Poemas de Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esquilache
Poemas de Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esquilache (1581–1658), quien fuera una de las figuras más polifacéticas del Siglo de Oro español. Como aristócrata y estadista, destacó por su labor como Virrey del Perú, donde saneó la hacienda, fundó el Colegio de caciques y fortaleció la defensa costera frente a la piratería.
En el ámbito literario, personificó el equilibrio entre la espada y la pluma. Su obra, marcada por un estilo claro frente a la oscuridad culterana, abarca desde la épica hasta la lírica satírica y amorosa. Sus sonetos, de honda raíz moral, reflexionan sobre el desengaño, el poder y la fugacidad del tiempo. Miembro de la alta nobleza y descendiente de Papas y Reyes, Esquilache representó el ideal del cortesano culto y el rigor administrativo imperial.
Romance
Mejor es ser sin huir
Destas flores, y arenillas
Para vivir, fuentecillas,
Que ríos para morir.
Fuentecillas que reís
y con la arena jugáis,
¿Dónde vais?
Pues de las flores huís,
y los peñasco~ buscáis.
Si reposáis,
Donde risueñas dormís,
¿Por qué corréis y os cansáis?
Letrilla
De las playas madre
Donde rompen el mar,
Parten las galeras,
Con mi bien se van.
Cuando más la llamo,
Ellas’ huyen más,
Si ·las lleva el viento
¿Quién las detendrá?
Juega con 2 Corazones
Cuando repica el pandero
La novia de Pero Gil,
Para todas es el son
Las mudanzas para sÍ.
Confuso la mira Antón
Porque ayer le oyó decir:
-Quien se muda Dios le ayuda;
y teme del baile al fin.
Ella mide de una vuelta,
Sin oír el tamboril,
Lo que hay de Antón a Pascual
y de olvidar a fingir.
Copla
Casada enemiga
Que en ajenos brazos
Logras tus amores,
Doblas mis agravios.
Goce tu velado
El bien que tiene,
y a tus puertas mis ojos
Llorando velen.
Perenne Ubicación en el Recuerdo
Aunque a la fuente llevaron
Menga y Gila ojos serenos
Los cántaros vuelven llenos,
Más fué de lo que lloraron.
Su llanto ha sido testigo
Del engaño diligente,
De buscar agua en la fuente,
Cuando la llevan consigo.
Es verdad que la buscaron
Mas no hallando el agua menos
Los cántaros vuelven llenos
Mas fué de lo que lloraron.
Aunque nadie el llanto aguarde
De luz tan clara y temprana,
Ha sido sol de mañana
Que para en agua a la tarde.
Y si los ojos mostraron
De verse fuentes ajenos
Los cántaros vúelven llenos
Mas fué de lo que lloraron..
El Dolor que le Aguarda
Qué poco se disimulan
Qué mal se encubren y entienden
I El placer que se imaginan I
I Y el dolor que se padece!
Algo ha dejado en Pisuerga,
Que su beldad entristece;
Qué mal se encubre el amor
Qué poco los ojos mienten.
Ayer la vió Manzanares
Al pie de un álamo verde,
Para tanto aplauso triste
Para tanto amor alegre.
Epitafio
Yace en esta casa yerma,
Difunta y sola doña Ana;
Fuéuna mujer cortesana
Que dejó a la Corte enferma.
Epigrama
(A una vieja que traía mucho color)
Mal, Lucinda de Granada,
Esa color te aconseja
Si está la tierra bermeja
Tan junto a Sierra Nevada:
y le estuviera mejor,
Que por honor de su. vida,
Fuera el color de corrida, –
Que corrido de color.
Verdadero Tesoro Acrisolado en su Alma
En estas paredes tristes
Donde yo me escucho solo,
Aunque son las penas mías
Para que las escuchen otros.
Enseñáranme los años,
Que es siempre el mejor acuerdo,
Con las dichas y las quejas
Vivir de puertas adentro.
Por divertir mis tristezas
Todo el año voy y vengo,
Ninguna dejo en el campo,
Con todas a casa vuelvo.
Ausentaránse los días,
Que alegres pasan huyendo;
Ya con las desdichas vivo
Con las tristeza,$ me alegro,
Si en la dicha fueron breves,
Si largas en el tormento;
¿Quién llama iguales las horas?
¿Quién padre común al tiempo?
Vivo en estas soledades,
Donde otros piensan que muero,
Que no son las rnlsmas horas
Las del reloj de los necios.
Vida Cortesana Aparatosa
En medio de Madrid vivo remoto
de cuanto engendra y pare su insolencia
con popular y bárbaro alboroto.
Y no es afectación ni diligencia,
sino severa ley con que me niego
en todos tiempos la vulgar licencia…
Con que es error de muchos se consuelan
los semi-racionales cortesanos,
que en ser enjertos brutos se desvelan.
Soneto I
Lloro de Amor la dulce tiranía,
y al son del hierro mis tristezas canto.
Quien escuchó mi bien, sienta mi llanto:
lástima pide quien pidió alegría.
Pasos del tiempo son, que en mi porfía
pusieron, cuando más burlé su encanto;
freno al valor, espuelas al espanto;
ojos al miedo, y miedo a la osadía.
Ningún peligro mi temor previene,
negándome, tan cerca de el postrero,
el remedio común que a todos viene.
Y en manos de un tirano lisonjero,
esperando este bien que Amor detiene,
quejoso vivo, y engañado espero.
Soneto II
Aquel tan venerable atrevimiento,
con que domó vagando el corvo pino
la cerviz de las olas, peregrino
a la injuria del Sol, fuerza del viento;
Cuando del monte el natural asiento
dejó, fiado en la amistad del lino,
y cómplice en la industria abrió camino
al más osado y codicioso intento:
Por nuevos campos, extranjero errante,
llevando por ejemplo su osadía,
desprecia el miedo, que miró delante.
¡Oh ambicioso poder! ¿qué valentía
puede haber de peligros, que te espante,
pues se rindió el mayor a tu porfía?
Soneto III
Dichosa soledad, mudo silencio,
secretos pasos de dormidas fuentes,
que por el verde prado sus corrientes,
jamás, si van o vienen, diferencio:
Vuestra quietud estimo, y reverencio
con ojos, y deseos diferentes;
pues ya, ni el ciego aplauso de las gentes
con ambiciosa pluma diligencio.
Desde la luz, que viste la mañana,
los pasos cuento al trabajado día,
hasta que pisa el Sol la espuma cana.
De cuanto fue mi engaño, y compañía,
de cuanto amé, con ignorancia vana,
en vuestra soledad perdí la mía.
Soneto IV
Las amenazas, Fabio, de la muerte,
avisos fueron siempre de la vida;
que siendo un mal tan grave andar perdida,
es el remedio que le aplican, fuerte.
Esta piadosa turbación le advierte,
que cuando perezosa y divertida
no recele el rigor de la partida,
respete la mudanza de la suerte.
Entre este mal, que todo lo despoja,
la eterna Providencia no descansa,
hasta avisar con la postrera congoja.
Oye su voz ahora dulce y mansa,
que como a veces de sufrir se enoja,
también a veces de avisar se cansa.
Soneto V
Estos del Duero líquidos cristales,
parto de un monte de la antigua Soria,
Numancia un tiempo, que su ilustre historia
conservan de los siglos los Anales.
Por blanca arena, o peñas desiguales,
a serle lleva su ambiciosa gloria
parte del Mar; y en el tan accesoria,
que va a morir con pasos naturales.
No hay fuente, o río, encumbre, o vegallana,
que no los lleve ufano de perderlos,
entre el furor de la inclemencia cana;
con ansia corre siempre de acogerlos.
Lo mismo quiere la codicia humana,
cargar de bienes, para hundirse en ellos.
Soneto VI
Pues sois de mi dolor testigos ciertos,
no os canséis de correr lágrimas mías.
Su engaño lloren mis postreros días,
pues son los que me quedan tan inciertos.
No os turben mis pasados desconciertos:
y pues lloráis sus falsas alegrías,
exequias son más célebres y pías,
ganar los vivos, que llorar los muertos.
