Poemas de Homero (poeta griego)
Poemas de Homero, la figura fundamental de la literatura occidental, un poeta griego al que se le atribuye la autoría de las épicas inmortales La Ilíada y La Odisea. Se cree que vivió alrededor del siglo VIII a.C., aunque su existencia real es objeto de la «Cuestión Homérica”.
La tradición lo describe como un aedo ciego y errante, cuyas obras recopilaron y fijaron oralmente los mitos fundacionales de Grecia. Sus poemas, llenos de héroes, dioses y destino, establecieron el modelo de la épica e influyeron profundamente en la mitología, educación y pensamiento de la civilización helénica. Es, por excelencia, el poeta de la Antigüedad Clásica.
LA ODISEA (Poemas 1–4)
El hombre de los caminos innumerables
(Cantos I, V, IX y XIII)
Háblame, Musa, del hombre de muchos senderos,
que erró largamente después de destruir la sagrada ciudad de Troya,
y vio las ciudades de innumerables hombres
y conoció sus costumbres,
y sufrió dolores en su corazón sobre el mar profundo
por salvar su vida y el regreso de sus compañeros.
En la isla de Calipso,
donde el tiempo se curva como un arco inmóvil,
Odiseo miraba el horizonte
como quien mira una herida que no cierra.
La diosa lo amaba,
pero él amaba la memoria de Ítaca.
Cuando por fin partió,
las olas lo llevaron a la tierra de los feacios,
donde Nausícaa, semejante a Artemisa,
lo encontró cubierto de sal y cansancio.
Allí habló el héroe,
y su voz era como el rumor del mar en calma:
“Soy Odiseo, hijo de Laertes,
conocido entre los hombres por mis ardides”.
Y cuando llegó a Ítaca,
no reconoció su patria,
pues una niebla divina la cubría.
Atenea le reveló la verdad,
y él besó la tierra
como quien besa un sueño que vuelve.
El canto del aedo y las lágrimas del héroe
(Cantos VIII y IX)
En la sala del rey Alcínoo,
el aedo tomó la lira
y cantó la guerra de Troya.
Los feacios escuchaban en silencio,
pero Odiseo ocultó su rostro,
pues el canto tocaba su corazón como una lanza.
El aedo cantó la astucia del caballo,
la caída de las murallas,
el fuego que devoró la ciudad,
y el grito de los troyanos
cuando comprendieron el engaño.
Entonces Odiseo habló,
y su voz era un río que rompe un dique:
“Yo soy aquel del que cantas.
Yo vi la ciudad arder,
yo oí los lamentos,
yo cargué con la culpa y la gloria”.
Y comenzó su relato,
como quien abre un cofre lleno de sombras.
La isla del cíclope
(Canto IX, expandido)
Llegamos a la tierra de los cíclopes,
hombres sin ley,
que no conocen consejo ni asamblea,
y viven en cavernas abiertas al cielo.
Polifemo, hijo de Poseidón,
era el mayor entre ellos,
y su ojo único brillaba
como un carbón encendido en la oscuridad.
Nos encerró en su cueva
y devoró a dos de mis compañeros
como un lobo devora corderos.
Pero yo,
que conozco los ardides mejor que nadie,
le ofrecí vino oscuro
y le dije que mi nombre era Nadie.
Cuando el gigante cayó dormido,
clavamos en su ojo
un tronco ardiente,
y su grito hizo temblar la montaña.
Huyendo entre sus rebaños,
llegamos a la nave,
y desde el mar le grité mi nombre verdadero.
Entonces supe
que había despertado la ira de un dios.
El descenso a la morada de los muertos
(Canto XI)
Navegamos hacia el límite del mundo,
donde el océano se une con la noche,
y allí cavé un hoyo en la tierra
para llamar a los muertos.
Las sombras acudieron
como hojas arrastradas por el viento.
Primero apareció Elpénor,
mi compañero caído,
que no había recibido sepultura.
Luego Tiresias,
que conoce el destino de los hombres,
y me habló con voz de ceniza:
“Regresarás, pero sufrirás.
Los dioses te probarán
como se prueba el temple del hierro”.
Vi también a mi madre,
que murió de tristeza,
y quise abrazarla,
pero se deshizo entre mis brazos
como humo que se escapa.
