Poemas de Al-Būṣīrī

Poemas de Al-Būṣīrī

Los Poemas de Al-Būṣīrī (Sharaf al-Dīn al-Būṣīrī 1211–1294), el eminente poeta sufí de origen bereber nacido en Egipto. Miembro de la orden Shadhiliyya, es mundialmente célebre por revolucionar la lírica devocional islámica.

Su obra cumbre, la Burda (Poema del Manto), compuesta tras sanar milagrosamente de una parálisis, es considerada la pieza más influyente en elogio al Profeta Muhammad.

Mostró un estilo que combinaba una maestría métrica excepcional con una profunda espiritualidad mística, transformando el panegírico clásico en una herramienta de intercesión y sanación. Su legado perdura como un pilar de la piedad popular y la literatura árabe universal.

El Poema del Manto

¿Se debe acaso al recuerdo de los vecinos de Du-Salam

que mezclaras con sangre las lágrimas que de tu pupila resbalaban?

¿O a que soplaba el viento del lado de Kazima

al tiempo que resplandecía el relámpago en las tinieblas de Idam?

¿Qué les ocurre a tus ojos, que tienes que decirles: «¡dejad de llorar!»?

¿Y qué le pasa a tu corazón, que has de gritarle: «¡cierra la puerta a las quimeras!»?

¿Es que cree el enamorado que el amor puede permanecer oculto

mientras las lágrimas brotan de sus ojos y él se abrasa?

Si no fuera por la pasión, no derramarías lágrimas sobre los restos de los campamentos abandonados,

ni serías presa del insomnio a causa de los recuerdos que en ti evocan el sauce o la piedra.

¿Y cómo vas a negar un amor, si testifican a su favor

dos testigos como las lágrimas y la enfermedad?

El pesar ha surcado de lágrimas tus mejillas, confiriéndoles una palidez como la del narciso

o un color como el del anm.

Sí, el fantasma de aquella a quien amo ha acudido a mí de noche y me ha tenido en vela:

¡el amor impone los placeres con su sufrimiento!

El alma es como un niño: si lo desatiendes, llega a la pubertad habituado al seno materno,

pero si le retiras el pecho, acepta sin más el destete.

¡Aleja entonces de ti sus pasiones, y guárdate de ponerte en sus manos!

¡La pasión aniquila y corrompe todo aquello que gobierna!

Vigílala, pues es, por sus actos, semejante al ganado:

si encuentra de su gusto el pasto, ya no lo abandona.

¡Cuántas veces hace aquélla deseable al hombre un placer mortal

sin que este sepa que el veneno se puede ocultar en el manjar más apetecible!

Guárdate tanto de las maquinaciones que inspira el hambre como de las de la saciedad,

ya que la necesidad es con frecuencia peor que el hartazgo.

Derrama las lágrimas de tu ojo saturado de visiones ilícitas

y entrégate a un régimen de arrepentimiento.

Opónte a tu propia alma, y al mismo Satanás, y rebélate contra ambos;

y si pretenden darte consejos, desconfía.

Y no te prestes a su juego, se presenten como adversario o como mediador,

pues bien conoces ya las tretas de la parte contraria y las del juez.

Pido perdón a Dios por hablar y no actuar;

es como si con ello le atribuyese progenie a quien es estéril.

Te ordené hacer el bien, pero ni yo me di a ello ni obré con rectitud;

mi consejo para ti es, pues: ¡enderézate!

 

No he hecho acopio alguno de acciones pías antes de la muerte,

ni he rezado ni ayunado salvo conforme a los preceptos mínimos.

Me desvié de la senda de aquel que iluminaba las tinieblas con su oración

hasta que sus pies enfermaban inflamados.

De aquel que llegó a encoger sus entrañas a causa del hambre atroz

y a ocultar como bajo piedras una cintura de suave piel.

Altas montañas de oro se le ofrecieron como soborno,

¡y qué arrogancia les mostró!

La necesidad reafirmó su temperanza,

pues lo cierto es que esta no está reñida con la impecabilidad.

Pero ¿cómo puede la necesidad invitar a la vida mundana

a aquel sin el que el mundo no habría salido de la nada?

Muhammad es el Señor de los Dos Mundos, de las dos estirpes

y de los dos partidos de la especie humana: los árabes y los no árabes.