No permitáis, aunque de mí se alejen,
que sin temor los días me acompañen,
y en manos siempre del error me dejen.
Ya es tiempo que mis años desengañen;
que a los pocos los muchos aconsejen,
y no, como los pocos, nos engañen.
Soneto VII
Ciñe de vidrios y cristal la frente,
y que es del año Rey presume Enero:
y está engañado, aunque es el mes primero;
que no es para reinar, siendo inclemente.
Marzo vendrá, y el claro Sol ardiente
dará principio al año verdadero,
vistiendo entre las flores lisonjero,
el monte, el prado, el árbol y la fuente.
De su belleza viven despojados,
sin ver piedad que su tristeza ayude,
las frentes rizas, y los pies helados.
Al Cielo piden que el rigor se mude,
porque las selvas quieren, y los prados,
mes que los vista, y no que los desnude.
Soneto VIII
Los tiempos pasan, y los años vuelan,
los días corren, y las horas huyen;
los unos a los otros se destruyen;
al bien afligen, y al dolor consuelan.
Cuanto producen, sin piedad asuelan;
con brazo igual acaban lo que influyen;
los bienes que se pierden restituyen;
los males solo a su mudanza apelan.
De todos se componen las edades,
y vuelve el curso eterno de los días;
en dudas y opiniones, las verdades.
Si esto es así; Menandro ¿en qué confías,
viendo que el culto vil hace deidades,
como el valor cobarde tiranías?
Soneto IX
Crece su amor al paso de la hacienda:
Mas pretende tener el que más tiene:
No hay peligro (si juzga que conviene)
Que la codicia mísera no emprenda;
Siempre es tener, y no tener contienda.
En vano el pobre algún caudal previene:
Con no gozarle, a no tenerle viene
El rico, que a su erario le encomienda:
Por más opuestas que las suertes fueren,
Con la del uno el otro se resguarda,
Y con igual dolor viven, y mueren.
El uno busca lo que el otro guarda:
Y a entrambos falta lo que entrambos quieren,
Si poco el pobre, y mucho el rico aguarda.
Soneto X
Destos campos que visten rubias mieses,
Itálica es aquel, este sus muros,
que entre el arado vil no están seguros
de la violenta mano de los meses.
La que de aceros, flechas y paveses,
ceñidos vio sus homenajes duros,
aun hoy del Betis los cristales puros,
ni la respetan mansos, ni corteses.
Deshecha yace en dudas y opiniones,
si fue otro tiempo Itálica gloriosa,
que honraron tantos triunfos y blasones.
¡Oh fuerza de los años poderosa!
Pues muros y arcos en olvido pones,
¿qué harás de Silvia solamente hermosa?
Soneto XI
De Aquiles, por traición o por ventura,
Héctor difunto en la campaña yace,
y del troyano pueblo, en que renace,
aras le dio el Amor, no sepultura.
Con esta suerte tan adversa y dura,
a la venganza griega satisface;
y Troya fiel, que sus exequias hace
con Ilion, y muros, no quedó segura.
Tristes tocas Andrómaca prepara,
que muestren su congoja y su tristeza,
mas no que contradigan a su cara:
Cargóles esta pensión naturaleza;
que donde más la pena se declara,
al dolor se prefiera la belleza.
Soneto XII
Sutiles tocas, y brillante luto,
te vistes gala por tu muerto esposo:
tu alivio pronostica su reposo;
y que descansa en paz, tu rostro enjuto.
Nunca espero coger tan libre fruto;
pues con desprecio osado y vergonzoso,
tributo pagas a tu rostro hermoso,
cuando al dolor le debes el tributo.
El muerto les vio en la primera sala,
y el funeral entierro prevenido,
la toca, y rizos tu cuidado iguala.
Y aunque tu corazón alegre ha sido,
contento viva con que seas gala,
sin querer que lo sea tu vestido.
Soneto XIII
Estas de Amor dulcísimas querellas,
si a cantar me ayudase el instrumento,
prendiera entre los árboles el viento,
y apresurara el curso a las estrellas.
Mas ¿quién pensará, Filis, que por ellas
no te inclinaras al dolor que siento;
pues turba en el celeste movimiento
los claros rostros de sus luces bellas?
¡Qué poco, Filis, mi dolor te debe!
Mas cuando te debieron mis dolores,
¿qué digo amor?, ni sentimiento leve.
Mis penas son en tu rigor mayores.
Y pues ni amar, ni padecer te mueve,
A mí me deberé penas, y amores.
Soneto XIV
Con fugitivo paso este arroyuelo,
asaltando las yerbas y las flores,
se viste alguna vez de sus colores,
y otras le influye su color el cielo.
Dejó en el monte la prisión del hielo,
y dieron por el prado sus errores,
alivio a los sedientos labradores,
risa a las guijas, y hermosura al suelo.
¡Oh cuánto me lastiman sus cristales!
Que ahora van corriendo a su albedrío,
haciendo bienes, y alegrando males.
Después, en manos de un soberbio río,
le seguirán con pasos desiguales,
loco en invierno, y cuerdo en el estío.
Soneto XV
Al fuego ardiente, y en humilde lecho,
de rústica familia rodeado,
pasa el invierno el labrador cansado,
sin más defensa, que su helado techo.
Con la esperanza sola satisfecho,
al surco deja el grano encomendado,
en quien de el año el natural cuidado,
al propio atiende, y al común provecho.
El viento brama, y con furor maltrata
las cumbres y los valles más sombríos,
que halló vestidos de cristal y plata.
Siente después templar los meses fríos,
y ve, cuando la nieve se desata,
bajar los montes, y subir los ríos.
Soneto XVI
Yo que canté otro tiempo dulcemente
entre los verdes olmos del aldea,
donde escuchó mis quejas Galatea,
al blando son de su risueña fuente:
En versos a sujeto diferente
la voz y cuerdas mi Talía emplea,
y triste fin cantar como desea
perder la voz, y la tristeza siente.
Si entonces suspendieron mis engaños
las mudas selvas, y dormidos ríos,
testigos de sus quejas, y mis daños:
Quien escuchó sus locos desvaríos,
atienda cuando lloro desengaños
que ajenos son, y los engaños míos.
Soneto XVII
No son mis años hoy: mis años fueron,
mostrando en el discurso que llevaron,
que para mi dolor presos quedaron,
y para mi quietud libres huyeron.
¿Cómo podré negar que se perdieron,
si cuando los busqué, no se cobraron?
Y aunque las penas en mi edad dejaron,
ni un paso atrás, por más que insté, volvieron.
La osada vida que sus flechas siente,
cuando unas hieren, y otras se despuntan;
el riesgo sí, mas no el temor consiente.
Que puedo a todos resistir barruntan;
y es cierto que me tienen por valiente,
pues tantos años contra mí se juntan.
Soneto XVIII
Menandro, ¿sabes que los años huyen,
y que jamás se cobran los perdidos?
Que tienes por contrarios tus sentidos,
y a quien de ellos se fía, le destruyen.
No sientes ya con qué tibieza influyen
en tu vida los Cielos ofendidos;
y tus primeros pasos de atrevidos,
y de tardos los últimos arguyen.
Si es tiempo de velar, dime qué espera
tu aliento, de que a penas eres dueño,
ya del engaño en la estación postrera.
Reconoce el peligro, y el empeño:
despierta, pues dormirte ahora, fuera
pasar de un sueño breve a un largo sueño.
Soneto XIX
¿En qué consiste el ser de la hermosura,
me pides, Fabio amigo, que te escriba?
Es una perfección, la más activa
que tiene aquesta humana arquitectura.
Es una proporción, y compostura,
que en breves años su firmeza estriba,
y a su dorada flor, libre y altiva,
le sobra el tiempo, y falta la ventura.
Ni en ojos, boca, frente, ni cabellos
consiste la verdad de la belleza,
sino en el todo que resulta de ellos.
Y en él, sin más dibujo, ni destreza,
que unir las partes, y colores bellos,
acierta, sin pensar, Naturaleza.
Soneto XX
El Céfiro piadoso, que dormía
al rigor de los meses insolente,
respira ya, primero que la frente
al prado humille el abrasado día.