Cuando regresé a la luz,
el sol me pareció un dios nuevo.
Las Sirenas de voz clara
(Canto XII)
Navegamos hacia la isla donde cantan las Sirenas,
cuyo canto es dulce como la miel
y mortal como el sueño profundo.
A mis compañeros les tapé los oídos con cera blanda,
pero yo, deseoso de saber,
me até al mástil con cuerdas firmes.
Cuando su canto llegó,
fue como si el mar se abriera
y revelara todos los secretos del mundo.
“Odiseo, gloria de los aqueos,
acércate y escucha.
Nadie pasa sin conocer la verdad”.
Quise romper las cuerdas,
quise lanzarme al agua,
pero mis compañeros remaron con fuerza
y la isla quedó atrás
como un sueño que se desvanece al despertar.
Circe, la de hermosos cabellos
(Canto X)
Llegamos a la isla de Eea,
donde Circe, la diosa terrible,
vivía en un palacio rodeado de lobos y leones
que saludaban como hombres.
Mis compañeros entraron confiados,
pero la diosa los transformó en cerdos
con un toque de su varita.
Solo yo, protegido por Hermes,
pude enfrentarla.
Ella me miró con ojos profundos
como pozos antiguos
y sonrió al ver que no caía en su hechizo.
“Eres distinto”, dijo.
“Tu espíritu es más fuerte que tu cuerpo”.
Vivimos un año en su casa,
entre banquetes y consejos,
pero el deseo de Ítaca
ardía en mi pecho como un carbón encendido.
Escila y Caribdis
(Canto XII)
El estrecho era angosto
como la garganta de un monstruo dormido.
A un lado rugía Caribdis,
tragando el mar entero tres veces al día.
Al otro, Escila,
con seis cabezas hambrientas
que devoraban hombres como peces.
Elegí el mal menor,
pero aun así
seis de mis compañeros fueron arrebatados
como hojas por el viento.
Sus gritos quedaron grabados en mi alma,
y el mar siguió su curso
como si nada hubiera ocurrido.
El regreso del mendigo
(Cantos XVII y XIX)
Entré en mi propio palacio
vestido de harapos,
como un mendigo que busca refugio.
Los pretendientes se burlaron de mí,
pero yo observaba en silencio,
como un águila que espera el momento de caer.
Penélope habló conmigo
sin saber quién era,
y sus palabras eran suaves
como la luz de una lámpara en la noche.
Le conté historias verdaderas y falsas,
y ella lloró por el hombre que creía perdido.
Atenea me fortaleció el corazón,
pues la hora se acercaba.
La venganza del arco
(Canto XXI y XXII)
Tomé el arco que nadie podía tensar
y lo examiné como un cantor experto
que afina su lira antes del canto.
La cuerda cantó bajo mis dedos,
y una flecha atravesó las doce hachas
como un rayo que cruza el cielo.
Los pretendientes palidecieron.
Entonces me despojé de mis harapos
y la muerte entró en la sala
como una tormenta que nadie puede detener.
La justicia cayó sobre ellos
como cae la noche sobre el mar.
El lecho inamovible
(Canto XXIII)
Penélope dudaba,
pues los dioses suelen engañar a los mortales.
Entonces hablé del lecho nupcial,
hecho con el tronco de un olivo vivo,
inmóvil como un corazón fiel.
Ella lloró,
y el deseo de llorar cayó sobre ambos.
Se abrazaron nuestras almas
como dos ramas que vuelven a unirse
después de una larga tormenta.
Así terminó el viaje,
y comenzó el regreso verdadero.

LA ILÍADA
La cólera del Pelida
(Canto I)
Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles,
cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos
y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes.
Todo comenzó cuando Crises,
sacerdote de Apolo,
llegó a las naves aqueas
con rescate por su hija.
Los guerreros guardaron silencio,
pero Agamenón sintió ira en su corazón
y rechazó al anciano.
Entonces Apolo descendió del Olimpo
como la noche cae sobre un bosque,
y sus flechas trajeron peste y muerte.
Aquiles se enfrentó al rey,
y la discordia nació entre los dos más grandes de los aqueos.
Así comenzó la historia
que aún hoy resuena en la memoria de los hombres.
Helena en las murallas
(Canto III)
En lo alto de las murallas de Troya,
Helena, hija de Zeus,
miraba el campo de batalla
con lágrimas silenciosas.