Nuestro profeta es el Señor Absoluto, y nadie es más veraz que él,

ni cuando afirma ni cuando niega.

Él es el amado de Dios, cuya intercesión se desea

ante cualquier horror que nos acometa.

Él invocó a Dios, y quienes a él se aferran

están asiendo un cabo que jamás se romperá.

Aventajó a los otros profetas tanto por su físico como por su conducta moral:

estos no fueron rivales para él ni en saber ni en generosidad.

Todos ellos pretendieron sacar agua del océano de bondad del Enviado de Dios

o apurar hasta la última gota de su mansa lluvia de conocimientos.

Y se detuvieron ante él a causa de sus limitaciones,

como los puntos diacríticos en los libros de ciencia o las vocales en la sabiduría escrita.

No en vano él es quien alcanzó la plenitud en cuerpo y alma

y luego fue elegido como bienamado por el Creador del género humano.

Inalcanzable en virtudes a cualquier rival,

la esencia de su bondad es indivisible.

 

Olvida lo que los cristianos atribuyen a su profeta;

pronúnciate y comunica tantos elogios como desees en loor de Muhammad.

Atribuye a su persona cuanta nobleza quieras

y tanta grandeza como desees a su poder.

Puesto que el favor de Dios no conoce límites,

¡que lo divulgue con claridad quien disponga del don de la palabra!

Si sus milagros fueran en grandeza proporcionales a su poder,

la sola invocación de su nombre devolvería la vida a los esqueletos de huesos pulverulentos.

No nos puso a prueba en aquello que escapa a nuestro entendimiento,

por consideración hacia nosotros; por eso ni vacilamos ni erramos.

La comprensión de su auténtica esencia escapa a los esfuerzos de la humanidad,

a causa de lo cual no se ven, ni cerca ni lejos de él, sino gentes enmudecidas.

Él es como el sol, que, en la lejanía, aparece diminuto a los ojos,

pero que ciega la vista al dar en la cara.

Mas ¿cómo van a colegir su verdad en esta vida

unas gentes que están dormidas y que se distraen de su presencia con sueños vanos?

Todo cuanto sabemos de él es que es humano

y que es la mejor de las criaturas de Dios.

Y que todo milagro obrado por los nobles enviados de Dios

más bien tuvo su origen en la luz con que él los iluminó.

Ya que él es el sol de la virtud, mientras que ellos son sus estrellas,

que guían a las gentes solo en las tinieblas nocturnas.

¡Honra el porte natural de un profeta, a quien además adorna un temperamento

pleno de bondad e inconfundible por su alegría!

Es como las flores por su exquisitez, como la luna llena por su grandeza;

como el mar por su abundancia y el destino por sus avatares.

Incluso cuando lo encuentres solo aparecerá, a causa de su divina majestuosidad,

como al frente de un ejército o de su séquito doméstico.

 

O como si fuera la perla que se oculta en una ostra,

de la que proceden los minerales de su elocuencia y su sonrisa.

Ningún perfume iguala a la tierra que sirve de lecho a sus huesos:

¡bendito aquel que puede aspirar su aroma y frotarse con ella el rostro!

Su mismo nacimiento reveló la excelencia de su estirpe;

¡alabados sean su principio y su fin!

Fue aquella una jornada por cuyos augurios quedaron los persas

advertidos del advenimiento de infortunios y calamidades.

Cumplida la noche, el palacio de Cosroes amaneció resquebrajado,

igual que su progenie fue dispersada sin remedio.

El fuego sagrado extinguió sus llamas por la pena que de él sintió

y el río Éufrates olvidó el nacimiento de su curso por puro pesar.

La desecación de su lago causó un gran mal a Sawa,

y todo aquel que allí acudía a apagar su sed tuvo que regresar sobre sus pasos contrariado.

Fue como si, a causa de la tristeza, el fuego se sofocase adquiriendo la humedad del agua,

y como si esta se evaporase tomando de aquel sus ascuas incandescentes.

Como si los genios gritasen, como si brillasen las luces;

como si, por su esencia y por su forma, en señales y en voces la verdad resplandeciese.

Cegados fueron los demonios y aniquilados sobre su propio sitio,

pues ni se prestó oídos a su Buena Nueva, ni se atendió a los rayos de luz que en su nombre amonestaban.

