Obispo del Señor, que por tus méritos vives para los siglos,

pastor que obtienes tus alegrías del rebaño de Cristo;

cuando la antigüedad quiso llamarte Vital,

sabía ya que habías merecido el día eterno.

Sacerdote digno, que brillas con mente apostólica,

tú que eriges para san Andrés tan piadosos templos.

¡Qué bien se asienta en la corte del Señor por sus méritos

aquel por quien se ha edificado una casa digna de Dios!

 

Recibiste del Señor la dignidad, tú que le construyes altares;

a quien te dio cosas dignas, le devuelves el honor con creces.

Resplandece el aula poderosa, acabada con sólido metal,

donde permanece un día continuo, sin noche.

El lugar mismo invita a Dios bajo una luz perenne,

para que con pasos tranquilos entre amando en su morada.

 

Tú, que das lugares a los pueblos donde adoren siempre al Señor

para que alcancen el perdón, haces que tú mismo seas el camino.

La gracia, la mente, el alma, la bondad, el afecto del pueblo,

tu rango y tu piedad te han dado el ser padre.

Vuestra prosperidad se pone a prueba, la cual, colmando las alegrías,

ha traído hombres egregios para cumplir tus deseos.

De un lado brilla el general con sus armas, del otro el prefecto con las leyes;

han venido aquellos por quienes suelen crecer las festividades.

 

Para que no te falte honor, Dios aumentó a un pueblo rico

que vio que tu juicio así lo había querido.

El misterio de la fe cumplió los deseos de tu petición;

feliz aquel a quien el Señor le trae aquello mismo que deseas.

Que celebres muchísimas solemnidades por don divino

y que, floreciente, honres a Dios fundando templos.

 

 

Sobre el templo del señor san Andrés, que edificó Vital, obispo de Rávena

Quienquiera que acudas a estos umbrales del santo templo, si vienes suplicante, aquí recibes ayuda por tu oración. Esta es la fortaleza que el sagrado obispo Vital fundó, cuya cima fue alzada hasta el cielo en breve tiempo. Él la cimentó, la construyó, la dotó y, finalmente, la dedicó, y mereció cumplir así los votos de su propio templo.

Aquí descansan las venerables entrañas del piadoso Pedro, quien fue el único que mereció ligar los cielos con su llave. Pablo es retenido a la vez en esta aula apostólica, aquel que antes fue seductor y que ahora celebra como doctor. El sagrado Andrés reclama para sí esta fortaleza como propia, y la rige compartiéndola con su piadoso hermano.

Lorenzo llena estos techos suyos con fuego sereno, a quien la llama piadosa le otorgó un día perenne de luz. Esta casa agrada a Vital, quien, enterrado vivo en la arena, mereció perder el camino de la muerte. Están aquí los espacios de Martín, quien cubrió al Tonante con su manto; para que Dios no tuviera frío, él se entregó al despojo.

He aquí la fortaleza de Vigilio, a quien la turba rústica dio muerte: de donde él quiso morir, la muerte misma más huyó. Habitan aquí igualmente Martirio y Sisinio, a quienes unen el linaje, la fe y una misma salvación. San Alejandro y la feliz Cecilia prevalecen aquí: a todos ellos, por sus méritos, les espera una sola corona.

Estas santas entrañas las dispuso el buen obispo Juan en este lugar egregio, por la insistencia de Vital. ¡Oh, hombre demasiado feliz, que irás hacia la luz eterna, tú, cuya vida aprovecha así para su Dios!

 

La basílica del señor san Esteban

La excelsa gloria rodea a los piadosos amigos del Señor, cuyo honor difundido vive en todo el mundo. Este mártir sufrió por Cristo en la región del oriente, y he aquí que, bendito, posee templos bajo el occidente. Fundado en la virtud de Dios y triunfando sobre la muerte, recibió las piedras aquel para quien Cristo era su roca.

Feroz gente judía: a Esteban, a quien crees destruir, aunque muera en la carne, no sabe morir en el honor. Él sostiene la palma por sus méritos, tú la pena por tu crimen; él posee los cielos, mientras que tú te diriges a lo más profundo. Paladio situó estos sagrados templos para el Levita, por lo cual sabe que tendrá para sí una casa que no perecerá.

 

 

Basílica de san Martín

Resplandece este aula decorosa, alzada en una cumbre venerable, santificada para Dios bajo el nombre de Martín. Por el mérito de su vida, brilla en él una confianza tan grande que concede a los pueblos lo que sus piadosos votos ruegan. El sacerdote Fausto erigió esta obra con corazón devoto; y devolvió así a su Señor tan prósperos dones.

