Poemas sobre François Villon (trovador/poeta francés medieval)

François Villon

François Villon (1431–1463) es el gran «poeta maldito» de la Edad Media. Su vida fue una constante huida entre el crimen y la academia: graduado en la Sorbona, terminó convertido en fugitivo, ladrón y homicida.

Su obra, centrada en El Testamento, rompe con el idealismo cortés para abrazar un realismo crudo y visceral. Canta con maestría al paso del tiempo, la miseria y el horror de la horca, fusionando el humor sarcástico con una profunda angustia existencial. Su voz, auténtica y transgresora, influyó decisivamente en la lírica moderna, convirtiéndolo en un mito de la libertad y el desamparo.

Balada

Que en rejalgar* y anhídrido arsenioso,

en sulfuro amarillo y en cal viva,

en pez y hollín disueltas en colada

hecha con pis y cacas de judía,

en plomo hirviente que las desmenuce,

en agua sucia de leproserías,

en raspones de pies y ropa vieja,

en sangre de áspid y diversas víboras,

en hiel de lobos, zorros y tejones

¡las lenguas envidiosas sean fritas!

Que con sesos de un gato que ni pesque

por no mojarse, y de podrida encía,

o con los de un mastín también roñoso

goteándole de rabia la saliva,

con, en sus propias babas cocinados,

los pedacitos de una mula tísica,

en agua en que hunden el hocico y boca

ranas, ratones, sapos, lagartijas,

serpientes, ratas y otras nobles bestias

¡las lenguas envidiosas sean fritas!

 

Que en sublimado, peligroso al tacto,

sobre el ombligo de una sierpe viva,

en las sangres expuestas en las ollas

del barbero cuando la luna brilla,

una ya negra, la otra verde obscuro,

en los tachos en donde las nodrizas

raspan pañales, y en las palanganas

en que se lavan las venales ninfas

(quien no me entiende nunca fue a burdeles)

¡las lenguas envidiosas sean fritas!

 

Pasad, Príncipe, luego estos manjares,

si no tenéis tamiz ni tenéis criba,

por los fondillos de cagadas bragas,

pero antes ¡que en soretes de porcina

las lenguas envidiosas sean fritas!

 

 

Balada a su dama

Falsa beldad que me costáis tan caro,

Ruda en verdad, hipócrita dulzura,

Amor muy duro de roer y avaro,

Nombraros puedo, muerte ya es segura,

Cobarde flor que pincha con delicia,

Orgullo loco que se afirma ahorcando

Y ojos helados. ¿No podrá Justicia

a un pobre socorrer que están matando?

 

Mejor que yo buscara hubiese sido

Algún jardín de amor en otro lado,

Rival no hubiera esa mujer tenido;

Tengo que huir ahora, y humillado.

¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Que me ayude alguna!

Si hay que morir , he de morir peleando.

Quiera Piedad, que me faltó en la cuna,

a un pobre socorrer que están matando.

 

Ya vendrá el día en que se encuentre seca,

mustia y ajada vuestra flor fragante.

Y aunque mi risa ahí parezca mueca,

mi risa en la vejez será triunfante.

Viejo seré, vos fea y con arrugas.

¡Bebed ahora que el arroyo es blando!

Ya se helará, y no pueden las verrugas

a un pobre socorrer que están matando.

 

Príncipe del Amor, excelso amante,

a quien no quiero andar importunando:

sabed que debe un buen señor, no obstante,

a un pobre socorrer que están matando.

 

 

Balada a su Dama para Robert d’Estouteville

Al alba, cuando el gavilán se agita

Movido de placer y de nobleza,

Brinca el tordo y alegremente grita

Recibiendo a su amada en la maleza,

Ofreceros quiero, y por hacerlo vibro

Impaciente, lo dulce a aquel que ama.

Sabed que Amor lo ha escrito ya en su libro.

Este es el fin para el que Dios nos llama.

 

De mi vida seréis siempre la dueña

Enteramente, hasta la muerte mía:

Laurel afable con quien mi alma sueña,

Olivar noble que a Amargor enfría.

