Poemas de María de Francia (poetisa francesa)

María de Francia

María de Francia fue la primera escritora en lengua francesa, una figura clave del Renacimiento del siglo XII. Aunque su identidad exacta es incierta, su legado reside en los doce Lais, relatos breves en verso que transformaron las leyendas celtas de Bretaña en alta literatura cortesana.

Su obra destaca por explorar la psicología del amor, la lealtad y lo fantástico con una sensibilidad femenina única. Defensora del valor intelectual, escribió para evitar que el olvido borrara las antiguas historias. Sus relatos, donde la magia y el sentimiento convergen, fundaron las bases del romance caballeresco europeo.

El ruiseñor

Una aventura os voy a contar de la que los bretones hicieron un lai. Se llama El ruiseñor, según me parece, y así le llaman en su tierra; es decir russignol en francés y nihtegale en correcto inglés.

En la región de Saint-Malo había una famosa ciudad. Vivían allí dos caballeros que tenían sendas casas fortifica­das. Por la bondad de los dos nobles era famosa la ciudad. Uno se había casado con una mujer discreta, cortés y agradable; se portaba muy bien según las costumbres y el uso. El otro era un joven muy conocido entre sus iguales, por su valentía y por su gran valor, y con gusto llevaba a cabo acciones dignas de honra: participaba frecuentemente en torneos y era generoso y liberal con lo que tenía. Amaba a la mujer de su vecino; tanto la requirió, tanto le suplicó y ésta vio en él tanta virtud, que acabó amándolo sobre todas las cosas, por el bien que oía de él y porque estaba siempre cerca de ella. Se amaron con discreción y se ocultaron y escondieron para no ser descubiertos, sorprendidos o vistos; lo podían hacer sin dificultad, pues sus casas estaban cerca: muy cerca estaban sus casas, sus torres y sus salas; no había entre ellas barrera ni cerca, más que un alto muro de piedra gris. Desde las habitaciones en las que dormía la dama, cuando se ponía a la ventana, podía hablar a su amigo que estaba a la otra parte, y él a ella, y cambiar regalos y echarse prendas y lanzárselas. No había nada que les desagradara, estaban los dos muy a gusto, aunque no podían estar juntos a su placer, pues la dama era estrechamente custodiada cuando aquél estaba en la región. Pero tenían al menos eso para ellos, fuera de noche o fuera de día: que podían estar hablando juntos. Nadie podía impedir que fueran a la ventana y se vieran desde allí.

Mucho tiempo se han amado de esta forma, hasta que llegó la primavera, cuando los matorrales y los prados ya reverdecen, y los jardines están en flor, cuando los pájaros con gran dulzura muestran su alegría sobre las flores, cuando quienes tienen amor a su gusto no extraña que se entiendan.

Os diré la verdad sobre el caballero: se entregó con todas sus fuerzas y también la dama por su parte, tanto hablando como mirándose. Por la noche, cuando la luna lucía y su señor estaba acostado, se levantaba frecuentemente de su lado y se ponía el manto; venía a estar a la ventana, por su amigo, pues sabía que haría lo mismo, y la mayor parte de la noche velaba. Tenían deleite al verse, pues no podían tener más. Tantas veces estuvo allí, tantas se levantó, que su señor se enfadó y muchas veces le preguntó por qué se levantaba y adónde iba.

-Señor -le responde la dama-, no tiene en este mundo alegría quien no oye cantar al ruiseñor. Por eso voy a estar ahí; por la noche lo oigo con tanta dulzura que resulta muy agradable, tanto me deleito con él y tanto lo quiero que no puedo dormir con los ojos.

Cuando el señor oye lo que dice, de rabia y de desprecio se ríe. Pensó una cosa: hará que el ruiseñor caiga en una trampa. No hubo criado en su casa que no preparara trampas, redes y lazos, y luego los colocaron todos en el jardín. No hubo avellano ni castaño en el que no pusieran lazo o liga, hasta que lo cogen y lo atrapan. Cuando tuvieron al ruiseñor, se lo entregaron vivo al señor; éste se puso muy contento al tenerlo. Va a las habitaciones de la dama:

-Señora -pregunta-, ¿dónde estáis? Venid a hablar con nos. He atrapado al ruiseñor por el que tanto habíais velado. A partir de ahora podéis dormir en paz: no os volverá a despertar nunca.

Cuando la dama lo oye, se pone triste y afligida. Se lo pide a su señor, que lo ha matado por maldad: le ha roto el cuello con las dos manos.

Obró muy mal. Le arroja el cuerpo a la dama de tal forma que le mancha de sangre la camisa, un poco por encima del pecho. Luego, sale de la habitación.

La dama toma el pequeño cuerpo y llora amargamente, maldiciendo a quienes traicionaron al ruiseñor, a los que hicieron trampas y lazos, pues le han quitado una gran alegría.

-¡Ay, desdichada -dice-, en mala hora! Ya no podré levantarme más por la noche ni ir a estar a la ventana en la que veía a mi amigo. Una cosa sé en verdad: él pensará que lo abandono; tengo que tomar una decisión. Le haré llegar el ruiseñor, le contaré lo ocurrido.

En un trozo de jamete bordado de oro y escrito por entero, envuelve al pajarillo; llama a un criado suyo y le entrega el mensaje, enviándolo a su amigo. El criado ha llegado ante el caballero; lo saluda de parte de su dama y le cuenta todo el mensaje, presentándole el ruiseñor. Cuando le hubo contado y dicho todo, que el caballero ha escuchado bien, éste se entristece mucho por lo ocurrido; pero no fue villano ni lento. Mandó hacer un cofrecillo, en el que no había ni hierro ni acero, sino oro puro con buenas piedras, muy preciosas y muy caras; colocó una tapa bien sujeta. Metió al ruiseñor dentro y después hizo sellar la caja. Siempre hace que la lleven con él.

Este suceso fue contado, no pudo permanecer oculto mucho tiempo. Los bretones hicieron un lai: El ruiseñor se llama.

FIN

 

Laustic (El Ruiseñor) – Versión Poética

Os contaré una aventura

de la que los bretones un romance compusieron;

Laustic es su nombre, así dijeron

-así se llama en aquel país-,

es el Rossignol en francés

y Nightingale en perfecto inglés.

En Sain Malo la encontré,

fue una ciudad renombrada.

Dos caballeros allí habitaban

en dos casas próximas.

El uno tenía mujer,

prudente, cortés y encantadora.

El otro era estudiante,

muy célebre por sus hazañas.

Amó a la mujer de su vecino,

tanto la solicitó, tanto la suplicó,

y tan intensamente la sintió

que ella enseguida lo retribuyó.

Se amaron con prudencia,

mucho cuidaron su secreto,

no fueron molestados ni difamados.

Próximas estaban sus casas,

sus miradores, sus salas:

no había obstáculo ni empalizada

que los separara.

Donde por la noche o por el día

juntos pudiesen hablar;

nadie los podía observar.

Largo tiempo se amaron,

tanto que los campos reverdecieron

y los huertos florecieron.

Los pájaros, con gran dulzor,

llevan su alegría bajo la flor;

quien entienda esta astucia

entenderá el amor.

Cuando la luna brilla, frustrada,

ella a menudo se levanta,

se disfraza bajo su manto.

Una cosa se ha de pensar,

que es el ruiseñor quien la llama.

Pronto, no hay criado que no haga trampas,

teja redes y cuerdas,

No hay avellano ni castaño

donde no pongan lazos.

Atraparon al ruiseñor y lo llevaron a su amo.

¡Venid, señora! atrapado está el ruiseñor

por el que tanto habéis velado.

En paz podrás reposar,

el ruiseñor nunca más despertará.

La dama lo escuchó con dolor,

pero por las noches siguió sus paseos.

Su marido muchas veces la reprendió,

y ella respondía que en este mundo

no hay alegría mayor

que escuchar el canto del ruiseñor.

Con irritación le arrojó las plumas,

El cuerpo ensangrentado,

y salió de la habitación.

La dama tomó el pequeño cuerpo,

llora y maldice a los hacedores de trampas,

los tejedores de lazos y cuerdas.

«No podré por las noches sentarme en la ventana,

donde solía ver a mi amigo».

En dorado paquete envolvió el cuerpo,

bordado en oro envió el mensaje.

Ante el caballero de al lado

llega el cadáver del ruiseñor.

Dolido por el acontecimiento,

hizo forjar un estuche,

sin hierros ni aceros,

todo en oro fino y aros selectos,

con hilos bien sujeto,

escondió al ruiseñor,

y desde entonces lo lleva sobre el pecho.

 

El Lai de Guigemar

(Traducción de Marie de France)

Quien de buena materia trata,

mucho le pesa si no es exacta.

Oíd, señores, lo que dice María,

que en su tiempo no se olvida.

Es justo que la gente alabe

a quien hablar con gracia sabe.

Pero cuando destaca en un país

hombre o mujer de gran matiz,

quienes de su bien tienen envidia

suelen verter sobre ellos su perfidia:

su prestigio pretenden rebajar;

por ello comienzan el oficio

del perro ruin, cobarde y vil,

que muerde a traición al gentil.

No por eso dejaré mi empeño,

aunque el charlatán sea su dueño

y me quieran con malicia juzgar:

¡es su derecho el de malhablar!

 

El Comienzo de la Aventura

Los cuentos que sé que son verdaderos,

de los que los bretones hicieron lais,

os los contaré muy brevemente.

A la cabeza de este comienzo,

según la letra y la escritura,

os mostraré una aventura

que en la Bretaña Menor

ocurrió en el tiempo anterior.