Y todo después de que los oráculos avisaran a los pueblos

de que sus desviados credos no perdurarían.

Y tras contemplar con sus propios ojos bólidos celestes

abatiéndose sobre todos los falsos ídolos de la Tierra.

Hasta que, puestos en fuga y a la zaga unos de otros,

aquellos malos espíritus abandonaron de mañana el camino de la Revelación.

Como si, en su huida, fuesen las huestes de Abraha, o mejor aún,

aquel ejército apedreado con guijarros lanzados por las manos del Profeta.

Guijarros arrojados por sus manos tras alabar a Dios,

como Jonás al ser expulsado de las entrañas de la ballena.

 

Los árboles acudieron a su llamada prosternándose,

caminando hacia él sobre troncos sin raíces.

Igual que si trazaran renglones para la virtuosa caligrafía

que sus ramas desplegaban en medio del camino.

Como cuando aquella nube lo siguió brindándole sombra

contra el calor abrasador que se aviva al mediodía.

Juro solemnemente por la luna hendida

que existía parecido entre aquella y su corazón.

Y por todo lo excelso y noble que la gruta albergaba,

que los ojos de quienes renegaban de él quedaron ciegos.

Y que la Verdad misma y el Verídico no habían salido de la cueva;

y, a pesar de ello, los infieles dijeron: «aquí no hay nadie».

Pensaron que ni la araña tejería su tela

ni la paloma volaría sobre la mejor de las criaturas.

Pero la protección de Dios le sirvió como una doble adarga,

como el más firme de los valladares.

Nunca me agravió el Destino con sus injusticias sin que yo buscara su protección

y hallara en él a un anfitrión bajo cuyo palio jamás se sufre coacción.

Ni solicité de él riqueza alguna, para esta o para la otra vida,

sin recibir abundantes prebendas de aquella mano, la más digna de ser besada.

¡No niegues la revelación contenida en sus visiones nocturnas!

Ciertamente él tiene un corazón que vela mientras sus ojos duermen.

Pues aquélla tuvo lugar cuando él llegó a la edad de la profecía,

y no puede negarse que ella recibió en sueños.

Poemas de Al-Būṣīrī

¡Bendito sea Dios! No hay revelación susceptible de haber sido copiada,

ni profeta libre de sospecha.

¡Cuántas enfermedades sanaron sus manos por simple imposición,

y a cuántos desventurados liberó del oprobio de la locura!

¡Y cuántos años yermos tornó su invocación feraces,

hasta parecer la luz de la aurora en medio de las edades oscuras!

Gracias a que un denso nubarrón descargó tanta lluvia,

que uno diría que los lechos secos de los ríos se asemejaban a algún aluvión

traído por el mar, o mejor aún, a la inundación de al-Arim.

Déjame que describa los milagros que, gracias a él, se tornan visibles,

como los fuegos de los hogares hospitalarios durante la noche.

De la misma manera que las perlas incrementan su belleza al ir ensartadas,

pero no se devalúan en nada si están sueltas…

es imposible albergar esperanzas de poder alabar debidamente

toda su nobleza de carácter y su temperamento.

Son sus milagros verdaderas aleyas procedentes del Misericordioso, creadas,

pero eternas, en tanto que atributos de quien es Eterno.

No se remontan a ningún tiempo en particular, sino que nos aleccionan

sobre la Resurrección, sobre Ad y sobre Iram.

Perduraron entre nosotros y destacaron sobre todos los milagros

obrados por los profetas anteriores, pues aquéllos llegaron, pero se fueron.

 

Claramente definidas, ni dejan margen al cismático,

ni requieren intérprete alguno.

Jamás fueron combatidas sin que el más acérrimo de sus enemigos

abandonara la batalla demandando un arreglo pacífico.

Su elocuencia desbarata las aseveraciones de quienes a ellas se oponen,

igual que el marido celoso sale al paso de quien a sus esposas ronda.

Los matices que atesoran se suceden como las olas del mar

y son superiores en belleza y valor a las perlas que hay en él.

Sus milagros no pueden contarse ni ponderarse,

ni recibirse con desagrado por su sostenido ascenso.