Razón ordena que perviva el fuego

(En este punto sigo su proclama)

que a vos me empuja, aunque parezca ciego.

Este es el fin para el que Dios nos llama.

 

Y cuando sobre mí avanza una pena,

cuando Fortuna arrójame un tormento,

vuestra mirada dulce y tan serena

los desvanece igual que al humo el viento.

Y yo no pierdo lo que voy sembrando

en vos, pues que ser mío el fruto clama.

Lo pide Dios: os seguiré cavando.

Este es el fin para el que Dios nos llama.

Oíd, Princesa, lo que grita mi ansia:

para siempre mi pecho vos reclama.

De vos espero idéntica constancia.

Este es el fin para el que Dios nos llama.

 

Balada de buena doctrina

Pues ya bulas apócrifas trafiques

o vivas de ir trampeando con los dados

o monedas corrientes falsifiques

como los que terminan escaldados*,

delincuente sin dios ni rey, bandido,

así estafes o robes o adulteres

¿en qué termina tu oro mal habido?

todo se va en tabernas y en mujeres.

 

Rima, zahiere, pulsa un instrumento

como los locos que el disfraz protege,

hazte el payaso, el mago, inventa un cuento

y representa donde se te deje

escarnios, farsas y moralidades,

gana a las cartas: todo lo que adquieres

-escucha atentamente y no te enfades-

todo se va en tabernas y en mujeres.

 

¿Que ante tales infamias tú reculas?

Entonces ve a labrar campos y prados,

almohaza caballos, asnos, mulas

si no te cuentas entre los letrados

y ganarás bastante. Mas si acaso

de los que el cáñamo trituran eres

¿no es verdad que el producto de tu brazo

todo se va en tabernas y en mujeres?

 

Calzas, jubones, bragas, capa

y todos los vestidos que tuvieres

llévalos -¡vámos! ¡que la edad se escapa!-

a las tabernas pronto, a las mujeres.

 

Balada de la Bella Armera a las jóvenes cortesanas

Pensad pues, tú, bella Guantera

que mi alumna solías ser

y tú, Blanca la Zapatera,

que a vivir debéis aprender.

Tomad a izquierda y a derecha

-hombre que pase, Dios lo puso-

que a la vieja se la desecha

como moneda fuera de uso.

 

Y tú, bellísima Fiambrera

que danzando quitas el sueño,

y Guillerma la Tapicera:

¡los caprichos haced del dueño!

Pronto este tiempo se irá lejos,

feas seréis como un lechuzo,

no serviréis ni a curas viejos,

como moneda fuera de uso.

 

Tu, Juanita la Sombrerera:

que ningún amor te detenga;

tú, Catalina la Bolsera:

no desprecies a aquel que venga;

pues aunque yo, por recordarme,

les sonrío a veces y azuzo

sé que nadie vendrá a tomarme,

como moneda fuera de uso.

 

Sabed, muchachas, que si estallo

en tan triste llanto y profuso

es que quien me requiera no hallo,

como moneda fuera de uso.

 

Balada de la gorda Margot

Si amo a la bella y sírvola os asusto?

¿me juzgáis vil y tonto y mentecato?

Tiene ella bienes para todo gusto.

Por su amor ciño daga, escudo y mato.

Cuando alguien viene tomo pronto un vaso

y de la pieza escúrrome callando.

Después le traigo queso y pan, lo abrazo,

si paga bien le digo: “¿Vuelve? ¿Cuándo?

Cuando esté en celo, amigo, lo esperamos

en el burdel en donde el pan ganamos”.

 

Mas si amanece y no aportó dinero

¡ay de Margot! entonces enfurezco,

no puedo verla, degollarla quiero.

Tomo sus atavíos, salgo al fresco

y con que iré a venderlos la amenazo.

Ella se planta como el Anticristo

y de matarla ahí mismo sería el caso

pues por la muerte júrame de Cristo

que no lo haré. Y así peleamos

en el burdel en donde el pan ganamos.