Los ancianos la contemplaban
y decían que su belleza
era digna de causar guerras.
Pero ella,
como una paloma atrapada,
solo deseaba volver a su patria.
Héctor se acercó a ella
y habló con voz serena:
“No temas, hermana.
Nadie puede huir de su destino”.
Y Helena bajó la mirada,
sabiendo que su nombre
sería recordado para siempre.
El adiós de Héctor y Andrómaca
(Canto VI)
En la puerta Escea,
Héctor encontró a Andrómaca,
que corría hacia él
con su hijo en brazos.
Ella lloraba
como llora una fuente escondida en la roca.
“Tu valor te perderá”, dijo.
“Eres mi vida,
y si mueres,
Troya caerá conmigo”.
Héctor la tomó de la mano
y habló con dulzura:
“Nadie puede escapar de su destino,
pero mientras viva,
protegeré esta ciudad”.
El niño lloró al ver el casco del padre,
y Héctor lo dejó en el suelo
para que no temiera.
Así se despidieron,
como se despiden los que saben
que no volverán a verse.
La muerte de Patroclo
(Canto XVI)
Patroclo, el más querido de los compañeros,
vistió la armadura de Aquiles
y salió al combate
como un león joven que prueba su fuerza.
Los troyanos retrocedieron,
pues creyeron ver al Pelida.
Pero el destino lo aguardaba
en la lanza de Héctor.
Cayó como un roble
que un leñador derriba en el bosque,
y su alma descendió al Hades
con un suspiro que solo los dioses oyeron.
Cuando la noticia llegó a Aquiles,
su grito hizo temblar el mar.
El duelo de Paris y Menelao
(Canto III)
Paris avanzó con paso ligero,
semejante a un dios en su belleza,
pero al ver a Menelao
su corazón desfalleció.
Los dos se enfrentaron
como dos montañas que chocan.
La lanza de Menelao voló recta,
pero Afrodita salvó a Paris
envolviéndolo en una nube suave
y llevándolo lejos del combate.
Así comenzó la larga cadena
de intervenciones divinas
que tejieron el destino de Troya.
El valor de Diomedes
(Canto V)
Diomedes, hijo de Tideo,
se lanzó al combate
como un torrente que rompe un dique.
Atenea le dio fuerza
y un fuego brilló en su escudo.
Hirió a dioses y hombres,
y Ares mismo huyó ante él
como un lobo herido.
Ese día,
los troyanos aprendieron
que la furia de un solo hombre
puede cambiar el curso de una guerra.
La súplica de Príamo a Héctor
(Canto XXII)
Príamo, anciano rey,
rogó a su hijo que no enfrentara a Aquiles.
“Hijo mío,
si mueres,
Troya caerá conmigo”.
Pero Héctor,
domador de caballos,
sabía que su destino estaba sellado.
“Me avergonzaría ante los troyanos
si me escondiera como un cobarde”.
Y salió a enfrentar al Pelida
como un roble que se yergue
ante la tormenta.
La forja del escudo
(Canto XVIII)
Hefesto, el dios cojo,
forjó un escudo para Aquiles
que contenía el mundo entero:
ciudades en guerra,
ciudades en paz,
campos que florecen,
mares que rugen,
estrellas que giran
en la bóveda del cielo.
Era un universo en metal,
y Aquiles lo tomó
como quien toma su propio destino.
La muerte de Héctor
(Canto XXII)
Tres veces corrieron alrededor de Troya,
Aquiles persiguiendo,
Héctor huyendo,
como un halcón tras una paloma temblorosa.
Cuando por fin se enfrentaron,
la tierra tembló bajo el golpe del destino.
La lanza de Aquiles encontró su marca,
y Héctor cayó
como un roble arrancado por el viento.
Su alma descendió al Hades
mientras Troya gritaba su nombre.
El rescate del cuerpo
(Canto XXIV)
Príamo entró en la tienda de Aquiles
guiado por Hermes,
como un hombre guiado por un sueño.
Besó las manos homicidas
que habían matado a tantos de sus hijos.
Aquiles lloró con él,
recordando a su propio padre,
y el odio se disolvió
como la escarcha bajo el sol.
Así terminó la cólera,
y los dioses miraron en silencio
cómo los hombres cumplían su destino.
