Poemas de John Lydgate (poeta inglés)
John Lydgate (c. 1370–1451), monje de Bury St. Edmunds, fue el poeta más prolífico y respetado de la Inglaterra del siglo XV. Discípulo confeso de Chaucer, consolidó el canon poético inglés mediante un estilo «áureo», caracterizado por un lenguaje elevado y latinizante.
Su obra es una vasta enciclopedia de la mentalidad medieval: abarca desde la épica clásica (Troy Book) y la hagiografía mística, hasta sátiras morales y manuales de conducta. Aunque su estilo es a menudo prolijo, su importancia radica en haber profesionalizado la labor del poeta cortesano y haber servido de puente entre la tradición medieval y el humanismo temprano.
La Queja del Caballero Negro
En mayo, cuando Flora, la fresca y jovial reina, ha vestido el suelo de verde, rojo y blanco, y Febo comenzó a derramar sus claros arroyos en medio del Toro, con todos sus brillantes rayos, y Lucero, para ahuyentar a la noche,
frente a la mañana nuestro horizonte ha tomado para pedir a los amantes que despierten de su sueño, y reconfortar los corazones pesados del desánimo y el pesar de las noches sombrías; la Naturaleza les mandó levantarse y divertirse,
ante la bondadosa, alegre y gris mañana; y también la Esperanza, invocando a San Juan, mandó, a pesar del peligro y la desesperación, salir a tomar el sano y deleitoso aire.
Y con un suspiro comencé a despertar de mi letargo, y de pronto me puse en pie como aquel, ¡ay!, que casi muere de tristeza, pues mi mal se asentaba muy cerca del corazón. Mas, para hallar socorro a mi dolor, o al menos algún alivio a mi pena, que tan fuerte me oprime en cada vena,
me levanté al punto, y pensé que iría hacia el bosque, para oír cantar a las aves, cuando la brumosa nube se hubo marchado y clara y bella era la mañana; también el rocío, como plata brillante sobre las hojas, como un bálsamo dulce, hasta que el ígneo Titán, con su calor penetrante,
hubo secado el nuevo y deleitoso licor sobre las hierbas en el verde prado, y que las flores, de muchos y diversos matices, sobre sus tallos comenzaron a extenderse y a desplegar sus hojas a lo ancho frente al sol, bruñido en oro en su esfera, que hacia ellas lanzaba sus rayos claros.
Y por un río comencé a costear, de agua clara como el berilo o el cristal, hasta que al fin encontré un pequeño camino hacia un parque, cercado por un muro en forma redonda, y por una puerta pequeña quien quisiera podía entrar libremente en este parque, amurallado con piedra verde.
Y adentro entré, para oír el canto de las aves, que en las ramas, tanto en el llano como en el valle, tan fuerte cantaban, que todo el bosque resonaba como si fuera a romperse en piezas pequeñas; y, según me pareció, el ruiseñor con tan gran fuerza su voz desgarraba como si su corazón por amor fuera a estallar.
El suelo era llano, liso y maravillosamente suave, todo cubierto con tapices que la Naturaleza había hecho ella misma, techado también en lo alto con ramas verdes, para curar las flores, para que en su belleza pudieran durar mucho tiempo de todo asalto del ferviente fuego de Febo, que en su esfera brillaba tan cálido y claro.
El aire templado, y el suave viento de Céfiro, entre los capullos blancos, era tan sano y nutritivo por naturaleza, que los pequeños brotes y redondas flores parecían deleitarse con su aliento para darnos esperanza de que su fruto brotará, hacia el otoño, listo para ser sacudido.
Vi allí a Dafne, encerrada bajo la corteza, el laurel verde y el sano pino; la mirra también, que siempre llora por su esencia; los cedros altos, rectos como una línea; la avellana también, que bajo inclina sus ramas verdes hacia la tierra, hacia su caballero, llamado Demofonte.
Allí vi también el fresco espino blanco en su manto pálido, que tan dulce huele, fresno, abeto y roble, con mucha bellota joven, y muchos árboles —más de los que puedo contar—; y, ante mí, vi una pequeña fuente, que seguía su curso, según pude observar, bajo una colina, con vivas corrientes frías.
La grava de oro, el agua pura como el cristal, las orillas redondas rodeando la fuente; y suave como el terciopelo la hierba joven que allí brotaba con vigor; la hilera de árboles que la rodeaba proyectaba su sombra, cerrando la fuente en círculo, y todas las hierbas que crecían en el suelo.
El agua era tan sana y virtuosa por el poder de las hierbas que allí crecían, no como la fuente donde Narciso fue muerto por la venganza de Cupido, donde tan encubiertamente se ocultaba el grano de la cruel muerte en cada orilla, que la muerte ha de seguir a quienquiera que beba;
ni como el pozo de Pegaso bajo el Parnaso, donde los poetas dormían; ni como la fuente de pura castidad que Diana con sus ninfas guardaba, cuando desnuda saltó al agua, que mató a Acteón con sus perros feroces ¡solo porque se acercó tanto a la fuente!
Pero esta fuente que aquí menciono, era tan sana que mitigaba los corazones hinchados, y atravesaba el veneno de la melancolía, con toda su cruel rabia, y refrescaba para siempre el semblante de aquellos que estuvieran en cualquier cansancio de gran labor, o caídos en la angustia.
Y yo, que tenía, por el desdén y el rechazo, una sed tan seca, pensé que intentaría probar un trago de esta fuente, o dos, por si mi amargo letargo pudiera aliviarse; y en la orilla pronto me recosté, y con mi cabeza hacia la fuente me incliné, y del agua bebí un buen trago;
Por lo cual, me pareció, quedé bien refrescado del ardor que se sentía tan cerca de mi corazón, que de verdad pronto comencé a sentir una enorme parte de mi dolor liberada; y con ello de inmediato me puse en pie, y pensé que caminaría y vería más dentro del parque y en los bosques canos.
Y a través de un prado, mientras caminaba deprisa y comenzaba a observar rápidamente a mi alrededor, encontré pronto un lugar deleitosable que estaba rodeado de árboles jóvenes y viejos, cuyos nombres aquí no serán contados por mí; en medio de los cuales se hallaba un cenador verde, que tenía bancos, con colores nuevos y limpios.
Este cenador estaba lleno de flores de índigo, en el cual, mientras comenzaba a mirar, entre un acebo y una madreselva, según me percaté, vi donde yacía un hombre en colores blanco y negro, pálido y demacrado, y también maravillosamente mortal en su matiz, de heridas verdes y frescas llagas nuevas.
Y además atormentado por la enfermedad, fuera de todo esto, estaba muy gravemente; pues sobre él tenía un acceso de fiebre, que día tras día lo sacudía lastimosamente; de modo que, por el apremio de su malatía y el dolor del corazón, así yaciendo solo, era una muerte oírlo gemir.
Asombrado por ello, retiré mi pie, maravillándome mucho de lo que podría ser que él yaciera así, y no tuviera compañero, ni que yo pudiera ver a nadie con él; por lo cual tuve lástima, y también piedad, y comencé pronto, tan suavemente como pude, a ocultarme privadamente entre los arbustos;
por si pudiera de alguna manera espiar cuál era la causa de su mortal pesar, o por qué clamaba tan lastimosamente a su fortuna y también a su suerte; con todas mis fuerzas presté oído, para marcar cada palabra que decía, mientras despertaba de su desmayo.
Pero primero, si debo hacer mención de su persona, y describirlo plenamente, era en verdad, sin excepción, hablando de hombría, uno de los mejores vivos; nadie puede luchar contra la verdad. Pues en su tiempo, y también en su edad, se mostró probado donde los hombres deben actuar,
siendo uno de los mejores allí, en anchura y longitud, tan bien hecho por buena proporción, si hubiera estado en su fuerza ágil; pero el pensamiento y la enfermedad fueron la causa de que así yaciera, en lamentación, boca abajo en el suelo, en lugar desolado, solo por sí mismo, aturdido y abatido.
Y, porque me parece que es adecuado poner todas sus palabras en el recuerdo, para mí, que oí toda su queja y todo el motivo de su azarosa desdicha, si con ello puedo daros placer, yo os relataré, tan pronto como pueda, tal como él dijo, cada una de ellas.