Sobre ellas se apacigua la mirada del lector, y yo le digo:

«Puesto que acabas de agarrar un cabo que te ha lanzado Dios, ¡sujétalo bien!».

Si las lees en voz alta por temor al ardiente fuego del infierno,

sofocarás su calor con el frescor de tan divina lectura.

Es como si fueran ese estanque en que se tornan blancos los rostros

de los rebeldes a Dios, pese a haber llegado hasta allí negros como tizones.

Son, por su equidad, como el puente Sirat o como la Balanza,

ya que fuera de ellas, no hay justicia que perdure entre las gentes.

No te asombres de que algún envidioso dé en desaprobarlas

fingiéndose ignorante, aunque esté dotado de un agudo intelecto.

Igual que puede ocurrir que el ojo afectado por la oftalmía rechace la luz del sol

o que la boca enferma rehuya el gusto del agua.

¡Oh, tú, la mejor de las criaturas, a cuyo campo acuden quienes suplican perdón

corriendo y a lomos de camellos de firme zancada!

¡Oh, tú, el mayor de los milagros para quien reflexiona!

¡La gracia suprema para quien sabe aprovecharla!

 

De noche viajaste de santuario a santuario,

como viaja la luna llena en lo oscuro de las tinieblas.

Y seguiste ascendiendo hasta alcanzar un puesto nunca antes logrado ni imaginado,

a sólo dos arcos del trono de Dios.

Profetas y enviados te cedieron el liderazgo,

igual que la servidumbre deja paso a su señor.

Y tú atravesaste siete cielos a la cabeza de ellos,

en calidad de portaestandarte.

Hasta no dejar a tus competidores posibilidad alguna de alcanzarte,

ni resquicio en que hacer pie a quienes superarte pretendían.

Humillante toda dignidad en comparación con la tuya,

pues fuiste investido con el más alto rango como jefe único.

Para alcanzar una unión con Dios —¡qué oscura a los ojos de los hombres!—

y colegir un secreto —¡qué oculto a ellos!—

No en vano alcanzaste glorias sin parangón

y atravesaste estadios de dignidad nunca antes frecuentados.

¡Qué excelso poder el del rango que te fue conferido!

¡Y qué sublime logro el de las gracias con que fuiste regulado!

¡Congratulaos de la Buena Nueva, Comunidad del Islam!

¡La Divina Providencia nos ha otorgado un pilar que jamás se derrumbará!

Desde el momento en que Dios distinguió como «el más noble de los profetas»

a quien nos llamaba a su sumisión,

nosotros nos convertimos en la más ilustre de las naciones.

Las noticias sobre su misión llenaron de espanto los corazones de los enemigos,

igual que el rugido de un león pone en fuga a todo un tropel de corderos desprevenidos.

Jamás dejó de salirles al paso en cada campo de batalla

hasta hacerlos parecer, a causa de los lanzazos, carne sobre el tajo de un matarife.

Desearon escapar, y casi envidiaron la suerte

de los miembros destazados que fueron llevados al vuelo por águilas y buitres.

Pasaban las noches sin que acertasen a contarlas,

a menos que fuesen las de los meses sagrados.

 

La religión era como un huésped que tomase posesión de la plaza enemiga,

en compañía de un séquito de jefes ávidos de la sangre de sus moradores,

arrastrando tras de sí un mar de ejércitos montados en veleros,

lanzando una ola encabritada de héroes.

Era lugarteniente de todos los convocados por Dios que, exterminadores y aniquiladores,

se lanzaban sobre los infieles.

Hasta que la doctrina del Islam, tras su largo extrañamiento,

llegó a unírseles como con lazos de consanguinidad.

Tutelada siempre por el mejor padre y esposo posible,

jamás conoció el desamparo ni la viudedad.

Pues los llamados por Dios eran como las montañas;

¡pregunta a sus oponentes con qué se encontraban a cada acometida!

¡Y pregúntale a Hunayn; pregunta a Badr, y a Uhud,

por aquellas épocas de muerte, que fueron más terribles para ellos que la peste misma!

Los creyentes se retiraban, rojos los sables blancos tras abrevar

de la sangre de todos aquellos enemigos de negra cabellera.

Cual escribanos cuyas oscuras lanzas, igual que los cálamos, no dejaran por marcar

ni un solo punto diacrítico en el cuerpo del rival.