DEDICATORIAS A HOMERO (ANÓNIMOS)
La Odisea de Homero
En los confines del vasto mar Egeo,
donde los dioses gobiernan sus reinos divinos,
se alza un cuento épico digno de eternidad,
la historia del astuto héroe Odiseo.
El líder de Ítaca, valiente y sagaz,
partió hacia la guerra de Troya con gran honor.
Peleó por diez largos años sin desmayar,
hasta que la victoria coronó su valor.
De regreso a su patria, en su barco navegaba,
cuando la ira de Poseidón se alzó en su contra.
Vientos salvajes y furiosos tormentos,
desviaron su rumbo hacia aguas desconocidas.
Odiseo y su tripulación se aventuraron
por los peligrosos mares y oscuros abismos.
Se encontraron con cíclopes y sirenas cautivadoras,
con brujas y monstruos de despiadadas miradas.
Pero el ingenio y coraje de Odiseo no flaquearon,
con astucia y valentía logró vencer sus pruebas.
Engañó al cíclope Polifemo, salvó a sus compañeros,
conquistó a Circe y resistió el canto de las sirenas.
Después de años de incertidumbre y desventura,
Odiseo finalmente avistó su amada Ítaca.
Con la ayuda de la diosa Atenea,
recuperó su trono y una vez más triunfó.
Su leal esposa, la fiel Penélope, esperó,
con la esperanza y el amor como guías eternos.
Su hijo Telémaco, valiente y decidido,
siguió los pasos de su padre con orgullo infinito.
Así concluye esta epopeya inmortal, la Odisea,
donde la astucia y la valentía se entrelazan.
Homero, poeta eterno, nos regaló esta historia,
con personajes y hazañas que nunca se desvanecen.
El canto de Ulises
Oh, divina Musa, escucha mi canto,
pues hoy te contaré la historia de Ulises,
el astuto rey de Ítaca,
que luchó y navegó por los mares,
en busca de su hogar y su amada esposa.
Desde la ciudad de Troya, devastada por la guerra,
salió Ulises con su tripulación valiente,
naves de madera surcaron las olas,
enfrentando tormentas y monstruos marinos.
Los dioses del Olimpo observaban su lucha,
Poseidón, el dios del mar, le hizo sufrir,
pero Atenea, su protectora y sabia,
le guió en su camino con astucia y sabiduría.
En su viaje, Ulises encontró a cíclopes,
y a sirenas con su encantador canto,
resistió las tentaciones y peligros,
para regresar a su amada Ítaca.
Diez largos años luchó y sufrió,
pero finalmente volvió victorioso,
su hogar, su esposa y su hijo lo esperaban,
con amor y añoranza en sus corazones.
A través de su valentía y astucia,
Ulises se convirtió en un héroe legendario,
su historia será recordada por generaciones,
y su canto resuena en el universo eterno.
Oh, divina Musa, gracias por inspirar,
este poema que narra las hazañas de Ulises,
que a través del tiempo y el espacio,
se mantiene como un símbolo de valor y perseverancia.
Odiseo
En la vastedad del mar Egeo,
se alza la epopeya más grande jamás contada,
la historia de un hombre llamado Odiseo,
quien emprendió un viaje que trascendió al infinito.
Desde Troya partió con sus valientes guerreros,
el viento sus velas empujaba con furia,
pero los dioses del Olimpo tramaron su destino,
y el viaje del héroe se tornó un desafío.
En tierras extrañas, Odiseo naufragó,
con monstruos, hechiceras y dioses se encontró,
sin embargo, su gran temple no flaqueó,
pues su valentía y astucia nunca lo abandonó.
Con los cíclopes luchó y los venció,
a la seductora Circe supo resistir,
bajo el canto de las sirenas resistió su atracción,
y escapó indemne del devorador Caribdis.
El regreso a Ítaca, su amada patria,
le fue arrebatado por Poseidón,
quien harto de sus victorias, lo desafiaba,
poniendo obstáculos en cada paso que dio.
Mas Odiseo perseveró, fiel a su hogar,
resistió a tentaciones y enemigos,
hasta que logró vencer a los pretendientes,
y reunirse con su amada esposa e hijo querido.