En aquel tiempo Hoel regía la tierra,

a veces en paz, a veces en guerra.

Tenía el rey a un barón

que era señor de León:

Oridial era llamado;

de su señor muy allegado,

caballero fue proye y valiente.

De su mujer tuvo dos descendientes,

un hijo y una hija bella.

Noguent se llamaba la doncella,

Guigemar llamaban al doncel;

en el reino no hubo otro más fiel.

Maravillosamente lo amaba su madre

y muy querido era por su padre.

Cuando por fin pudo partir,

lo envió a un rey a servir.

El muchacho era sabio y valiente,

haciéndose amar por toda la gente.

Cuando llegó el término y hora

en que su edad la razón atesora,

el rey lo armó ricamente,

dándole armas a su gusto, plenamente.

Guigemar comienza con el donativo;

mucho reparte antes de irse altivo.

A Flandes va su fama a buscar:

allí siempre había lucha y guerra que dar.

En Lorena, Borgoña o Gascuña,

o en la tierra de Angunonia,

en aquel tiempo no se podía hallar

tan buen caballero ni su par.

 

El Defecto de la Naturaleza

Pero en tanto erró la Naturaleza

que por ningún amor mostró firmeza.

Bajo el cielo no hubo dama ni doncella,

por más que fuera noble o bella,

que si él de amor la requiriese,

con gusto no lo retuviese.

Muchas lo intentaron con insistencia,

mas no tenía para el amor tal esencia.

Nadie pudo jamás percibir

que él quisiera el amor recibir:

por eso lo tenían por perdido

tanto extraños como amigos.

En la flor de su mejor fama,

regresa el héroe a quien su tierra llama,

a ver a su padre y a su señor,

a su buena madre y a su hermana, con amor,

que tanto lo habían deseado.

Con ellos un tiempo se ha quedado,

me parece, un mes entero.

Deseó ir de caza el caballero:

la noche antes convoca a su gente,

monteros y siervos prontamente;

al alba parte hacia la floresta,

pues tal deleite le presta.

Tras un gran ciervo han arrancado

y los perros han doblado:

corren los monteros por delante;

el doncel se queda atrás, distante.

Su arco le lleva un escudero,

su aljaba y su perro rastrero.

Tirar quería, si algo viese,

antes que del lugar se moviese.

En la espesura de un gran brezal

vio una cierva con su cervatillo, tal cual;

era toda blanca aquella bestia,

con cuernos de ciervo, sin molestia;

ante los ladridos del sabueso se detiene.

Él tensa su arco y el tiro previene,

en la pezuña la hirió por delante;

ella cayó al suelo en el mismo instante.

 

El Destino de Guigemar

La flecha rebotó al momento,

hiriendo a Guigemar con tal violento

golpe en el muslo, hasta el corcel,

que a tierra tuvo que bajar él;

cayó de espaldas sobre la hierba espesa

junto a la cierva que hirió con tal presteza.

La bestia, que herida se encontraba,

angustiada y con dolor se lamentaba;

entonces habló de esta manera:

«¡Ay de mí, que la muerte me espera!

Y tú, vasallo, que me has herido,

que este sea tu destino merecido:

¡Que nunca encuentres medicina!

Ni por hierba ni por raíz fina,

ni por ungüento ni por poción,

jamás tendrá tu llaga curación.

Esa herida que en el muslo te arde

no sanará, ni pronto ni tarde,

hasta que te cure aquella mujer

que sufra por tu amor hasta el padecer

la pena más grande y el mayor dolor

que mujer sufriera por un amor;

y tú harás por ella otro tanto,

causando a todos asombro y espanto

a cuantos aman o han amado

o a los que el tiempo no ha llegado.

¡Vete de aquí y que esto sea grabado!»

 

El Barco de Ébano

Guigemar quedó allí muy malherido;

por lo que oyó estaba despavorido.

Comenzó entonces a meditar

a qué tierra podría él marchar

para su llaga poder sanar;

pues no quería dejarse allí morir.

Bien sabía él y solía decir

que a ninguna mujer quiso mirar

ni a ninguna su amor entregar,

ni quien pudiera su dolor calmar.

A su escudero llamó delante:

«Amigo», dijo, «ve pronto, al instante,

haz que mis compañeros regresen;

pues quiero que mis palabras se expresen».

En un momento se fue, y él se queda;

su pecho en gran angustia se enreda.

Con su camisa el muslo se ha vendado,

apretando el nudo con gran cuidado.

Luego montó y de allí se alejó;

que nadie lo viera, eso deseó:

no quería que su gente viniera,

ni que lo estorbara ni lo detuviera.

A través del bosque un camino halló,

que hasta una llanura lo llevó;

allí vio un acantilado y la montaña

y un agua que por debajo los baña;

brazo de mar era, y un puerto había.

En el puerto una sola nave se veía,

donde Guigemar su rumbo fijó;

muy bien labrada la nave encontró.

Por fuera y por dentro estaba sellada:

ninguna junta podía ser hallada;

no había en ella perno ni atadura

que no fuera de ébano y su negrura;

bajo el cielo no hay madera más pura.

 

El Lecho Salomonino

La vela era de seda, muy bien trenzada,

y era muy bella cuando fue desplegada.

El caballero estaba muy pensativo:

pues en aquel país tan nativo

jamás antes había oído contar

que naves pudieran allí arribar.

Avanzó entonces y del caballo bajó;

con gran angustia a la nave subió.

Dentro pensaba encontrar a la gente

que guardara el barco debidamente;

mas no vio a nadie, ni alma viviente.

En medio de la nave halló un lecho

cuyos pilares y marco estaban hechos

según la obra del gran Salomón,

tallados en oro y con distinción,

de ciprés y de blanco marfil;

de tela de seda un tejido sutil

bordado en oro era la colcha de encima.

De las otras ropas, ninguna se arrima;

mas de la almohada os digo un detalle:

quien sobre ella su cabeza halle,

jamás tendrá el cabello encanecido;

el cobertor de marta era tejido

forrado con púrpura de Alejandría.

Se colocaron dos candelabros de oro fino

—el peor valía un tesoro divino—

en la parte superior de la nave;

dos cirios ardían con luz suave.

De todo esto él se maravilló.

Sobre la cama al fin se apoyó;

descansó allí su herida sufriente.

Quiso levantarse de repente,

pero ya no podía regresar:

la nave se había adentrado en el mar

y lo llevaba hacia su libertad.

Buen viento soplaba y con suavidad;

ya no quedaba nada de su hogar;

está muy dolido, sin saber qué azar.

 

La Ciudad del Viejo Celoso

No es maravilla si el miedo lo adestra,

pues gran dolor su herida demuestra;

sufrir le toca esta aventura.

A Dios le ruega que tenga cura,

que a buen puerto lo lleve su guía

y de la muerte lo libre este día.

En el lecho se acuesta y se duerme;

ya pasó lo peor para el inerme:

antes del ocaso al puerto llegará

donde su medicina al fin hallará,

bajo una antigua y noble ciudad,

que de aquel reino era la majestad.

El señor que la tierra mandaba

era muy viejo y esposa tenía,

una dama de alto linaje,

franca, cortés, bella y con coraje;

mas él era celoso en exceso,

pues por su naturaleza estaba preso.

Que todo viejo sea celoso es ley

—cada uno teme ser burlado por su grey—

tal es de la edad el triste paso.

No la dejaba tranquila en ningún caso.

En un huerto bajo el torreón,

había un cerco en toda su extensión;

de verde mármol era la muralla,

muy espesa y alta, sin ninguna falla;

no había más que una sola entrada,

noche y día por guardias vigilada.

Por la otra parte la cerraba el mar;

nadie podía salir ni entrar,

si no fuese con un batel pequeño,

si el castillo tenía algún empeño.

 

La Cámara de Venus

El señor construyó dentro del muro,

para tener a su dama en seguro,

una cámara; bajo el cielo no hubo más bella.

En la entrada, la capilla estaba en ella.

La cámara estaba pintada alrededor:

Venus, la diosa de la llama y el amor,

estaba muy bien puesta en la pintura,

mostrando sus rasgos y su naturaleza,

cómo el hombre debe el amor sostener

y lealmente y bien saberlo defender.

El libro de Ovidio, donde él enseña

cómo cada cual el amor se empeña,

en un fuego lo arrojaba la diosa

y a todos excomulgaba, poderosa,

quienes aquel libro jamás leyesen

ni sus enseñanzas al amar siguiesen.

 

El Hallazgo de la Nave

La señora quedó allí encerrada.

Para servirla en su estancia privada,

el viejo le entregó a una sobrina,

que era muy franca y de alma fina,

hija de su hermana y su gran consuelo.

Entre las dos había un amor sin velo;

con ella estaba cuando él se marchaba,

hasta que al fin el viejo regresaba,

nadie más podía allí entrar,

ni de aquel muro podían escapar.

Un viejo sacerdote, de canas florecido,

guardaba la llave del postigo escondido;

sus miembros bajos había perdido,

pues si no, en él no habrían creído;

el servicio de Dios a ella decía

y a la mesa su comida servía.

Ese mismo día, antes del mediodía,

la dama al jardín bajado había;

dormido había tras el almuerzo,

y buscaba solaz con su esfuerzo,

llevando consigo a la muchacha.

Miraron río abajo, hacia la racha;

la nave vieron al flujo subiendo,

que en el puerto venía navegando;

nada más que el barco se veía.

La dama quiso huir por la vía:

si tiene miedo no es maravilla,

toda la sangre en su cara se encandila.