Los aires dora la mañana fría,
y en el papel del campo floreciente
lazos dibuja la risueña fuente,
que en techos de cristal presa vivía.
Las sombras crecen, que en la selva umbrosa
la vecindad del Sol hace mayores,
cuando la viste de su luz hermosa.
Y pues del tiempo olvida los rigores,
presto verá, soberbia y ambiciosa,
nacer las nieves, y morir las flores.
Soneto XXI
En breve Ocaso yace sepultada
del Sol de España la infeliz Aurora.
No dije bien: pues de estación mejora,
y sobre el Sol termina su jornada.
Ver la virtud en su niñez premiada,
cuando ningún suceso la desdora,
ni el bien la engaña, ni el temor la llora,
ni el peso siente de la edad cansada.
Que más verdad, MONARCA SOBERANO,
pudo mover tu espíritu divino,
a ser ejemplo del valor Cristiano.
Que mude patria CARLOS te convino:
y hoy en la propia te dará la mano,
que dar no pudo en esta peregrino.
Soneto XXII
Y a del Cuarto Filipo el heredero,
que en pocas horas fue ceniza leve,
dudoso deja, en término tan breve,
si fue el nacer, o el acabar primero.
Cuando menos se aguarda el golpe fiero,
con él se cobra lo que el hombre debe;
y como Dios, por su piedad se mueve,
nunca a la dicha precedió el agüero.
La mayor suele ser la vida corta;
porque en ella la eterna Providencia
el dulce paso de su engaño acorta.
Y Dios, en esta oculta diferencia,
de espacio cobra, si esperar importa;
y cuando nos conviene, con violencia.
Soneto XXIII
Con voz del aire, trágico instrumento,
¡oh aviso celestial de nuestra vida!,
de algún estado advierte la caída:
que avisa Dios al viento con el viento.
Con este nuevo oculto movimiento
enseña a la ambición inadvertida,
que por más reparada o prevenida,
naciendo envidia, morirá escarmiento.
No te amenaza a ti, pues nada tienes;
mas antes pronostica algún reposo,
si son las fuertes con el tiempo iguales:
Que si los males siguen a los bienes,
y ha de perder los suyos el dichoso,
espere bienes quien padece males.
Soneto XXIV
Venís de Italia, Pánfilo, engañado,
si la Corte buscáis, que conocisteis:
ya las de su placer son horas tristes,
ya es el comer, y no el amar, cuidado.
A penas las guedejas de un criado
sustenta el que cercado de ellos visteis:
todos son chismes los que fueron chistes:
mentir con arte, su razón de estado.
En muchos vive la ambición premiada,
sin logro, y medra el cuerdo que previene,
mas que el engaño, el fin de la jornada.
La falsa estimación de otros mantiene
el parecer gigantes de portada,
que tienen la pared, y ella los tiene.
Soneto XXV
Alegre el año a respirar se atreve,
que viste, Fili, en sus principios muerto;
ya miras aquel monte descubierto,
desnudo de la escarcha y de la nieve.
Sediento el prado los cristales bebe
del argentado arroyo, que despierto,
huyó medroso del vecino puerto,
por cuyas plantas se apresura, y mueve.
La cadena rompió la Primavera;
y el Sol vistiendo el aire de alegría,
en la estación del Toro reverbera.
Ya con la nueva vecindad del día,
florece el monte, el prado y la ribera,
mas no florece la esperanza mía.
Soneto XXVI
Ya del Octubre la inquietud primera
anuncia del invierno la venida,
y su lluvia pacífica y dormida,
finge segunda, y breve Primavera.
Entre bastardas flores su carrera
vuelve a romper el agua detenida,
no espejo ya del Sol, sino avenida,
en quien apenas luce y reverbera.
Lleva tras sí las prendas del Verano,
para que el labrador cansado siembre,
con esperanza verde, el seco grano.
Contento estaba el campo con Septiembre,
y allá verá, pues se quejó temprano,
lo que sufrir le espera por Diciembre.
Soneto XXVII
Siete veces mudó jornada y casa
el Sol, vistiendo y desnudando el prado,
y errante por el círculo dorado,
en Mayo alumbra, y en Agosto abrasa.
Después que el Galo su inclemencia pasa,
dejando el campo a Lérida cerrado,
y de movibles muros rodeado,
al Segre dio respiración escasa.
Cuando tus Augustísimas Banderas
sobre sus altas frentes tremolaron,
que Lises coronaban extranjeras:
Pudiendo en la defensa que intentaron,
al golpe invicto de tus armas fieras,
solo durar, lo que en morir tardaron.
Soneto XXVIII
Blasón de ilustre, Antíoco enemigo
de el Orbe, te adquirió su infame ruego,
siendo adoptivo sucesor del Griego,
que honró su imperio, y le partió contigo.
Si fuiste de sus armas fiel testigo,
si después del agrado, y del sosiego,
con que hollando el rigor de Marte ciego,
amó la paz, y despreció el castigo:
¿Porque con fieras armas homicidas,
pretendes loco sustentar en vano
las almas con estrago de las vidas?
Detén, oh Griego, la sangrienta mano;
porque es entrar reinando con heridas,
ni acertar a ser Rey, ni a ser tirano.
Soneto XXIX
Vien el retiro, armado de colores,
perder su enojo los helados Meses;
y no en breve dibujo, sino en mieses,
mentir el tiempo, y ser verdad las flores.
No de su lustre fueron ofensores,
sino benignos astros y corteses,
de Febrero las injurias y reveses,
y del estivo Julio los ardores.
Si con Augusto Júpiter partía
el cetro, dando a tan contrarios fines
la noche al agua, y a su fiesta el día.
También porque a imitarle más te inclines,
el Sol reparte en la estación más fría
Diciembre al campo, y Mayo a tus jardines.
Soneto XXX
Viendo de Glauco en lo mejor del día
al Sol las redes, y ligado el barco,
mas no pudo prender de Amor el arco,
que en lastimarle más libre porfía.
Yo triste imaginé, que el mar dormía,
y en su peligro mi esperanza embarco:
y tal partí, que ni a un señal demarco
que a tierra el leño en el naufragio guía.
Después lo que emprendí juzgando a solas,
y viendo a Glauco en la cadena fiera,
pisando las arenas españolas,
le dije: Aunque el morir cierto me espera,
más quiero perecer entre las olas,
que vivir con amor en la ribera.
Soneto XXXI
Perdí la razón, o si la tengo,
en todo vivo igual con quien le falta;
pues dejo una esperanza eterna y alta,
y con bienes que huyen me entretengo.
Ya con ningún dolor me desconvengo,
ni el peligro mayor me sobresalta;
ni tengo por contrario al que me asalta,
ni para el mal posible me prevengo.
Siempre de todos fui; nunca soy mío,
teniendo, cuando elijo el mayor daño,
tan ciego cuanto libre el albedrío.
Sus pasos busco, sigo, y acompaño,
mirando en mi confuso desvarío
vivo el error, y muerto el desengaño.
Soneto XXXII
Quien pone su cuidado en la riqueza,
y en el engaño funda su esperanza,
el viento sigue, y el dolor alcanza,
y buscando placer, halla tristeza.
Tener quiere descanso en la aspereza,
y en el furioso piélago bonanza:
todo fin Dios es bárbara mudanza,
y oscura sombra, la mayor belleza.
De esta verdad es el mejor testigo
el que busca en los hombres el consuelo,
cuando más le atribula su enemigo.
Lo mismo pasa el que bramando el Cielo,
pudiendo de su casa en el abrigo,
al campo sale a resistir el yelo.
Soneto XXXIII
Adonde Llobregat humilde aspira
a ser del mar una pequeña parte,
la vencedora gente se reparte,
y el muro anciano de Barcelona gira.
Brama el francés, y el catalán suspira:
el vuelto rostro viendo al fiero Marte,
la ciega obstinación sucede al arte,
y al pueblo infiel su confusión admira.
Todo es cuidado, y nada resistencia:
teme el valor y esfuerzo la congoja;
parece, y no es, fervor la diligencia:
Del GRAN FILIPO a la piedad te arroja:
apela de su espada a su clemencia,
con triste llanto, y no con sangre roja.