Odiseo, héroe de hombres y dioses,
tu viaje se inmortalizó en versos,
y hoy, milenios después, seguimos maravillados,
por tu valor, ingenio y sagacidad universal.
El Canto de la Odisea
Oh, Musa, escucha mi llamado,
Cuéntame las hazañas del desdichado Ulises,
El valiente héroe perturbado en su viaje,
En su lucha contra la furia de los dioses.
Desde Ítaca partió en sus naves poderosas,
Rumbo a Troya, la ciudad enemiga,
Con mil guerreros en busca de gloria,
En una guerra que duraría una década.
Pero los dioses no le serían propicios,
Y tras la victoria, se levantó su ira,
Los vientos y tormentas se alzaron en su contra,
Empujando su barco en la dirección contraria.
Valientes sirenas cantaron con dulzura,
Su canto hechizó los oídos marineros,
Mas Ulises, con coraje y sabiduría,
Ordenó tapar los oídos de sus hombres con cera.
Enfrentó a los cíclopes, gigantes de un ojo,
Y al poderoso dios del mar, Poseidón,
Quien arrojó su ira sobre el audaz héroe,
Condenándolo a vagar por años sin término.
Pero su ingenio y astucia lo salvarían,
En la isla de la ninfa Calipso se encontró,
Deseándolo como esposo eterno,
Pero él solo anhelaba volver a su amada Ítaca.
Finalmente, llegó a tierras extrañas,
Disfrazado entre extraños y rivales,
Hasta que llegó el momento del reconocimiento,
Cuando su esposa, Penélope, lo vio con sus ojos.
La suite y pretendientes enfrentaron su ira,
Ulises, el héroe, se alzó contra ellos,
Con su arco certero, venció sus enemigos,
Y restauró el orden en su amada Ítaca.
Así se forjó el legado de Ulises,
El héroe que resistió a los dioses
Y regresó a casa con honor y gloria,
Dejando un ejemplo de valor y destreza.
Oh, Musa, gracias por tus versos inspiradores,
Que narran las hazañas de los valientes,
Hombres que lucharon contra la adversidad,
Dejando un legado perdurable de heroicidad.
La Odisea (Prosa)
Oh, gloriosos dioses del Olimpo, escuchad mi canto y prestadme oído, que contaré la historia de Odiseo, el valiente héroe, el astuto guerrero.
Partió de Troya, la ciudad de luchas, con su barco surcó el inmenso mar, desafiando a los dioses y las olas, en busca del hogar que anhelaba encontrar.
En Ítaca lo esperaba su amada Penélope, tejiendo día y noche, esperando su regreso, pero antes debía enfrentar a los monstruos, y sortear peligros, que en su camino aparecían.
Con la ayuda de Atenea, su fiel aliada, logró sobrevivir a cada adversidad, se enfrentó a cíclopes y sirenas encantadas, y luchó valientemente contra cada femineidad.
Poseidón, el dios de los mares, furioso contra Odiseo por cegar a su hijo, trató de hundir su barco, de causarle daño, pero la sabiduría del héroe era su escudo fijo.
Por diez largos años vagó por el mar, pero nunca perdió la esperanza en su hogar, y finalmente, ante la presencia de su tierra, se disfrazó de mendigo para poder entrar.
Sus fieles amigos, los que quedaban, lo reconocieron y prepararon su retorno, trajeron justicia a su patria abandonada, y acabaron con los pretendientes sin escrúpulo.
Oh, Homero, glorioso poeta, has dado vida a Odiseo y su hazaña, tú canto épico será eterno, perpetuando su historia en cada mañana.
Canto a La Odisea
En la vasta tierra de Ítaca,
el valiente Odiseo reinaba con destreza,
un héroe de guerra, astuto y sabio,
enfrentando mil peligros en su odisea.
Desde Troya partió en su travesía,
navegando por mares tumultuosos,
en busca de su hogar y su familia,
enfrentando seres malvados y furiosos.
Se enfrentó a los Cíclopes y a Poseidón,
naufragó en las costas de los Lotófagos,
pasó por el reino de Hades con decisión,
y resistió el canto de las Sirenas con los tapones.
Finalmente, regresó a su amada Ítaca,
luchando contra pretendientes desleales,
con ingenio y valor, restauró la paz intacta,
y volvió a abrazar a Penélope, su fiel esposa leal.