¿Pero quién me ayudará ahora a quejarme? ¿O quién guiará o llevará ahora mi estilo? Oh Níobe, deja ahora que tus lágrimas lluevan en mi pluma; y ayuda también en esta necesidad, tú, atribulada Mirra, que sientes mi corazón sangrar de piadoso pesar, ¡y mi mano también tiembla mientras escribo, por el bien de este hombre!
Porque al pesar le corresponde la queja y el semblante doliente a la pesadez; a la tristeza también, el suspiro y el llanto, y el piadoso luto a la melancolía; y quienquiera que haya de escribir de la angustia en parte necesita conocer sintiendo la causa y la raíz de tal malatía.
¡Pero yo, ay!, que soy de ingenio torpe, y no tengo conocimiento de tal materia, para describir y escribir en su totalidad la penosa queja que habréis de oír, sino tal como hace un escribano que no sabe más de lo que ha de escribir que lo que su maestro a su lado le dicta;
así me ocurre a mí, que por ningún sentimiento digo nada, como conclusión, sino tal como oí, cuando estaba presente, a este hombre quejarse con un sonido piadoso; pues tal cual, sin añadidura ni disminución, ni más ni menos, para relatarlo pronto me prepararé.
Y si hay alguien ahora en este lugar que sienta en el amor ardor o fervor, o fuera impedido ante la gracia de su dama por lenguas falsas, que con pestilencia matan a hombres fieles que nunca ofendieron en palabra ni obra, ni en su intención— si alguno de ellos está aquí presente,
que por piedad preste atención, con rostro doliente y semblante sobrio, para oír a este hombre, por sentencia muy alta, su mortal pesar y su gran perturbación quejándose, ahora yaciendo en trance, con miradas hacia lo alto y con gesto triste, cuyo efecto fue como habréis de oír.
«¿Qué significa esto? ¿Qué extraño destino de la providencia, si así he de llamarlo, del dios del amor, que a los falsos asegura, mientras los fieles, ¡ay!, caen de la rueda? Y aún, en verdad, esto es lo peor de todo: que la Falsedad toma injustamente el nombre de Verdad, y la Verdad, en cambio, carga con la culpa de la Falsedad.
Este azar ciego, esta tormentosa aventura, tiene en el amor su mayor experiencia; pues quien con más verdad pone su cuidado hallará por recompensa la mayor ofensa. Aquel que sirve al amor con toda su diligencia, frente a quien sabe fingir bajo la humildad, no deja de encontrar gracia y prontitud.
Pues yo amé a una, hace ya mucho tiempo, con todo mi corazón, cuerpo y poder, y aunque muera, mi corazón no puede apartarse de su promesa, sino mantener lo que ha jurado; aunque sea desterrado de su vista, y por su boca condenado a morir, a mi juramento habré de obedecer siempre.
Pues siempre, desde que el mundo comenzó, a quien le plazca mirar y en historias leer, hallará siempre que el hombre veraz fue rechazado, mientras que la falsedad fue favorecida; pues el Amor no se cuida de matar a los fieles, y no tiene piedad de ellos, mientras el falso anda libremente a su antojo.
Tomo por testigo a Palamedes, el hombre veraz, el noble y digno caballero, que siempre amó, y de su pena no halló alivio; pese a su hombría y a su fortaleza, el Amor le hizo una gran injusticia; pues cuanto mejor actuaba en la caballería, más era estorbado por la envidia.
Y cuanto mejor lo hacía en cada lugar por su hidalguía y su afanoso empeño, más lejos estaba de la gracia de su dama, pues a su misericordia nunca pudo alcanzar; y hasta su muerte no pudo refrenarse ante ningún peligro, sino siempre obedecer y servir lo mejor que pudo, llanamente, hasta morir.
¿Cuál fue también el fin de Hércules, pese a todas sus conquistas y su valía, él, que en fuerza no tuvo igual? Pues, según los libros gustan expresar, erigió columnas, por su alta proeza, allá en Gades, para significar que nadie podría superarlo en caballería.
Dichas columnas están más allá de la India, adornadas de oro, para el recuerdo; y, pese a todo, fue dejado atrás con aquellos a quienes el Amor mal favorece; pues lo puso al final de una danza contra la cual no hay lucha que valga; por toda su verdad, aun así perdió la vida.
Febo también, pese a su luz penetrante, cuando caminaba aquí abajo en la tierra, en el corazón, por la vista de la fresca Venus, fue herido por el arco de Cupido, y aun así su dama no quiso conocerlo. Aunque por su amor su corazón sangraba, ella lo dejó ir y no le prestó atención.
¿Qué diré del joven Píramo? ¿Del fiel Tristán, pese a su gran renombre? ¿De Aquiles, o de Antonio? ¿De Arcite también, o de Palamón? ¿Cuál fue el fin de su pasión sino, tras el pesar, la muerte y luego la tumba? ¡He aquí el galardón que estos amantes reciben!
Mas el falso Jasón, con su doblez, que fue infiel en Colcos a Medea, y Teseo, raíz de la ingratitud, y con estos dos también el falso Eneas; ¡ved!, así los falsos, siempre en el mismo grado, tuvieron en el amor su placer y toda su voluntad; y, salvo la falsedad, no hubo otra razón.
De Tebas también el falso caballero Arcite, y Demofonte también, pese a su desidia, tuvieron su deseo y todo lo que deleita pese a su falsedad y su gran deslealtad. Así siempre el Amor (¡ay!, ¡qué lástima!) a sus falsos súbditos favorece cuanto puede, y mata a los fieles cruelmente, día tras día.
Pues el veraz Adonis fue muerto por el jabalí en medio del bosque, en la verde sombra; por el amor de Venus sintió todo el dolor. Mas Vulcano con ella no tuvo misericordia; el rudo villano tuvo muchas noches alegres, mientras Marte, su digno caballero y hombre fiel, no puede hallar misericordia ni consuelo alguno.
También el joven y fresco Hipómenes, tan gallardo y libre de corazón, que para servir con todo su alma eligió a Atalanta, de rostro tan bello; pero el Amor, ¡ay!, le pagó su salario con cruel desdén, al final, que con la muerte, sin recompensa, partió.
¡He aquí el fin del servicio de los amantes! ¡He aquí cómo el Amor paga a sus siervos! ¡He aquí cómo desprecia a sus hombres fieles, matando al veraz y dando tregua al falso! ¡He aquí cómo hace que la espada del pesar muerda los corazones de quienes más obedecen su deseo, para salvar al falso y hacer que el veraz muera!
Ni fe ni juramento, palabra ni fianza, recta intención, espera o diligencia, porte tranquilo ni fiel asistencia, hombría ni fuerza, ni valía en armas, búsqueda de honor ni alta proeza, cabalgar en tierras extrañas ni fatiga, muy poco o nada en el amor valen.
Peligro de muerte, ni en mar ni en tierra, hambre ni sed, pesar ni enfermedad, ni emprender grandes empresas, derramamiento de sangre ni valor varonil, ni ser herido a menudo en asaltos por la angustia, ni arriesgar la vida, ni la muerte misma… ¡Todo es en vano, el Amor no le presta atención!
Mas los engaños, con su falsa lisonja, a través de su falsedad y su doblez, con cuentos nuevos y muchas mentiras fingidas, por falso semblante y fingida humildad, bajo un color pintado de constancia, con fraude cubierto por un rostro piadoso, son ahora los primeros aceptados en la gracia.
Y saben ahora ensalzarse mejor con porte fingido y falsa presunción; elevan su causa con falsa soberbia bajo el sentido de una doble intención: pensar una cosa en su opinión y decir otra; para ponerse ellos en alto y estorbar la verdad, como se ve muy a menudo.
Cosa que yo compro ahora demasiado caro, ¡gracias sean dadas a Venus y al dios Cupido! Como se ve por mi semblante oprimido y por sus flechas que están clavadas en mi costado, que, salvo la muerte, nada espero día tras día; ¡ay, qué tiempo tan duro! Cuando le place afilar su dardo
para partir en dos mi pesaroso corazón por falta de merced y carencia de piedad de aquella que causa toda mi pena y dolor y no quiere ni una vez, por gracia, mirar mi verdad a causa de su crueldad; y, lo que es más, aún me quejo de que ella goza riendo de mi dolor.