Soneto XXXIV
Donde por selvas, de tu curso ajenas,
soberbio Tajo con furor caminas,
cargando tus espaldas cristalinas
de troncos, y de estériles arenas:
Tus aguas vi dormidas y serenas,
sin despertar las márgenes vecinas;
y ahora procurando tus ruinas,
a todas y a ti mismo desordenas.
Si fuiste el más famoso de los ríos,
porque te desvanece una creciente,
que da a tus fuerzas extranjeros bríos?
Vuelve de nuevo a tu primer corriente:
que no será por locos desvaríos,
padre de un Mar, el hijo de una fuente.
Soneto XXXV
Con fuerza igual, con Águilas parciales,
Romanos escuadrones de parientes,
con las civiles armas insolentes
violando están las leyes naturales.
Siendo comunes en su error los males,
los vivos que vencieron imprudentes,
celebran entre lágrimas ardientes
a sus muertos exequias funerales.
Si la espada de César te profana,
Roma infeliz; y con astuto empeño
Pompeyo cubre su ambición tirana;
si un ángulo del Orbe tan pequeño
manchó tus muros con la sangre hermana,
¿qué no se hará por ser del Mundo dueño?
Soneto XXXVI
Ya de la noche la confusa imagen
los ojos cierra el mundo por no verla,
y hasta que vuelva el Sol a deshacerla,
impide que los rústicos trabajen:
Solo confiente, que del monte bajen
de sombras el tropel a oscurecerla,
y el lustre universal sin ofenderla
con el común horror, cubran y ultrajen.
Noche fue todo en mis primeros años,
y más en los postreros, que debía
amanecer el Sol a mis engaños:
Mas no está ciega la esperanza mía;
pues ve que es en los gustos, y en los daños,
la culpa noche, el desengaño día.
Soneto XXXVII
En quien sin ojos, o con ellos ama,
es igual el peligro y el engaño;
pues el que vio, sin ver su propio daño,
aun es más ciego, que el que amor inflama.
Una es en ellos la enemiga llama,
y todos viven en dominio extraño,
y la luz del forzoso desengaño,
la injuria el ciego, y el que ve la infama.
No hay diferencia cierta ni advertida:
y ahora libre en mis engaños toco,
que fui, cuando más cuerdo, mi homicida.
Y estar con más furor, o menos loco;
si todos pierden por su error la vida,
¿qué importa más por mucho que por poco?
Soneto XXXVIII
En lecho de oro nace el blanco día,
y sale por las puertas del Oriente
a repetir el curso diligente
del cano mar hasta la espuma fría.
Por diferente senda que solía
las horas parte su fatiga ardiente;
y en la media jornada no consiente
alivio al campo, ni estación sombría.
Nada su imperio al sacro de Austria impide:
Pues cuando más se humilla, o más se encumbra,
con su Augusta corona le divide.
Y así seguir sus pasos acostumbra:
Porque si alumbra cuanto gira y mide,
España mide, y gira cuanto alumbra.
Soneto XXXIX
Dichoso tú que en este monte vives
armado de peñascos y arboledas,
sin que al temor, ni a la ambición concedas
paso, que impida el paso que apercibes.
De Dios aprehendes, si de Dios escribes:
Y cuando lo intrincado desenredas,
por más que pagas, a deberle quedas,
por más que das, es más lo que recibes.
¡Oh sierra de Aracena fortunada,
adonde huyó glorioso Arias Montano
de la Tiara y Púrpura sagrada!
En ti de la Escritura el Océano,
con luz del Cielo en la quietud amada,
pasó el estudio, y declaró la mano.
Soneto XL
Desnuda el luto que encerrada llora,
cuando a Israel le falta quien resista;
y antes que el Sol de luz las cumbres vista,
Judit los montes de Betulia dora.
De Holofernes la turba exploradora,
que solo atiende a la marcial conquista,
prendió a Judit, sin que su fe desista
del fin que se promete vencedora.
Al capitán soberbio presentada,
quedó cautivo de sus bellos ojos;
la esclavitud en libertad trocada.
Y pudieron de Dios en los enojos
su acero, y su cabeza desangrada
nacer blasones, y morir despojos.
Soneto XLI
Ya comienza en Abril la Primavera
a dar principio en la quietud del año;
ya de las nieves el dominio extraño
sacude el monte, y baña la ribera.
Ya el agua por los campos extranjera,
hace a las flores tan violento daño,
que fue su nacimiento breve engaño,
que ni a esperar las sombras persevera.
Recógense las aguas, y los prados
se vuelven a vestir yerbas y flores,
quedando con la ofensa mejorados.
Quien teme pues injurias y rigores,
si vuelven los que agravian afrentados,
y quedan los que sufren vencedores?
Soneto XLII
Príncipe de los astros, cuya frente
de rayos de oro, y de esplendor vestida,
da paso a las estrellas, y la vida
al curso de los años diligente:
Si en la media jornada no consiente
tu luz, que sea de la sombra herida,
y en la postrera queda sumergida,
porque otra vez amanezca en el Oriente:
¡Oh cuánto, Sol, te envidio! pues no pudo
mi esperanza, en la noche de mi engaño,
dar paso al desengaño, que la ayude.
Y así, por más que pasa, el daño es daño;
pues ni la luz, ni el tiempo, me desnude
de la memoria de mi propio engaño.
Soneto XLIII
Señas de libertad, rústicos lazos,
que en el papel del campo, y de la fuente,
escribe el tiempo, cuando más valiente
rompe del propio invierno los abrazos:
Ya de las flores los primeros pasos
se ven por la ribera floreciente,
y el aire, con la nueva luz ardiente,
los hielos deshaciendo en breves plazos.
Todo a nacer, y a ser mejor empieza;
menos mi amor, que en la prisión del día,
padece de su propia fortaleza.
¡Oh cuánto, Fili, de la suerte mía
se queja, viendo que es naturaleza
tu rigor, y mi fe, tu tiranía!
Soneto XLIV
Los campos de Jerez, adonde aspira
a ser del Mar el Guadalete parte,
la vencedora gente se reparte,
y el muro anciano de la ciudad gira.
Brama el Francés, y el Español suspira:
el vuelto rostro viendo al fiero Marte,
la ciega obstinación sucede al arte,
y al pueblo infiel su confusión admira.
Todo es cuidado, y nada resistencia:
teme el valor, y esfuerzo la congoja;
parece, y no es, fervor la diligencia.
Del Gran Filipo a la piedad te arroja:
apela de su espada a su clemencia,
con triste llanto, y no con sangre roja.
Soneto XLV
De la suprema altura, adonde ahora
el espíritu goza el bien eterno,
mira, oh Carlos, el llanto sempiterno,
que España por tu falta humilde llora.
Si de tu sol la mal lograda aurora
pudo vencer el miedo del infierno,
porque de Dios el amoroso, y tierno
pecho, te admite, y como a Rey te honra.
Pues en la propia patria te dio el mando,
que dar no pudo en esta peregrino,
tus sienes de laureles coronando:
Guía los pasos de nuestro destino;
porque el camino que nos vas mostrando,
sea del Cielo el verdadero camino.
Soneto XLVI
No envidio yo de Príncipes tiranos,
entre delicias bárbaras servidos,
la pompa de las mesas y vestidos,
ni pródigas ofrendas de las manos:
Ni envidio yo los pensamientos vanos
de los que respetados y temidos,
más envidiados son que conocidos
del vulgo de infelices cortesanos.
Ni envidio al ambicioso pretendiente,
que para conseguir una esperanza,
ni agravios huye, ni desprecios siente.
Aquel envidio, que en quietud alcanza
temporal de los otros diferente,
y goza entre las olas de bonanza.
Soneto XLVII
Detente, aguarda, presumida Rosa,
y en la piedad de Mayo no confíes;
porque estas hojas, donde ahora ríes,
en él serán tu perdición hermosa.
Ni es bien, que tu belleza generosa,
burlada y libre a su lisonja fíes;
y a fuerza de ambición romper porfíes
el defendido seno en que reposa.