Armados de pies a cabeza, portan una insignia que los distingue,

como se destaca la rosa entre las zarzas por su peculiar impronta.

Los vientos de la victoria traen hasta ti su aroma,

de modo que dirías que cada guerrero es una flor abierta.

Como si aquéllos, a lomos de sus caballos, fuesen como la vegetación de las cumbres,

y no por la fortaleza de su tallo, sino por su firmeza inquebrantable.

 

Volaron, aterrorizados por su arrojo, los corazones de los enemigos,

incapaces de distinguir entre un rebaño de corderos y una partida de valientes.

Pues quien se halla bajo el amán del enviado de Dios,

logra que los leones, si se tropiezan con él, permanezcan mudos de terror en la espesura.

Y jamás verás a un aliado suyo privado de la victoria,

ni a un adversario libre de la destrucción.

Acogió a la comunidad en el baluarte de su recto dogma,

a semejanza del león que busca con sus cachorros el refugio de las zarzas.

¡A cuánto hábil polemista desarmaron sus palabras!

¡A cuántos querellantes derrotaron sus argumentos!

Bástete como milagro tanta sabiduría en un analfabeto

de la Yahiliyya, y tan esmerada educación en un huérfano.

Le he servido con este panegírico, a través del cual asumo

los pecados de una vida dilapidada entre poemas y pleitesías.

Pues ambas cosas me han impuesto cargas cuyas consecuencias asustan;

es como si yo, por culpa de aquéllas, fuese un camello destinado al sacrificio.

En ambos aspectos me rendí a los extravíos de la juventud

y no obtuve sino pecados y arrepentimiento.

¡Qué pérdida la de mi alma en este trapicheo!

Ni sirvió para adquirir la fe a cambio de la vida mundana, ni tan siquiera para tasar aquélla…

Y es que quien troca la eternidad por lo efímero,

pronto descubre el fraude tanto en la venta como en el pago por adelantado.

Aunque por cometer algún pecado no queda invalidado mi pacto con el Profeta,

ni se rompe la cuerda que me une a él.

 

Ya que yo me he acogido a su amparo al pronunciar su nombre,

y él es, en su tutela, la más perfecta de las criaturas.

Si el Día del Juicio no me tomara de la mano por benevolencia,

bien podrás decir: «¡vaya caída!».

No se concibe en él que niegue sus favores a quien los implora,

ni que se aleje su vecino de él sin haber recibido honores.

Desde que entregué mis pensamientos a alabarlo,

hallé en él el más grato requisito para mi salvación.

Nunca escapará su riqueza de una mano necesitada:

la lluvia también hace que nazcan flores en un otero pelado.

Yo he rechazado las flores de este mundo

que recogió Zubayr por elogiar a Harim.

¡Oh, la más noble de las criaturas! ¡No tengo a quién recurrir

cuando tenga lugar el último Evento, sino a ti!

Y no sufrirá tu gloria menoscabo alguno por mi culpa,

cuando el Generoso se vista con el nombre de El Vengador.

Pues tanto esta vida como sus bienes se deben a tu largueza,

como se deben a tu sapiencia la ciencia de la Tabla y el Cálamo.

¡Ah, alma, no desesperes por ominosa que sea una falta!

Para su magnanimidad, los más nefandos crímenes resultan pequeñeces.

Ya que es probable que la misericordia de Mi Señor sea, cuando Él la imparta,

proporcional a la rebeldía mostrada.

¡Oh Señor, haz que mi súplica tenga efecto

y que mis cuentas no caigan en saco roto!

Y sé benevolente con tu siervo en esta morada y en la otra,

ya que su entereza huye espantada cuando cualquier horror acude invocando su nombre.

Deja que las nubes cargadas con tu bendición arrojen siempre

sobre el Profeta una lluvia intensa y abundante…

Mientras el viento del este hace cimbrearse las ramas de los sauces llorones

y el canto del camellero estremece a su recua.

 

La Hamziyya de Al-Busiri

¡Oh Señor!, envía Tus bendiciones y saludos a aquel que es misericordia y cura para toda la creación.

¿Cómo habrán de elevarse los otros profetas hasta tu rango? ¡Oh, Cielo sobre el cual no existe otro firmamento!