Y deliberadamente ha jurado mi muerte siendo yo inocente, y no sabe la causa salvo por la verdad que he tenido antes, ¡sirviéndola fielmente solo a ella! ¡Oh dios del amor! a ti clamo, y a tu ciega y doble deidad de este gran agravio me lamento,
y de tu tormentosa y caprichosa variabilidad, mezclada con el cambio y la gran inestabilidad; ahora arriba, ahora abajo, tan errante es tu azar que en ti confiar no ofrece seguridad. No culpo de ello sino a tu doblez; pues quien es arquero y está cegado no apunta a nada, sino que dispara al azar.
Y porque no tiene discreción, sin juicio deja ir su flecha; por falta de vista, y también de razón, en sus disparos sucede a menudo que hiere a su amigo antes que a su enemigo; así hace este dios, y con sus agudas saetas mata al fiel y deja ir al falso.
Y de sus heridas esto es lo peor de todo: cuando hiere, ejecuta una venganza tan cruel y hace que el enfermo clame y llame a su enemigo para que sea su médico; ¡y difícil es para un hombre buscar, al borde de la muerte y en peligro, en su enemigo el remedio!
Así me sucede ahora a mí, que a mi enemiga, la que hirió mi corazón, debo pedir gracia, merced y piedad, ¡y precisamente allí donde no se halla ninguna! Pues ahora mi herida mi médico la agravará, y el dios de la naturaleza así ha fijado mi suerte: ¡que el enemigo de mi vida cure mi llaga!
¡Ay, el momento en que nací! ¡O que alguna vez vi el sol brillante! Pues ahora veo que, mucho tiempo antes, antes de que yo naciera, mi destino fue hilado por las hermanas Parcas para matarme, si pueden; pues ellas labraron mi muerte antes que mi camisa, ¡solo por ser veraz! No puedo escapar de ello.
La poderosa diosa de la Naturaleza también, que bajo Dios tiene el gobierno de las cosas mundanas confiadas a su cuidado, ha dispuesto, por su sabia providencia, dar a mi dama tal suficiencia de todas las virtudes, y con ello dispuso que para asesinar la verdad, tomara al Desdén por guía.
Pues bondad, belleza, forma y gallardía, prudencia, ingenio, hermosura extrema, porte benigno, alegre gesto con humildad, de feminidad una muy generosa abundancia, la Naturaleza imprimió plenamente en ella cuando la creó; y, al final de todo, al Desdén, para estorbar la verdad, lo hizo su chambelán.
Cuando la Desconfianza también, y la Falsa Sospecha, con la Incredulidad, las hizo ser jefes de consejo para este fin: exiliar a la Compasión y también a la Piedad, hacer huir a la Merced de su corte, de modo que el Desprecio ahora sostiene las riendas por creer apresuradamente los cuentos que los hombres fingen.
Y así estoy yo, por mi verdad, ¡ay!, asesinado y muerto con palabras afiladas y agudas, inocente, Dios lo sabe, de toda clase de falta, y yazgo sangrando sobre esta verde hierba fría. ¡Ahora merced, dulce! ¡merced, reina de mi vida! Y a vuestra gracia aún pido merced, ¡que en vuestro servicio pueda morir vuestro hombre!
Pero si ha de ser que muera de todos modos, y que no haya de tener otra merced, que sea esta al menos la fecha de mi muerte: que por vuestra voluntad fui llevado a mi tumba; o pronto, si os place salvarme, mis agudas heridas, que tanto duelen y sangran, por merced, sanadlas con vuestra feminidad.
Pues otro remedio, llanamente, no existe sino solo la merced, para ayudar en este caso; pues aunque mis heridas sangren sin cesar, mi vida y mi muerte están en vuestra gracia; y aunque mi culpa no sea nada, ¡ay!, pido merced con toda mi mejor intención, dispuesto a morir, si vos lo consentís.
Pues contra ello nunca lucharé en palabra ni obra; llanamente, no puedo; pues prefiero, antes que estar vivo, morir en verdad, si es para complacerla; sí, aunque sea este mismo día o cuando a ella le plazca disponer; me basta morir en vuestro servicio.
Y Dios, que conoces el pensamiento de cada ser tal como es, en todas las cosas puedes ver; aun así, antes de morir, con todas mis fuerzas, humildemente ruego que se me conceda que vos, buena, bella, fresca y libre, que me matáis solo por falta de compasión, antes de que yo muera, podáis conocer mi verdad.
Pues eso, en verdad, me basta, que ella lo sepa en cada circunstancia; y después, quedaré satisfecho de que ella, si le place, ejecute la venganza de la muerte sobre mí, que estoy bajo su vasallaje; no me corresponde desobedecer su juicio, sino, a su deseo, morir voluntariamente.
Sin queja ni rebelión, en voluntad o palabra, asiento totalmente, sin ninguna clase de contradicción, a estar plenamente bajo su mandato; y, si muero, en mi testamento mando mi corazón, y mi espíritu también, para que ella haga con ellos lo que desee.
Y por último de todo, a su feminidad y a su merced me encomiendo, yo que yazgo aquí ahora, entre la esperanza y el miedo, esperando llanamente lo que ella guste mandar. Pues totalmente (esto no es una petición), bienvenida sea para mí, mientras me quede aliento, según su elección, ¡ya sea la vida o la muerte!»
Y con esa palabra comenzó a suspirar tan fuerte como si su corazón fuera a partirse en dos, y guardó silencio, y no dijo ni una palabra más. Pero, al ver su pesar y su mortal dolor, las lágrimas comenzaron a llover de mis ojos muy piadosamente, por verdadera compasión interna al verlo así languidecer por la verdad.
Y todo este tiempo me mantuve oculto entre las ramas, y me escondí, hasta que, al fin, el hombre pesaroso se levantó y fue a una cabaña que allí estaba cerca, donde, todo el mayo, solía habitar, solo, para lamentarse de sus agudas penas, de año en año, bajo las ramas verdes.
Y debido a que se acercaba la noche y a que el sol su arco diurno había pasado, de modo que su luz penetrante, sus brillantes rayos y todas sus corrientes habían caído en las olas del agua, bajo el borde de nuestro océano, tan velozmente corrió su carro de oro:
Y mientras el crepúsculo y las franjas rojas de la luz de Febo estaban un poco doradas, tomé una pluma, y me apresuré a escribir la penosa queja de este hombre, palabra por palabra, tal como él dictó; tal como lo oí, y pude entonces relatar, lo he puesto aquí, para recreo de vuestros corazones.
Si algo está mal, poned la culpa en mí, pues soy digno de cargar con el reproche si algo aquí ha sido mal referido, haciendo que este poema parezca cojo por mi falta de ingenio; pero, diciendo lo mismo que este hombre expresó en su queja, pido merced y perdón.
Y, mientras escribía, me pareció ver a lo lejos, allá en el oeste, aparecer bellamente a Espero, la buena y brillante estrella, tan alegre, tan bella, tan penetrante también de gesto, me refiero a Venus, con sus rayos claros, que, para aliviar solo a los corazones pesados, suele, por costumbre, mostrarse al anochecer.
Y yo, de inmediato, caí de rodillas y así mismo comencé a rogarle: «¡Oh dama Venus! tan bella de mirar, no dejes que este hombre muera por su verdad, por aquel gozo que tuviste cuando yacías con Marte tu caballero, cuando Vulcano os encontró y con una cadena invisible os ató
a ambos, a los dos, en el mismo instante en que toda la corte celestial de arriba ¡comenzó a reír y sonreír ante vuestra vergüenza! ¡Ah, bella dama! propicia para todos, consuelo para los atribulados, ¡oh diosa inmortal! Sé de ayuda ahora, y pon tu diligencia para dejar que las corrientes de tu influencia
desciendan, para favorecer la verdad, especialmente de aquellos que yacen atados por el pesar; muestra ahora tu poder, y de su pena ten piedad antes de que el falso Desdén los mate y confunda. Y especialmente, deja que se sienta tu poder para socorrer, en todo lo que puedas, al hombre veraz que en el cenador yacía,
y favorece a todos los fieles, por su causa, ¡oh estrella alegre, oh dama Venus mía! Y haz que su dama lo reciba en su gracia. Su corazón de acero a la merced así inclina, antes de que tus rayos suban para declinar, y antes de que te alejes ahora de nosotros, ¡por aquel amor que tuviste por Adonis!»
Y cuando ella se hubo retirado a su descanso, me levanté al punto, y a casa fui a la cama, pues verdaderamente, me pareció lo mejor; rogando así, con toda mi mejor intención, que todos los fieles, que por el Desdén son heridos, puedan con merced, para alivio de su pena, ser sanados, antes de que el mayo vuelva otra vez.