No te valdrá después tu armado muro:
porque domina igual el tiempo cano,
al claro estío, y al invierno oscuro.
Y el verdor más lucido, y más ufano,
cuando pensó que estaba más seguro,
huyó al invierno, y le abrasó el verano.
Soneto XLVIII
Entre envidias del campo generosa,
y de sus verdes armas defendida,
descoge al aire su apacible vida
por breves horas la engañada Rosa.
Risueña sale su ambición hermosa
del breve manto la prisión rompida,
a su peligro cierto inadvertida,
y a tantas inclemencias animosa.
Naciendo compañera a la mañana,
del día sigue el paso diligente
de entrambos, siendo tan conforme el pago.
No adores, Fabio, una hermosura vana,
que por la puerta alegre de su oriente
salió a buscar su miserable estrago.
Soneto XLIX
Temprano entraron, porque el Rey no aguarde,
con cien lacayos de oropel, y estraza,
ciertos señores a ensuciar la plaza,
y hacer de un bel rodar vistoso alarde.
Otro torero entró, pero más tarde,
que lanza empuña, y que rocín embraza;
y viendo que la suya le embaraza,
al toro le pidió, que se la guarde.
Y aunque armada de Illana y Valdemoro,
desbarató la guarda la primera,
sudando vino y miedo cada poro.
A un Tudesco llevó la braga entera,
y la guarda quedó mirando al toro,
amarilla por dentro y por defuera.
Soneto L
Lusitania infeliz, confusa y triste,
de tus gloriosos Reyes siempre amante;
borraste aquel blasón de amor constante,
la vez primera, que traidora fuiste.
El natural dominio sacudiste,
y como ciego idólatra ignorante,
teniendo a Dios, adoras el semblante,
de quien jamás por dueño conociste.
¿Qué es esto, Lusitania desdichada?
¿Quieres probar (pudiendo la clemencia)
del Gran Filipo la sangrienta espada?
No harás a sus enojos resistencia:
que no hay fiera venganza tan airada,
como el justo rigor de la paciencia.

Soneto LI
Besáis los pies a los soberbios pinos
de la sierra de Cuenca, ilustre Tajo,
y despeñado por su falda abajo,
os dan paso los valles más vecinos.
Los huertos y jardines peregrinos
de Felipe cercáis; y el gran trabajo
lográis de suerte, que por breve atajo
los guardan vuestros muros cristalinos.
Bañáis después la antigua maravilla,
donde puso con armas vencedoras
el Godo imperio su primera silla.
No pasáis adelante aguas sonoras;
pues siendo las más nobles de Castilla,
vais a morir a Portugal traidoras.
Soneto LII
Si tanta emulación, Fabio, te obliga
a vivir cuidadoso y recatado,
tu vida es tu defensa, y tu cuidado
solo el temor de culpa le fatiga.
¿Qué importa, pues que la ignorancia diga
del ciego vulgo, de malicia armado;
pues ni su aplauso ilustrará tu estado,
ni hará la ofensa que su engaño siga?
Y como al cuerpo diligentes siguen
siempre mayores sombras, o menores,
sin que a mudar su ser al cuerpo obliguen:
Así ni aplauso vil de aduladores,
ni plebeyas calumnias, que fatiguen,
hacen menores hombres ni mayores.
Soneto LIII
No temas, Lice, tanto las arrugas,
ni muestres tan lloroso desconsuelo;
que sin mudar su paso en nada el Cielo,
trasnocharás lo mismo que madrugas.
Aun no con moldes la mentira enjugas;
que en vano jura el fementido pelo,
ni en ti Diciembre desató su hielo,
ni tus lunares pasan por verrugas.
Llegó a la tarde la temprana rosa,
al botón inclinada la cabeza,
aun no marchita, pero no lustrosa.
En este ejemplo tu beldad tropieza,
que mucho más en la mujer hermosa
se teme la vejez cuando empieza.
Soneto LIV
Si no es Reverendísima, no quiero
admitir otro trato y cortesía;
y ver esta loable fantasía
honrada presto con la Mitra espero.
Tengo, aunque Fraile soy, gentil dinero;
en Artes Maestro soy, y en Teología;
y tengo mozo, celda, y mula mía;
y cuando en ella voy, soy Caballero.
Predico mal, y llevo a mis sermones
a muchos, que pretenden obligarme
a tributar bizcochos y jamones.
Y cuando en más no pueda colocarme,
Dignidad titular con bendiciones
pienso acertar, por solo desfratarme.
Soneto LV
Pecó David como los Reyes suelen;
lloró como los Reyes no acostumbran;
y siendo luz para alumbrar, deslumbran,
y a estar a muchos con su error compelen.
Cuando las culpas en el alma duelen,
y a los que el Cetro y potestad encumbran,
del Cielo resplandores los alumbran;
esperen siempre, y nunca se consuelen.
El que a ningunas leyes se sujeta,
con público dolor sufrió la nota
de un hombre humilde y desigual Profeta:
Y un vil plebeyo errando se alborota
de cualquiera advertencia, aunque secreta;
oh sangre ilustre, hasta en errar devota.
Soneto LVI
El Mar estrecho que de Abido y Sesto,
furioso brama en una y otra playa,
tan cerca ya, que el Bósforo la raya
a entrambas pone con rigor molesto.
Leandro rompe, a navegar dispuesto,
siendo en el riesgo que su muerte ensaya,
remos los brazos, no robusta haya,
que el Mar deja turbado y descompuesto.
En frente mira la vecina torre,
y en ella sola una lumbrera breve,
que en tan cierto peligro le socorre.
Ondas, les dice, no estorbéis que pruebe
sino a llegar a que el amor no borre
la gloria en mí, del que a morir se atreve.
Soneto LVII
Los que saben, que esperan, que pretenden,
si es lo mismo dichosos que ignorantes;
que con la gravedad de los semblantes,
o no discurren, o al revés entienden.
A muchos que por Ídolos se venden,
plebeyos troncos conocimos antes;
y siendo ya fantásticos gigantes,
de viles hombros la deidad suspenden.
Calla Menandro; que salirte caro
podrá tu loco celo inadvertido:
el silencio te sirva de reparo.
No de exento te precies y atrevido;
que el que se precia más de libre y claro,
sobre desvergonzado está teñido.
Soneto LVIII
Nacer, es comenzar una jornada,
que no estando para otra prevenida,
la muerte siempre es eco de la vida,
que en cuanto vuelve, no acrecienta nada.
Vivir con esperanzas, engañada,
con tantos desengaños, desmentida,
o el miedo pierde a la común partida,
o sin alma, y sin fe, vive animada.
La vida es Sol, que con su luz embiste
la noche de la muerte, porque acierte
a lucir con los rayos que la viste.
Y así como la Luna se convierte
en sombra, se verá en tiniebla triste,
si la vida no da luz a la muerte.
Soneto LIX
Dejó la piedra el cáñamo gimiendo,
y el aire penetrando diligente,
halló su engaste en la soberbia frente
del monstruo en armas y estatura horrendo.
El valle humilde, que sufrió temiendo
aquel monte de huesos eminente,
tendido entre sus brazos le consiente,
las tiernas flores y el cristal tiñendo.
Difunto Goliat sobre la yerba,
avisa que ningún soberbio altivo
del castigo del Cielo se reserva.
Salió Israel del miedo de cautivo;
pues más la patria en libertad conserva,
que un muerto Capitán, un Pastor vivo.
Soneto LX
Del Persa Rey, que pródigo en millares
de gentes cubre la Marcial campaña,
con poca que de Atenas le acompaña,
Temístocles guardó sus patrios lares.
El singular valor, con singulares
envidias recibió como la extraña
su patria, despreciando tanta hazaña,
y ver de sangre en Salamina mares.
Por una ley del ciego Gentilismo
destierran a Temístocles, que apenas
se vio culpado, y vencedor el mismo.
Y en duras letras, de prudencia ajenas,
la Ley se prefirió del ostracismo,
a ver por su libertad Atenas.
