Poemas de Séneca (poeta romano)

Séneca

Poemas de Séneca (Lucio Anneo Séneca 4 a.C.–65 d.C.), filósofo, político y escritor romano, es uno de los máximos representantes del estoicismo tardío. Nacido en Córdoba, fue senador y consejero de Nerón, aunque terminó obligado a suicidarse tras la conjura de Pisón.

Su obra abarca tragedias, tratados morales y las célebres Cartas a Lucilio, donde reflexiona sobre la virtud, la brevedad de la vida y el dominio de las pasiones. Su influencia alcanzó al cristianismo y al Renacimiento

Un nuevo mundo

Audaz en demasía quien primero los mares

traidores sobre tan frágil navío surcó

y, las tierras propias a sus espaldas viendo,

confió la vida a brisas inconstantes;

quien, cortando las superficies con rumbo dudoso,

fue capaz de librarse a un leño débil

-entre los caminos de la vida y de la muerte

límite trazado demasiado tenue-.

 

Nadie aún las estrellas conocía

y de los astros con que se pinta el éter

nadie hacía uso; aún a las Híades lluviosas

esquivar sabía embarcación ninguna,

ni las luces de la Cabra Olenia,

ni los Carros de las Osas que sigue

y dirige pausado el anciano Boyero;

ni aún el Bóreas, ni aún el Céfiro

nombre tenían.

 

Se atrevió Tifis a desplegar las velas

en el espacioso ponto

y nuevas leyes dictar a los vientos:

ahora tender el velamen todo desplegado,

ahora, con la escota adelantada, recoger

los vientos sesgados, ahora las entenas

colocar seguras en medio del mástil,

ahora amarrarlas en todo lo alto,

cuando ya los soplos demasiado ansioso

el marino todos desea y, con la vela

alzada, tremolan los gallardetes bermejos.

Nuestros padres tiempos felices

vieron, lejos del todavía remoto engaño.

 

Acercándose cada cual perezoso a sus costas

y logrando la vejez en el campo paterno,

rico con poco: a no ser las que le dio

el suelo donde nació, ignora otras fortunas.

Los pactos del mundo bien demarcado

los reunió en uno solo el pino de Tesalia;

hizo que sufriera golpes el ponto,

que una porción de nuestro temor fuera

el alejado mar. Se procuró él con su osadía

castigos duros, en medio de tan largos

peligros llevado, cuando dos peñascos

-los cerrojos del abismo-, acercándose

con movimiento inesperado, y un estruendo

en todo el cielo, crujieron; regó los astros

y las nubes mismas el mar aprisionado.

 

Palideció el audaz Tifis y todas

las sogas de su mano vacilante dejó ir,

Orfeo calló con su lira balbuciente

y la propia nave Argo su voz perdió.

Y ¿qué cuando la virgen del Péloro siciliano,

rodeada en su vientre de perros rabiosos,

dejó sueltas a la vez las fauces todas?

¿Quién no sintió erizarse todos sus miembros

ante este monstruo único que por tantos ladraba?

Y ¿qué cuando esas desgracias funestas al mar

Ausonio con canora voz acariciaron,

y, al eco de la cítara pieria,

el tracio Orfeo casi logró que, acostumbrada

con su canto a retener las naves,

la Sirena le siguiera? ¿Cuál fue de este

viaje el botín? Una piel de oro

y ¡Medea, desgracia aún peor que el mar,

digno regalo del primer navío!

 

Ahora ya cedió el ponto y todas

las leyes soporta: no es necesario pactar

con Palas para navegar como la ilustre Argo,

ni son precisos ya remos movidos por reyes:

cualquier barca por alta mar navega;

las fronteras todas se han corrido y las ciudades

sus muros levantaron en nuevas tierras,

nada en el lugar que tuvo permanece;

el orbe entero está abierto: el indio bebe

del Araxes helado; los persas del Elba

y del Rin beben. Han de venir, en años aún

lejanos, tiempos en los que el Océano

las ataduras de las cosas suelte, enorme

se abra un continente y Tetis nuevos

mundos descubra: no será de las tierras

la última Tule.