 

 

En la pequeña celda de san Martín, donde vistió al pobre; a ruego del obispo Gregorio

Tú que te dispones a apresurarte, desvía aquí tu camino, viajero; este lugar enseña al que ora a avanzar con más cautela. Pues Martín, siendo un exiliado en la tierra y habitante del cielo, solía a menudo desde aquí, en su encierro, abrir los cielos. Habitando bajo este techo, mantenía los secretos del eremita, siendo un poderoso anacoreta en medio de las multitudes.

Aquí, despojándose a sí mismo, vistió al indigente con su túnica; mientras cubre al que tiene frío, él mismo arde más por la fe. Entonces, el propio sacerdote se viste con una túnica vil, y de aquel ropaje pobre surgió el más alto honor. Pues mientras celebraba los sagrados misterios del altar, al bendecir el cáliz, dio señales bienaventuradas.

Y es que una llama resplandeció desde la sagrada cabeza del varón, y una esfera de fuego inocuo se elevó hacia los astros. Y en sus mangas cortas, para que no hubiera deshonra en su brazo derecho, las gemas cubrieron la parte donde la carne estaba desnuda. Sus brazos brillan con el fulgor de nobles piedras, y en el lugar de la túnica había hermosas esmeraldas.

¡Qué bien negocia quien, mientras viste al indigente, consigue que las gemas cubran sus brazos en vez de la tela de una túnica! Tú también, Martín, intercesor que habitas en los cielos, dirige piadosas palabras a Dios en favor de Fortunato. Obedecer tus mandatos, piadoso y querido sacerdote, me place más de lo que mis fuerzas permiten, pues mi voluntad es mayor.

 

San Martín

Quien desea asociarse a los bienaventurados en la sede eterna, los hace partícipes de sí mediante piadosos votos. No permite que se postergue por mucho tiempo lo que conviene hacer, pues considera como ganancia propia los bienes que ha entregado. Así, Leoncio fundó estos nutricios santuarios en los campos, para entrar él mismo en los cielos gracias a tales oficios. Resplandecen apoyados en los méritos y el nombre de Martín, de quien es seguro que dio en la tierra señales del cielo; él, que limpiando las manchas de la lepra con besos medicinales, se llevó las guerras de la enfermedad mediante el abrazo de la paz.

Estas obras han sido edificadas con ingenio experto, por lo cual la gloria de tal alabanza no carece de nada excelso. Se añade a su belleza el lugar mismo, que destaca sobre los campos y se abre sobre una elevada cima, en una colina prominente: desde su lomo alzado hacia lo alto, domina todo lo que está debajo, y hacia donde mire, contempla delicias. Aunque se venga de lejos, se siente cercano al ojo; se une por la vista, aunque el terreno los separe. Hacia allí es atraído el viajero cansado, invitado por la visión; si sus pies desfallecen, llega arrastrado por la luz de sus ojos.

Placidina adornó estas techumbres con velos sagrados; y así ambos compiten: él construye y ella engalana.

 

 

En honor a la basílica de san Martín, que edificaron Basilio y Baudegunda

Aprended, mortales, que nada en la tierra es obstáculo cuando los sagrados templos de Dios permanecen firmes sobre el río. Para que esta hermosa aula se alzara entre estrechos pasos, aunque el monte lo impedía, el agua ofreció el lugar. A fin de que la corriente errante sirviera a la casa celestial, un arte nuevo sometió las antiguas aguas a sus cursos; donde Basilio, junto con Baudegunda y en una misma mente, al renovar esto, restauran la obra antigua y la aumentan.

Así, Martín, tu amplio honor es merecido en todas partes, de modo que ningún lugar niega aquel donde resuenan tus fiestas. Apaciguado por tales oficios, excelso sacerdote, devuelve benignamente el favor a aquellos cuyos votos contemplas.

 

 

Basílica de san Vicente junto al Garona

La vida, breve en el tiempo, se hace más larga por los méritos nutricios, y la fe extiende los días estrechos mediante el honor. Tras el fin, el alma entregada a Cristo permanece sin fin; dejando la turba de los hombres, se mantiene asociada a Dios. Apoyado en esta ayuda, Vicente sobresale para siempre, cuya espléndida gloria de martirio florece. Degollado, arrebató el triunfo de la muerte, y como una nueva estirpe de la tierra, vuela hacia los astros.