Soneto LXI
En las postreras horas de mi vida,
y en los postreros pasos de su aliento,
cuando mirarla sin remedio siento
tan mal llorada, como mal perdida;
¿Quién le dijera, cuando más vestida
de engaños, esperanzas y contento,
que al fin se trueca el vivo movimiento
en tanta laxitud, flaca y dormida?
Con gran peligro la jornada esfuerzas,
si a tanto tiempo que en el mundo sobras,
sin ser posible que el camino tuerzas.
¿De qué ilusiones esperanza cobras,
cuando para vivir te faltan fuerzas,
y para no vivir te faltan obras?
Soneto LXII
No es ya morir el acabar la vida,
pues se acaba en el punto que se alcanza;
ni es perder la esperanza la mudanza,
cuando la vida se halla ya perdida.
Es una sombra, de la luz huida,
que no admite del tiempo la confianza;
y una engañosa y vana semejanza,
de quien se ve de sí misma despedida.
En el común peligro, Fabio, advierte,
que el que a morir con pasos llega mudos,
en la vida comienza su partida.
Y así son los humanos lazos nudos,
que se desatan con la propia muerte,
y se quedan en ella siempre mudos.
Soneto LXIII
Salió el fiero León de su montaña,
y por la selva el paso acelerado,
el tributo cobró, que le ha negado
la humilde grey, que el miedo le acompaña.
Vio al Pastor, que con rústica cabaña
su ganado defiende, y su ganado;
y al golpe de su acero, el esforzado
corazón, y la fuerza de su saña.
No pudo resistir la fuerza fiera,
ni el valor del León, que le maltrata,
haciendo de sus miembros carnicera.
Y aunque la vida en su rigor desata,
porque el honor del vencedor no muera,
muere el León de la herida que le mata.
Soneto LXIV
Los que en el mar de la ambición navegan,
y en el golfo de su ansia se sumergen,
cuando a la tierra su esperanza emergen,
a los puertos del alma nunca llegan.
A las olas del mundo se entregan,
y de sus propias culpas se convergen;
y cuando más sus méritos divergen,
en el engaño de su error se ciegan.
No hay bonanza en el mar, ni en la ribera
descanso para el alma, que se pierde
en el abismo de su propia esfera.
Y aunque el tiempo su curso le recuerde,
siempre la vida engaña a la postrera,
y la memoria siempre se le muerde.
Soneto LXV
Aquí termina el curso de los años,
y aquí el silencio su dominio asienta;
donde la vida, de su error exenta,
ve de la muerte los comunes daños.
Ya no tienen lugar los desengaños,
ni la ambición su curso más intenta;
que aquí la vida de su culpa cuenta,
y se ven de la suerte los engaños.
¡Oh tú, que pasas por la senda fría,
y miras este mudo monumento,
testigo fiel de nuestra corta vía!
Advierte en su lección tu pensamiento:
que si es la vida sueño de un solo día,
la muerte es despertar del movimiento.
Soneto LXVI
Es la vida del hombre alegre carga,
que dulcemente lleva nuestro engaño,
y es más estrecho, y más amigo el daño,
cuando es la vida más prolixa y larga.
Es la separación triste y amarga,
y dulce el lazo que duplica el año,
y cuantos más ofende el desengaño,
si el fin le acorta, que el amor le alarga.
Cuanto más tiempo la raíz encierra
el árbol en el suelo, se despide
con mayor resistencia de la tierra.
Con esta misma el alma se divide,
y del antiguo nudo se deshierra
del cuerpo anciano, que salir le impide.
Soneto LXVII
¿Por qué, Señor, prosperas el camino
de tus rebeldes hijos y ofensores?
¿Porque a sus brazos siempre vencedores,
tu diestra su castigo no previno?
Este modo de obrar tan peregrino
ha sido entre tus claros resplandores,
lo que el discurso humano en sus errores
opuso siempre al crédito divino.
Porque en desigualdad tan justa esconde
tu mano, que dispensa nuestros bienes,
el peso fiel en tan contrarias partes?
Mas ya tu providencia me responde;
que bien se ve la estima en que los tienes,
si en tan injustos dueños los repartes.
Soneto LXVIII
Donde quiera que voy, llevo conmigo
este desvío, que jamás me deja;
y contra lo que el tiempo me aconseja,
llevo en el alma cómplice y testigo.
Mas no puedo llamarle mi enemigo;
porque este bien, que con razón me aleja,
es procurado, del deseo queja,
y es conseguido, queja del castigo.
No hay fuerte, ni contraria, ni oportuna;
porque el brazo de Dios, constante y fuerte,
no la dejó al suceso vez ninguna.
Con esto se camina hasta la muerte;
y entre esta presunción de hado y fortuna,
solo en morir hay buena o mala suerte.
Soneto LXIX
Montes de nieve son los que de flores
pació el toro de Abril en las montañas,
y el cerco airado impide en sus cabañas
la entrada y la salida a los pastores.
Mirábanse los días tan menores,
que en breves horas, al trabajo extrañas,
la luz apenas vieron las campañas,
y el monte poco más que resplandores.
Todo se altera, todo se embrutece,
y envueltos con la nieve, y con el viento,
el Soto gime, y Manzanares crece.
Su imperio desconoce el firmamento,
y orbe de plata a veces le parece,
y otras, que se trastorna de su asiento.
Soneto LXX
Dichoso tú, que de las rubias mieses
miras alegre el anual tributo,
y mides tus cuidados con el fruto,
sujeto a la inclemencia de los meses.
No te permite tu quietud, que peses
el justo miedo del tirano astuto;
ni al mar expuesto con semblante enjuto
la parda arena agradecido beses.
¡Qué fin lisonja te obedece el prado!
¡Qué fin mentir sus líquidos cristales,
tu sed animan, y tus flores riegan!
Venero el beneficio de tu arado,
que no se da por manos desleales,
que al propio dueño su trabajo niegan.
Soneto LXXI
Confieso, que naciste Julia hermosa,
y gozas de tu edad la Primavera,
y su ambición florida y lisonjera
envidian el clavel, jazmín y rosa.
Que es perdida (no advierten) más costosa
del lustre propio, que jamás la espera:
pues la flor miente al prado, a la ribera;
y es la beldad al dueño mentirosa.
Corriendo empiezan con igual porfía
del rostro hermoso, y de la flor temprana
entre términos breves la alegría.
¡Qué mal conocen la hermosura humana!
no habiendo flor que no se oponga al día,
ni beldad que resista la mañana.
Soneto LXXII
Oy me dice la edad, que son mis años
muchos, y breves los que cumplo ahora;
triste del hombre, que los años llora,
si con ellos no llora sus engaños.
Sujeto ya al imperio de los daños
se mira ocaso el campo de la Aurora,
y aquella luz, que en los primeros dora,
ya muestra fin color los desengaños.
No quiero que volváis años perdidos,
si para los peligros de la cuenta,
los mismos sois, que malogré floridos.
Ni ciego quiero repetir mi afrenta,
cuando pide el error de los sentidos,
que el mal de tantos en los pocos sienta.
Soneto LXXIII
Vio las doradas mieses en rastrojos,
y en secas yerbas las pintadas flores,
el desmayo común de los colores,
y del lluvioso Octubre los enojos.
Del Campo los trofeos en despojos,
de Mayo las caricias en rigores;
huir del soto estéril los pastores;
ser negras nubes, los celajes rojos.
Y al pie de un seco tronco, despojado
de la furia del viento embravecida,
Lisardo dijo de esperar cansado:
Tan cerca la ocasión de mi partida,
si un solo mes trastorna monte y prado,
¿qué no podrán los años en mi vida?
Soneto LXXIV
Así te afrentan los pasados meses,
que de tu barba intentas que se borren,
si están, cuando en favor del año corren,
en su mayor sazón canas las mieses.
Este indigno temor es bien que peses,
cuando con vil industria le socorren
bosquejos, que no harán que en otro borren
la burla de los ojos más corteses.
Sientes en ti Menandro diferencia,
mitigas con más fresco el seco Estío,
con más calor de Enero la inclemencia.
O mudanza de extraño desvarío,
que pierde de la edad la reverencia,
y de la juventud no adquiere el brío.