Y porque no puedo permanecer más tiempo despierto, ¡adiós, amantes todos, que sois veraces! Rogando a Dios; y así me despido, que, antes de que el sol mañana salga de nuevo, y antes de que recupere su matiz de rosa, cada uno de vosotros pueda tener tal gracia: la de abrazar en brazos a su propia dama.
Me refiero así, que, con toda honestidad, sin más, podáis hablar juntos lo que gustéis, en plena libertad, que cada uno pueda al otro abrir su corazón, solo para vengarse de la Celosía, que tanto tiempo, por malicia y envidia, ha combatido a la Verdad con su tiranía.
L’envoy
Princesa, plazca a vuestra benignidad tener presente este pequeño poema; por vuestra feminidad ved también que vuestro hombre fiel pueda hallar vuestra merced; y que la Piedad también, que tanto tiempo ha faltado, sea provocada de nuevo hacia la gracia; pues, por mi verdad, es contra la naturaleza ¡que el falso Desdén ocupe su lugar!
Ve, pequeño cuaderno, ante la reina de mi vida, y soberana de mi propio corazón; y alégrate, pues ella te verá; ¡tal es tu suerte! Pero yo, ¡ay!, en el dolor me quedo atrás, y no tengo a quién quejarme. Pues la Merced, la Compasión, la Gracia y la Piedad están exiliadas, de modo que no puedo alcanzar remedio alguno para mi adversidad.
La Flor de la Cortesía
En febrero, cuando la gélida luna mostraba sus cuernos, llena de la ígnea luz de Febo, y ella comenzó a elevar pronto sus rayos, ¡San Valentín!, en tu bendita noche, por deber, cuando todo ser se alegra, y las aves eligen (para evitar su antiguo pesar) cada una a su pareja, a la mañana siguiente;
al mismo tiempo, oí a una alondra cantar muy alegremente, ante la mañana gris: «Despertad, amantes, de vuestro letargo, en esta alegre mañana, con toda la prisa que podáis; rendid algún tributo a este día, para renovar de corazón vuestra elección confirmando, por siempre, que seréis fieles.
Y vosotros que podéis elegir en libertad, en este día jovial, por costumbre de la naturaleza, tomad sobre vosotros la bendita y santa carga de servir al amor mientras vuestra vida dure, con corazón, cuerpo y todo vuestro afanoso cuidado, por siempre jamás, según Venus y Cipris dispongan para vosotros, y el dios Cupido.
Pues por alegría debemos llanamente obedecer la poderosa ordenanza de este señor, y, sin piedad, preferir morir antes que se encuentre en vosotros mudanza; y, aunque vuestra vida esté mezclada con agravios, y en vuestro corazón esté cerrada vuestra herida, ¡sed siempre uno solo allí donde estáis ligados!».
Cuando hube escuchado aquello, y atendido largo tiempo, con devoto corazón, la alegre melodía de esta celestial y reconfortante canción, tan agradable en su armonía, me levanté al punto y me apresuré hacia una arboleda, y tomé el camino para ver a las aves, cada una eligiendo a su pareja.
Y sin embargo yo estaba sediento en mi languidez; mi fiebre era tan ferviente en su ardor, cuando Aurora, por su triste lamento, destilaba sus cristales de lágrimas húmedas sobre el suelo, con un rocío de plata tan dulce; pues ella no se atrevía, por vergüenza, a aparecer bajo la luz de los rayos claros de Febo.
Y así, por la angustia de mis agudos dolores, y por el apremio de mis pesados suspiros, me senté bajo un laurel verde muy lastimosamente; y siempre más y más, mientras contemplaba los bosques canos, comencé a lamentar mi interno y mortal dolor, que siempre tan fuerte atenazaba mi corazón.
Y mientras yo, en mi triste pena, estaba sentado y miraba en cada árbol a las aves posadas, siempre de dos en dos, entonces pensé así: «¡Ay!, ¿qué puede ser esto, que cada ave tenga su libertad para elegir libremente según su deseo, cada una a su pareja, de año en año?
El humilde reyezuelo, el carbonero también, el pequeño petirrojo, tienen libre elección para volar juntos y andar unidos por donde les plazca, a su alrededor, según tienen por inclinación natural, y como la Naturaleza, emperatriz y guía de todas las cosas, gusta proveer;
¡pero el hombre solo, ay, en la hora difícil! muy cruelmente, por ordenanza de su especie, está obligado, y por estatuto atado, y privado de todo ese placer. ¿Qué significa esto? ¿Qué providencia es esta del Dios de arriba, contra todo derecho natural, sin causa, atar al hombre tan estrechamente?».
Así puedo ver realmente, y lamentar, ¡ay!, mi hora pesarosa y mi desventura, que tristemente me hallo en el mismo caso, tan rezagado de toda salud y cura. mi herida permanece como una llaga abierta; pues la Fortuna ha querido disponer de mí tan ferozmente, que mi daño está oculto, pues no me atrevo a revelarlo.
Pues he puesto mi corazón en un lugar donde nunca es probable que tenga éxito; tan lejos estoy de alcanzar su gracia que, salvo el desdén, no tengo otra recompensa. Y así, ¡ay!, no sé quién me aconsejará ni quién preparará un remedio para mi ayuda, por la Mala Boca y por la falsa Envidia:
Las cuales dos siempre se interponen en mi camino maliciosamente; y la Falsa Sospecha es también la causa verdadera de que yo muera, comienzo y raíz de mi destrucción; de modo que siento, en conclusión, que con sus trampas quieren destruirme, ¡y que de mi labor la muerte debe hacer un fin!
Sin embargo, antes de morir, con corazón, voluntad y pensamiento, al dios del amor le hago este voto (lo mejor que puedo, por caro que sea comprado, ya sea que duerma o que esté despierto, mientras Bóreas sacuda las hojas) como he prometido, llanamente, hasta que muera, para bien o para mal, que siempre la serviré.
Y por su causa, ahora en este tiempo santo, ¡San Valentín!, algo habré de escribir; aunque sea cierto que no sé rirmar, ni componer con arte ni curiosidad, prefiero que ella ponga la culpa en mi falta de ingenio que en mi negligencia, diga lo que diga de su excelencia.
Diga lo que diga, es por deber, con veracidad y sin presunción; esto os aseguro a quienes lo veáis, que todo está sujeto a corrección; lo que relato en alabanza de ella, a quien habré de describiros pronto, según yo pueda, sus virtudes aquí.
Tal como el sol de verano, por ejemplo, supera a las estrellas con sus rayos brillantes, y Lucero entre los cielos oscuros se muestra por la mañana para evitar la pena de la noche, así verdaderamente, sin ninguna duda, mi señora supera (quien preste atención) a toda mujer viva, hablando de feminidad.
Y como el rubí tiene la soberanía de las piedras ricas y la realeza; y como la rosa, en dulzura y belleza, supera a las flores frescas, sin mentira alguna; así mismo, en verdad, con sus buenos ojos, ella supera a todas en bondad y hermosura, y también en modales y en gentileza.
Pues ella es tanto la más bella como la mejor, contándolo todo en pura verdad; pues cada virtud descansa en ella; y además, hablando de firmeza, ella es la raíz; y de la elegancia el verdadero espejo; y del comportamiento el ejemplo para todos, sin mudanza alguna.
De porte benigno y de semblante maravillosamente alegre, teniendo siempre su fiel atención puesta en la razón; de modo que su deseo está siempre embridado por el ingenio y la prudencia; además, de ingenio y de alta sabiduría ella es la fuente, siempre desprovista de orgullo, ¡la que hacia la virtud se guía a sí misma!
Y más allá de esto, en su trato es humilde, discreta, sabia y reservada, y bellamente alegre con templanza, que cada persona, de alto y bajo grado, se alegra en su corazón de estar con ella; de modo que, en resumen, si no he de mentir, es llamada «La Flor de la Cortesía».
Y allí, hablando de feminidad, es la menos varonil en comparación, modestamente tímida, teniendo siempre piedad de aquellos que están en tribulación; pues ella sola es el consuelo de todos los que están en desdicha y necesidad, para confortarlos con su condición de mujer.