De donde el enemigo creyó darle la muerte, dio al santo el honor; y más bien el verdugo yace perennemente en la muerte. Aquel miserable habría vencido si no hubiera podido degollarlo; pues de donde le quitó la cabeza, de allí le otorgó el cielo. Cumpliendo sus piadosos votos por el nuevo amor hacia este santo, Leoncio dio techos de estaño al lugar donde yacen sus sagrados miembros. Y aunque el venerable templo ya resplandezca por sus méritos, a pesar de ello, aquel le proporcionó su propio ornamento. Que sigan largos premios de salud para quien así trabaja, para que, por sus servicios, brillen las sagradas techumbres.

 

 

Basílica de san Vicente en Vernemetis

El sonido del adorador del Señor ha salido por todo el orbe, y no hay lugar donde su excelsa gloria se oculte. Pues de aquel cuyo mérito sabemos que recorre el mundo, conviene que los templos de tal varón se eleven en todas partes. He aquí que brillan las techumbres del bienaventurado y excelso Vicente, quien por el don del martirio habita los astros del cielo. Pronto por su piadoso amor, las que el obispo Leoncio antaño fundó, están consolidadas en un lugar eximio.

La antigüedad quiso llamarlo con el nombre de Vernemetis, que en lengua gala significa algo así como «gran santuario». La fe fue enviada antes como augurio de lo que vendría, para que ahora se alzara esta excelsa casa en honor a Dios. Aquí también el santo, apoyado en el amor del Señor, dio señales tremendas de su suma virtud.

Pues cuando el prelado dedicó el templo de Dios según la costumbre, ante la llegada del mártir, huyó la ira del demonio. Cierta persona fue devuelta sana de su parte maligna, para quien el haber visto el templo del piadoso fue su medicina. Resplandece el aula poderosa, llena de serenidad divina, de modo que con razón le place a Dios habitar aquí. Ahora, por la belleza persuasiva del lugar y el honor de su virtud, atrae aquí a los pueblos: de un lado la honra, del otro la salud. El fundador de esta venerable fortaleza enciende al pueblo; por tales oficios, cosecha premios justos.

 

Sobre el señor Nazario, mártir de Cristo

Radian las techumbres venerables del preclaro Nazario, cuyos miembros poseen el cielo y su espíritu los astros. De semilla terrenal, pero ajeno a los intereses mundanos; un bien inmortal, un hombre nacido del polvo. Nada carnal deseando, sino reclamando los premios de Cristo, fue una víctima digna de Dios por su propia sangre.

El sagrado Leoncio te ofrece estos templos devotos, y desea que, a partir de aquí, su propia morada sea mayor. Antes se había fabricado aquí una estructura de círculo estrecho, donde entonces el pueblo venerable no podía caber. Tras derribarla, la fundó de nuevo desde el suelo profundo y dio estas obras que ahora, ampliadas, complacen a la vista.

 

 

Sobre la basílica del señor san Dionisio

A ti, que deseas conocer al constructor de este egregio templo, no permitiré que se te oculten tan piadosos votos. Como hace tiempo los sagrados santuarios estaban demasiado lejos, y el pueblo a menudo temía el camino por la distancia, el obispo Amelio había dado aquí una pequeña fortaleza, pero el lugar no era suficiente para el pueblo cristiano. Al cerrar aquel el día de su vida, esta obra y este lugar pasaron a su heredero, tanto en linaje como en rango.

Y el obispo Leoncio fundó esta piadosa aula, y ofreció espléndidos dones a su Señor. El venerable Dionisio posee esta casa como propia, la cual brilla santificada bajo su nombre. Él, con fe ferviente y fortalecido por el amor de Cristo, entregó su cuello para ser cortado, ofreciendo su cabeza. Fue un despreciador de sus propios miembros por desear la corona, considerando vil cualquier cosa que sufriera por amor de Dios. Para que la carne mortal preparara un don inmortal, amó las heridas, pues carecerían de muerte eterna. Saliendo al encuentro de la espada enemiga, se envió a sí mismo al Olimpo; de donde quiso morir, obtuvo los votos de su salvación.

Pero el sacerdote no retiró antes el antiguo y estrecho santuario hasta no haber terminado este que ahora, engalanado, complace. Celebró asiduamente las ceremonias en el viejo templo hasta que, como corresponde, consolidó la obra siguiente.