 

Pero vuelve la paz, se tira un pedo

más criminal que de un cañón la bala,

riendo me da un golpe, luego, quedo,

“¡súbete!” dice, en tanto que se instala.

Dormimos como un zueco, ambos beodos.

Si despierta y su vientre aún reclama

se alza y me monta, tales son sus modos.

¡Nos aplasta!” gemimos yo y la cama,

“¡Por tu lujuria nos desvencijamos!”

en el burdel en donde el pan ganamos.

 

Que llueva o truene, tengo el pan seguro.

Soy vicioso y halléme una viciosa.

No sé cuál de los dos lo es más, lo juro.

Y la basura nos parece hermosa

y el honor nos repugna y lo ahuyentamos

en el burdel en donde el pan ganamos.

 

Balada de las contra-verdades

No hay preocupación, más que cuando se tiene hambre;

ni servicio, más que de enemigo;

ni se saborea si no es un fardo de heno;

ni gran vigilancia sino de hombre adormilado;

ni clemencia sino de traición;

ni seguridad sino de miedosos;

ni lealtad sino del regenerado;

ni más sensato que el enamorado.

 

No hay engendramiento sino en los baños;

ni buena fama sino de hombre afrentado;

ni risa sino después de un puñetazo;

ni prestigio, sino tras negar las deudas;

ni auténtico amor, sino en la adulación;

ni buen encuentro, sino con los desgraciados;

ni verdadero informe, sino en la mentira;

ni más sensato que el enamorado.

 

Ni reposo semejante a vivir en la preocupación;

ni se puede hacer honor mayor que decir bah;

ni vanagloria, sino de falsos acuñadores;

ni salud, sino la de hombre abotargado;

ni alta osadía, sino la de cobardía;

ni razón, más que en el enfurecido;

ni dulzura, sino en la mujer aturdida;

ni más sensato que el enamorado.

 

¿Queréis que os diga la verdad?

No hay juego sino en la enfermedad;

palabra verdadera, sino en la tragedia;

cobarde, sino caballeroso;

sonido horrible, sino melodía;

ni más sensato que el enamorado.

 

Balada de las damas de antaño

Decidme en qué comarca, decidme en dónde

encontrar a Flora, la beldad romana;

dónde Archipiada de la luz se esconde

y Thaís que fuera la su prima hermana;

Eco condenada a repetir, lejana,

el cantar del agua, del monte el ruido,

que tan bella fue cuando lo quiso el hado;

mas las mismas nieves del año pasado

¿adónde se han ido?

 

Decid dónde Heloísa está, la tan juiciosa,

por quien fue castrado y enclaustrado luego

Abelardo el Sabio en Saint-Denis famosa:

pagó con tal pena su imprudente fuego.

¿Dónde aquella reina está, asimismo agrego,

quien a Buridán, que la hubo poseído,

quiso que arrojaran al Sena embolsado?

Mas las mismas nieves del año pasado

¿adónde se han ido?

 

La reina Blanca como flor de lis

que con falsa voz de sirena cantaba,

Berta la del gran pie, Beatriz, Alís,

Haremburgis que en todo el Maine reinaba,

y la lorenesa Juana, buena y brava,

que en Rouen quemara el Inglés forajido,

Virgen soberana ¿dónde se han guardado?

Mas las mismas nieves del año pasado

¿adónde se han ido?

 

No buscaréis, Príncipe, año ni semana

un oculto sitio al que hayan escapado

sin que mi estribillo cante en vuestro oído:

“Mas las mismas nieves del año pasado

¿adónde se han ido?”

 

Balada de las mujeres de París

Tienen las boquitas finas

florentinas, venecianas,

bien pueden ser celestinas,

sobre todo las ancianas;

frente a lombardas, romanas,

genovesas -lo advertís-,

piamontesas, saboyanas,

el buen pico es de París.

De buen hablar tienen fama,

dicen, las napolitanas,

cacarear las inflama,

alemanas y prusianas;

sean griegas, egipcianas,

de Hungría o de otro país,

españolas, catalanas,

el buen pico es de París.