 

Alegría

Sabiduría y Alegría, ahora te enseñaré a entender que aún no eres un sabio. El sabio auténtico vive en plena alegría, contento, tranquilidad, sin perturbaciones; Vive en igualdad de condiciones con los dioses. Entonces analízate: si nunca sientes tristeza, si no hay esperanza que aflige tu espíritu en la expectativa del futuro, si día y noche tu alma sigue igualada a sí misma, es decir, llena de elevación y contenta consigo misma, ¡entonces has logrado alcanzar el máximo bien posible para el hombre! Pero si, en todas partes y en todas las formas, solo buscas placer, debes saber que estás tan lejos de la sabiduría como de la verdadera alegría. Quieres obtener alegría, pero fallarás si crees que la alcanzarás a través de riquezas o honores, porque eso será lo mismo que intentar encontrar alegría en medio de problemas; las riquezas y honores, que buscas como si fueran fuentes de satisfacción y placer, son solo motivos para futuros dolores.

 

Necesitamos en verdad sólo muy poco

Cuidar cada tesoro que nace de la sangre.

Acariciar las orquídeas que brotan del cariño.

Forjar un escudo de quietud luminosa, una espada febril

contra los lobos.

 

Lo más terrible es el temor

Como soñar continuamente con amapolas muertas.

Como querer bailar con las piernas cercenadas.

Como un voraz incendio en el último refugio.

 

Difícil acertar antes de equivocarse

Hay que beber toda la magia que irradia la niñez.

Hay que hundir el cuchillo en la lepra de la vida.

Hay que buscar la comunión con los ángeles del Otro Lado.

Séneca

Carta Sobre el Suicidio

«Hemos navegado, Lucilio, durante la vida, y como en el mar, al igual que dice nuestro Virgilio, «tierras y ciudades se retiran», así en esta carrera de un tiempo que vuela, primeramente, desaparece la infancia, luego la adolescencia, después cuanto es aquello que media entre la juventud y la vejez, puesto entre los confines de las dos; a continuación, los mejores años de nuestra vejez; por último empieza a mostrarse el fin común a todo el género humano. Creemos en el mayor grado de locura que él es un escollo: es un puerto, que algún día debemos alcanzar, que nunca se ha de rehusar y al que, si alguno llegó en sus primeros años, no debe quejarse más que el que hizo su travesía en seguida. Pues, como sabes, con uno juegan brisas suaves, lo entretienen y lo cansan con el tedio de una tranquilidad lentísima; a otro lo arrastra con mucha rapidez un viento pertinaz.

 

Piensa que a nosotros nos pasa lo mismo: a unos, la vida los llevó velozmente a donde se había de llegar aunque se retrasaran; a otros los agotó y los atormentó. Y, como sabes; ella no se ha de retener siempre; pues no es cosa buena el vivir, sino el vivir bien. Así, pues, el sabio vivirá cuanto debe, no cuanto puede: verá dónde ha de vivir, con quiénes, cómo, qué ha de hacer. Piensa siempre en la cualidad, no en la cantidad de la vida; si se presentan muchas cosas molestas y perturban la tranquilidad, se sale él mismo de la vida. Y no hace esto solamente en la fase última de la vida, sino tan pronto como empieza a vislumbrar la fortuna, examina con diligencia si se ha de acabar de vivir. Cree que no le importa darse el fin o recibirlo, que se haga más tarde o más pronto; no lo teme como [si se tratara] de un gran desastre. Nadie puede perder mucho por lo que se va gota a gota. No tiene importancia morir más pronto o más tarde; tiene importancia el morir bien o mal, mas el morir bien es huir del peligro de vivir mal. (…)

 

Si una muerte es con tormento y otra es simple y fácil, ¿por qué no has de poner tu mano sobre ésta? Del mismo modo que puedo elegir una nave para navegar y una casa para habitar, así una muerte para salir de la vida. Además, a la manera de que no es mejor una vida más larga, así es peor una muerte más larga. En ninguna cosa más que en la muerte debemos satisfacer nuestros deseos. Salga por donde tomó su decisión: ya escoja el hierro, ya el nudo corredizo o alguna bebida que penetre en las venas, adelante y rompa las cadenas de la esclavitud. Cualquiera debe aprobar la vida para los demás, la muerte para uno mismo; la mejor muerte es la que agrada.