 

Basílica de san Bibiano

Resplandecen los dignos templos del sacerdote Bibiano, donde la fe concede piadosos votos si pides cosas justas. El obispo Eusebio los fundó en otro tiempo con júbilo; sin embargo, antes de que pudiera terminarlos, fue arrebatado del mundo. Le sucedió pronto el sacerdote Emerio en la sede, pero se negó a cargar con el peso de construir lo comenzado. Este, mediante ruegos, te encomendó la obra a ti, obispo Leoncio, pues tu amor insiste continuamente en este deseo. Espontáneamente, tal decoro se reservó para ser realizado por ti, y no habría habido nadie, sino tú, que diera estos lugares sagrados.

¡Oh, mérito del justo, que permanecerás en la luz perenne, tú por quien los templos venerables desean ser honrados! Techos de plata cubren el sagrado sepulcro de Bibiano, los cuales Placidina, unánime contigo, te entregó. Sobre ellos brilla entremezclado el oro refulgente, y los puros metales esparcen sus rayos. Acabados con un ingenio nuevo, los artesonados resplandecen, y podrías pensar que el artífice ha dado vida aquí a las fieras. Pero aquel a quien habéis dado con tal ánimo tantas ofrendas, interceda para que vuestra salud sea duradera. Y no duden quienes ofrecen cosas dignas que se les recompensará con creces, mientras Dios devuelve premios óptimos a los suyos.

 

Basílica de san Eutropio

¡Cuán grande es el amor del Señor que permanece en ti, obispo Leoncio, a quien los santos mismos incitan ya a renovar sus templos! Aquella aula de Eutropio, el venerado obispo, se derrumbaba, lacerada por su propia vejez. La pared, vacía, mostraba las vigas desnudas, oprimida no por el peso del techo, sino gravemente por las aguas.

Viniendo un ligero sueño por la noche a cierto ministro, el santo le enseña que tú eres su restaurador. Aquel mártir mereció ser advertido por causa de tu recompensa; ¡oh, feliz aquel de quien Dios tiene un cuidado piadoso! Ahora, por un camino mejor, ha florecido la antigüedad renovada, y a la estructura cansada le llega un nuevo florecimiento. El tiempo ha pasado, pero esta obra rejuvenece con honor; de donde debía hacerse vieja, de allí regresa más joven.

Aquí cuelga el decoro de la bóveda tallada en calado; los juegos que suele dar la pintura, los ha dado aquí la madera. Tomó figuras imaginarias mediante la simulación de formas; las que antes ni siquiera tenían techo, ahora brillan pintadas. Este fue el primer sacerdote de la ciudad de Saintes, y a ti, que lo reparas, te dio por derecho las primicias. Mientras el santo ocupa sus templos, habitando en quietud, devuelve el favor a su restaurador con honores.

 

El cáliz del obispo Leoncio

El altísimo Leoncio ofrece dones piadosos en la fortaleza de Dios, unidos a votos sagrados, y junto con él, Placidina. Felices aquellos cuyo trabajo es digno de los altares, quienes, en un tiempo breve, ofrecen cosas que no perecerán.

 

Sobre el obispo Leoncio

Entre aquellos que engendró el radiante cielo aquitano, tú posees las cimas más altas por tus insignes méritos; tu alto poder sobresale ante los ciudadanos y los galos: tú eres el más capaz de los demás y nadie es anterior a ti. Precedes a muchos, no eres inferior a nadie ni segundo, y no queda nada más que el honor pueda otorgarte.

Cuando la juventud te vistió con su primera flor, eras pequeño en años, pero un anciano en gravedad. Dirigido hacia las batallas hispanas junto al sereno Rey, creció para ti la segunda palma de tu milicia. Aquellas primicias agradaron con tan gran relato que este rango episcopal se te debía por mérito. Y no podrían haberse preparado para ti tan pronto estas excelsas cumbres si tu obra no hubiera merecido ser digna de ellas.

Eres poderoso por tu nobleza y destacas, obispo Leoncio, ilustre por tus antiguos padres, si se cuentan tus abuelos. Pues tu linaje, tus bisabuelos y lo que diré en orden, tu antiguo origen corre a través de excelsos próceres. El tiempo huye y, sin embargo, permanece el aula de tus padres; y tu casa no sufre caída alguna, pues tú la reparas. La nobleza no se ha inclinado con el paso de los años, sino que una prole excelente le ha dado más ascenso. La ínclita progenie adornó a los antepasados con luz, y el origen de los padres brilla con el rayo del heredero. La antigüedad se ha vestido de flores desde su propia raíz, a la cual el honor de vuestra alabanza sombrea con justicia. Aunque ahora no se pueda tener a nadie por superior, tú te precedes a ti mismo ampliando la gloria de tus padres.

