Poemas de Ibn al-Fāriḍ
Estos son los Poemas de Ibn al-Fāriḍ (Umar Ibn al-Fāriḍ 1181–1235), conocido como el «Sultán de los Amantes», es el mayor poeta místico de la lengua árabe. Su obra, centrada en la unión extática con lo Divino, utiliza el lenguaje del amor erótico y la embriaguez para describir estados espirituales profundos.
Su obra maestra, la Gran Ta’iyya, es una odisea del alma hacia la Unicidad de la Existencia (Wahdat al-wujud), donde el «yo» se disuelve en el «Él/Ella». Maestro de la paradoja y la belleza formal, Ibn al-Fāriḍ transformó la poesía en un vehículo para la aniquilación del ego y la iluminación absoluta.
Por ella, partí hacia ella
Por ella, partí hacia ella
lejos de mí, para nunca volver;
alguien como yo jamás habla
de regresar.
Con dulzura, aparté a mi alma
de mi propia partida;
nunca más permití
que fuera mi compañera.
Entonces se me hizo desaparecer
de donde mi alma se mantenía aparte,
para que ningún atributo surgiera
a asediarme en mi presencia.
Y se me hizo ser testigo
de mi ausencia cuando ella apareció,
así me encontré —a ella— allí,
en la cámara nupcial de mi retiro.
En mi atestiguar, mi existencia
fue desechada, y quedé lejos
de la existencia de mi atestiguar,
desvaneciendo, no fijando.
Abracé aquello que presenciaba
al dar testimonio de ello
en el desvanecimiento de mi testigo,
ahora sobrio tras mi embriaguez.
En la sobriedad tras el desvanecimiento,
yo no era otro sino ella;
mi esencia adornó mi esencia
cuando ella retiró su velo.
Comparada con mi aurora
Comparada con mi aurora,
la luz del largo día es como un destello;
al lado de mi abrevadero,
el ancho océano es una gota.
Así, la totalidad de mi ser
encara y busca mi todo,
mientras una parte de mí, con brida y riendas,
tira de mi otra parte.
Aquel que estaba arriba, estaba abajo —
mientras lo de arriba estaba debajo de él —;
cada dirección se sometió
a su rostro orientador.
Así, lo inferior de la tierra es lo superior del éter
porque lo que yo divido está unido,
aunque dividir esa unión
es mi camino evidente.
No hay ambigüedad —
la unión es la fuente de la certeza;
no existe el «donde»
pues el espacio solo separa;
No existe el número,
pues contar corta como el filo de una hoja,
ni existe el tiempo, pues el límite
es la idolatría de quien mide las horas;
No hay igual en este mundo ni en el próximo
que pudiera decretar arrasar lo que yo erigí,
o mandar que se ejecute
el decreto de mi mandato.
No hay rival en ninguno de los dos lugares,
y debido a la armonía,
no verás disparidad alguna
en la creación de la humanidad.
De su luz
De su luz,
el nicho de mi esencia me iluminó;
a través de mí,
mis noches resplandecieron como mañanas.
Hice que yo atestiguara mi ser allí,
pues yo era él;
le atestigüé a él como si fuera yo,
la luz, mi esplendor.
Por mí, el valle fue santificado,
y arrojé mi túnica de honor —
mi «quitarse las sandalias» —
sobre aquellos allí convocados.
Abracé mis luces
y así fui su guía;
¡qué alma tan prodigiosa,
iluminando las luces!
Establecí firmes mis muchos Sinaís
y allí me recé a mí mismo;
alcancé cada meta,
mientras mi ser hablaba conmigo.
Mi luna llena nunca menguó;
mi sol, jamás se puso,
y todas las estrellas rutilantes
siguieron mi camino.
La busqué en mí mismo
La busqué en mí mismo,
ella estuvo allí todo el tiempo;
qué extraño que yo
se la hubiera ocultado a mi propio ser.
Iba y venía
con ella, dentro de mí —
mis sentidos ebrios,
su belleza, mi vino —.
Partiendo
del conocimiento cierto
hacia su fuente y verdad,
la realidad era mi búsqueda.
Llamándome a mí mismo desde mí
para guiarme con mi propia voz
hacia esa parte de mí
perdida en mi búsqueda.
Yo rogándome a mí
que levantara la pantalla
alzando el velo,
pues yo era mi único medio hacia mí.
Contemplaba
el espejo de mi belleza
para ver la perfección de mi ser
en la contemplación de mi rostro.
Y pronunciando mi nombre, escuché
y me incliné hacia mí,
buscando a aquel que pudiera hacerme oír
mención de mí en mi propia voz.
Colocando mis manos
sobre mi corazón,
con la esperanza de sostenerme
allí, en mi propio abrazo.
Ascendiendo hacia mis alientos
suplicando que pasaran por mí
para que pudiera
encontrarme allí.