Y siempre en la virtud pone su afán, seria y demure, y de pocas palabras; temerosa también de las lenguas largas, evitando siempre a los que gustan de criticar por encima de su cabeza, para mostrar sus palabras y hablar deshonestamente de cualquier persona; ella odia mortalmente siquiera verlos.
Cuyo corazón es tan honesto y limpio, y su intención tan fiel y entera, que no podría, por todo el mundo, soportar sufrir que sus oídos escucharan palabra alguna, de amigo ni enemigo, ni lejos ni cerca, que sonara mal o que empañara el nombre ajeno; y si ocurre, se pone roja de vergüenza.
Tan verdaderamente está puesta su intención, sin cambio ni doblez alguna; pues la bondad y la belleza están unidas en su persona, bajo la fidelidad; pues está libre de ligerezas; en el corazón siempre una sola, para perseverar siempre donde se ha fijado, y nunca separarse.
Soy demasiado rudo para describir y escribir todas sus virtudes con maestría; pues bien sabéis que no tengo colores para componer con arte según su discreción; pues lo que digo, todo es demasiado poco. Por lo cual ante vosotros así me excuso, ¡pues no estoy familiarizado con ninguna musa!
Para gobernar mi estilo con retórica, en su elogio y alabanza, soy demasiado ciego para discernir tan altamente, y hacer una descripción de su bondad, salvo que diga esto, en conclusión: si he de elogiarla brevemente, en ella no hay nada que la Naturaleza pueda mejorar.
Pues buena es, como Políxena, y, en belleza, como la reina Elena; firme de corazón como fue Dorigen, y de fidelidad conyugal, sin fingimiento; en constancia y fe, puede igualar a Cleopatra; y además es tan reservada como fue en Troya la blanca Antígona;
Mecua como Ester; como Judit en prudencia; bondadosa como Alcestis o Marcia Catón; y a Griselda igual en paciencia, y como Ariadna en discreción; y a Lucrecia, que fue de la ciudad de Roma, puede ser comparada por su honestidad; y, por su fe, a Penélope.
A la bella Filis y a Hipsípila, por su inocencia y su feminidad; por su elegancia, a Cánace; y además de esto, hablando de su bondad, supera a todas de las que yo pueda leer; pues palabra y obra, sin que ella caiga, concuerdan en la virtud, y todas sus obras también.
Pues aunque Dido, con su sabio ingenio, fue en su tiempo fiel a Eneas, por la premura cometió un exceso; y lo mismo hizo Medea por Jasón. Pero mi señora es tan juiciosa que, teniendo bondad y belleza bajo su dominio, ella hace que la bondad sea siempre soberana.
Esto quiere decir que la bondad va delante, guiada por la prudencia, y tiene la soberanía; y la belleza la sigue, regida por su enseñanza, para no ofenderla en ningún grado; así que, en una, esta bella, fresca y libre, superando a todo, sin duda alguna, es buena y bella, juntas en una sola persona.
Y aunque yo, por pura ignorancia, no pueda describir sus virtudes una a una, en este día, para el recuerdo, solo apoyado bajo su merced, con mano temblorosa, habré de muy humildemente ante su alteza, para compensar mi rudeza, componer aquí abajo una pequeña balada,
según pueda captar en mi corazón, siempre con temor, entre el miedo y la vergüenza, no sea que por descuido escape alguna palabra en este metro que lo haga parecer cojo; Chaucer ha muerto, él que tenía tal fama de bella escritura, que fue, sin duda, el más bello de nuestra lengua, como el laurel verde.
Podemos intentar imitar su alegre estilo, pero no podrá ser; la fuente está seca, con su dulce licor, tanto la de Clío como la de Calíope; y primero de todo, me excusaré ante ella, que es el fundamento de toda bondad; y así digo a su feminidad:
Balada Simple
«Con todas mis fuerzas, y mi mejor intención, con toda la fe que el poderoso Dios de la naturaleza me dio, desde que me envió alma y conocimiento, elijo, y a este vínculo siempre me ato, amaros más que a nada, mientras tenga vida y mente»: Así oí a las aves en el amanecer el día de San Valentín cantar.
«Aun así elijo, desde el principio, con esta intención, amaros, aunque no halle misericordia; y si gustarais que yo muriera, asentiría, ¡antes de apartarme vivo de este lazo! Me basta con ver vuestras alas de azul»: Así oí a las aves en la mañana el día de San Valentín cantar.
«Y además de esto, mi deseo del corazón se inclina, en honor solo de la madreselva, a entregarme por entero, para nunca arrepentirme en el gozo o el pesar, dondequiera que yo vaya ante Cupido, con sus ojos ciegos»: A todas las aves, cuando el Titán surgió, con devoto corazón, ¡me pareció oírlas cantar!
L’envoy
Princesa de la belleza, ante vos presento este simple poema, rudo en su factura, de corazón y voluntad fiel en mi intención, tal como, este día, oí cantar a las aves.
Balada en Alabanza a Nuestra Señora
Mil historias más podría yo relatar de antiguos poetas, tocando esta materia: cómo Cupido los corazones lograba traspasar de sus sirvientes, poniéndolos en fuego; ¡ved aquí el fin del error y la duda! ¡ved aquí del amor el galardón y el agravio con que siempre, con pesar, favorece a sus siervos!
Por lo cual ahora, llanamente, orientaré mi estilo para hablar de una que en la necesidad no fallará; ¡ay!, por dolor no sé ni puedo expresar su valor excelso, y ello no es maravilla. ¡Oh viento de gracia, sopla ahora en mi vela! ¡Oh licor áureo de Clío, inspira mi pluma para escribir aquello que deseo componer!
¡Ay!, indigno soy e incapaz de amar a tal dama, que a toda mujer supera, de que sea benigna conmigo y misericordiosa, ¡ella, que de la piedad es fuente y manantial! Por lo cual, de ella, en loa y en alabanza, según puedo, sostenido por su gracia, así digo, arrodillado ante su faz:
Oh estrella de estrellas, con tus rayos claros, estrella del mar, para los marinos luz y guía, oh delicia viviente, la más grata de aparecer, cuyos brillantes rayos las nubes no pueden ocultar; oh camino de vida para los que van a pie o a caballo, puerto tras la tempestad, el más seguro para arribar, ¡ten merced de mí, por tus cinco gozos!
Oh regla justa, oh raíz de santidad, y luminosa línea de piedad en la que lamentarse, principio original de la gracia y de toda bondad, conducto más limpio de la virtud soberana, Madre de misericordia, para refrenar nuestra angustia, cámara y armario más limpio de la castidad, ¡y llamada albergue de la deidad!
Oh jardín saludable, libre de malas hierbas, fuente cristalina, de claridad pura consignada, olivo fructífero de hojas bellas y espesas, y cedro redolente, dignificado con el mayor aprecio, recuerda a los pecadores a ti asignados antes de que los malvados demonios ejecuten su ira; ¡linterna de luz, sé tú el médico de sus vidas!
Paraíso de placer, alegre para todo bien, benigna ramita del árbol del pino, viñedo bermejo, refresco de nuestro alimento, licor contra el letargo que no puede marchitarse, bendita flor de bálsamo que permanece en la bondad, ¡extiende tu manto de misericordia sobre nuestro mal y, antes de que el pesar despierte, envuélvenos bajo tu manto!
Oh rosal encarnado, floreciendo sin espinas, fuente sin mancha, clara como el berilo fluyente, bríndanos alguna gota de rocío gracioso; luz sin niebla, brillando en tu esfera, medicina para los males, doncella sin par, ¡derrama sobre la luz doliente tu influencia hacia tus siervos, por tu magnificencia!
Protectora y tutela de todo cristiano, regreso de los exiliados puestos en proscripción, para aquellos que yerran en la senda de su destino; tienda y pabellón para el viajero fatigado, frescura para el débil y lugar de descanso; para el inquieto tanto reposo como remedio, fructífera para todos aquellos que en ella confían.
Para los que corren eres el itinerario, oh bendito premio para los caballeros de tu guerra; para los obreros cansados eres el denario diario, recompensa para los marinos que han navegado lejos; corona de laurel, fluyendo como una estrella para quienes se ponen en lucha por tu causa, ¡rumbo de su conquista, tú, blanca como el lienzo!
Tú, alegría de los mártires, más dulce que la cítola, de los confesores también el más rico donativo, para las vírgenes eterno laurel, teniendo prerrogativa ante todas las mujeres; Madre y doncella, tanto viuda como esposa, ¡en todo el mundo no hay nadie sino tú sola! ¡Ahora, ya que puedes, sé el socorro de mi lamento!