Bretonas, suizas, quien cuente,

ni gasconas, tolosanas:

dos pescadoras del puente

las callan. Ni lusitanas,

inglesas y calesianas,

(¿cité muchas?, ¿qué decís?)

o picardas, valencianas,

el buen pico es de París.

Envío

Príncipe, dad a las parisinas

el premio del bien decir;

no obstante las italianas,

el buen pico es de París.

Cuarteta

Yo soy François, lo que me pesa,

nací en París, junto a Pontesa,

y de la cuerda de una toesa

sabrá mi cuello lo que mi culo pesa.

Nota: Poema escrito en prisión, cuando Villón fue condenado a la horca

 

Balada de los ahorcados

Hermanos humanos, que viven después de nosotros,

no tengan contra nosotros endurecidos corazones,

pues, teniendo piedad de nuestras pobres almas,

Dios la tendrá antes de ustedes.

Aquí nos ven atados, cinco o seis:

en cuanto a la carne, que hemos alimentado en demasía,

hace tiempo que está podrida y devorada

y los huesos, nosotros, ceniza y polvo nos volvemos.

De nuestros males no se burle nadie;

pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

 

Si hermanos nos llamamos, en nuestro clamor sin desdén

nos traten, aunque hayamos sido muertos

por Justicia. Pues deben entender

que no todos los hombres pueden ser sensatos;

perdónennos ahora, ya que hemos partido

hacia el hijo de la Virgen María;

que su gracia no nos sea negada

y pueda preservarnos del rayo infernal.

Muertos estamos, que nadie nos moleste:

pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

 

La lluvia nos ha limpiado y lavado,

y el sol desecado y ennegrecido;

urracas, cuervos, nos han cavado los ojos

y arrancado la barba y nuestras cejas.

Nunca jamás, ni un instante, pudimos sentarnos:

luego aquí, luego allá, como varía el viento,

a su placer sin cesar nos acarrea,

siendo más picoteados por los pájaros que dedales de coser.

De nuestra cofradía nadie sea:

pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

 

Príncipe Jesús, que sobre todo reinas,

guarda que el Infierno no tenga sobre nosotros dominio:

nada tenemos que hacer con él ni que pagarle.

Hombres, en esto no hay ninguna burla:

pero rueguen que a todos Dios nos quiera absolver.

François Villon

Balada de los proverbios

Tanto se rasca la cabra, que se daña;

tanto va el cántaro a la fuente, que se rompe;

tanto se calienta el hierro, que se pone al rojo;

tanto se golpea, que se parte;

tanto vale el hombre, cuanto se le precia,

tanto se aleja, que lo olvidan,

tan malo es, que se le desprecia,

tanto se invoca la Navidad, que al fin llega.

Tanto habla uno, que se contradice;

tanto vale buena fama como un favor conseguido;

tanto promete uno, que se desdice;

tanto se suplica, que la cosa se adquiere,

tanto es más querida, cuanto es más buscada,

tanto se busca, que se encuentra,

tanto es más frecuente, cuanto menos deseada,

tanto se invoca la Navidad, que al fin llega.

 

Tanto se quiere al perro, que se le da de comer;

tanto corre la canción, que la aprenden;

tanto se guarda la fruta, que se pudre;

tanto sé hostiga una plaza, que es conquistada;

tanto se tarda, que fracasa la empresa;

tanto se precipita,que sobreviene un mal;

tanto se aprieta, que cae la presa,

tanto se invoca la Navidad, que al fin llega.

 

Tanto se bromea, que ya no se causa risa;

tanto se gasta, que no se tiene camisa;

tanto es uno generoso, que todo se lo gasta;

tanto vale toma, como una cosa prometida;

tanto se ama a Dios, que se sigue a la Iglesia;

tanto se da, que conviene pedir prestado;

tanto se vuelve el viento, que se hace cierzo;

tanto se invoca la Navidad, que al fin llega.