Mas la muchacha, que era prudente

y de corazón mucho más valiente,

la reconforta y le da seguridad.

Hacia allí van con gran celeridad.

Su manto se quita la doncella,

entra en la nave, que era muy bella.

No encontró ninguna cosa viviente

salvo al caballero durmiente;

pálido lo vio, y por muerto lo toma;

se detuvo a mirar lo que asoma.

Atrás regresa la damisela,

con prisa a la dama llama y desvela,

toda la verdad de lo visto le dijo,

lamentando al muerto que allí se produjo.

La señora respondió: «¡Oh, yo voy!

Si está muerto, huyamos desde hoy;

nuestro cura a enterrarlo ayudará.

Si el joven está vivo, hablará».

Juntas van, sin tardanza en el paso,

la dama delante y ella tras su rastro.

 

El Encuentro y la Cura

Cuando ella cruzó el umbral,

delante del lecho se detiene;

al caballero ha observado,

mucho lamenta su cuerpo y su belleza;

por él estaba triste y doliente,

diciendo que malograda fue su juventud.

Sobre el pecho le pone la mano:

cálido lo sintió y el corazón sano,

que bajo las costillas le latía.

El caballero, que dormía,

ha despertado y la ha visto;

mucho se alegró y la saluda:

bien sabe que ha llegado a la orilla.

La dama, alegre y pensativa,

le respondió muy bondadosamente;

le pregunta de qué manera

viene él de aquella tierra,

si es por guerra exiliado.

«Dama», dijo él, «nada de eso hay;

mas si os place que yo os diga

la verdad, os la contaré;

nada os ocultaré.

De la Bretaña Menor yo soy.

Fui a cazar al bosque hoy;

a una blanca cierva herí,

y la flecha rebotó hacia mí,

en el muslo me ha herido tanto,

que jamás espero sanar de mi quebranto.

La cierva se lamentó y habló,

mucho me maldijo y juró

que nunca tendría curación

si no es por una doncella;

no sé dónde podrá ser hallada.

Cuando oí tal destino,

apresuradamente del bosque salí.

En una nave me vi;

dentro entré y ella zarpó;

conmigo el mar se encantó.

No sé dónde he arribado,

ni cómo se llama esta ciudad.

Bella dama, por Dios os ruego,

¡aconsejadme, por vuestra merced!

Porque no sé hacia qué parte ir,

ni la nave puedo dirigir».

 

El Refugio en la Torre

Ella le responde: «Gentil señor querido,

consejo os daré de buen grado:

esta ciudad es de mi señor

y la comarca toda alrededor;

hombre rico es de alto linaje,

mas tiene ya una gran edad,

y es celoso hasta la angustia.

Por la fe que os debo,

dentro de este cerco me tiene encerrada.

No hay más que una sola entrada;

un viejo cura vigila la puerta:

¡que Dios haga que el mal fuego lo arda!

Aquí estoy encerrada noche y día;

jamás me atrevo a salir

si él no lo manda,

si mi señor no me lo demanda.

Aquí tengo mi habitación y mi capilla,

y conmigo a esta virgen.

Si os place aquí demorar

hasta que mejor podáis caminar,

con gusto os daremos posada

y de buen corazón seréis servido».

Cuando él oyó tal palabra,

dulcemente a la dama agradece:

con ella se quedará, así dice.

Haciendo un esfuerzo se levantó del lecho;

apenas le fue posible mantenerse;

la señora a su habitación lo guía.

Sobre el lecho de la doncella,

tras un tapiz que como cortina

fue en la cámara aparejado,

allí el doncel fue acostado.

En vasijas de oro agua trajeron,

su herida y su muslo lavaron,

con un hermoso paño de lino blanco

limpiaron la sangre de su flanco;

luego estrechamente lo han vendado.

Mucho lo cuidan con gran cuidado.

 

La Herida del Amor

Cuando llegó la hora de la cena,

la doncella trajo comida plena

para el caballero, que allí se queda;

bien ha comido y bebido.

Mas el amor lo había herido en lo vivo;

ya estaba su corazón en gran conflicto,

porque la dama lo ha herido tanto,

que de su patria olvidó el encanto.

De su herida ya no siente el mal;

mucho suspira de forma angustiosa.

A la muchacha que lo debe servir

le pide que lo deje dormir.

Ella se marcha y lo ha dejado,

pues él ya le ha dado permiso;

antes de que su dama se vaya,

pues ella también estaba inflamada

del fuego que Guigemar siente

y que su corazón alumbra y enciende.

 

El Tormento de los Amantes

El caballero quedó solo en su estancia;

pensativo y angustiado en la distancia,

no sabe aún qué le depara el destino,

mas comprende bien su nuevo camino:

si por la dama no es pronto curado,

de su muerte está ya bien asegurado.

«¡Ay!», dice, «¿qué es lo que haré?

Iré a ella y así le diré

que tenga merced y de mí piedad,

por este cautivo en su soledad.

Si ella rechaza mi humilde oración

y muestra orgullo en su corazón,

entonces me toca de pena morir

y en este mal por siempre sufrir».

Mucho suspira; en poco momento

le llega al alma un nuevo pensamiento:

dice que el sufrimiento es su deber,

pues así hace quien se deja vencer.

Toda la noche pasó vigilante,

entre suspiros y afán constante;

en su corazón grabadas tenía

las palabras y la imagen que veía,

los ojos claros y la boca bella,

cuyo dolor le deja una huella.

Entre dientes, la gracia le pedía;

por poco no la llama «su amada mía».

Si él supiera lo que ella sentía

y que el amor también la oprimía,

mucho se alegraría su pensamiento;

un poco de alivio y de aliento

le quitaría al fin aquel dolor

que palidecía su rostro y color.

Si él sufre mal por a ella amar,

ella tampoco se puede alabar.

 

La Confesión a la Doncella

Al madrugar, antes del nuevo día,

la dama de su lecho se erigía;

había velado, y de ello se queja,

pues el amor no la suelta ni deja.

La muchacha, que con ella estaba,

el semblante de su dama observaba;

comprendió que ella amaba con pasión

al caballero que buscaba curación

en la cámara donde se hospedaba;

mas si él la amaba, ella no lo ignoraba.

La dama entró en la capilla a rezar,

y la joven fue al caballero a buscar;

sentada está delante de su lecho,

y él la llamó, con dolor en el pecho:

«Amiga, ¿vuestra señora se ha ido?

¿Por qué se ha levantado sin ruido?».

Calló al momento y suspiró profundo.

La muchacha le habló de este mundo:

«Señor», dijo ella, «vos estáis amando;

¡que vuestros ojos no sigan ocultando!

Amar podéis de tal forma y manera

que vuestro amor bien asentado espera.

Quien a mi señora quisiera amar,

mucho debería en su bien pensar;

este amor sería noble y estable,

si fuerais ambos de fe inquebrantable.

Vos sois hermoso y ella es bella».

Respondió entonces él a la doncella:

«Yo soy de tal amor ahora encendido,

que por él puedo verme muy perdido,

si no tengo socorro y pronto ayuda.

¡Aconsejadme, mi amiga, sin duda!

¿Qué haré con este amor que me tortura?».

La muchacha, con gracia y con dulzura,

al caballero ha dado consuelo

y le asegura su ayuda y desvelo,

con todo el bien que ella pueda hacer;

era cortés y noble en su ser.

 

La Naturaleza del Amor

Cuando la dama de misa volvía,

regresó al cuarto, mas no con alegría;

saber quería qué el joven hacía,

si acaso velaba o si acaso dormía,

por cuyo amor su corazón no descansa.

Primero llamó a la joven de confianza,

y al caballero la hizo venir:

bien podrá él ahora, a su placer, decir

y mostrarle su ánimo y su coraje,

sea para su bien o para su ultraje.

Él la saluda y ella a él también;

en gran temor ambos se ven.

Él no se atreve su ruego a entregar;

por ser extranjero en aquel lugar,

tenía pavor de que, si lo mostraba,

ella lo odiara y de allí lo alejara.

Mas quien no muestra su enfermedad

apenas puede alcanzar sanidad:

el amor es herida dentro del pecho,

que no asoma fuera ni deja despecho.

Es este un mal que se lanza y se aferra,

porque de la misma Naturaleza viene;

varios lo toman a burla y engaño,

como el villano que finge ser hidalgo,

que van galanteando por todo el mundo

y se jactan de su amor vagabundo.

Eso no es amor, sino pura locura,

maldad y bajeza sin ninguna cordura.

 

El Pacto de los Amantes y la Traición

Quien a uno puede leal hallar,

mucho lo debe servir y amar

y estar a su mandamiento.

Guigemar sufrió un duro momento:

o alcanzaba un pronto socorro,

o viviría en el más triste lloro.

El amor le otorga osadía:

su deseo a la dama descubría.

«Dama», dijo él, «muero por vos;

mi corazón sufre penas de dos;

si vuestro amor no me habéis de dar,

la muerte al fin me habrá de alcanzar.

Yo os pido vuestra compañía;

¡bella, no me rechacéis, os pediría!».

Ella, que el ruego ha comprendido,

con gran donaire le ha respondido;

riendo, dijo: «Amigo mío,

vuestro ruego es un gran desafío,

otorgaros tan pronto tal deseo:

no es mi costumbre, según yo veo».

«¡Dama!», dijo él, «¡por Dios, merced!

¡No os enoje mi voz, escuchad y ved!