 

Son necios estos pensamientos: «Alguno dirá que he obrado con poco valor; alguno, con temeridad excesiva; alguno, que había otra clase de muerte más valerosa». Debes pensar que en tus manos está esa decisión en la que la opinión pública nada tiene que ver. Mira una sola cosa, el sustraerte lo más rápidamente posible de la fortuna; de lo contrario habrá quienes opinen mal de tu acción. Encontrarás también a quienes profesen la sabiduría que digan que no debe atentarse contra la vida y que juzguen contra derecho divino hacerse el matador de sí mismo; que debe esperarse la salida que la naturaleza decretó. El que dice esto, no ve que él cierra el camino de la libertad. Nada mejor ha hecho la ley eterna que el habernos dado una sola entrada para la vida y muchas salidas. ¿Tengo yo que esperar la crueldad de una enfermedad o de un hombre, cuando puedo evadirme por entre los tormentos y disipar las adversidades? La única por que no podemos quejarnos de la vida es esto: no retiene a nadie [por la fuerza]. Las cosas humanas están en un punto bueno porque nadie es desgraciado sino por sus vicios; si te agrada, vive; [si] no te gusta, puedes volver allí de donde viniste.

 

Muchas veces, para quitarte el dolor de cabeza, te sangraste; no es necesario el desgarrarse las entrañas con una gran herida; con la lanceta se abre el camino a aquella gran libertad, y la seguridad consta de un pinchazo. ¿Qué es, por lo tanto, lo que nos hace perezosos e incapaces? Ninguna vez uno mismo tiene que salir de este domicilio; así, la complacencia del lugar y la costumbre, incluso ante las incomodidades, retiene a los antiguos inquilinos. (…)

 

Llegará el día que nos exija la aplicación de esta única cosa [la de morir]. No tienes que pensar que tan sólo los grandes hombres tuvieron esta fortaleza con la que rompieron las cadenas de la esclavitud humana; no tienes que pensar que esto no podía realizarlo sino Catón, el cual con su manó arrancó el alma que no había sacado con el hierro. Hombres de la más humilde condición salieron hacia la seguridad con un esfuerzo inmenso, y, no habiendo podido morir convenientemente ni elegir a su arbitrio los instrumentos de muerte, tomaron cualesquiera que les presentaron y con su fuerza convirtieron en tiros mortíferos cosas que no eran mortales por naturaleza».

 

El valor del tiempo

Actúa así, querido Lucilio; reivindícate a ti mismo, y el tiempo que todavía o se te arrebata, o se te quita o se te escapa reúnelo y consérvalo. Persuádete de que esto es así como escribo: algunos tiempos nos son robados, algunos nos son sustraídos, algunos se van. Sin embargo, la más vergonzosa pérdida es la que ocurre por negligencia. Y si quisieras echar cuenta, la mayor parte de la vida se escapa a los que la viven mal; una gran parte, a los que no hacen nada; toda la vida a los que la pasan en alguna otra cosa.

 

¿A quién me darás, que ponga algún precio al tiempo, que estime el día, que comprenda que cada día muere? Y es que en esto nos equivocamos, porque miramos con interés a la muerte; gran parte de ella ya ha pasado. Algo de la vida está detrás: la muerte lo posee.

 

Por tanto, querido Lucilio, haz lo que escribes que haces: abrazar todas las horas. Ocurrirá de tal modo que dependerás menos del mañana, si a lo de hoy le echas mano. Mientras se pospone, la vida transcurre. Todas las cosas, Lucilio, son ajenas: solo el tiempo es nuestro. La naturaleza nos ha puesto en posesión de esta única cosa fugaz y resbaladiza, de la que nos expulsa cualquiera que quiere. Y tan grande es la estupidez de los mortales que las cosas que son mínimas y vilísimas, ciertamente reemplazables, cuando se han obtenido, se soporta que sean atribuidas a uno mismo; que nadie que ha obtenido tiempo juzga que deba algo, a pesar de que este es algo único que ni siquiera alguien agradecido puede devolver.

 

Preguntarás quizá qué hago yo, que te recomiendo estas cosas. Te lo diré abiertamente: puesto que ocurre como si fuera acomodado, pero diligente, me consta la razón del gasto. No puedo decir que yo no pierda nada, pero qué pierdo y por qué y de qué modo, te lo diré; revelaré las causas de mi pobreza, pero me ocurre lo que a muchos, forzados a la pobreza no por su propio vicio: todos perdonan, nadie socorre.