Soneto LXXV
Mal con industria, Lice, se resiste
el padrón, que ponerte el tiempo quiere;
pues quedas viva, y la belleza muere:
tú vives alegre, y tu belleza triste.
Si ya de rosas adornado viste
el Abril de tu rostro, que prefiere
al que de alegre claro nombre adquiere,
si el año de tu enojo se desiste;
no serán los placeres tan amargos,
si el tiempo, que no apliques, te dispense
para cada alfiler los ojos de Argos.
No hay valor a su fuerza, ni defensa;
porque los años son breves, o largos,
del hombre edad, de la mujer ofensa.
Soneto LXXVI
Rey es aquel, que al Rey jamás ha visto,
y en breve esfera del humilde techo,
de su fortuna vive satisfecho,
ni ofendido, ni amado, ni malquisto.
No envidia a quien la última Calisto
por mar dudoso con osado pecho
pisó, llamando su ambición provecho,
vida al peligro fin temor previsto.
Lisonjas naturales de las aves
escucha solo al despertar el día
con apacibles voces y suaves.
No sabe qué es engaño y tiranía,
ni en la vagante selva de las naves
sepulcro busca entre la espuma fría.
Soneto LXXVII
Del Orbe los segundos pobladores,
familia del antiguo Patriarca,
dejaban libre la prisión del Arca,
sagrado de sus riesgos y temores.
Ya de la inculta tierra moradores,
en cuanto el Sol con su fatiga abarca,
alegres miran su animosa barca
surta del monte en las hermosas flores.
Y advierten mudos la pasada risa
de aquellos, que juzgaron por locura
la nueva industria, que libró a tan pocos.
Su vivo ejemplo, Fabio, nos avisa,
que al hombre la estrecheza le asegura,
que hay pocos cuerdos entre muchos locos.
Soneto LXXVIII
Mira, Menandro, el Sol, que ya camina
a sumergirse en la tiniebla fría,
y el término fatal del corto día,
que a ser noche en el Orbe se destina.
No juzgues por tardanza la ruina,
que en el curso del tiempo se desvía;
pues cuando más segura la alegría,
el último peligro se avecina.
Si la luz, que te alumbra, se oscurece,
y el desengaño a los sentidos toca,
¿qué esperas del error que te ofrece?
No es mucha libertad, si es fuerza poca;
que el que en el propio daño permanece,
su misma perdición alegre invoca.
Soneto LXXIX
¿Quién de la suerte los lisonjeos fía,
viendo en un punto un Reino dividido,
y el que fue de los hombres más temido,
sujeto a la común miseria un día?
Aquella majestad, aquella guía,
en un breve sepulcro se ha escondido;
y el nombre, que en el Mundo fue aplaudido,
es ya silencio, y es ya ceniza fría.
No hay estatua, no hay mármol, ni hay trofeo,
que del tiempo resista la mudanza,
ni detenga el impulso del deseo.
Solo aquel que en el Cielo su esperanza
funda, podrá en el último empleo,
hallar de sus trabajos la bonanza.
Soneto LXXX
Bebiendo el Sol los líquidos cristales,
que el Tajo por las flores va vertiendo,
el prado de colores va vistiendo,
y el campo de esperanzas inmortales.
Ríen las fuentes, y los mirtos tales,
que al aire sus olores van rindiendo,
el dulce son de las aves atendiendo,
olvidan sus fatigas, y sus males.
Todo es alegría, y todo es gloria;
pero advierte, Lisardo, en tu cuidado,
que es de la vida una breve memoria.
Que el mismo Sol, que dora monte y prado,
en la noche de hoy será la historia
de lo que fue un día de cuidado.
Soneto LXXXI
Los que de la Escritura los sentidos
en el discurso humano van buscando,
y con nuevo lenguaje interpretando,
se pierden de sí mismos olvidados.
Aquel que con preceptos no aprendidos,
la letra y el espíritu ignorando,
va de su propio error siempre dudando,
se mira de la luz oscurecidos.
No hay ciencia, Fabio, que al saber se atreva,
si la humildad no sirve de camino,
y la fe sus conceptos no eleva.
Que el que intenta medir lo divino
con la corta razón, siempre se lleva
el castigo de un ciego desatino.
Soneto LXXXII
Si el pensamiento, Lice, te asegura,
que el tiempo ha de guardar tu confianza,
mira de esa flor la semejanza,
que en un punto nace, y no perdura.
Aquella luz, que en tu belleza pura
el Mundo admira, y tiene por mudanza,
es un engaño de la esperanza,
que corre a ser tu misma sepultura.
No detengas el paso a los rigores;
que si el Abril te miente en la alegría,
el Diciembre te busca en los dolores.
Y en esa breve y vana lozanía,
donde hoy envidias todas las flores,
verás tu desengaño en el día.
Soneto LXXXIII
Al fin del curso, adonde el tiempo para,
y la vida sus pasos va rindiendo,
el hombre de sí mismo se va huyendo,
y de su propia sombra se separa.
¡Oh, qué distinta entonces, y qué clara,
la verdad se nos va descubriendo!
¡Y qué tarde el sentido va entendiendo,
lo que la luz del alma nos declara!
Ya no hay lugar a nuevos desvaríos;
que el tiempo, que pasó, ya no se cobra,
ni vuelven a su fuente los ríos.
Solo queda el dolor de la obra;
que en los términos últimos y fríos,
lo que falta de vida, de pena sobra.
Soneto LXXXIV
En el jardín, de varias flores lleno,
donde el pincel de la naturaleza
puso el mayor estudio de belleza,
de un casto amor, y de un cuidado ajeno:
Susana, de temor y de asco lleno,
mira de dos ancianos la torpeza,
que oponiendo a su luz la ligereza,
quieren manchar su resplandor sereno.
¡Oh, qué bien la inocencia se defiende!
Que aunque el engaño la justicia oprima,
y el falso testimonio la pretende:
Dios, que desde su luz el alma anima,
por un niño el espíritu desprende,
que a la verdad ayuda, y la sublima.
Soneto LXXXV
Si de conceptos, Fabio, te alimentas,
y en el oscuro estilo te oscureces,
no es mucho que al sentido le faltes,
y que a ti mismo, Fabio, te arrepientas.
Si con voces extrañas te presentas,
y de lo que no entiendes te enriqueces,
al vulgo engañas, y a la luz pareces,
que entre tinieblas tus errores cuentas.
No es doctrina el hablar lo que no sabe
el que escucha, ni el que lo dice entiende;
que la verdad es siempre clara y suave.
El que con nubes su discurso extiende,
y de la luz el paso le detiene,
ni enseña a nadie, ni su honor defiende.
Soneto LXXXVI
Los que en el viento fundan su esperanza,
y en el engaño de la suerte fían,
cuando a la tierra su ambición envían,
hallan del tiempo la mayor mudanza.
No hay en el Mundo firme confianza,
ni los que en sus lisonjas se confían,
verán que sus deseos se desvían,
y que el dolor su curso les alcanza.
Todo es sombra, y todo es vano intento;
y el que más alto su edificio sube,
más cerca tiene su mayor tormento.
Que como el Sol desata aquella nube,
que al aire se entregó con el viento,
así el tiempo deshace al que más sube.
Soneto LXXXVII
Aquí, Menandro, el paso se detiene,
y aquí la vida su jornada acaba;
donde el silencio, que a la muerte alaba,
la última cuenta de los años tiene.
No hay memoria que el tiempo no condene,
ni hay gloria que la muerte no desclava;
que la vida, que en gustos se ocupaba,
en polvo y en olvido se mantiene.
¡Oh, qué poco de todo lo que vemos,
nos queda para el último camino,
si de las obras solas nos valemos!
Este es el fin de nuestro bajo sino;
donde lo que empezamos, lo perdemos,
y solo queda el juicio divino.
Soneto LXXXVIII
En este mudo horror, donde descansa
la ceniza de aquellos que vivieron,
y en el silencio, que del tiempo hubieron,
la mayor tempestad se vuelve mansa.
Aquí la vista el desengaño alcanza,
y ve que cuantos bienes se perdieron,
sombras de la memoria solo fueron,
y una vana y perdida confianza.