 

Príncipe, tanto vive loco, que sana,

tanto va, que al fin vuelve,

tanto se le golpea, que muda de parecer,

tanto se invoca la Navidad, que al fin llega.

 

Balada de los señores de antaño

¿Dónde está Calixto Tercero,

que papa fue por cuatro años,

último muerto de ese nombre?

¿Y el muy gracioso Borbón Carlos,

Arturo, el duque de Bretaña,

Alfonso en Aragón reinando

y Carlos Séptimo triunfante?

Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?

 

¿Y el rey de Escocia, que tenía

una mejilla -se ha contado-

color sangre desde la frente

hasta debajo de los labios?

¿Y el valeroso rey de España

cuyo nombre se me ha olvidado?

¿Y el muy famoso rey de Chipre?

Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?

 

Renuncio a hablar de glorias idas:

el mundo es sólo un sueño vano.

Nadie triunfa sobre la muerte,

no la detienen los palacios.

Una pregunta aun formulo:

aquel rey de Bohemia, Lazlo

¿dónde está, dónde está su abuelo?

Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?

 

¿Dónde el conde delfín de Auvernia?

¿Dónde el astuto y buen Bernaldo?

¿Dónde el difunto Juan Primero?

Mas ¿dónde el bravo Carlomagno?

 

Balada en vieja lengua francesa

Porque también el Santo Padre,

con amito y alba cubierto,

ceñido con estolas santas

con las que coge por el cuello

al diablo que maldad rezuma,

muere igual que se muere un lego:

una brisa suave lo arranca:

seres son que se lleva el viento.

 

Y también de Constantinopla

el Señor de dorado yelmo,

o de Francia el Rey generoso

que sembró iglesias y conventos

en honor a Dios, y que ha sido

el más glorioso de los nuestros,

si en su tiempo los adoraron

seres son que se lleva el viento.

 

Y asimismo el Delfín de Vienne

y Grenoble, el prudente, el fiero,

o de Dijon, Salins y Dole

el Señor y su hijo heredero,

o su gente misma, sus cortes,

pese a todo lo que engulleron,

sus escuderos, sus heraldos,

seres son que se lleva el viento.

 

Van los príncipes a la muerte

como el clérigo y como el siervo,

y así se enfaden o entristezcan

seres son que se lleva el viento.

 

Balada para rezar a Nuestra Señora

Señora del cielo, Regente de la tierra,

Emperatriz de los pantanos infernales:

recibid a esta humilde cristiana que yerra:

quiere ser de vuestros dilectos celestiales

aun sabiendo que no tiene méritos tales.

Esas que de vos manan, mi Señora, riquezas,

son mucho más grandes que todas mis bajezas.

Sin ellas al cielo el alma no ha de subir;

y no estoy mintiendo, como las juglaresas:

en esta fe yo quiero vivir y morir.

 

Decid a Vuestro hijo que busco su vía.

Pedidle que mis pecados sean borrados,

que me perdone como a la egipcia María

o a Teófilo, clérigo a quien disculpados

fueron sus tratos con el diablo acordados

por la intercesión de Vuestra dulce sonrisa.

Preservadme del demonio que siempre atiza,

Virgen que sin mancha pudiste concebir

el sacramento que se celebra en la misa:

en esta fe yo quiero vivir y morir.

 

Soy pobre y vieja, no sé los textos sagrados,

pero en la iglesia adonde voy por que me ayudes

vi un Edén pintado con arpas y laúdes

y un Infierno en donde hierven los condenados.

Este me da un gran miedo, al otro alborozados

miran mis ojos, y es la única verdad que sé.

Sueño con que esa dicha algún día alcanzaré,

Señora a quien el pecador debe recurrir

sin fingimientos ni pereza y con fe:

en esta fe yo quiero vivir y morir.

 

Fue tu santa preñez, digna Virgen, Princesa,

el Rey Jesús que es infinito y que no cesa

y que adoptó nuestra triste naturaleza,

dejó su cielo y por nosotros vino a morir

sacrificándonos su juvenil belleza.

Así es nuestro Dios. Suya mi alma se confiesa:

en esta fe yo quiero vivir y morir.