Ellos no pueden igualarse a ti en tu elevada estación; verdaderamente, una luz inmensa y una gracia monumental te han distinguido de todos.

Los profetas fueron decorados ante los ojos de los hombres con tus propias cualidades, tal como el agua en calma refleja la belleza de la luna en la noche.

Tú eres como la lámpara de toda gracia; ninguna luz se hace manifiesta si no es a través de tu propio resplandor.

El conocimiento real de los mundos invisibles reside en ti; fue a través de esa luz que al profeta Adán le fueron enseñados los nombres de todas las cosas.

Desde el secreto de la realidad, las mejores madres y los mejores padres fueron elegidos para ti por Alá, continuamente a través de los tiempos.

No pasó periodo alguno entre las generaciones de los profetas sin que estos dieran a sus pueblos la buena nueva de tu venida.

La generación en la que naciste se jactó sobre todas las demás, y gracias a ti, ese tiempo se elevó de grandeza en grandeza.

Tus excelsas cualidades se manifestaron a la existencia desde un padre noble y unos antepasados que poseían la verdadera grandeza.

Es un linaje vinculado a la gloria, un tesoro en cuyo centro pende la estrella más brillante.

¡Sí! Qué orgullo y qué grandeza oculta posee tu estirpe; tú eres su rubí protegido.

Tu rostro es como el sol más radiante, gracias al cual la noche más oscura quedó iluminada.

La noche de tu nacimiento se convirtió en el día más feliz y trascendental para la Fe.

Las voces del cielo anunciaron que, ciertamente, el Elegido (Al-Mustafa) había nacido y que, por consiguiente, la felicidad quedaba establecida en la tierra.

El palacio de Kisra se derrumbó; si no fuera por tu milagro, aquel edificio no habría caído.

Cada santuario donde se adoraba el fuego despertó sumido en la tristeza y la plaga debido a su extinción.

Y todas las corrientes de Persia se detuvieron; ¿acaso fueron sus aguas las que apagaron aquel fuego sagrado?

Tu nacimiento fue la destrucción para el establecimiento de la incredulidad y una fuente de pesar para los infieles.

La bondad de la gracia acompañe a Amina gracias a él; por su causa, ella fue más exaltada que la propia Eva.

¿Qué es la gracia de Eva comparada con la de Amina, quien llevó en su vientre a Ahmad y por él alcanzó la plenitud de la maternidad?

Aquel fue el día en que la hija de Wahab alcanzó un honor que ninguna otra mujer había logrado jamás al dar a luz.

Y presentó ella a su tribu un honor mucho más excelso que aquel que portó María, la Virgen.

 

Al-Muḍariyya: La Oda de las Bendiciones Infinitas

¡Oh Señor mío!, derrama Tus bendiciones sobre el Elegido de Mudar,

y sobre todos los profetas y mensajeros cada vez que sean nombrados.

Vierte Tus gracias, Señor, sobre el Guía y sus seguidores,

y sobre sus compañeros, aquellos que difundieron las enseñanzas de la fe.

 

Aquellos que combatieron valientemente junto a él en la senda de Dios,

quienes emigraron, le dieron refugio y le brindaron su auxilio;

quienes aclararon lo obligatorio y la tradición, uniendo sus fuerzas

por amor a Dios, aferrados a Su Gracia hasta alcanzar la victoria.

 

Que sean las más excelentes, extensas y nobles bendiciones,

cuya fragancia se difunda dulcemente y permee todo el universo;

perfumadas con la esencia del almizcle, deleitables al alma,

emanando el aroma del beneplácito y el divino agrado.

 

Que sean tantas como los guijarros, la tierra húmeda y los granos de arena,

seguidas por las estrellas de los cielos, las plantas de la tierra y los montes de arcilla;

tan grandes como el peso de las montañas colosales,

y como las gotas de toda el agua y de toda la lluvia.

 

Tantas en número como las hojas de todos los árboles,

y como cada letra o carácter que sea leído o escrito;

tantas como los animales salvajes, las aves, los peces y el ganado,

seguidas por los genios, los ángeles y los seres humanos.

 

Como las motas de polvo y las hormigas, como los granos de cereal,

como el cabello y la lana, las plumas y el pelaje de las fieras;

tantas como todo aquello que comprende la suma del conocimiento,

y cuanto fue dictado por la Pluma del Mandato y el Decreto Divino.