La mujer que de oficio es ligera

debe hacerse rogar de larga manera,

por ser preciada y que él no crea

que en tales juegos experta sea;

mas la dama de buen pensamiento,

que tiene valor y entendimiento,

si halla a un hombre a su medida,

no debe ser orgullosa ni esquiva;

antes lo amará y tendrá alegría;

antes que nadie lo sepa o lo oiga,

habrán ambos su dicha alcanzado.

¡Merced, os pido, por lo hablado!».

 

El Nudo de la Camisa y el Cinturón

La dama entiende que es verdad lo que dice,

y le otorga su amor, pues lo bendice,

le entrega su querer y él la besa.

Ahora Guigemar halla paz en su empresa.

Juntos yacen, y entre palabras

se besan y abrazan en dulces calma;

bien les conviene lo que sigue después,

¡lo que otros han tenido alguna vez!

Me parece que un año y medio entero

pasó Guigemar con ella, placentero.

Su vida fue de gran alegría;

mas la Fortuna, que no se olvida,

gira su rueda en poco momento,

poniendo al uno abajo y al otro al viento;

así les ocurrió a los dos amantes,

pues fueron descubiertos como antes.

En el tiempo estival, una mañana,

estaba la dama con el joven, ufana;

él su rostro besaba con dulzura,

y ella dijo: «Bello amigo, en mi cordura,

mi corazón me dice que os pierdo:

seremos descubiertos, según me acuerdo.

Si vos morís, yo quiero morir;

y si de aquí lográis partir,

encontraréis otra mujer a quien amar,

y yo me quedaré en mi triste llorar».

«Dama», dice él, «¡no digáis tal cosa!

Que no tenga yo paz ni vida dichosa,

si hacia otra vuelvo mi amor o mirada!

¡No tengáis por eso el alma turbada!».

«¡Amigo, dadme seguridad en esto!

¡Vuestra camisa, entregadme presto!

En el faldón haré una trenza y nudo;

os doy permiso, allí donde yo no pudo,

de amar a aquella que lo desate

y que a desplegarlo con saber se ate».

Él se la entrega, y ella hace el pacto;

el nudo fabrica con tal exacto

cuidado, que mujer no lo desharía,

si fuerza o cuchillo en ello no ponía.

La camisa le devuelve y le entrega;

él recibe de ella otra prenda que llega:

un cinturón ella le hace vestir,

que con gran fe le ha de servir;

con él su carne desnuda ella ciñe,

por medio del flanco su cuerpo define;

y la hebilla nadie podrá abrir

sin romperla o de cuajo partir.

Ella le ruega que ame a quien logre el reto.

Se besan, y el resto queda en secreto.

 

El Descubrimiento

Ese mismo día fueron notados,

descubiertos, vistos y encontrados

por un chambelán de mala intención

que su señor envió en su misión;

a la dama quería hablar,

mas no pudo en la cámara entrar;

los vio a los dos por una ventana;

fue a su señor y contó la trama.

Cuando el señor el relato escuchó,

nunca antes tal dolor sintió.

A tres de sus privados llamó,

y a la cámara rápido se dirigió;

hizo la puerta pedazos saltar,

y dentro al caballero pudo hallar.

Con rabia el señor el mando ha dado:

¡que aquel caballero sea allí matado!

 

El Destierro y la Huida de la Dama

Guigemar se levanta en el salón,

sin mostrar miedo en el corazón.

Un gran palo de abeto ha tomado,

donde el lino solía estar colgado;

lo empuña firme y allí espera:

será para alguno su pena postrera.

Antes de que a él logren acercarse,

habrán de todos ellos de lamentarse.

El señor mucho lo ha observado,

con gran rigor le ha preguntado

quién era y de dónde era nacido,

y cómo en su alcoba se había metido.

Él le cuenta cómo allí llegó

y cómo la dama lo refugió;

toda la verdad dijo del destino,

de la cierva que hirió en su camino

y de la llaga que en el muslo ardía;

ahora estaba a su merced ese día.

El señor le responde que no lo cree,

y que, si es verdad lo que él ve,

si acaso la nave pudiera encontrar,

de nuevo lo pondría sobre el mar:

si sanaba, mucho le pesaría,

y si se ahogaba, gran placer tendría.

Cuando hubo todo bien asegurado,

al puerto fueron, ambos de lado;

hallan la barca y en ella lo han puesto,

partiendo él hacia su hogar presto.

La nave se aleja, no se detiene;

el caballero suspira y dolor tiene,

por la dama se lamenta constante

y ruega a Dios, el Rey imperante,

que le otorgue una muerte pronta

y que a ningún puerto su vida remonta,

si no ha de tener a su amada querida,

a quien deseaba más que a su vida.

 

El Regreso de Guigemar

Tanto duró aquel dolor y quebranto

que la nave llegó, tras el espanto,

al puerto donde antes fue hallada:

cerca de su tierra estaba la entrada.

En cuanto pudo, a tierra bajó.

A un doncel que él mismo crió

vio pasar por allí, como caballero;

llevaba de la mano un gran corcel guerrero.

Lo conoció y por su nombre llamó,

y el muchacho hacia él se giró:

ve a su señor, del caballo desciende,

y el animal en presente le tiende;

así montó él, gozoso en su pecho,

con los amigos que el encuentro han hecho.

Mucho fue honrado en su país,

mas siempre estaba triste y gris.

Querían que esposa al fin tomara,

mas él a todas las rechazaba:

jamás tomaría mujer, decía,

ni por riqueza ni por hidalguía,

si ella no lograba antes desplegar

su camisa, sin el nudo rasgar.

Por toda Bretaña corrió la noticia;

no hay dama ni joven con delicia

que no fuera el reto a intentar:

mas ninguna el nudo pudo desatar.

 

La Evasión Milagrosa

Ahora de la dama os quiero contar,

a quien Guigemar no dejaba de amar.

Por consejo de un barón desalmado,

su señor en prisión la ha dejado,

en una torre de mármol sombrío.

El día era mal y la noche un desvío:

nadie en el mundo podría decir

su gran pena ni su amargo sufrir,

ni la angustia ni el cruel dolor

que la dama padecía por su amor.

Dos años y más allí estuvo presa;

jamás oyó alegría ni vio una promesa.

A menudo llamaba a su buen amigo:

«¡Guigemar, señor, mal vuestro abrigo!

Más quiero la muerte recibir

que en este tormento seguir y vivir.

Amigo, si pudiera de aquí escapar,

allí donde vos fuisteis puesto en el mar

¡me ahogaría!». Entonces se levanta;

confusa llega a la puerta que espanta,

no halla llave ni tampoco cerradura:

por azar salió de aquella amargura.

Nadie la vio ni la pudo estorbar;

llegó hasta el puerto, a la orilla del mar:

allí estaba la nave, junto a la roca,

donde ahogarse quería su boca.

Cuando la vio, en ella subió;

mas de una cosa se percató:

que allí nació su amigo amado,

y por la emoción cayó de costado.

No podía en sus pies sostenerse;

si al borde pudiera al fin verse,

al agua se dejaría caer:

mucho sufrió su alma y su ser.

La nave zarpó y se la llevó lejos.

En Bretaña, entre vientos y reflejos,

arribó a puerto, ante un castillo fuerte.

El señor que allí regía la suerte

tenía por nombre Meriadu;

 

El Hallazgo de Meriadus y el Reencuentro

Meriadus combatía a un vecino de su hogar;

por eso madrugó para su gente enviar

y a su enemigo poder así dañar.

Desde una ventana la costa observaba

y vio la nave que al puerto llegaba.

Bajó las gradas con gran celeridad,

llamó a su chambelán con brevedad,

y hacia la nave fueron prontamente;

por la escala subieron ávidamente.

Dentro han hallado a la dama allí sola,

que en belleza a un hada de la ola

se parecía. Él por el manto la tomó,

y hacia su castillo con ella caminó.

Muy alegre estaba con tal hallazgo,

pues su belleza no tenía parazgo;

quienquiera que en la barca la hubiera puesto,

sabía bien que era de linaje honesto.

Sintió por ella un amor tan profundo,

que no amó a otra mujer en el mundo.

Tenía Meriadus una hermana doncella,

en su cámara vivía y era muy bella;

a ella le entregó a la dama encontrada.

Fue bien servida y con honra tratada,

y con ricas vestiduras adornada;

mas siempre estaba pensativa y triste.

Él quiere hablarle y que su amor acepte,

pues de buen corazón desea quererla.

Él la requiere, mas ella no quiere verla,

antes bien le muestra aquel cinturón:

jamás amará a hombre, es su condición,

sino a aquel que logre abrir la hebilla

sin romperla. Meriadus, ante tal maravilla,

le respondió con un gesto de enfado:

«También hay en este país un caballero afamado;

para defenderse de mujer y de amor

usa una camisa de extraño rigor,

cuyo faldón derecho está anudado;

no puede ser por nadie desatado,

si fuerza o cuchillo no se ha empleado.

Creo que vos hicisteis ese pacto».

 

El Torneo de Meriadus

Ella, al oírlo, suspiró en el acto;

por poco no se desmaya de la emoción.

Él la tomó en sus brazos con pasión;

quiso de su talle los lazos soltar:

la hebilla del cinto pretendía abrir,

mas no pudo a su propósito venir.

Entonces no hubo ningún caballero

que no intentara el reto primero.

Así pasó el tiempo, hasta un torneo

que Meriadus fijó por su deseo

contra aquel con quien tenía la guerra.

A los caballeros llamó de la tierra;

sabía bien que Guigemar vendría.

Le pidió por favor y por hidalguía,

como amigo y compañero de honor,

que no le faltara en aquel fragor

y que en su ayuda viniera a luchar.