Oh fiel tórtola, la más veraz de todas, oh cortés paloma, repleta de toda mansedumbre, oh ruiseñor con tus notas nuevas, oh papagayo, plumado con toda limpieza, oh alondra del amor, cantando con dulzura, ¡Febo espera hasta posarse en tu pecho; bajo tu ala prepáranos para el día del juicio!
Oh rubí, rubificado en la pasión de tu hijo, tennos presentes en tu mente, oh firme diamante de duración, ¡que pocos iguales pudiste hallar en aquel tiempo, pues ninguno para él resultó la mitad de bondadoso! Oh corazón valiente, oh criatura amorosa, ¿qué fue sino el amor lo que te hizo así resistir?
Bello zafiro, de profundo brillo y azulado como el agua, estable como la gema, agua de piedad, esto es: la más fresca de rostro, tú amas sin cambio a quienes te sirven. Y si en ellos hay ofensa o extravío, estás siempre lista para apiadarte de su pesar, y los recibes con corazón muy veraz.
¡Oh bella y alegrada, cuando Gabriel te saludó con gozo que no puede ser contado! ¿O quién podría escribir o contar la mitad de la dicha cuando el Espíritu Santo te cubrió con su sombra, por lo cual los demonios quedaron totalmente abatidos? ¡Oh doncella sin mancha, embellecida en su nacimiento, de la cual hombres y ángeles tuvieron alegría!
He aquí la flor y el capullo de la gloria, de la cual el profeta habló hace tanto tiempo; he aquí la misma que estaba en la memoria de Isaías, mucho antes de que ella naciera; he aquí el delicioso trigo de David; ¡he aquí el suelo donde él quiso edificarse, haciéndose hombre, para entregar nuestro rescate!
¡Oh gloriosa ampolla, oh vidrio inviolado! ¡Oh ígneo Titán, traspasando con tus rayos, cuya brillantez virtuosa vibró en tu pecho, que a todo el mundo embelleció con sus luces! Conservadora de reinos y dominios; de la semilla de Isaías, oh dulce Sunamita, ¡mide mi luto, mi propia Margarita!
Oh la más soberana, buscada en Sión, oh manzana púnica contra toda pestilencia; y urna áurea, en quien estuvo en cuerpo y hueso el Corderillo que luchó por nuestra ofensa contra la serpiente con tan alta defensa, que como un león fue hallado en la victoria; ¡a él encomiéndanos, tú, la más abundante en merced!
Oh preciosa perla, sin ningún igual, concha regada desde lo alto por rocío de oro, tú, zarza no quemada, encendida sin fuego, llameando con fervor, no atormentada por el calor; tú, margarita duradera, por ningún clima manchada; vellocino inmaculado del gentil Gedeón, y vara fructificadora tú, la de Aarón.
Tú, arca mística, piscina probática, risueña Aurora y olivo de la paz; columna y base, que te elevas desde el abismo; ¿por qué no seré yo sabio para describirte? Elegida de José, a quien tomó por esposa, sin conocerlo él, pariendo por gran milagro, ¡y de nuestra humanidad, verdadero tabernáculo!
A mi Soberana Dama
No tengo palabra inglesa que sea digna y conveniente, oh salud de mi corazón, dama, para honrarte, limpio marfil; por tanto, habré de resignar en tu mano mi canto, hasta que gustes socorrerme para que mi obra florezca y se haga flor; entonces mostraría yo cómo ardo en amor, componiendo canciones para encomiar tu nombre.
Pues si pudiera ante vuestra excelencia cantar en el amor, lo haría, pues siento y siempre estaría, dama, en tu presencia, para mostrar abiertamente cuánto os amo; y así, aunque vuestro corazón sea de acero, hacia vos, sin ninguna separación, J’ay en vous toute ma fiaunce.
¿Dónde podría yo emplear mejor mi amor que en esta azucena, tan grata de contemplar? El lazo del amor, el vínculo que tan bien tejiste, que pueda yo verte antes de que mi corazón se enfríe, y antes de que pase de mis viejos días, cantando ante todo y para siempre jamás: «Vuestros dos ojos me matarán de repente».
Por amor languidezco, bendita sea tal dolencia, pues es por vos, mi plena suficiencia; nada más puedo decir en mi angustia, pues tan bella dama tiene mi corazón en su gobierno; y tras ello comienzo con esperanza, con débil tono, aunque traspase tu corazón, por tu bien a relatar esta carta.
Dios sabe que de música nada sé, mas supongo, (¡ay!, ¿por qué es así?) que podría decir o cantar, cuánto os amo, mi propia soberana maestra, y siempre lo haré, sin apartarme nunca. Espejo de belleza, por vos me haría escuchar, en recuerdo también de vuestros ojos claros, ¡tan lejos de vos, mi soberana dama querida!
Quisiera Dios que vuestro amor me matara, ya que, por vuestro bien, canto día tras día; corazón, ¿por qué no quieres nunca partirte en dos, si con mi dama habitar no me es dado? ¡Así, muchos rondeles y muchos virelays, en fresco inglés, cuando encuentro el ocio, registro para teneros en mi pensamiento!
¡Ahora, dama mía!, ya que os amo y os temo, y os encuentro inmutable, en un mismo grado, cuya gracia no puede huir de vuestra feminidad, ¡no desdeñéis el acordaros de mí! Mi corazón sangra porque no puedo veros; y ya que conocéis mi anhelante sentir, Pleurez pur moi, si vous plaist amorous!
¿Qué maravilla es que yo esté en el dolor? Estoy alejado de vos, mi soberana; Fortuna, ¡ay!, dont vient la destenee, que de ninguna manera puedo ni logro alcanzar el ver la belleza de vuestros dos ojos. Por lo cual digo, pues la tristeza me aflige, Tant me fait mal departir de ma dame!
¿Por qué mi deseo no se cumple con tal éxito que pudiera decir, por el gozo de vuestra presencia, Ore a man cuer ce quil veuilloit, Ore a man cuer la más alta excelencia que nadie haya tenido; y ya que mi atención está en vos, apiadaos de mis agudos dolores, pues estoy herido muy hondo en el corazón.
Para vivir muy alegres, dos amantes estarían unidos, así puedo decirlo sin ninguna culpa; si algún hombre, por azar, fuera demasiado salvaje, yo podría pronto enseñarle a ser manso; ¡dejadle amar y ver si es un juego! Pues yo estoy embridado hacia la sobriedad por ella, que es de las mujeres la princesa jefa.
Mas siempre, cuando el pensamiento abraza mi corazón, entonces para mí es el mejor remedio el mirar vuestro buen y fresco rostro; espejo tan alegre nunca podría yo encontrar; y, si pudiera, lo magnificaría. Pues nunca ninguna fue aquí tan bella hallada, contándolas a todas, incluso a Rosamunda.
Y finalmente, con boca y voluntad presentes, con mirada sincera y sin arrepentimiento, mi corazón os doy, dama, con esta intención: que vos tengáis totalmente su gobierno; despidiéndome con la obediencia del corazón, cantando «¡Salve, Regina!» al final de todo, ¡para que seas nuestra ayuda cuando a ti clamamos!
Todo nuestro amor no es sino vanidad salvo el vuestro; ¿quién podría alcanzarlo? Quien quiera tener fama de gentileza, le aconsejo que en el amor no finja. ¡Tú, dulce dama!, refugio en cada pena, cuya piadosa merced más me socorre para guiarme por gracia cuando la fortuna falla.
Nada puede decirse, sin ninguna fábula, de vuestro alto renombre, vuestra mujeril belleza; vuestro gobierno, digno de toda honra, pone a cada corazón en calma en su grado. Oh violeta, O flour desiree, ya que por vos estoy tan amoroso, Estreynez moy, de cuer joyous!
Con ferviente corazón mi pecho ha estallado en fuego; L’ardant espoir que mon cuer poynt, est mort, de tener el amor de aquella que deseo, me refiero a vos, dulce, de porte muy grato, Et je sai bien que ceo n’est pas mon tort que por vos cante, como puedo, por el lamento de vuestra partida; solo vivo, solo.