Resplandece la alta cima, mostrando estirpes generosas, cuya palma única es evidente ante los reyes. Ahora riges las leyes de la Iglesia, venerable sacerdote, y de allí se te añade otra nobleza. Aunque la cumbre pontifical sea excelsa en el mundo, después de que te mereció a ti, el honor alcanzado creció. El aula de Dios y el pastor se devuelven premios mutuamente: tú le diste el ornato, ella te dio la esperanza. Por don divino ambos florecéis por igual: tú complaces por tu recompensa, ella brilla por su decoro.

Eres el decimotercer obispo de esta ciudad, pero serás contado como el primero por tus méritos. Restauraste los antiguos templos de Dios en su prístina cima, y tras su caída, ahora complacen siendo mejores. Resplandecen con la flor de la juventud mientras huye la vejez, y te favorecen alegres, pues reverdecen gracias a tu renovación. Para que tú hicieras más, los incendios quemaron los techos, y ahora estos brillan con más belleza gracias a tu alabanza. No sintieron pérdida alguna por la ruina devorada por las llamas las cosas que ahora, tras los fuegos, brillan llenas de luz. Creo que ellas mismas quisieron ser quemadas para que aquel trabajo tuyo les diera estas mejoras. Consumida tras sus cenizas y finas chispas, así suele renovarse el anciano Fénix.

También fue instaurada el aula del sagrado bautismo, donde una sola fuente lava con sus aguas las viejas manchas. He aquí que fundaste los benditos templos de la santa María, donde la noche huye vencida al tener siempre el día. Brillando llena de luz, el aula imitó a María: ella encerró en su vientre la Luz, y esta encierra el día. Y no solo aquí, sino que por todas partes brillan tus templos, sacerdote; entre ellos los alaba la ciudad de Saintes. Tú que das lugares a los pueblos donde oren a Cristo incesantemente, haces que tú mismo seas el camino por donde venga la salud. La casa de la Iglesia prevalece con su cima creciente, y prueba que es tuya pues ahora, engalanada, complace. Hiciste que a todos los ciudadanos les agradara acudir aquí, y que una sola casa llame a todo lo que permanece en la ciudad.

Adornaste la patria, a la cual prestas dones perennes; tú también debes ser llamado el «decoro de Burdeos». Cuanto esta ciudad alza su cabeza sobre las demás, tanto vences tú en honor al rango de los pontífices. Al igual que todos los ríos son inferiores al Garona, de no otra forma toda cumbre está sujeta a ti. El Rin, que fluye desde los Alpes, no espuma con tanta fuerza, ni el Po entra más fuerte en las aguas del Adriático; solo el Danubio es su par, el cual dirige sus aguas más lejos. Yo he cruzado estos ríos y los juzgo conocidos para mí.

Con dones piadosos dotaste los altares de Cristo cuando tus vasijas contienen las sagradas entrañas de Dios. Pues la sangre y el cuerpo del Señor, libaciones del Altísimo, vienen debidamente por tu ministerio y tu entrega. ¡Oh feliz aquel cuya facultad enriquece los piadosos templos, para quien esta obra permanece sin perecer! El moho no desgastará el talento con su diente mordaz, ni los ladrones mueven armas engañosas contra esto. Lo entregado vive, y hace vivir bien al que lo da; cuando muere para la tierra, es conducido de allí a los cielos. El poseedor tiene todo aquello que envió antes; solo retiene consigo lo que hizo partir primero. Estos templos te darán la recompensa, sacerdote, y los vasos sagrados, y todo lo demás que no puedo ni contar. Que gobiernes la cima de la Iglesia por largos tiempos y brilles por doquier como fruto por tu recompensa piadosa.

Me veo obligado también, por amor, a referir unas pocas palabras sobre Placidina, que fue tu cónyuge y ahora es tu querida hermana. Refulge en ella la luz que viene de su padre Arcadio, por quien permanece, oh Avito, tu augusta estirpe: aquel que rigió las insignias del mando en todo el mundo, y cuyo senado poderoso aún conserva las leyes. Si buscas las primeras cumbres del género humano, nada puede haber por encima de la semilla de los Césares. Pero ella misma venció a su propio linaje con la moderación de su juicio; de cuya elocuencia fluyen dulces mieles. Querida, serena, decorosa, diligente, piadosa, mítica, excelente; ella realiza todas las cosas buenas, todo lo que agrada por su honor. Resplandeciendo por sus costumbres, por su ingenio y por la luz de sus méritos, su mente preciosa adornó a su propio sexo. ¿Para qué referir más cosas, de cuántas virtudes está dotada ella, que como esposa pudo complacer a tus deseos? Que Aquel a quien disteis templos os aumente la vida y proteja vuestras cumbres con sus propias techumbres.