Él llegó ricamente a aquel lugar,

con más de cien caballeros por guía.

Meriadus, con gran cortesía,

en su torre lo hospedó con honor.

Llamó a su hermana, su flor,

y por dos caballeros le mandó

que se vistiera y viniera donde él ordenó,

traiendo a la dama a quien tanto amaba.

Ella cumplió lo que el hermano mandaba.

Vestidas con seda y con gran riqueza,

llegaron de la mano con nobleza;

la dama estaba pálida y pensativa.

Oyó nombrar a Guigemar, y esquiva,

apenas podía en sus pies sostenerse;

si no la sostienen, habría de verse

caída en tierra en aquel momento.

 

La Duda de Guigemar

El caballero se levantó al encuentro;

vio a la dama y miró su semblante,

su forma de ser y su porte elegante;

un poco se echó hacia adelante.

«¿Es este», dijo, «mi dulce amor,

mi esperanza, mi vida y mi calor,

mi bella dama a quien tanto he amado?

¿De dónde viene? ¿Quién la ha traído?

He pensado ahora una gran locura:

bien sé que no es ella, en mi cordura;

las mujeres se parecen entre sí;

por eso mi ánimo se engaña así.

Mas por aquella a quien se parece,

por quien mi corazón tiembla y padece,

con ella hablaré de muy buen grado».

Entonces avanzó el héroe nombrado;

la besó y la sentó junto a su lado;

no dijo otra palabra todavía,

salvo pedirle que allí se sentara.

Meriadus, atento, los observaba.

 

La Prueba Final y el Triunfo del Amor

A Meriadus le pesó aquel semblante.

Llamó a Guigemar y le dijo al instante,

riendo con cierta malicia:

«Señor, si os place y es vuestra noticia,

que esta joven intente ahora mismo

desatar vuestra camisa con su ritmo,

si es que ella se puede desplegar».

Él replicó: «Os lo habré de otorgar».

Un chambelán fue por él llamado,

que el objeto tenía bien guardado;

ordenó que lo trajera el porteador.

A la doncella se entregó con fervor,

mas ella no logró el nudo deshacer.

La dama conocía bien aquel quehacer;

su corazón sufría un gran aprieto,

pues deseaba intentar aquel reto

si es que pudiera o si es que osara.

Bien se dio cuenta Meriadus de su cara;

dolido estaba, ya no bebe ni siente.

«Dama», dijo, «¡intentadlo vos, presente,

si es que podéis el nudo desatar!».

Ella, al recibir la orden de intentar,

la falda de la camisa tomó

y a la ligera el nudo desplegó.

El caballero quedó maravillado;

la conoció bien, mas anonadado

no podía creerlo firmemente.

Le habló entonces con voz clemente:

«Amiga, dulce y bella criatura,

¿sois vos acaso? ¡Decidme con mesura!

¡Dejadme vuestro cuerpo ahora ver,

el cinto que yo os hice poner!».

A sus flancos las manos le llevó

y el cinturón allí mismo encontró.

 

El Rescate de la Dama

«Bella», dijo él, «¡qué gran aventura

que os haya hallado con tal ventura!

¿Quién os ha traído hasta este lugar?».

Ella le cuenta su amargo pesar,

las penas grandes y la triste vida

de la prisión donde estuvo recluida,

y cómo el destino le fue favorable:

cómo escapó de forma inexplicable;

quería ahogarse y la nave encontró,

entró en ella y a este puerto llegó.

Le dijo que Meriadus la sujetaba

y que con gran honra la guardaba,

mas que siempre su amor le requería.

Su alegría ha vuelto en ese día:

«¡Amigo, tomad a vuestra amada!».

Guigemar se levantó tras la jornada.

«Señores», dijo, «¡ahora escuchad!

A mi amada he hallado, es la verdad,

a quien yo creía haber perdido.

A Meriadus pido, como es debido,

que me la entregue por su merced.

Su hombre ligio seré, si lo hacéis,

dos años o tres le habré de servir

con cien caballeros o más, al seguir».

Mas Meriadus le respondió entonces:

«Guigemar, amigo, no hay bronces

ni guerra que me tenga tan estrechado

que deba entregar lo que me habéis pedido.

Defenderla sabré si lo intentáis».

 

El Fin de la Guerra

Cuando él lo oyó, sin más esperas,

mandó montar a sus gentes guerreras;

de allí se marchó con gran valentía,

pues le pesaba dejar a su amada en esa vía.

No hubo en la villa ningún caballero

que hubiera ido a aquel torneo

que Guigemar no llevara consigo.

Cada uno le juró ser su amigo:

con él irían a cualquier lugar,

pues sería infame al héroe fallar.

Esa noche llegaron al fuerte castillo

del enemigo de Meriadus, el caudillo.

El señor allí los ha hospedado,

pues estaba de Guigemar muy gozado

por tener su ayuda y su compañía:

bien sabía que la guerra ganaría.

A la mañana siguiente se levantaron

y de los hostales todos marcharon.

Desde la ciudad se oía un gran ruido;

Guigemar guiaba el asalto decidido.

Llegan al castillo y lo acometen;

con gran denuedo sus fuerzas prometen.

Guigemar la villa al fin ha sitiado;

no se irá hasta haberla tomado.

Tantos amigos y gente le crecieron

que a los de dentro por hambre vencieron.

El castillo ha destruido y tomado

y al señor Meriadus ha allí matado.

Con gran alegría a su amada se lleva;

ya su pena terminó con alma nueva.

De este cuento que habéis escuchado

fue el Lai de Guigemar encontrado,

que se canta con arpa y con rota:

buena es de oír su dulce nota.

María de Francia

El Lai de Milón

Quien diversos cuentos quiere tratar,

diversamente debe comenzar

y hablar con tal razonamiento

que a la gente cause contento.

Aquí comenzaré la historia de Milón

y mostraré con breve sermón

por qué y cómo fue hallado

el lai que así es nombrado.

Milón nació en Gales del Sur.

Desde el día de su armadura y tahalí,

no encontró a un solo caballero

que lo derribara de su madero.

Era, en verdad, un guerrero excelente,

franco, cortés, audaz y valiente.

Muy conocido fue en Irlanda,

en Noruega y en Gotlandia;

en Inglaterra y en Albania

muchos le tuvieron envidia y saña.

Por su proeza fue muy amado

y por muchos príncipes honrado.

En su tierra vivía un barón,

cuyo nombre no dirá mi canción.

Tenía una hija, doncella bella

y muy cortés era la huella de ella.

Había oído el nombre de Milón;

lo empezó a amar con gran pasión.

Por un mensajero le mandó a decir

que, si a él le place, lo ha de preferir.

Milón se alegró con la noticia,

agradeció a la joven con delicia;

de buen grado otorgó su amor,

que no fallará jamás, por su honor.

Dio al mensajero respuesta cortés,

grandes dones le entregó después

y gran amistad le prometió.

«Amigo», dijo, «haz que pueda yo

con mi amada pronto hablar,

¡y nuestro secreto bien guardar!

Mi anillo de oro le llevaréis

y de mi parte le diréis:

cuando ella quiera, venid por mí,

y yo iré con vos hasta allí».

El hombre partió y de él se alejó,

y ante la doncella se presentó.

Le dio el anillo y le anunció

que Milón su ruego bien aceptó.

 

El Secreto en el Huerto

Mucho se alegró la damisela

por el amor que el anillo revela.

Junto a su alcoba, en un huerto

donde ella iba por solaz cierto,

allí tenían su parlamento

Milón y ella, con mucho contento.

Tanto vino Milón, tanto la amó,

que la damisela encinta quedó.

Cuando advirtió que estaba encinta,

llamó a Milón con pena distinta.

Le dijo cómo todo había pasado,

que su honor y su bien ha perdido y dañado,

al entregarse a tal aventura;

temía de la justicia la amargura:

a espada sería atormentada

o en otra tierra como sierva vendida.

Tal era la costumbre de los antiguos,

y en aquel tiempo eran así de ambiguos.

Milón respondió que él haría

cualquier cosa que ella aconsejaría.

«Cuando el niño», dijo ella, «haya nacido,

a mi hermana le será llevado y pedido,

que en Northumberland está casada,

dama rica, prudente y honrada.

Le mandaréis por escrito un mensaje,

con palabras y firme lenguaje,

diciendo que es el hijo de su hermana,

que por él sufrió pena temprana.

Que cuide que sea bien alimentado,

¡sea niña o niño el que sea criado!

Vuestro anillo al cuello le colgaré

y una carta con él enviaré;

escrito irá el nombre de su padre

y la aventura de su triste madre.

Cuando sea grande y haya crecido

y en tal edad se haya convertido

que la razón pueda ya entender,

la carta y el anillo deberá tener,

y mandadle que los guarde con celo

¡hasta que a su padre encuentre bajo el cielo!».

A tal consejo los dos se han ceñido,

hasta que el término fue cumplido

en que la damisela al fin dio a luz.

Una vieja que la guardaba con luz,

a quien ella todo su ser confesó,

tanto la ocultó y tanto la cubrió…

 

El Niño Enviado y el Cisne Mensajero

Jamás hubo de ello sospecha alguna,

ni en palabras ni en apariencia ninguna.

La joven tuvo un hijo muy hermoso.

Al cuello le colgaron el anillo valioso

y una bolsa de seda fina,

con la carta que el secreto domina.

Luego lo acuestan en una cuna,

envuelto en lino blanco, sin falta alguna.