 

Balada y oración

Padre Noé, que plantaste las viñas,

y tú, Loth, que bebiste en la cueva

tanto que Amor, que siempre trampas lleva,

hizo que “conocieras” a tus niñas

(no es un reproche, no, dulce inconsciente)

y Archetreclin, borracho diplomado,

os ruego recibáis pomposamente

al alma de Cotart el buen finado.

 

Nació hace mucho del linaje vuestro,

bebió de lo más caro y más preciado

y en no pagar de todos fue el más diestro.

Caballero del vino fue, arrojado:

nunca temblaba al escalar toneles

y el vaso defendía encarnizado.

Abrid del Paraíso los canceles

al alma de Cotart el buen finado.

 

¡Cuántas veces lo he visto tambalearse

cuando se iba a dormir el bullanguero!

Una vez un chichón hizo al golpearse

contra el puesto de un maestro carnicero.

No creo que en el mundo pueda hallarse

del vino un hombre más enamorado.

Dejadla entrar, cuando la oiréis quejarse,

al alma de Cotart el buen finado.

 

Nunca al suelo llegó cuando escupía.

Gritaba: ” ¡Mi garganta se ha incendiado!”

Saciar su sed el alma no podía,

el alma de Cotart el buen finado.

 

Canción

Al volver de dura prisión

donde casi dejo la vida

aún la suerte en su sinrazón

se ensaña en mí, me odia y no olvida.

Ya podría estar su aguijón

satisfecho con tanta herida

al volver.

Si no quiere en su sinrazón

menos que verme ya sin vida

¡quiera Dios que mi corazón

en Su cielo tenga acogida

al volver!

 

Doble balada

Amad, amantes corazones,

haced según vuestros antojos,

id a festines y a reuniones:

terminaréis llenos de piojos.

A los hombres hace Amor flojos:

Salomón a herejía accede,

Sansón pierde sus anteojos.

¡Feliz de aquel que a Amor no cede!

 

Orfeo, el tierno musicante,

tocando rústicas dulzuras,

por Amor se topó delante

del Can de cuatro dentaduras.

Narciso, de unas aguas puras

cae al pozo y salir no puede

por culpa de sus aventuras.

¡Feliz de aquel que a Amor no cede!

 

Sardaná, el de valor sin tacha

que conquistó el reino de Creta,

se fue a hilar como una muchacha

y quiso ser mujer completa.

El rey David, sabio profeta,

dos bellos muslos ve y procede

a olvidar a Dios que lo reta.

¡Feliz de aquel que a Amor no cede!

 

Amnón, presa de sed de amar,

con el pretexto de que hambreaba,

reclamó y desfloró a Tamar

mientras la hojuela se quemaba.

Dejó Herodes -¡cómo sudaba!-

que la cabeza de Juan ruede

por Salomé que le bailaba.

¡Feliz de aquel que a Amor no cede!

 

De mí también ¡pobre!, hablaré¹:

por Amor, como lienzo en río,

fui golpeado desnudo, y sé

que lo ordenó un tierno amor mío,

Catherine, con un gesto frío.

Noël, que vio lo que precede,

recibió parte del rocío.

¡Feliz de aquel que a Amor no cede!

 

No ha de dejar por ello el joven

de perseguirlas sin cautela

ni aunque en una hoguera lo adoben

como al que en una escoba vuela².

Para él huelen como canela.

Loco igualmente es quien se enriede

con morena o rubia mozuela.

¡Feliz de aquel que a Amor no cede!

  1. Villon alude a los azotes que le valió su amor hacia

Catherine de Vaucelles, joven de la que no se sabe

casi nada y que tal vez  haya que identificar con la

Rose a la que hace referencia en la estrofa introductoria

a la Balada a su Dama, donde aparece como mujer de

conducta no demasiado rígida.

  1. Villon se refiere a brujos y brujas, que eran

quemadas públicamente.