Venancio Fortunato

Himno sobre el obispo Leoncio (Traducción literal)

Este poema es un himno abecedario (cada estrofa comienza con una letra del alfabeto, de la A a la Z, aunque usa la K para el sonido «C» y la Y y X para las finales). El texto celebra el regreso inesperado de Leoncio a Burdeos tras un falso rumor sobre su muerte y critica duramente a quienes intentaron usurpar su cargo.

Amita todo el mundo al obispo Leoncio, premio de Burdeos, devuelto por un don soberano.

Bilingüe y con boca astuta, alguien fomentaba un crimen envidioso, trayendo la amarga noticia de que él ya estaba sepultado.

Contenerse no pudo quien anunció el triste funeral. Aunque dejó de dañar, delató sus insanos deseos.

Decepccionado por su arte nociva, llora sus crímenes frustrados, pues lo que pensaba que sería tristeza se convirtió en alegría.

Ejemplos crueles mostró, dignos de ser pisoteados por siempre, al querer dictar decretos para sí estando el obispo aún vivo.

Fue un hecho fingido el que ocurrió, que debe evitar el pecho casto: presumir de obtener, estando él vivo, lo que apenas debería tras su muerte.

Grava el orden aquel sacerdote que así busca el episcopado; quien abraza los preceptos, huye de la ambición del honor.

Honor que, si a alguien le es debido, debe ascender al grado obligado, no buscándolo él con astucia, sino dándolo el don de Cristo.

Inepto es quien desea ponerse a sí mismo por encima de la Iglesia; pues el asumir una cosa sagrada debe ser por elección divina.

K (C)on consagración, Hilario no ambicionó el orden; Martín huyó de él y Gregorio apenas lo soportó.

Las leyes rechazan la ambición, todo invasor es expulsado: lo que rechazan los tribunales, evítelo la Iglesia como un nefando crimen.

Malignas eran las luchas por una sede que no era suya, la cual una mente íntegra ni desea padecer ni desea arrebatar.

Ni por más tiempo anduvieron en este murmullo; mientras pensaban en sucederle, regresó el sacerdote que ya era.

Orando el pueblo, al punto regresó cuando nadie lo creía. Las alegrías que fluyen tras la tristeza son mucho mayores.

Plausos daba la ciudad, a la cual regresó la felicidad; privada de él y habiéndolo llorado, recibió ansiosa a su padre.

Quien apenas pensaba que sería devuelto, se vio sorprendido por un deseo próspero; cuando se percibe una cosa admirable, la visión suele quedar estupefacta.

Recoge el rector a su rebaño; acoge al que fue capturado por el error; reconocida la fortaleza del pastor, se alegraron los apriscos.

Sumó su grado en el mismo tiempo y regresó en el mismo día. ¿Quién no proclamará que esto sucedió por don celestial?

Tanto premio no tuvo el pueblo antes, cuando fue nombrado, como cuanto se alegró entonces, cuando recuperó a su prelado.

Venid, ciudadanos, aplaudid y añadid votos a los votos, para que los cielos conserven a aquel por quien se hicieron milagros.

X (Christus) Cristo, con luz serena, vuele en torno a quien devolvió, para que crezca su triple gracia en recompensa, vida y gloria.

Ymnos (Himnos) cantando resuene quien no envidie a Dios; es alabanza de Aquel que retrae al prelado de la boca de la muerte.

Zelando con pecho fiel, no avergüenza decir estas verdades: estas pequeñas cosas damos al nobilísimo obispo Leoncio.

 

A Placidina, madre del obispo Leoncio

Te ruego, piadosa dama, que recibas de buen grado estos dones tan pequeños, tú, que brillas en el mundo como el don más decoroso. Para que esta isla os diera estos presentes desde medio de las olas, el Océano los ofrece con el murmullo de sus aguas hinchadas. Y cuando, apresurándome, quise conocer estos lugares del mar, viniendo del Norte, una ola furiosa me rechazó. Sin embargo, para que vuestra prosperidad se probara plena, el mar ofreció en la tierra aquello que en las aguas se buscaba.

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