Hasta que apareció un destello
de mí hacia mi ojo;
el despuntar de mi aurora brilló clara,
mi cielo oscuro desapareció.
Allí, donde la razón retrocede,
arribé,
y mi vínculo y unión
me alcanzaron desde mí mismo.
Entonces resplandecí de gozo,
al alcanzarme a mí mismo
con una certeza que me ahorró
el duro viaje de mi partida.
Me conduje a mí mismo hacia mí
después de haberme llamado de vuelta;
mi alma fue mi medio,
mi guía hacia mí.
Cuando descorrí
las cortinas del disfraz sensible
caídas
por los misterios de la sabiduría.
Levanté la pantalla de mi alma
alzando el velo,
y así ella respondió
a mi pregunta.
Había limpiado el óxido de mis atributos
del espejo de mi ser,
y este quedó rodeado
por mis rayos radiantes.
Y me convoqué a atestiguarme
puesto que ningún otro existía
en mi testimonio
que pudiera rivalizar conmigo.
El mencionar mi nombre
me hizo oírlo en mi recuerdo
mientras mi alma, negando el sentido,
decía mi nombre y escuchaba.
Me abracé a mí mismo —
pero no rodeando mis costillas con los brazos —
para poder estrechar
mi identidad.
Inhalé mi espíritu,
mientras el aire de mi aliento
perfumaba el ámbar gris disperso
con su fragancia.
Todo mi ser libre
de la cualidad dual de la sensación,
mi libertad interior,
yo, uno con mi esencia.
En verdad, guié a mi imán en la oración
En verdad, guié a mi imán en la oración
con toda la humanidad tras de mí;
hacia donde quiera que me volviera
estaba mi camino.
Y mi ojo la veía a ella ante mí
en mi oración,
mi corazón atestiguándome
mientras yo guiaba a todos mis guías.
No es de extrañar
que el imán rezara hacia mí,
puesto que ella se había asentado en mi corazón
como el nicho de mi propio nicho.
Las seis direcciones me encararon
con todo cuanto existía
de piedad y de peregrinaje,
tanto lo grande como lo pequeño.
A ella le recé mis oraciones
en la Estación de Abraham,
y atestigüé en ellas
la oración de ella hacia mí.
Ambos un solo adorador
postrándose ante su propia realidad
en unión,
en cada postración.
Pues nadie me rezó sino yo mismo,
ni mis oraciones fueron realizadas
hacia otro que no fuera yo
en cada genuflexión.
¿Cuánto tiempo debo ser hermano del velo?
¡Ya lo he rasgado,
y sus broches se han aflojado
en el vínculo de mi promesa!
Nadie habla
Nadie habla
a menos que su habla proceda de la mía;
nadie ve
sino a través de la mirada de mi ojo.
Nadie escucha
a menos que escuche por mi oído;
nadie aprehende
sino por mi poder y mi fuerza.
¡Nadie
está hablando, viendo u oyendo
en toda la creación
sino yo!
En el mundo de lo compuesto,
aparecí en lo más profundo
de cada figura y forma,
adornándolas con belleza.
Mientras que en cada sentido sutil
no revelado por mi apariencia visible,
fui concebido y formado,
mas sin la forma de un cuerpo.
Sin embargo, en lo que el espíritu ve
con clarividencia,
fui sutilizado,
oculto de este sentido sutil limitado.
En la misericordia de la expansión,
todo mi ser es un anhelo
que expande a lo ancho
las esperanzas de la humanidad.
Mientras que en el pavor de la contracción,
todo mi ser es asombro;
dondequiera que dirija mi mirada,
soy honrado.
Al unir ambos atributos,
todo mi ser es proximidad;
ven, acércate
a mi belleza interior.
Pues en el lugar final del «en»,
seguí encontrando conmigo
mi majestad de testigo,
surgiendo de mi naturaleza perfecta.
Y donde no existe el «en»,
seguí atestiguando dentro de mí
la belleza de mi existencia
sin necesidad de un ojo para ver.
Resiste el llamado de las disputas
Resiste el llamado de las disputas,
y sálvate
de los falsos reclamos y sus asaltos,
que en verdad solo pretenden ser oídos.
Pues las lenguas de aquellos llamados
«gnósticos elocuentes»
dijeron todo cuanto podía decirse,
y luego callaron.
Eres íntimo y afín a aquello
que no dices; pero si hablas de ello,
serás un extraño,
así que ¡calla!
En el silencio hay nobleza,
un lugar de firme y sólido dominio;
pero es esclavo de su propia dignidad
quien calla por cuidar su rango.
Sé, pues, visión y ve,
sé oído y escucha,
sé lengua y habla,
pues la unión es el camino más veraz.
Al desvelarse, reveló
Al desvelarse, reveló
la existencia ante mi ojo,
y así, en todo lo visto,
la percibí a ella.
Mi atributo es el suyo,
pues no se nos llama «dos»;
su forma es la mía,
pues somos uno.