 

El epitafio Villon

Oh hermanos, que vivís después de nosotros,

no nos cerréis los corazones piadosos,

pues, teniendo piedad de nuestras pobres almas

Dios la tendrá luego de vuestros ojos

que aquí nos miran. Juntos estamos cinco o seis

y la carne que alimentamos a demasiado costo

está, después de mucho, roída y putrefacta,

y nosotros, huesos, nos volvemos ceniza y polvo.

De nuestros males no se burle nadie:

¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos!

 

No nos desdeñéis, hermanos, en nuestro clamor,

porque hayamos sido muertos nosotros

en homenaje a la justicia. Pues debéis entender

que el espíritu sereno no saben tenerlo todos;

perdonadnos ahora, después de nuestra muerte,

frente al hijo de la Virgen María, solos;

procurad que Su gracia no nos sea negada,

y pueda preservarnos de los infernales rescoldos.

Muertos estamos, no nos moleste nadie:

¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos!

 

La lluvia nos ha colado y lavado;

el sol nos desecó y ennegreció el tronco.

Nos arrancaron la barba y las cejas

urracas y cuervos, y nos cavaron los ojos.

Nunca jamás, ni un instante, pudimos sentarnos:

aquí y allá nos mecimos, según los antojos

del viento, que nos arrastra sin cesar,

en tanto los pájaros nos picotean más que al sorgo.

De nuestra cofradía no sea, por favor, nadie:

¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos!

 

Príncipe Jesús, que sobre todo reinas,

procura que el Infierno no lleve las almas nuestras:

nada tenemos que hacer ni pagar en su lodo.

Hombres, en esto no hay burla alguna:

¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos!

 

Las réplicas a Franc Gontier

Sentado en blanda cama un cura grueso,

junto al brasero, en cámara esterada,

pegado a él Sidoine dándole un beso,

tierna, blanca, hermosísima, ataviada,

así por una muesca los vi estarse

bebiendo el mejor vino noche y día,

reir, jugar, besarse, acariciarse,

los dos desnudos cuando les placía,

y supe ahí que contra la amargura

no hay un mejor vivir que con holgura.

 

Si este vivir hubiesen ensayado

el buen Gontier y su bienamada Helena

no andarían frotando pan tostado

con esos ajos que el amor condena.

A sus leches cuajadas, su puchero

y cremas el menor valor concedo.

¿Dormir bajo un rosal? Pues yo prefiero

un lecho blando en el que hundirme puedo.

¿No es la elección que dicta la cordura?

No hay un mejor vivir que con holgura.

 

Viven de pan moreno -¡desvarían!-

y no beben más que agua el año entero.

Todas las aves que en los prados pían,

si así las pagaré, pues no las quiero

aunque canten mis trozos predilectos.

Que Franc Gontier retoce con Helena

bajo el bello rosal lleno de insectos

si tal la vida les parece buena.

Pero yo pienso: por tener ventura

no hay un mejor vivir que con holgura.

 

Poned, Príncipe, fin a este debate:

yo agregaré que en mi niñez obscura

oí decir a un demacrado vate:

“No hay un mejor vivir que con holgura”.

 

Lay o rondel de la muerte

Muerte, apelo contra tu rigor,

tú me arrebataste a mi amada

y aun con ello no estás saciada

y me quitás todo fervor

y así sigo aquí sin vigor.

¡Que viviera no te hacía nada,

Muerte!

 

Éramos dos y un solo corazón

si ella murió debo también morir

o sin vida tal vez vivir,

como un fantasma en la imaginación.

¡Muerte!

 

Los lamentos de la Bella Armera

Creo estar las quejas oyendo

de la que fue la Bella Armera;

ella querría aún ser joven…

Parece hablar de esta manera:

-¿Por qué tan pronto me venciste,

vejez cruel y traicionera?

-¿Qué me ata que no me hundo el hierro

que esfumaría mis miserias?

 

Me arrancaste lo que Belleza

me otorgara para que reine

sobre clérigos y esclesiásticos,

sobre señores y burgueses.

No había entonces hombre muy cuerdo

que sus bienes no me cediese

con tal que lo único le diera

que de la puta nunca obtienen.