Bajo la cabeza del infante

pusieron un almohadón elegante

y sobre él un cobertor de abrigo,

con orla de marta, según les digo.

La vieja a Milón le entregó el niño,

que en el huerto esperaba con cariño.

Él lo confió a gente de confianza

que lo llevó con leal esperanza.

Por las villas donde ellos pasaban,

siete veces al día descansaban;

al niño hacían amamantar,

bañarlo de nuevo y bien acostar.

Tanto anduvieron el camino derecho

que a la dama llegaron, con el deber hecho.

Ella lo recibió con gran placer,

la carta y el sello quiso ver;

cuando supo quién el niño era,

lo quiso con amor de mil maneras.

Los que al pequeño habían llevado

a su propia tierra han regresado.

 

El Dolor de la Dama

Milón partió entonces de su tierra

por paga y fama, a buscar la guerra.

Su amada en la casa se quedó.

Su padre a un barón la entregó,

un hombre muy rico del país,

poderoso y de gran matiz.

Cuando ella supo tal aventura,

fue su dolor una gran desmesura

y suspiraba siempre por Milón.

Mucho temía la acusación

de aquel hijo que ella tuvo;

su nuevo esposo lo sabría si no se detuvo.

«¡Ay de mí!», decía, «¿qué haré?

¡Tendré señor! ¿Cómo lo tomaré?

Ya no soy virgen ni doncella;

¡seré su esclava y no su estrella!

No sabía yo que así sería,

pues con mi amigo vivir creía.

Entre nosotros guardamos el hecho,

nadie sabía lo que había en mi pecho.

Más me valdría morir que vivir;

mas no soy libre para decidir,

pues tengo sobre mí muchos guardianes,

viejos y jóvenes, y chambelanes,

que siempre odian el buen amor

y se deleitan en el dolor.

Ahora me toca así sufrir,

¡ay de mí!, que no puedo morir».

Al término en que fue entregada,

su señor se la llevó a su morada.

 

El Ingenio de Milón

Milón regresó a su país natal.

Estaba muy triste y pensaba en su mal,

gran duelo hacía por su amada;

mas se consoló en la jornada

al saber que cerca de su frontera

estaba la que tanto amó, verdadera.

Milón se puso a meditar

cómo le podría un mensaje mandar,

sin que nadie pudiera advertir

que al país acababa de venir.

Escribió sus letras y las selló.

Un cisne tenía al que mucho amó;

la carta al cuello le ha atado

y entre las plumas la ha ocultado.

A un escudero suyo llamó

y su mensaje le encargó:

«¡Ve pronto!», dijo, «¡cambia tu ropa!

Al castillo de mi amada, viento en popa.

Llevarás mi cisne contigo.

Cuida que sea entregado, te digo,

o por siervo o por doncella,

que el cisne sea presentado ante ella».

Él ha cumplido el mandamiento.

Parte al momento con el ave al viento.

Por todo el camino que él sabía

llegó al castillo por la vía.

Por la villa pasó con cuidado

y ante la puerta mayor se ha parado.

Al portero llamó hacia su lado:

«Amigo», dijo, «oíd lo que cuento:

soy hombre de tal conocimiento

que sé de aves el arte y sustento.

En un prado bajo Caerleon…»

 

El Secreto del Cisne y la Respuesta

«Un cisne atrapé con mi lazo.

Por cortesía y por buen paso

a la dama le quiero hacer presente,

para que no me estorbe la gente

ni en este país se me acuse de nada».

El portero respondió a su llegada:

«Amigo, nadie con ella hablar puede;

mas iré a ver si el lugar concede

que yo os pueda allí llevar,

para que con ella podáis hablar».

En la sala entró el portero,

solo halló a dos caballeros;

sobre una gran mesa se sentaban,

con el ajedrez se deleitaban.

Regresó entonces el hombre fuera,

llevando al otro de tal manera

que por nadie fue advertido,

estorbado ni tampoco oído.

A la cámara llega y llama;

una joven abre a quien la reclama.

Ante la dama se han presentado

y el cisne le han entregado.

Ella llamó a un criado suyo.

Luego le dijo: «Haz que este orgullo,

mi cisne, sea muy bien guardado

y que de comida esté bien sobrado».

«Dama», dijo aquel que lo traía,

«nadie más que vos lo recibiría.

Ved que es un presente real;

¡mirad qué hermoso es y qué cabal!».

Entre sus manos se lo entrega.

Ella lo recibe y al ave se apega.

Le acaricia el cuello y la cabeza,

bajo la pluma siente la pieza.

La sangre le fluye y se estremece:

sabe que es de su amigo, le parece.

Mandó dar dones al que ha venido,

y que se marche le ha pedido.

 

El Mensaje bajo las Plumas

Cuando la cámara quedó despejada,

llamó a una joven de su confianza.

El mensaje habían desatado;

ella el sello hubo ya quebrado.

Al principio leyó: «Milón».

Reconoció el nombre de su pasión;

cien veces lo besa llorando,

antes de poder seguir relatando.

Al rato ve lo que estaba escrito,

lo que él mandaba en el texto bendito,

las grandes penas y el dolor

que Milón sufre por su amor.

Ahora está en su placer decidir

si darle muerte o hacerlo vivir.

Si ella lograba algún arte idear

para que él pudiera con ella hablar,

en sus letras se lo mandaría

y el cisne de vuelta le enviaría.

Primero que lo cuiden debidamente,

luego que ayune el ave, paciente,

tres días sin que sea alimentada;

la carta al cuello le sea colgada;

que lo deje ir: él volará

allí donde antes su vida estaba.

 

El Cisne Regresa a Milón

Cuando ella hubo el escrito leído

y todo lo que en él fue entendido,

al cisne hace bien hospedar

y mucho le da de beber y almorzar.

En su cámara un mes lo retuvo.

¡Mas oíd ahora lo que mantuvo!

Tanto buscó por arte e ingenio

que tuvo tinta y pergamino como premio.

Escribió una carta como le plugo,

con un anillo selló aquel yugo.

Al cisne dejó tres días ayunando;

al cuello se la cuelga, y lo va soltando.

El ave estaba muy hambrienta

y de comida estaba sedienta;

apresuradamente ha regresado

de donde primero se había marchado.

En la villa y en la mansión

descendió ante los pies de Milón.

Cuando él lo vio, se sintió dichoso;

por las alas lo tomó, gozoso.

Llamó a su despensero al momento,

y mandó darle de comer aliento.

Del cuello le ha quitado la carta.

De cabo a rabo la lee y se aparta

viendo las señas que allí encontró,

y con los saludos se reconfortó:

«No puede sin ella tener ningún bien;

¡ahora le mandará su voluntad también

por medio del cisne de igual manera!».

Y así lo hará él, con alma guerrera.

 

El Caballero Sin Par y el Desafío de Milón

Veinte años llevaron esa vida

Milón y su amada querida.

Del cisne hicieron su mensajero,

no tenían otro vocero,

y lo hacían siempre ayunar

antes de dejarlo a la amada volar;

aquel a quien el ave llegaba,

sabed bien que lo alimentaba.

Juntos se vieron en varias ocasiones.

Nadie sufre tales prisiones

ni es vigilado tan estrechamente

que no halle un lugar para verse, a menudo, la gente.

La dama que al hijo crió,

(tanto tiempo con ella él vivió

que llegó a la edad de la hombría),

caballero lo armó en ese día.

Era un joven de gran nobleza.

Ella le entregó, con presteza,

la carta y el anillo de oro.

Luego le contó todo el tesoro:

quién es su madre y su historia,

y de su padre la gran gloria,

y cómo es tan buen caballero,

tan proye, audaz y guerrero,

que no hay en la tierra mejor

por su prestigio y su valor.

 

El Viaje del Hijo

Cuando la dama se lo hubo mostrado

y él bien lo hubo escuchado,

del bien de su padre se alegró;

dichoso fue con lo que oyó.

A sí mismo se piensa y se dice:

«Poco valor tendrá quien se bendice,

si habiendo sido así engendrado

y siendo mi padre tan afamado,

no busco yo un prestigio mayor

fuera de mi tierra y su honor».

Tenía lo necesario para el viaje.

No esperó más que el breve ultraje

de la noche; al alba se despidió.

La dama mucho lo aconsejó

y a obrar bien lo amonestó;

riquezas bastantes le entregó.

A Southampton fue a pasar;

cuanto antes pudo, se hizo a la mar.

En Barfleur ha desembarcado;

recto hacia Bretaña ha caminado.

Allí gastó y en torneos luchó;

con los hombres ricos se relacionó.

Jamás estuvo en batalla o fragor

que no lo tuvieran por el mejor.

A los pobres caballeros amaba;

lo que de los ricos ganaba

a ellos se lo daba y los mantenía,

y con gran largueza sus bienes repartía.

Jamás quiso el descanso buscar.

De todas las tierras de aquel lugar

llevó el prestigio y la valentía;

mucha honra y cortesía en él había.

 

El Desafío de Milón

De su bondad y de su nobleza

va la noticia con gran ligereza

hasta su propio país y frontera:

que un doncel de aquella tierra,

que pasó el mar su fama a buscar,

tanto ha hecho por su proeza dar,

que quienes su nombre no saben nombrar

lo llaman «Sin Par» en todo lugar.

Milón oyó al joven alabar

y sus virtudes y bienes relatar.

Mucho le dolió y se lamentaba

de aquel caballero que tanto valía,

pues, mientras él pudiera cabalgar

o armas de guerra y torneos portar,

no debía nadie en el país nacido

ser más que él honrado ni preferido.