Si ella es llamada,
soy yo quien responde;
cuando yo soy convocado, ella replica
y obedece a quien me llama.
Si ella habla,
soy yo quien susurra;
cuando yo narro un relato,
es ella quien lo cuenta.
Pues el signo de la segunda persona
se convirtió en la primera entre nosotros,
y así mi rango está muy por encima
de todo aquel que se aferra a la diferencia.

Susurrando, luego escuchando atento
Susurrando, luego escuchando atento
desde la visión de aquel
que arroja su todo, al instante,
desde una mano omnipotente.
Así, leo el conocimiento de los sabios
en una sola palabra,
y me revelo todos los mundos
con una simple mirada.
Escucho las múltiples voces
de quienes rezan en cada lengua
en un lapso de tiempo
más breve que un destello.
Y traigo ante mí
aquello que antes había estado
demasiado lejos para soportarlo,
en un parpadeo de mi ojo.
Inhalo el aroma de los jardines
y las dulces fragancias prendidas a las faldas
de los cuatro vientos,
en un simple aliento.
Examino los lejanos horizontes que me rodean
en un pensamiento momentáneo,
y cruzo los siete cielos
con un solo paso.
Mas nunca me califiques
Mas nunca me califiques
como un compañero cercano,
lo cual considero un crimen atroz
que quiebra la ley de la unión.
Pues mi llegada es mi partida,
mi cercanía, el estar lejos;
mi amar, mi aborrecer,
mi principio, mi fin.
Con «ella» me aludía a mí mismo —
y no me refería a nadie sino a mí —;
por su causa me despojé
de mi nombre, mi apelativo y mi fama.
Y partí mucho más allá
de donde los de antes se detuvieron,
donde las mentes se extraviaron en sendas trilladas,
murieron y desaparecieron.
No poseo atributo alguno;
eso es un sello, como el nombre es una marca,
pero si debes hacerlo, habla de mí
con alusiones o metáforas.
Ascendí desde el «Yo soy ella»
hacia donde no existe el «hacia»,
endulzando mi existencia
con mi regreso.
Desde el «Yo soy Yo»,
para que una sabiduría interna
y leyes externas
den inicio a mi llamado.
Embriágate con él
Embriágate con él,
aunque solo sea por lo que dura una hora,
y verás al tiempo como un esclavo dócil
bajo tu mando.
Pues no hay vida en este mundo
para aquel que vive aquí sobrio;
quien no muere ebrio de este vino,
la prudencia le ha pasado de largo.
Que llore, pues, por sí mismo,
aquel que desperdició su vida
sin haber obtenido jamás una parte
o una medida de este vino.
En memoria de la amada
En memoria de la amada
bebimos un vino;
estábamos ebrios de él
antes de la creación de la vid.
La luna llena es su copa; el vino,
un sol rodeado por un creciente;
cuando se mezcla,
¡cuántas estrellas aparecen!
Si no fuera por su aroma,
no habría encontrado su taberna;
si no fuera por su destello fulgurante,
¿cómo podría la imaginación siquiera figurarlo?
El tiempo no preservó nada de él
salvo un último aliento,
oculto como un secreto
en el pecho de los sabios.
Pero si se le evoca entre la tribu,
los dignos
amanecen ebrios
sin vergüenza ni pecado.
Me dicen: «¡Descríbelo!»
Me dicen: «¡Descríbelo,
pues tú bien conoces su carácter!».
Ciertamente, tengo noticia
de sus atributos:
Pureza, mas no agua;
sutileza, mas no aire;
luz, pero no fuego;
espíritu sin cuerpo.
Bellos rasgos que guían
a quienes lo describen hacia la alabanza;
¡qué finas son sus prosas y poesías
sobre el vino!
Aquel que nunca lo conoció
se conmueve con su recuerdo,
tal como quien anhela a Nu’m
se agita cuando ella es evocada.
Pero dijeron: «¡Has bebido pecado!».
No, en verdad, solo bebí
aquello cuya abstención
sería pecado para mí.
El Poder Curativo del Vino
Si se presentara ante un paralítico, este caminaría; el mudo hablaría al solo mencionar su sabor; y si su aroma se difundiera por el mundo,
Aquel que carece de olfato volvería a respirar. Si se acercara su copa a la mano de un enfermo, el que antes desfallecía sanaría,
Y si el ciego contemplara sus destellos, podría ver; el sordo escucharía el sonido de su vertido.
Si una caravana se dirigiera hacia su tierra, y entre ellos hubiera uno picado por una serpiente, el veneno no le haría daño, pues ha inhalado su fragancia.
Y si el adivino trazara su nombre en la frente de un loco, el dibujo lo curaría y su locura desaparecería.
Y si el estandarte de este vino se alzara sobre un ejército, seguramente mataría a todos los que están bajo él de puro gozo, sin necesidad de armas.
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