 

¡Y a cuántos hombres lo negué

-¡era entonces tan poco sabia!-

por un muchacho más que astuto

a quien encadené mi alma!

Disimulaba con los otros;

¡a él, Dios mío, cuánto lo amaba!

Y me zurraba sin embargo

y me quería por mi plata.

 

Mas por mucho que me golpeara

yo nunca lo dejé de amar,

y aunque me hubiese dado azotes

el dolor me hacía olvidar

con sólo reclamarme un beso.

Ese demonio, ese truhán

me abrazaba y… ¿Qué guardo de esto?

Vergüenza y pecado, no más.

 

Hace treinta años que está muerto

y yo, vieja, canosa, sigo.

Cuando me acuerdo de otros tiempos

y desnuda cuando me miro

y me veo tan diferente

(¡qué horrenda soy! ¡qué bella he sido!)

encogida, marchita, flaca,

me tengo rabia porque vivo.

 

¿Qué se hicieron mi lisa frente,

mis cejas y cabellos rubios,

mis ojos de mirar travieso

con que atrapaba a los más duros,

esa nariz recta y mi rostro,

mi rostro que ahora en vano busco,

mis orejas blancas y firmes

y mis labios de un rojo puro?

 

¿Mis hermosos pequeños hombros,

largos brazos y manos finas,

pezones chicos y caderas

altas y sólidas, propicias

para batallas de amor largas

y, sobre todo, eso que hacía

dichoso al hombre entre mis muslos

bajo el jardín que lo escondía?

 

La frente ajada, blanco el pelo,

apagados los ojos que ayer

lanzaban rientes miradas

al pecho del noble y del burgués,

la nariz corva y las orejas

colgando velludas y también

del rostro huídos los colores

-si labios tiene, no se ven-

 

¡en eso termina la belleza

humana! Manos contraídas,

brazos cortos, varias jorobas

entre los hombros distribuidas,

resecas están ya las tetas,

asco da eso que daba dicha

y los muslos amoratados

antes que muslos son salchichas.

 

Así juntas nos lamentamos

algunas pobres viejas tontas

sentadas sobre nuestras grupas

y acurrucadas en la sombra

junto a un fuego de pajas malas

que se apaga al viento que sopla.

¡Y en un tiempo fuimos tan bellas!

Así habrá de pasarle a todas.

 

Balada de las contradicciones

Yo muero de sed junto a la fuente,

Ardo como el fuego y tirito.

En mi país me hallo en tierra extraña,

Junto al brasero ardo en escalofrío.

 

Desnudo cual gusano, visto como presidente,

Río en llanto y espero desesperanzado.

Mi confort se torna en triste aflicción,

Me regocijo sin placer ninguno.

Potentado soy sin fuerza ni poder,

Bienamado y por todos desechado.

 

Lo seguro nada es, salvo lo incierto,

Lo oscuro, nada salvo lo más evidente.

La duda no cabe, salvo en lo más cierto,

Por ciencia tengo al súbito azar.

 

Gano todo y sigo de perdedor,

Con la aurora digo: ¡Dios les dé buenas noches!

Tumbado, tengo gran pavor a caer,

Tengo con qué y ando sin blanca.

Espero fortuna y no hay de quien heredar,

Bienamado y por todos desechado.

 

De nada me cuido, aunque mi empeño pongo todo

En adquirir bienes que ni siquiera ambiciono.

Quien mejor me habla es quien más me hiere,

Y quien con más verdad, quien más me miente.

 

Mi amigo es aquel que me hace entender

Que un cisne blanco es un cuervo negro.

Quien más me daña es quien más me ayuda,

Mentira, verdad, ambas son hoy una.

Todo recuerdo y nada comprendo,

Bienamado y por todos desechado.

 

Príncipe clemente, quizá quiera saber

Lo mucho que sé sin juicio ni saber.

Parcial soy, mas común a toda ley,

¿Qué más sé? ¿Qué? Mi fianza recobrar.

Bienamado y por todos desechado.

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