 

¿Qué pasa, pues? No considero pobre a aquel a quien le queda alguna cosilla que le es suficiente. Tú, sin embargo, prefiero que conserves tus cosas y que empieces en buen momento, pues, como les pareció a nuestros mayores, tardía es la frugalidad cuando se llega al fondo. En efecto, al final solo queda lo mínimo pero pésimo. Adiós.

 

Los viajes y la lectura

De las cosas que me escribes y de las que oigo, concibo una buena esperanza respecto a ti; no vas corriendo ni te inquietas con cambios de lugares. Esta agitación es propia de un ánimo enfermo. Considero que el primer indicio de una mente en su sitio es poder detenerse y quedarse consigo misma.

 

Sin embargo, contempla esto, para que esta lección de muchos autores y de todo tipo de volúmenes no tenga algo de vago e inestable. Es necesario pararse y nutrirse de ciertos ingenios, si quieres extraer algo que se asiente fielmente en el ánimo.

 

En ningún sitio está quien en todas partes está. A los que se pasan la vida de viaje les ocurre esto, que tienen muchos huéspedes, pero ningunas amistades. Es necesario que lo mismo les ocurra a aquellos que no se aplican íntimamente al ingenio de nadie, sino que van pasando todo rápidamente y corriendo.

 

No aprovecha ni se llega al cuerpo la comida que, en cuanto se toma, se devuelve; nada impide la sanación tanto como el cambio constante de remedios; no se cicatriza la herida en la que se van probando medicamentos; no crece fuerte la planta que a menudo se trasplanta. Nada es tan útil que sea de provecho solo de paso. El que abarca muchos libros poco aprieta.

 

Cuando no puedas leer cuanto tengas, es suficiente tener cuanto puedas leer. Dirás: «Pero quiero hojear ahora este libro, ahora aquel». Es propio de un estómago quejoso degustar muchas cosas, que, siendo variadas y diversas, molestan, no aportan nada positivo.

 

Así pues, lee siempre a autores solventes y, si alguna vez te apeteciera desviarte a otros, vuelve a los primeros. Obtén cada día algo de ayuda contra la pobreza, algo contra la muerte, y no menos contra otras cosas negativas; y, aunque vayas corriendo por muchas cosas, escoge una para digerirla ese día.

 

Esto es lo que hago yo mismo: de las muchas cosas que he leído, me detengo en algo. Lo de hoy es esto, que he sacado de Epicuro, pues suelo también pasarme al bando contrario, no como desertor, sino como explorador.

 

Dice: «Es cosa honesta la pobreza feliz». Pero no es eso pobreza, si es feliz. No es pobre quien poco tiene, sino quien desea más. Pues ¿qué importa cuanto se tenga en el arca, cuanto haya en los hórreos, cuanto pazca o se invierta, si se acecha lo ajeno, si no cuentan las adquisiciones, sino las cosas por adquirir? ¿Preguntas cuál es la medida de las riquezas? La primera, tener lo que es necesario, y luego lo que es suficiente. Adiós.

 

Confianza con los amigos

Entregaste una cartas que habían de ser traídas a mí por, según escribes, un amigo tuyo; luego me adviertes de que no trate con él todas las cosas relacionadas contigo, porque no sueles ni siquiera tú mismo hacerlo; así, en una misma carta lo llamaste amigo y te desdijiste.

 

El último discurso de Séneca, Saepe Noster

Tu error convoca a esta hora a un imprudente suicidio,

y tu injusticia infame y egoísta cambia los romanos-caminos.

 

Morir, Nerón, con valor, en este día-historia, es divino-digno;

y es digno hoy también los clavados-sacrificios.

 

Hoy la Hispania ya sabe que en aquel coliseo circense recorre sangre cristiana,

… y alguna que otra laica, y alguna sangre estoica, y otra mucha más romana

 

En este tu día-oscuro, en el que enmudecen mis labios y mis huesos no-materiales, no-mundanos, la muerte, la muerte en sí misma, no resulta absolutamente ganadora gloriosa o vengadora

 

este momento de momento vacuo, de hondonada, de vil emperadores, de actitudes adversas, habrás de aprender, mi pequeño y extraviado discípulo,

que algo muy profundo, y fructífero en la vida, es el bien de ser, un ser imperturbable, un lejos muy distante que no eres, el ser una tranquilidad del espíritu, espíritu que te lo has turbulenta e irremediablemente condenado

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