 

Tantas como Tus favores, Señor, otorgados a las criaturas

desde que fueron creadas y reunidas en la existencia;

tan grandes como el elevado rango del Profeta,

por el cual ángeles y profetas se ennoblecieron con orgullo.

 

Tantas como todo lo que existe en los universos, ¡oh mi Sustento!,

y cuanto está por nacer hasta el Día de la Resurrección;

tantas como cada parpadeo con el que la gente de los cielos

y de la tierra mira o deja de mirar.

 

Tantas como cuanto llena los cielos, la tierra y las montañas,

la extensión del mundo, el Trono, el Escabel y lo que ellos contienen;

tanto como lo que Dios ha hecho desvanecer o ha traído a la vida,

bendiciones sin límite que perduren por siempre.

 

Cuyo número atraviese todas las edades y tiempos,

sin fronteras, sin omitir nada, abarcándolo todo;

que no tengan fin ni conclusión, ¡oh Poderoso!,

ni límite decretado; medita, pues, en su inmensidad.

 

Tantas como los múltiplos de todos los números que han sido,

multiplicados de nuevo por sí mismos, ¡oh Tú que decretas!;

tal como Tú amas, Maestro mío, y de acuerdo con Tu agrado,

y según nos has ordenado bendecirle, pues Tú eres el Dueño del Gran Poder.

 

Que la paz acompañe a estas bendiciones en igual medida,

y multiplícalas ambas para que la gracia se extienda a lo lejos;

multiplicadas aún más por Tu Derecho en cada aliento

de Tus criaturas, sean estas pocas o sean muchas.

 

Señor mío, perdona a quien recita este poema y a quien lo escucha,

y a todos los musulmanes, dondequiera que se encuentren;

y a nuestros padres, nuestras familias y nuestros vecinos,

pues todos, Maestro mío, tenemos gran necesidad de perdón.

 

He cometido muchos errores, ¡no tienen fin!,

pero ciertamente Tu perdón no deja rastro de pecado alguno.

La angustia me ha distraído de todo lo que espero alcanzar,

y llego ante Ti con humildad y el corazón quebrantado.

 

Te suplico, Señor, que nos muestres misericordia en ambos mundos,

por el rango de aquel en cuyas manos los guijarros glorificaron a Dios.

Aumenta, Señor, nuestra recompensa y nuestro perdón,

pues de cierto Tu generosidad es un mar que no conoce orillas.

 

Sana las deudas que asfixian al carácter noble en la dificultad,

y libéranos de nuestras tribulaciones, ¡oh Tú, el Poderoso!

Sé bondadoso con nosotros cuando las calamidades nos alcancen,

con esa hermosa bondad que hace desaparecer toda aflicción.

 

Por Mustafa, el Elegido, lo mejor de la creación,

en cuya alabanza se revelaron azoras para honrarle.

Que las oraciones sean sobre él mientras el sol brille sobre el día

y mientras la luna derrame su resplandor en la noche.

 

Que Tu agrado sea con Abu Bakr, su califa,

quien sostuvo la religión cuando él hubo partido;

y con Abu Hafs al-Faruq, su compañero Omar,

cuya palabra en sus juicios era decisiva y firme.

 

Concede Tu bien a Uthman, el de las dos luces,

en quien las virtudes se perfeccionaron en los dos mundos;

y asimismo a Alí, a sus dos hijos y a su madre:

la Gente del Manto, según nos ha llegado en la tradición.

 

Y también con nuestra señora Khadijah al-Kubra, que dio sus bienes

para ayudar y apoyar al Mensajero de Dios;

y con aquellas mujeres puras, las esposas de Mustafa,

y con sus hijas e hijos, siempre que sean mencionados.

 

Y con Sad, Sad ibn Awf y Talha,

con Abu Ubayda y Zubayr, los más finos maestros;

con Hamza y con Abbas, nuestro señor, y con su hijo,

el sabio a través del cual se resolvían las dificultades.

 

Y con toda la Familia, los Compañeros y sus Seguidores,

mientras la oscuridad caiga sobre la noche y el alba reaparezca.

Bendícelos con Tu perdón, Tu bienestar y Tu complacencia,

y concédenos un buen final cuando la vida llegue a su cierre.

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