Aunque pudiera, no elegiría a ninguna otra; en vuestro servicio quisiera ser hallado firme; por tanto no amo labor que vos perdáis, cuando, en el anhelo, más afligida estéis; alzad la vista, amantes todos, y estad muy alegres ante el día de San Valentín, ¡pues he elegido a quien nunca podré abandonar!
Balada del Buen Consejo
Considera bien, en cada circunstancia, de cualquier estado que tú seas — rico, fuerte o de gran poder, prudente o sabio, discreto o juicioso— que del juicio de la gente, en verdad, no podrás huir; hagas lo que hagas, confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Pues en tu porte o en tu vestimenta, si vas bien vestido o te ves honesto, al punto la gente, por malicia, no fallará, sin juicio ni razón, en decir que tu atavío es vano y está hecho en balde; ¡qué más da!, ¡deja que hablen!, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Si quieres ser igual a los reyes, par de los grandes señores y sus semejantes; y si vas andrajoso y todo roto, entonces dirán, y chismorrearán por doquier, que eres un holgazán que nunca prosperará; aun así, ¡deja que hablen!, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Si eres apuesto, sobresaliente en belleza, entonces dirán que eres un libertino; si eres feo y desagradable de ver, afirmarán que eres vicioso; la gente es tan despiadada en su lenguaje; deja que hablen, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Y si ocurre que tomas esposa, entonces dirán falsamente, según su parecer, que estás destinado a vivir siempre en pleitos, falto de descanso y sin alivio alguno; «las esposas son las amas», tal es su juicio; aun así, deja que hablen, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Y si resulta que, por afán de perfección, has jurado vivir en castidad, entonces la gente dirá de tu persona que eres impotente para engendrar según tu clase; y así, seas casto o seas disoluto, deja que hablen, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Y si eres gordo o corpulento, entonces dirán que eres un glotón, un devorador o, si no, un borracho; si eres flaco o de apariencia magra, te llamarán tacaño, en su opinión; aun así, deja que hablen, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Si eres rico, algunos te darán loas y dirán que es fruto de un gobierno prudente; y otros dirán que proviene del fraude, ya sea por engaño o por falsas maniobras; por decir lo peor, la gente halla gran placer; aun así, deja que digan, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Si eres serio o sobrio de semblante, dirán: «está tramando alguna traición»; y si eres alegre en el trato, la gente lo juzgará como disolución, y llamarán a tu habla cortés, adulación; aun así, deja que hablen, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
A quien es santo por su perfección, los hombres, por malicia, llamarán hipócrita; y a quien es alegre, con limpia intención, dirán que en el desenfreno halla su deleite; unos visten luto de negro, otros ríen de blanco; ¡qué más da!, deja que hablen, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Al atuendo honesto lo juzgan pompa y orgullo, y a quien va pobre, lo llaman un manirroto; y a quien va sencillo, lo vigilan por todos lados diciendo que es un espía o un engañador; de quien gasta, dicen que tiene tesoros; por tanto concluye, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Al que habla mucho, lo llaman prudente; y al que discute, dicen que es valiente; y al que dice poco con gran sentimiento, algunos todavía lo tacharán de necio; la Verdad es rebajada y la Lisonja asciende; y quien quiera saber llanamente la causa de esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Pues aunque un hombre fuera tan paciente como fue David por su humildad, o tan prudente en sabiduría como Salomón, o en caballería igual a Josué, o de probado valor como Judas Macabeo, pese a todo ello, confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Y aunque un hombre tuviera la alta proeza del digno Héctor, campeón de Troya, el amor de Troilo o su bondad, o de César el famoso y alto renombre, con el dominio de Alejandro, pese a todo ello, confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Y aunque un hombre de alto o bajo grado tuviera la azucarada elocuencia de Tulio, o de Séneca la gran moralidad, o de Catón la previsión o prudencia, la conquista de Carlos, la magnificencia de Arturo, pese a todo ello, confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Tocante a la perfecta inocencia de las mujeres, aunque tuvieran la mansedumbre de Ester, o de Griselda la humilde paciencia, o de Judit la probada firmeza, o de Políxena la virginal limpieza, aun así me atrevo a decir, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
La lealtad conyugal de Penélope, aunque la tuvieran en su posesión, la belleza de Elena, la bondad de Medea, el amor sincero de Marcia Catón, o de Alcestis la fiel afección, aun así me atrevo a decir, y confía bien en esto: una lengua malvada siempre juzgará mal.
Pues siendo así que nadie puede evitar la espada de la lengua, que siempre corta y muerde, muy difícil es para un hombre apartarse de su peligro, pues ellos se deleitan en estorbar o calumniar, y también en maldecir; pues este es su estudio final y su placer: siempre juzgar mal.
Noblísimos príncipes, protectores de la virtud, acordaos con alta discreción: la primera virtud, la más grata para Jesús (según el escrito y la sentencia de Catón), es una buena lengua, en su opinión; castigad lo opuesto y haced esto por sabiduría: apartad vuestro oído de todos los que juzgan mal.

Guardaos de la Doblez
Este mundo está lleno de variaciones en cada cosa, para quien preste atención, pues la fe, la confianza y toda constancia han sido exiliadas, no cabe duda; y, salvo solamente en la feminidad, no puedo ver ninguna seguridad; mas, pese a todo ello, según leo, guardaos siempre de la doblez.
También estas frescas flores de verano, blancas y rojas, azules y verdes, son de repente, por los aguaceros del invierno, debilitadas y marchitas, sin duda alguna; pues no hay confianza, como podéis ver, en nada, ni ninguna firmeza, excepto en las mujeres, así lo digo; mas siempre guardaos de la doblez.
La luna encorvada, y esto no es cuento, a veces es radiante y de brillante matiz, y tras ello se vuelve oscura y pálida, y cada mes cambia de nuevo; de modo que, quien conociera la pura verdad, sabría que todo está construido sobre la fragilidad, salvo que estas mujeres siempre son fieles; mas siempre guardaos de la doblez.
El jovial y fresco día de verano, y Febo con sus rayos claros, hacia la noche se retiran, y no desean aparecer más tiempo; pues en esta vida presente, aquí ahora, nada permanece en su hermosura, salvo las mujeres, que siempre se hallan íntegras y desprovistas de doblez.
El mar también, con sus fieras olas, cada día fluye de nuevo, y, por el concurso de sus leyes, le sigue el flujo de la marea, ciertamente; tras gran sequía viene la lluvia, así que adiós aquí a toda estabilidad, salvo que las mujeres sean cabales y sencillas; mas siempre guardaos de la doblez.
La rueda de la Fortuna gira y gira mil veces, día y noche: cuyo curso siempre está en duda de transformarse; ella es tan ligera. Por lo cual advertid en vuestra mirada la desconfianza de la inconstancia mundana, salvo en las mujeres, que por derecho natural no tienen mancha alguna de doblez.
¿Qué hombre puede refrenar el viento, o sujetar a una serpiente por la cola, o constreñir a una escurridiza anguila para que no escape, sin falta alguna? ¿O quién puede clavar un clavo tan hondo que asegure la ligereza y el antojo, salvo las mujeres, que saben guiar su vela para remar su bote con doblez?
En cada puerto saben ellas arribar donde saben que hay buen pasaje; por su inocencia, no pueden luchar contra las olas ni la rabia de las rocas; tan afortunado es su pilotaje, con aguja y piedra para dirigir su curso, que Salomón no fue tan sabio como para hallar en ellas doblez alguna.
Por tanto, quienquiera que las acuse de cualquier doble intención, para hablar, susurrar o meditar, o para criticar su condición; todo no es sino falsa colusión, me atrevo bien a expresar la verdad: no tienen ellas mejor protección que cubrirse bajo la doblez.
Tan afortunada es su suerte para volver los dados al revés; con el seis y el cinco saben avanzar, y luego, por revolución, asientan una cruel conclusión con el doble as, en puridad; aunque los sabios hagan mención de que su naturaleza está carcomida por la doblez.
Sansón tuvo la experiencia de que las mujeres resultaban muy fieles, cuando Dalila, por inocencia, con tijeras comenzó a redondearle el cabello; por hablar también de Rosamunda y de la fidelidad de Cleopatra, las historias llanamente confundirán a los hombres que impugnen su doblez.
Lo que es simple no es elogiado, ni lo sencillo tiene renombre alguno; en la balanza, cuando son pesados, por falta de peso son hundidos; y por esta causa de justa razón, todas estas mujeres, por justicia, por elección y libre voluntad, aman sobre todo el cambio y la doblez.