No hay estado, Menandro, tan seguro,
que de la muerte el paso no reciba,
ni hay muro contra el tiempo, por más duro.
Y así conviene, que el que el mundo viva,
tenga en el alma el resplandor más puro,
porque la luz de Dios no se le escriba.
Soneto LXXXIX
Si el pensamiento en la ambición se emplea,
y en el engaño de la suerte fía,
no es mucho, Fabio, que tu luz se vea
de la sombra del tiempo, y su agonía.
Cualquiera bien, que el alma más desea,
es un breve descanso de un solo día;
y lo que el Mundo tiene por alegría,
es una noche oscura, aunque se crea.
No detengas el paso en la lisonja;
que el que camina al último empleo,
en las manos de Dios su vida ponga.
Que es un error del ciego y vano deseo,
querer que el tiempo su rigor disponga,
si es de la muerte el fin lo que yo veo.
Soneto XC
De la suprema luz, adonde ahora
el espíritu goza el bien eterno,
mira, oh Carlos, el llanto sempiterno,
que España por tu falta humilde llora.
Si de tu sol la mal lograda aurora
pudo vencer el miedo del infierno,
porque de Dios el amoroso, y tierno
pecho, te admite, y como a Rey te honra.
Pues en la propia patria te dio el mando,
que dar no pudo en esta peregrino,
tus sienes de laureles coronando:
Guía los pasos de nuestro destino;
porque el camino que nos vas mostrando,
sea del Cielo el verdadero camino.
Soneto XCI
Aquí termina el curso de los años,
y aquí el silencio su dominio asienta;
donde la vida, de su error exenta,
ve de la muerte los comunes daños.
Ya no tienen lugar los desengaños,
ni la ambición su curso más intenta;
que aquí la vida de su culpa cuenta,
y se ven de la suerte los engaños.
¡Oh tú, que pasas por la senda fría,
y miras este mudo monumento,
testigo fiel de nuestra corta vía!
Advierte en su lección tu pensamiento:
que si es la vida sueño de un solo día,
la muerte es despertar del movimiento.
Soneto XCII
En el cristal de esa corriente pura,
que entre las flores se detiene y mueve,
mira, Lisardo, la esperanza leve,
que en un punto nace, y no perdura.
Aquella luz, que en su belleza pura
el mundo admira, y tiene por mudanza,
es un engaño de la confianza,
que corre a ser tu misma sepultura.
No detengas el paso a los rigores;
que si el Abril te miente en la alegría,
el Diciembre te busca en los dolores.
Y en esa breve y vana lozanía,
donde hoy envidias todas las flores,
verás tu desengaño en el día.
Soneto XCIII
Los que en el mar de la ambición navegan,
y en el golfo de su ansia se sumergen,
cuando a la tierra su esperanza emergen,
a los puertos del alma nunca llegan.
A las olas del mundo se entregan,
y de sus propias culpas se convergen;
y cuando más sus méritos divergen,
en el engaño de su error se ciegan.
No hay bonanza en el mar, ni en la ribera
descanso para el alma, que se pierde
en el abismo de su propia esfera.
Y aunque el tiempo su curso le recuerde,
siempre la vida engaña a la postrera,
y la memoria siempre se le muerde.
Soneto XCIV
Adonde Llobregat humilde aspira
a ser del mar una pequeña parte,
la vencedora gente se reparte,
y el muro anciano de Barcelona gira.
Brama el francés, y el catalán suspira:
el vuelto rostro viendo al fiero Marte,
la ciega obstinación sucede al arte,
y al pueblo infiel su confusión admira.
Todo es cuidado, y nada resistencia:
teme el valor y esfuerzo la congoja;
parece, y no es, fervor la diligencia.
Del GRAN FILIPO a la piedad te arroja:
apela de su espada a su clemencia,
con triste llanto, y no con sangre roja.
Soneto XCV
¿Quién de la suerte las lisonjas fía,
viendo en un punto un Reino dividido,
y el que fue de los hombres más temido,
sujeto a la común miseria un día?
Aquella majestad, aquella guía,
en un breve sepulcro se ha escondido;
y el nombre, que en el Mundo fue aplaudido,
es ya silencio, y es ya ceniza fría.
No hay estatua, no hay mármol, ni hay trofeo,
que del tiempo resista la mudanza,
ni detenga el impulso del deseo.
Solo aquel que en el Cielo su esperanza
funda, podrá en el último empleo,
hallar de sus trabajos la bonanza.
Soneto XCVI
(Dedicado a un heredero real fallecido prematuramente)
Ya del Cuarto Filipo el heredero,
que en pocas horas fue ceniza leve,
dudoso deja, en término tan breve,
si fue el nacer, o el acabar primero.
Cuando menos se aguarda el golpe fiero,
con él se cobra lo que el hombre debe;
y como Dios, por su piedad se mueve,
nunca a la dicha precedió el agüero.
La mayor suele ser la vida corta,
porque en ella la eterna Providencia
el dulce paso de su engaño acorta.
Y Dios, en esta oculta diferencia,
de espacio cobra, si esperar importa,
y cuando nos conviene, con violencia.
Soneto XCVII
¡Con voz del aire, trágico instrumento,
o aviso celestial de nuestra vida!
De algún estado advierte la caída,
que avisa Dios al viento con el viento.
Con este nuevo oculto movimiento
enseña a la ambición inadvertida,
que por más reparada o prevenida,
naciendo envidia, morirá escarmiento.
No te amenaza a ti, pues nada tienes;
más antes pronostica algún reposo,
si son las suertes con el tiempo iguales.
Que si los males siguen a los bienes,
y ha de perder los suyos el dichoso,
espere bienes, quien padece males.
Soneto XCVIII
(Sátira sobre la vida cortesana)
Venís de Italia, Pánfilo, engañado,
si la Corte buscáis, que conocisteis:
ya las de su placer son horas tristes,
ya es el comer, y no el amar, cuidado.
Apenas las guedejas de un criado
sustenta el que cercado de ellos visteis:
todos son chismes los que fueron chistes:
mentir con arte, su razón de estado.
En muchos vive la ambición premiada,
sin logro, y medra el cuerdo que previene,
más que el engaño, el fin de la jornada.
La falsa estimación de otros mantiene
el parecer gigantes de portada,
que tienen la pared, y ella los tiene.
Soneto XCIX
Alegre el año a respirar se atreve,
que viste, Fili, en sus principios muerto;
ya miras aquel monte descubierto,
desnudo de la escarcha y de la nieve.
Sediento el prado los cristales bebe
del argentado arroyo, que despierto,
huyó medroso del vecino puerto,
por cuyas plantas se apresura, y mueve.
La cadena rompió la Primavera;
y el Sol vistiendo el aire de alegría,
en la estación del Toro reverbera.
Ya con la nueva vecindad del día,
florece el monte, el prado y la ribera,
más no florece la esperanza mía.
Soneto C
Adonde Llobregat humilde aspira
a ser del Mar una pequeña parte,
la vencedora gente se reparte,
y el muro anciano de Barcelona gira.
Brama el Francés, y el Catalán suspira:
el vuelto rostro viendo al fiero Marte,
la ciega obstinación sucede al arte,
y al pueblo infiel su confusión admira.
Todo es cuidado, y nada resistencia:
teme el valor, y esfuerzo la congoja;
parece, y no es, fervor la diligencia.
Del GRAN FILIPO a la piedad te arroja:
apela de su espada a su clemencia,
con triste llanto, y no con sangre roja.
Soneto CI
Desnuda el luto, que encerrada llora,
cuando a Israel le falta quien resista;
y antes que el Sol de luz las cumbres vista,
Judit los montes de Betulia dora.
De Holofernes la turba exploradora,
que solo atiende a la marcial conquista,
prendió a Judit, sin que su fe desista
del fin que se promete vencedora.
Al Capitán soberbio presentada,
quedó cautivo de sus bellos ojos;
la esclavitud en libertad trocada.
Y pudieron de Dios en los enojos,
su acero, y su cabeza desangrada,
nacer blasones, y morir despojos.
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