¡Oh Odiseo, héroe de innumerables proezas,
tu historia perdurará por toda la eternidad,
de tu grandeza y valentía el mundo reza,
en la epopeya de Homero, tu virtud brillará.
El canto de Homero (Ripio)
En las murallas de Troya resonaba el canto de Homero, con sus versos épicos y su letra desbordante de amor.
Relataba las hazañas de Aquiles y Héctor, las batallas por la gloria y el honor. Con su lira en mano, Homero cantaba, seduciendo a los dioses con su voz melodiosa.
Los marineros, los reyes y los hombres de armas escuchaban sus relatos con devoción asombrosa. En la penumbra de la noche estrellada, la sombra de Homero danzaba en el fuego.
Contaba historias de valientes guerreros, de dioses caprichosos y de secretos antiguos. Su canto era un regalo para los mortales, una luz en medio de la oscuridad.
Homero era el poeta de la épica, el guardián de la memoria de la humanidad. Y así, entre versos dorados y rimas divinas, el canto de Homero seguía su curso sin fin.
Porque su obra es eterna, inmortal como el tiempo, y su voz resuena en cada corazón que busca el camino hacia lo divino.
La Odisea de Ulises
En las olas del vasto mar Egeo, navegó Ulises con valor y entrega. Con astucia y coraje, enfrentó peligros, en su viaje de regreso a Ítaca.
Con sus hombres valientes a su lado, se enfrentó a cíclopes y sirenas seductoras. Con su astucia supo vencer a Polifemo, y con su ingenio sortear las trampas de Circe.
En su largo y arduo viaje de vuelta, Ulises demostró su fiereza y lealtad. Superó pruebas y tentaciones con temple, hasta llegar a su amada tierra natal.
La fama de Ulises llegó a todos los rincones, su historia épica llenó de admiración. Héroe valiente, ejemplo de perseverancia, su nombre resonará por generaciones.
La Odisea de Homero (Poema Narrativo)
En la tierra de Ítaca, Ulises reinaba,
Valiente y astuto, en batallas se destacaba.
Después de la guerra de Troya, emprendió su regreso,
Pero en su camino, se encontró con mil sucesos.
Los cíclopes, las sirenas, y la diosa Calipso,
Intentaron detenerlo, pero no lograron su propósito.
Ocho años tardó en volver a su tierra querida,
Donde lo esperaba Penélope, su amada esposa y vida.
La Odisea de Homero, una historia sin igual,
De valentía, astucia y amor, un relato inmortal.
La Odisea de Homero (Poema narrativo)
En tiempos de antaño, un héroe se alzaba, con valor y destreza, su nombre resonaba, Homero, el poeta de sabiduría suprema, nos regala un épico poema, la Odisea.
En Ítaca comienza nuestra travesía, con Ulises, rey astuto, y su valentía. Partió rumbo a Troya en fiera batalla, mil odiseas le esperaban, sin falta.
Con repudio de los dioses, vagó por el mar, encarando obstáculos con tesón, sin flaquear. Cíclopes, sirenas y maldiciones oscuras, Ulises desafió, demostrando su bravura.
En el palacio de Circe, la hechicera astuta, los compañeros del héroe se convierten en bestias. Con engaños, valiente Ulises los rescata, y retoma su viaje con fuerza renovada.
En el reino de los muertos, se encontró con el Hades, allí vio a su amigo Aquiles, y otros héroes sagrados. Aprendió valiosas lecciones del mundo de ultratumba, sabiendo que su destino aún no estaba al cumbre.
Las sirenas cautivaron con su melódico canto, más Ulises resistió, pese a su encanto. Amarrado al mástil, escuchó sus melodías, superando la tentación, logró su osadía.
Llegó finalmente a Ítaca, su hogar querido, donde Penélope, su fiel esposa, aún mantenía el anhelo. Con el arco de Ulises, su amado esposo, Penélope retó a los pretendientes celosos.
El arco solo Ulises pudo tensar, proclamando su retorno y su voluntad de luchar. Eliminó a los pretendientes con justicia severa, conquistando su trono y llenando de gloria su esfera.
Así Homero culmina su poema magnífico, donde un héroe supera pruebas con abismo. La Odisea perdura en nuestras almas inmortales, un canto eterno a la valentía y los ideales.



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