L’envoy
Oh vosotras, mujeres, que estáis inclinadas, por influencia de vuestra naturaleza, a ser tan puras como el oro refinado para perdurar en vuestra verdad, armaos con una armadura fuerte no sea que los hombres asalten vuestra seguridad: poned sobre vuestro pecho, para aseguraros, un poderoso escudo de doblez.
Balada: Advertencia a los hombres para que se guarden de las mujeres engañosas
Mirad bien a vuestro alrededor, vosotros que sois amantes; no dejéis que vuestros deseos os lleven a la chochera; no os enamoréis de cada cosa que veáis. Sansón el fuerte y Salomón el sabio fueron engañados, pese a todo su gran valor; los hombres juzgan las cosas tal como las ven ante sus ojos; guardaos por tanto: el ciego se come muchas moscas.
Me refiero a las mujeres: pese a todos sus gestos refinados, no confiéis demasiado; su lealtad es cosa rara; por fuera saben pintarse muy bien como las más bellas, pero su firmeza dura apenas una estación; pues fingen amistad mientras urden la traición. Y porque son cambiantes por naturaleza, guardaos por tanto: el ciego se come muchas moscas.
Aunque el mundo entero pusiera su afanoso empeño en hacer que las mujeres permanecieran estables, no podría ser, pues es contra su naturaleza; el mundo se acabará antes de que a ellas les falte la doblez; pues saben reír sin amar; esto es bien sabido. Confiar en ellas no es más que una fantasía; guardaos por tanto: el ciego se come muchas moscas.
Cualquier hombre vivo que confíe en sus semblantes tendrá al final su galardón y su recompensa; ellas saben afeitar más al ras que las navajas o las tijeras; ¡no es oro todo lo que reluce! Hombres, prestad atención; su hiel está oculta bajo un ropaje azucarado. Es muy difícil advertir sus antojos; guardaos por tanto: el ciego se come muchas moscas.
Las mujeres, por naturaleza, tienen tres condiciones; la primera es que están llenas de engaño; hilar es también su propiedad; y tienen las mujeres un don maravilloso: lloran a menudo, y todo no es sino una estratagema, y cuando les place, tienen la lágrima en el ojo; guardaos por tanto: el ciego se come muchas moscas.
¿Qué cosa es más ligera y mudable que el aire? La luz, dicen los hombres, que pasa en un instante; aunque la luz no es tan variable como lo es el viento que sopla en cada dirección; y sin embargo, con razón, algunos hombres juzgan y creen que las mujeres son lo más ligero de su compañía; guardaos por tanto: el ciego se come muchas moscas.
En pocas palabras: aunque toda la tierra, hoy tan pálida, fuera pergamino liso, blanco y apto para escribir, y el gran mar, llamado el océano, se transformara en tinta, más negra que el sable, cada rama una pluma, cada hombre un escriba capaz, no podrían describir la traición de la mujer; guardaos por tanto: el ciego se come muchas moscas.
Tres Dichos
(A). Un dicho de Fray Juan
Hay cuatro cosas que hacen de un hombre un necio: el Honor, primero, lo empuja al exceso, y lo vuelve solitario y huraño; la segunda es la vejez, pesada y encorvada; las Mujeres también llevan a los hombres a la chochera; y el vino potente, de muchas y diversas maneras, trastorna a las gentes que son tenidas por sabias.
(B). Otro sobre lo mismo
Hay cuatro cosas que causan gran locura: el Honor primero, y luego la pesada vejez; las Mujeres y el Vino, me atrevo también a especificar, hacen que los hombres sabios caigan en el delirio; por lo cual, por consejo de filósofos sabios, en el gran honor, aprende esto de mí: junto con tu rango, ten también humildad.
(C). Balada del Buen Consejo
Si sucede que a Dios le place visitarte con cualquier tormento o adversidad, da gracias primero al Señor; y luego, para librarte, sobre el sufrimiento y la humildad funda tu causa, sea cual sea; haz que tu defensa (y no tendrás pérdida) sea el recuerdo de Cristo y de su cruz.
Una Bella Balada
Madre de la crianza, la más amada de todas, y la flor más fresca, a quien Dios envíe prosperidad. Vuestro hijo, si os place llamarme así, aunque sea yo incapaz de pretender tal honor, a vuestra discreción recomiendo mi corazón y todo lo mío, con cada circunstancia, para estar totalmente bajo vuestro gobierno.
Lo que más deseo, y tengo, y siempre tendré, es aquello que pueda mejorar el sosiego de vuestro corazón; tenedme por excusado, pues mi poder es pequeño; no obstante, por derecho deberíais elogiar mi buena voluntad, que con gusto desearía ocuparse en vuestro servicio; pues toda mi suficiencia es estar totalmente bajo vuestro gobierno.
Meulx un: en el corazón, que nunca palidecerá, siempre fresco y nuevo, y muy dichoso de emplear mi tiempo en vuestro servicio, pase lo que pase, suplicando a vuestra excelencia que defienda mi sencillez, si es que la ignorancia ofende de algún modo; ya que mi confianza está totalmente bajo vuestro gobierno.
¡Margarita de luz! verdadero fundamento del consuelo; hija del sol os llaman, según leo; pues cuando él se pone en el oeste, ¡adiós a vuestro regocijo! Por vuestra naturaleza, al punto, por puro miedo a la ruda noche, que con su tosco ropaje de oscuridad sombrea nuestro hemisferio, entonces os cerráis vos, ¡querida señora de mi vida!
Al nacer el día hacia su curso natural, Febo, vuestro padre, con sus rayos rojos, adorna la mañana, consumiendo la estirpe de las nubes brumosas, que querrían abrumar a los corazones humildes y fieles con su niebla, si no fuera por el consuelo diurno, cuando vuestros ojos claros se descubren y expanden, ¡querida señora de mi vida!
[Estrofa perdida]
Je vouldray: —pero el gran Dios dispone y vuelve fortuito, por su providencia, aquello que el frágil ingenio del hombre se propone; todo es para bien, si nuestra conciencia no se queja, sino que con humilde paciencia lo recibe; pues Dios dice, sin mentira alguna: un corazón fiel es siempre aceptable.
Quien usa cautelas, suele hablar con engaño; evitar a tales personas es de muy alta prudencia; lo que dijisteis una vez, ahora mi corazón lo cuestiona: «¡Que mis escritos de broma, en vuestra ausencia, os complacían mucho más que mi presencia!». Aun así, sé más: no tenéis excusa; un corazón fiel es siempre aceptable.
Tiembla mi pluma; mi espíritu supone que en mi escritura hallaréis alguna ofensa; mi corazón se marchita y pronto se estremece; ahora caliente, ahora frío, y luego en total fervor; lo que está mal es causado por negligencia y no por malicia; por tanto, sed misericordiosa; un corazón fiel es siempre aceptable.
L’envoy
¡Adelante, queja! ¡Adelante, falta de elocuencia! ¡Adelante, pequeña carta de redacción coja! He suplicado a la sabiduría de mi señora de tu parte, que acepte como un juego tu incapacidad; ¡haz tú lo mismo! ¡Espera! ten algo más todavía: Je serve Jonesse. Ahora ve; te cierro en el nombre de la santa Venus; te habrá de abrir la gobernanta de mi corazón.
Ve adelante, Rey
Rey sin sabiduría; Obispo sin doctrina. Señor sin consejo; Mujer sin castidad. Caballero sin probidad; Juez sin justicia. Rico sin limosna; Pueblo sin ley. Anciano sin religión; Siervo sin temor. Pobre soberbio; Adolescente sin obediencia.
Ve adelante, rey, y rígete por la sabiduría; obispo, sé capaz de administrar la doctrina; señor, presta oído al consejo veraz; feminidad, inclínate siempre a la castidad; caballero, deja que el honor determine tus actos; sé justo, juez, para salvar tu nombre; rico, da limosna, no sea que pierdas la gloria entre la vergüenza.
Pueblo, obedeced a vuestro rey y a la ley; vejez, rígete por la buena religión; siervo fiel, sé temeroso y mantente bajo el respeto; y tú, pobre, ¡fuera la presunción!; la desobediencia es la destrucción total para la juventud; acordaos de cómo Dios os ha puesto en vuestro lugar, ¡vedlo!, y cumplid vuestra parte, tal como habéis sido ordenados.
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