Una cosa entonces se propuso:

que rápidamente el mar cruzaría,

y con aquel caballero se encontraría

para humillarlo y su fama quebrar.

Con saña se querrá con él pelear;

si del caballo lo logra derribar,

entonces el joven quedará humillado.

¡Después iría a buscar a su hijo amado!

 

El Encuentro en el Torneo

Milón, que del país ya había salido,

no sabía qué del hijo había sido.

A su amada se lo hizo saber,

pues su venia quería obtener.

Todo su ánimo le ha mandado,

con carta y sello bien guardado,

por medio del cisne, según yo sé:

¡que ella le diga qué hacer debe!

Cuando ella oyó su voluntad,

agradeció con gran bondad

que por buscar al hijo amado

fuera él a otro país y estado

para ver su bien y su proeza;

no puso estorbo a su nobleza.

Milón oyó el mandamiento.

Se preparó con gran lucimiento.

A Normandía ha cruzado;

luego hasta Bretaña ha caminado.

Con mucha gente se relacionó

y los torneos siempre buscó;

ricos festejos daba a menudo

y con largueza dar siempre pudo.

Todo un invierno, según me parece,

estuvo Milón donde el mar crece.

A buenos caballeros retuvo,

hasta que la Pascua al fin obtuvo,

cuando recomienzan los torneos

y de las guerras los deseos.

 

El Duelo de los Dos Campeones

En el Monte Saint-Michel se juntaron;

normandos y bretones allí llegaron,

flamencos también y los franceses;

mas no había apenas de los ingleses.

Milón llegó allí de los primeros,

como el más audaz de los guerreros.

Por el buen caballero preguntó.

Hubo quien pronto se lo mostró:

por qué lado solía aparecer,

cuáles sus armas y escudo ver.

Todo se lo han a Milón mostrado,

y él bien lo hubo observado.

El torneo al fin se ha reunido.

Quien buscó justa, la hubo tenido;

quien quiso las filas recorrer,

bien pudo allí ganar o perder

al encontrarse con un compañero.

Mucho hizo Milón, el guerrero,

en aquel fragor y aquella batalla:

su prestigio aquel día no halla valla.

Mas el joven de quien os he hablado

sobre todos era el más aclamado,

nadie se le podía comparar

en el torneo ni en el justar.

Milón lo vio tal fuerza mostrar,

tan bien herir y tan bien cabalgar:

pese a que envidia por él sentía,

mucho le agradaba lo que veía.

En las filas se puso frente a él,

y juntos justaron en duelo fiel.

Milón lo hiere con tal dureza

que la lanza rompe con su fuerza,

mas no lo pudo del caballo tirar.

El joven a Milón fue a golpear

con tal golpe, que al suelo lo abatió.

 

El Reconocimiento

Bajo la visera el joven vio

la barba y los cabellos canos:

le pesó verlo caer por sus manos.

Por la rienda al caballo tomó

y ante Milón se lo presentó.

Luego le dijo: «¡Señor, montad!

Mucho me duele, en verdad,

que a un hombre de vuestra edad

le haya hecho yo tal fealdad».

Milón saltó al caballo, gozoso;

en el dedo del joven vio, radiante,

el anillo, cuando el corcel le entregó.

Entonces al joven así le habló:

«Amigo», dijo, «¡escucha mi voz!

Por amor de Dios, el Rey de nosotros,

¡dime quién es tu padre nombrado!

¿Cuál es tu nombre? ¿Quién te ha engendrado?

¡Saber quiero de esto la verdad!

Mucho he visto y en mi edad

he buscado en tierras ajenas

por guerras y por torneos, apenas

nadie de mi caballo me derribó.

¡Tú me has abatido, y por ello yo

maravillosamente te he de amar!».

El joven responde: «Os he de contar

de mi padre cuanto yo sé.

Creo que en Gales nacido fue

y que Milón es su nombre de ley».

 

El Reencuentro y la Boda

«Hija de un rico hombre mi padre amó;

secretamente en ella me engendró.

A Northumberland fui enviado;

allí fui nutrido y enseñado.

Una tía mía me dio el cariño.

Tanto tiempo me guardó siendo niño,

que caballo y armas me entregó,

y a esta tierra me despachó.

Aquí he vivido largamente.

Tengo en deseo y en mi mente,

cruzar el mar pronto y con brío,

y regresar al país que es mío.

Saber quiero de mi padre el estado

y cómo con mi madre se ha portado.

Este anillo de oro le mostraré

y tales señas le relataré,

que jamás me querrá rechazar,

sino amarme y conmigo estar».

Cuando Milón lo oyó así hablar,

no pudo ya más tiempo esperar:

hacia adelante saltó con presteza,

por el faldón de la cota lo apresa.

«¡Oh Dios!», dijo él, «¡cuán sanado estoy!

Por mi fe, amigo, mi hijo eres hoy.

Por buscarte y por poderte hallar,

salí de mi tierra y crucé el mar».

Cuando él lo oyó, del caballo bajó,

y a su padre dulcemente besó.

Tan bello gesto entre ambos hacían

y tales palabras de amor se decían,

que los otros que allí los miraban

de gozo y de piedad lloraban.

 

La Promesa del Hijo

Cuando el torneo al fin terminó,

Milón partió y con él caminó;

ansiaba con su hijo al fin hablar

y todo su ánimo poderle explicar.

En un albergue pasaron la noche.

Hubo alegría y de gozo derroche;

con caballeros en gran cantidad.

Milón contó con toda verdad

cómo amó a su madre con fe,

y cómo el padre de ella, lo sé,

a un barón de su tierra la dio,

y cómo él después la amó,

y ella a él con buen coraje;

y cómo del cisne hizo mensaje,

sus cartas le hacía siempre llevar,

pues en nadie más se osaba fiar.

El hijo responde: «Por mi fe, padre amado,

estaréis con mi madre al fin aliado.

Al señor que ella tiene mataré

y con vos su boda yo haré».

 

El Final Feliz

Aquella palabra allí dejaron

y al día siguiente se aparejaron.

De sus amigos se han despedido,

y hacia su tierra el rumbo han pedido.

Cruzaron el mar muy velozmente,

con buen viento y aire potente.

Mientras seguían por su camino,

encontraron a un joven vecino.

De la amada de Milón venía,

a Bretaña cruzar pretendía;

ella hacia allí lo había enviado.

Su trabajo fue ahora abreviado.

Una carta le entrega sellada.

De palabra le cuenta la jornada:

que regresara, que no demorase;

¡muerto es su señor, que se apresurase!

Cuando Milón oyó la noticia,

le pareció bella y de gran delicia.

A su hijo se lo ha mostrado y dicho.

No hubo tardanza ni más capricho;

tanto anduvieron que son llegados

al castillo donde estaban citados.

Mucho se alegró ella de su hijo,

que era tan proye y de gran regocijo.

A ningún pariente pidieron favor:

sin consejo de otro señor,

su hijo a ambos los unió,

y a la madre a su padre entregó.

En gran bien y en gran dulzura

vivieron noche y día con ventura.

De su amor y de su bien pasar

un lai los antiguos quisieron formar;

y yo, que lo he puesto por escrito,

al contarlo siento un placer infinito.

 

El Lai de Bisclavret

Puesto que de los lais trato y me ocupo,

no olvidar a Bisclavret es lo que supe:

Bisclavret es su nombre en bretón,

Garwaf lo llaman en la normanda nación.

Antiguamente se podía oír

y a menudo solía ocurrir,

que varios hombres lobos se volvían

y en los bosques su morada tenían.

El hombre lobo es bestia salvaje:

mientras le dura ese furioso ultraje,

devora hombres, gran mal comete,

y en los grandes bosques se somete.

Mas de este asunto quiero tratar:

del Bisclavret os voy a contar.

En Bretaña vivía un barón,

maravillas oí de su gran blasón;

buen caballero y hermoso era,

y obraba siempre de noble manera.

De su señor era muy privado

y de todos sus vecinos amado.

Tenía por esposa una mujer valiente

que ante él se mostraba muy complaciente.

Mucho la amaba y ella a él también;

mas una cosa no marchaba bien,

pues cada semana él se perdía

tres días enteros que ella no sabía

adónde iba ni qué se hacía,

ni nadie de su casa lo conocía.

 

El Secreto Confesado

Una vez que él hubo regresado

a su casa, alegre y sosegado,

ella le ha preguntado con porfía:

«Señor», dijo ella, «dulce vida mía,

una cosa os preguntaría

de muy buen grado, si me atrevería;

mas temo tanto vuestro enojo,

que nada me causa más despojo».

Cuando él la oyó, la abrazó,

hacia sí la atrajo y la besó.

«Dama», dijo, «¡oh, preguntad!

Nada que queráis saber, en verdad,

si yo lo sé, os será negado».

«¡Por mi fe!», dijo ella, «me habéis curado.

Señor, vivo con tal sobresalto

los días que de mi lado os hacéis falto,

que el corazón me duele de tal suerte

y de perderos temo tanto la muerte,

que si no tengo pronto consuelo,

moriré de pena bajo este cielo.

¡Decidme, por Dios, adónde vais,

dónde estáis y con quién conversáis!

Sospecho yo que a otra amáis,

y si es así, mucho erráis».

«¡Dama!», dijo él, «¡por Dios, merced!

Mal me vendrá si esto sabéis y veis,

pues de mi amor os apartaréis

y a mí mismo me perderéis».

Cuando la dama estas palabras oyó,

no pensó que fuera broma y se asustó.

A menudo le volvió a preguntar;

tanto lo halagó y supo lisonjear

que su aventura él le hubo de contar;

nada de lo que hacía pudo ocultar.

«Dama, yo me convierto en bisclavret:

en aquel gran bosque me meto y doy fe,

en lo más espeso de la espesura,

y vivo de presa y de rapiña dura».

 

La Ropa Oculta

Cuando ella supo su condición,

le preguntó con gran preocupación

si se desnudaba o iba vestido.

«Dama», dijo él, «voy desnudo y perdido».

«Decidme, por Dios, ¿dónde queda vuestra ropa?».

«Dama, eso no lo diré ni con la copa;

pues si yo las llegara a perder

y de ello alguien se pudiese valer,

bisclavret sería por siempre jamás;

nunca tendría socorro ni paz

hasta que me fueran devueltas.

Por eso no quiero que sean expuestas».

«¡Señor!», la dama le respondió,

«yo os amo más de lo que el mundo vio:

no debéis nada de mí ocultar,

ni de mi lealtad habéis de dudar;

no parece que seamos amigos.

¿Qué pecado he cometido conmigo?

¿En qué me habéis hallado fallida?

¡Decidme dónde la ropa queda escondida!».

Tanto lo angustió y tanto lo presionó,

que él no pudo más y se lo confesó.

 

La Traición y el Encuentro con el Rey

«Dama», dijo él, «junto a aquel bosque,

por el camino que mis pasos conocen,

una vieja capilla allí se levanta

que muchas veces con su bien me encanta.

Allí hay una piedra, hueca y ancha,

bajo un arbusto que el suelo mancha;

allí pongo mi ropa, oculta en la espesura,

hasta que a casa vuelvo de mi aventura».

La dama oyó aquella maravilla

y de puro miedo se puso amarilla;

de su aventura quedó aterrada.

En muchas cosas pensó, angustiada,

sobre cómo de él se podría apartar;

no quería ya nunca con él habitar.

Un caballero de aquella región,

que por ella sentía gran pasión

y mucho tiempo la había pretendido

y en su servicio mucho había ofrecido

—aunque ella nunca lo había amado

ni esperanza de su amor le había dado—,

a él llamó por medio de un mensaje

y le descubrió todo su coraje.

«Amigo», dijo ella, «¡alegraos!

Lo que tanto os costó, ahora llevaos;

os lo otorgo sin ningún retraso:

no hallaréis nunca un mal paso.

¡Mi amor y mi cuerpo os doy como suerte;

haced de mí vuestra amada hasta la muerte!».

Él le agradece con gran cortesía

y su promesa juró en ese día.

Entonces ella le contó, paso a paso,

adónde iba su esposo y el caso:

todo el camino que él recorría

hacia el bosque que ella conocía;

por su ropa oculta lo envió al momento.

Así fue traicionado Bisclavret en su aliento

y por su propia esposa maltratado.

Como el barón no había regresado,

todos creyeron en la comunidad

que se había marchado de la ciudad.

Mucho fue buscado y preguntado,

mas como nunca fue encontrado,

tuvieron al fin que el caso olvidar.

La dama se llegó entonces a casar

con aquel que tanto tiempo la amó.

 

El Perdón del Rey

Sucedió que, pasado un año entero,

el Rey salió a cazar, caballero;

hacia el bosque fue, derecho y constante,

allí donde estaba el Bisclavret errante.

En cuanto los perros fueron soltados,

a Bisclavret hallaron, ya cansados;

tras él corrieron todo el santo día,

los canes y toda la montería,

hasta que casi lo hubieron tomado

y estaba ya casi roto y destrozado.

Entonces, al ver al Rey entre la gente,

corrió hacia él para pedir merced, clemente.

Lo tomó por el estribo con premura,

y le besó el pie con gran dulzura.

El Rey lo vio y gran miedo sintió;

a todos sus compañeros llamó.

«¡Señores!», dijo, «¡venid a mirar!

Esta maravilla debéis observar:

¡cómo esta bestia se humilla ante mí!

Tiene sentido de hombre, por Dios lo vi.

¡Alejad de aquí a todos los perros,

y que nadie le cause daño ni yerros!

Esta bestia tendrá mi salvoconducto;

no cazaré más, que cese el reducto».

Hacia donde el Rey solía cabalgar,

el lobo no se quería separar;

junto a él siempre caminaba:

bien se notaba que al Rey amaba.

 

El Juicio y la Venganza de Bisclavret

Oíd lo que después aconteció:

el Rey una gran corte convocó,

y a todos sus barones ha llamado,

los que de él tenían feudo y estado,

para su fiesta celebrar

y con gran pompa le ver servir.

Aquel caballero a la corte ha ido,

ricamente adornado y bien vestido,

el mismo que a la esposa de Bisclavret tomó.

En cuanto al palacio él llegó

y Bisclavret lo hubo advertido,

corrió hacia él, de rabia encendido;

con los dientes lo tomó y lo arrastró.

Mucho daño allí mismo le causó,

si no fuera porque el Rey lo llamó

y con una vara lo amenazó.

Dos veces quiso morderlo aquel día.

Muchos sintieron gran extrañía,

pues nunca tal semblante el lobo hizo

ante ningún hombre, ni por hechizo.

Todos decían por toda la mansión

que no lo hacía sin una gran razón:

algún mal le habría hecho el caballero,

pues vengarse quería el lobo fiero.

 

El Castigo de la Traidora

Pasó la fiesta y el tiempo voló,

y el caballero a su casa marchó.

No pasó mucho tiempo después,

según entiendo y os digo esta vez,

que al bosque el Rey regresó,

ese que sabio y cortés se mostró,

donde a Bisclavret había encontrado;

y el animal fue con él, de buen grado.

Al caer la noche, cuando el sol se ponía,

en el campo el Rey se albergaba ese día.

La mujer de Bisclavret lo supo;

con ricas galas y un gran grupo,

al día siguiente al Rey fue a hablar,

y un rico presente le hizo llevar.

Cuando Bisclavret la vio venir,

nadie lo pudo ya más reprimir:

corrió hacia ella, de rabia cegado.

¡Oíd cómo quedó al fin vengado!

 

La nariz del rostro le arrancó

¿Qué mal peor se le ocurrió?

De todas partes lo amenazaban;

ya casi los hombres lo despedazaban,

cuando un hombre sabio dijo al Rey:

«Señor, oídme, por vuestra ley:

esta bestia ha estado siempre con vos;

no hay entre nosotros, ¡lo sabe Dios!,

quien no la haya visto largo tiempo,

y caminado a su lado sin contratiempo.

Nunca a ningún hombre tocó,

ni ninguna maldad demostró,

salvo a esta dama que aquí veo.

Por la fe que os debo y mi deseo,

algún agravio tiene contra ella,

y contra el esposo de esta doncella.

Es esta la mujer del caballero

que antes amabais, vuestro compañero,

que tanto tiempo ha estado perdido

y no supimos qué de él había sido.

Poned a la dama en prisión y en duda,

hasta que su verdad sea desnuda,

para saber por qué la bestia la odia;

¡haced que lo cuente para la historia!

Muchas maravillas hemos visto ya

que en Bretaña el destino nos da».

 

La Confesión

El Rey creyó el consejo del sabio:

al caballero retuvo por su agravio;

por otra parte, a la dama tomó

y en gran angustia de prisión la puso.

Tanto por el miedo como por el dolor,

todo lo confesó sobre su señor:

cómo ella lo había traicionado

y sus ropas le había robado;

la aventura que él le había contado,

qué se hacía y adónde era marchado;

y que desde que la ropa le quitó,

nunca más en el país se le vio;

bien creía ella, con fe y certeza,

que aquella bestia era Bisclavret, con nobleza.

El Rey mandó traer las ropas presto;

le pluguiese a ella o no le fuera honesto,

hizo que allí mismo se aportaran,

y ante Bisclavret primero las dejaran.

Cuando él las tuvo delante,

no les prestó atención por un instante.

 

La Restitución y el Destino de los Traidores

Aquel sabio al Rey de nuevo llamó,

el mismo que primero lo aconsejó:

«Señor, no estáis obrando bien:

él no lo haría por nada, ni ante quién,

el vestirse sus ropas frente a vos

ni mudar su semblante ante nosotros dos.

No sabéis cuánto esto le supone:

una vergüenza muy grande se le impone.

Llevadlo a vuestros aposentos privados,

con sus vestidos allí bien dejados;

dejémoslo solo un buen rato.

Si se vuelve hombre, veremos el trato».

El Rey mismo al animal guio

y todas las puertas tras él cerró.

Pasado un tiempo, el Rey regresó,

dos barones consigo se llevó;

en la cámara entran los tres a la vez.

En el propio lecho del Rey, con honradez,

encuentran durmiendo al caballero.

El Rey corrió a abrazarlo, certero,

más de cien veces lo besa y lo abraza.

 

El Castigo Eterno

En cuanto pudo darle estancia y plaza,

toda su tierra al barón le restituyó;

más de lo que digo, el Rey le entregó.

A la mujer del país ha expulsado

y de toda la región la ha echado.

Aquel hombre marchó con ella,

por quien traicionó a su esposo la doncella.

Muchos hijos de ellos nacieron,

y por sus rostros pronto se conocieron:

varias mujeres de aquel linaje,

es la verdad del antiguo pasaje,

nacieron sin nariz en sus caras

y vivieron así, de belleza raras.

La aventura que habéis escuchado

fue verdad, no lo tengáis por dudado.

De Bisclavret se hizo este lai

para que en el recuerdo siempre esté ahí.

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